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Es solo el síntoma, estúpido

Si pensamos que la elección de Trump es un error y dejamos morir el razonamiento allí, nos vamos a quedar solo en la superficie, obviando un debate más profundo.

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Donald Trump

El presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump.

Roberto Bolaño, que fue lo mejor que le ha pasado a la literatura en el último cuarto de siglo, tuvo la coquetería de conceder su última entrevista a la revista Playboy. No era, en modo alguno, manifestación de intenciones, sino solo una más de la lista de actos provocadores que acabó siendo su vida.

En esa entrevista, que se puede leer en un montón de sitios (algunos incluso legales, como la recopilación de artículos del propio Bolaño que publicó hace años Anagrama), el escritor, a la pregunta de qué cosas le aburrían, contestaba que "el discurso vacío de la izquierda", y añadía, socarrón, que "el discurso vacío de la derecha ya lo doy por sentado". 

Me han mordisqueado las sienes estas palabras del chileno a resultas de lo ocurrido en los últimos diez días a raíz de la victoria de Donald Trump en las presidenciales de Estados Unidos. Lo trágico de la respuesta, tan, sí, 'bolañiana', es que viene de alguien que se autodefinía "de izquierdas", alguien que tuvo que salir huyendo de Chile para que no le segasen por sus ideas, que antes de poder marchar estuvo unos días preso y vio cosas que nadie debería haber visto, cosas que yo no voy a reproducir aquí y que ustedes pueden consultar en su gigantesca obra. Auténticas aberraciones que te hacen dudar de lo que es realmente el género humano. Otro día, si tenemos el estómago preparado, nos metemos con ellas.

Pero hablábamos de Bolaño, y Bolaño, creo, hablaba de nosotros. Se murió antes de lo de Trump, pero el razonamiento nos vale. Porque es universal.

En los últimos días se han repetido en las televisiones imágenes de manifestantes que toman las calles de algunas ciudades de Estados Unidos (seguramente con menos importancia porcentual de lo que a veces nos hacen creer los medios de comunicación) para quejarse de la elección democrática de su presidente. El mismo que, por cierto, fue tildado de fascista cuando hace meses insinuó que quizá no aceptase de buena gana su eventual derrota electoral. Qué cosas, ¿eh?

Son estampas similares a las que se veían en Gran Bretaña el día después del Brexit, con recolección de firmas para intentar modificar lo votado… apenas unas horas antes. Si se recorre con un poco de mala baba eso que llaman redes sociales el tema no está mucho más boyante. El 2016 es definido como el año que votamos peligrosamente (a Trump, al Brexit, a Rajoy una y mil veces si hiciera falta), porque decir que es el año en que votamos mal quizá quedaría un poco feo. Y aquí quería llegar.

Parece que existe una cierta superioridad moral de quienes se arrogan la representatividad de "lo bueno", una que viene a chocar, en ocasiones, con la propia representatividad real de la ciudadanía (o de la ciudadanía que vota, vaya, que para algo esto es una democracia representativa).

En otras palabras, negar unos resultados democráticos (lean de nuevo la última palabra, democráticos… que nadie quiera buscarme las cosquillas) tiene un tufillo feo, un cierto aire de proteccionismo intelectual que acaba creando una división poco estética. La de quienes votan bien y quienes votan mal. Los listos y los tontos. Viejos y jóvenes. Campo y ciudad. Rubios y morenos. Pongan lo que deseen. Todo vale.

A mí me desagradan profundamente estas actitudes (tanto como, por cierto, lo hace la elección de Trump, tampoco me rastreen el traspiés aquí). No porque esté en contra de que cada cual proteste contra lo que le plazca, sino por el contenido de superioridad innata que demuestran. Ojo, sin necesidad de que quienes las llevan a cabo se sientan forzosamente superiores… es un simbolismo anterior que no necesita ser conocido para existir.

Ya les digo, la sensación de que existen ciudadanos cojonudamente preparados para ejercer su derecho a la ciudadanía (los que piensan como yo) y pobres imbéciles que no merecen tal derecho (los otros), y que el conjunto de la población sufre las consecuencias de la falta de preparación de estos últimos. Vaya, que puesto negro sobre blanco queda raro, ¿verdad?

Pero existe una consecuencia, quizá secundaria pero a mi modo de ver fundamental, que acarrean estas protestas. Y es que transmitir el mensaje de que se vota "mal" esconde la crítica interna. La que nos debe señalar que Trump no es un problema, sino un síntoma. O, al menos, uno de ellos, que ya son demasiados en poco tiempo como para pasar de puntillas sobre ellos.

Si pensamos que la elección de Trump es un error y dejamos morir el razonamiento allí, nos vamos a quedar solo en la superficie, obviando un debate más profundo. Uno que es, también, más inquietante. ¿Por qué ocurren estas cosas? Por qué el sueño de la razón está produciendo monstruos de este tipo. O, en otras palabras, qué se ha hecho inadecuadamente y qué no se está haciendo en la buena dirección para que más de la mitad del electorado estadounidense (vale, menos de la mitad en votos, ya me entienden) quiera como presidente a alguien como Trump. Para que más de la mitad de los ingleses anhelen irse de la Unión Europea. Para que más de la mitad de los colombianos voten en contra del acuerdo de paz con las FARC (y solo acudan a votar algo más de un treinta por ciento del censo).

Evidentemente no tengo las respuestas, y las sospechas que pueda albergar me las guardo para mí, que para eso son personales y no valen más ni menos que las de los demás. Pero sí creo que nos equivocamos al limitar la reflexión a pataleta de mal perdedor, a señalar que el otro cuenta con los favores de quienes están menos preparados que nosotros. En otras palabras, huimos hacia adelante, en lugar de analizar el camino que nos ha traído hasta aquí. Lloramos los síntomas en vez de reflexionar sobre el problema. Y luego, como somos así de estupendos, nos volveremos a sorprender cuando vuelva a ocurrir en el futuro…

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