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¿El profesorado al banquillo?

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Hemos pasado unas semanas de noticias en las que profesorado, rendimiento y salario han servido para que se vuelva a hablar –y no precisamente bien- de la educación de este país. El desencadenante (¿involuntario?) ha sido el profesor José Antonio Marina y unas declaraciones suyas al aceptar el encargo del Ministerio para elaborar un libro blanco sobre la Educación española.

A partir de ese momento, como siempre hay bienintencionados voceros y alarmistas de oficio, colocar en el punto de mira de la sociedad al profesorado y su trabajo ha sido la consecuencia lógica. “También hay que poner nota al profesor” o “Cómo atraer a los mejores profesores” han sido algunos de los titulares servidos para avivar la polémica. (Por cierto, ambos titulares, en masculino, ignorando a más del 60% del profesorado femenino que trabaja en la profesión y desoyendo las voces mayoritarias que claman por introducir la cuestión de género ya en el lenguaje) Una polémica, por cierto, hasta el momento simplista. Volveré sobre esto.

¿Por qué surge la polémica? ¿Es casual oír mencionar productividad, rendimiento de resultados, estándares europeos a escasos 50 días de las elecciones políticas más ajustadas de los últimos tiempos? Decididamente, no es casual; era de esperar, más pronto que tarde.

No es casual esta vuelta de tuerca al trabajo de cientos de miles de profesionales de la educación. Y no lo es porque estamos en la antesala de una nueva campaña electoral, cuando los neones más relucientes deben encenderse para captar el voto. No es casual, porque el Partido Popular, el gobierno del Sr. Rajoy y las consejerías de educación autonómicas -que con mayor o menor satisfacción han santificado la LOMCE- necesitan contraatacar el espacio perdido ante el posicionamiento crítico de la comunidad educativa nacional. Tampoco es casual, finalmente, que las voces más ruidosas en este asunto sean las mismas que convierten la evaluación del profesorado en la solución definitiva del caótico estado de la educación actual. Vaya, por tanto, este párrafo para situar la polémica en un punto de vista que normalmente no es citado por los medios de información.

La campaña, vista así, convierte al profesorado en sospechoso de una Educación que hace aguas desde hace años, en colaborador indeseado de un sistema que se oculta de la innovación y en culpable de vivir por un salario y no por los ideales de mejora que preconiza la sociedad del futuro. Según los cantamañanas del momento nos dedicamos a desprestigiar activamente los avances científicos y a defender pasivamente nuestro corporativismo más insultante. Y por ello, debemos ser penalizados.

Sin embargo, los hay que aún consideran que el desprestigio de nuestra profesión no ha alcanzado el barro necesario y para ello, traen a colación a Finlandia, totémica Finlandia, paraíso europeo de la Educación cuyos resultados estadísticos siguen encandilando a nuestros dirigentes educativos, los mismos/as que olvidan el nivel de desarrollo económico, de condiciones sociales y de respeto a los derechos humanos y dignificación del sistema educativo que profesa este país septentrional.

Hablaba al principio de una polémica injusta, torticera, porque buscar soluciones a problemas reales de nuestro sistema educativo llevará inexcusablemente a debatir también de otras aristas educativas. Por ejemplo, a explicar la incapacidad de varias generaciones de profesionales de la política para establecer unas bases que estén lejos del debate partidista, que estabilicen un consenso más duradero de 4 años. Y a significar a cuantos/as gobernantes/as hayan hipotecado la educación por considerarla un bien social -no una inversión de futuro- sujeta, por tanto, a recortes indiscriminados que cuadren balances presupuestarios.

Pero no van a conseguir arredrarnos. Más bien, al contrario: con esta actitud revanchista y vengativa, aquellos/as que se han sentido criticados por nuestra respuesta nítida contra la LOMCE, contra Wert, contra Rajoy y el Partido Popular, tan solo conseguirán despertar a compañeros y compañeras de profesión condescendientes con el poder o desquiciados/as de tanta hipocresía normativizada.

Algunas/os nunca rehuiremos el debate de fondo sobre la profesión. Estaremos siempre allí donde se trate de, para, con personas y de Educación. Porque ésta necesita obligatoriamente de revisión, de mejora y solo es viable si es permanentemente evaluada, revisada, adaptada. Por eso no bastará con introducir conceptos totémicos de la modernidad (éxito, triunfo, competitividad, emprendizaje) si no somos capaces de valorar otros más antiguos e intemporales (convivencia, crítica, ciudadanía, solidaridad).

Quede, por tanto, constancia escrita de que no nos asusta ser evaluados/as –de hecho lo somos diariamente por el alumnado, las propias familias y la propia sociedad-. El elemento de choque es cómo y para qué realizar tal evaluación. Y lo que llega hasta ahora no ofrece ni confianza ni tranquilidad ni ayudará a dignificar esta profesión.

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