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La menguante "C" del PSc

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Desde hace algún tiempo que los observadores del firmamento político catalán pueden contemplar cómo la “C” de la constelación PSC se va apagando poco a poco. No es un fenómeno nuevo, pero éste se ha hecho más visible que nunca tras la multitudinaria manifestación del pasado 11S. Las últimas dos semanas han sido particularmente duras para el PSC, pues han puesto de relieve la gran desorientación en la que se encuentran los socialistas en el debate territorial. Mientras su principal rival, CiU, ha sabido tomar el pulso a la sociedad y actuar en consecuencia, los ciudadanos ven ya con mucho escepticismo los intentos del PSC de marear la perdiz con viejos conceptos como federalismo.

No es de extrañar que muchos dirigentes del PSC se encuentren particularmente incómodos con la situación actual. Y es que perder posiciones en campo del catalanismo es también ceder (aún más) terreno en la batalla electoral. Debates de esta índole permite a sus rivales políticos acusar a los socialistas catalanes de ser una “sucursal” de Madrid y de no tener un ideario propio, claramente diferenciado. La percepción de un PSC sumiso y dócil a los dictados del PSOE irrita a una gran parte de los votantes catalanistas, un electorado que el partido necesita recuperar de forma urgente.

Es por este motivo que muchos dirigentes socialistas demandan posiciones claras para evitar quedar rezagados con el PP en las cuestiones identitarias. Algunos, a la desesperada, incluso intentan atajar cualquier duda de catalanismo proponiendo el derecho a decidir de Cataluña.

Así pues,  parece que, desde una óptica catalana, definir un ideario claro que atienda las demandas de su electorado catalanista es, sin lugar a duda, la estrategia ganadora para el PSC. Sin embargo, esta conclusión ignora un elemento fundamental: la otra parte contratante. En efecto, cualquier análisis riguroso sobre qué debe ser o puede hacer el PSC tiene que tener en cuenta el efecto que tales decisiones producen entre los votantes socialistas en el resto de España. Dicho de otra forma, ¿hasta qué punto le compensa al PSOE redefinir su ideario para acomodarse a su socio catalán? ¿Los votos que recibe el PSOE en Cataluña gracias a permitir al PSC un discurso propio y claramente diferenciado superan los costes que debe asumir en el resto del Estado?

Obviamente es difícil cuantificar el saldo final que tienen para el PSOE algunas de las medidas catalanistas más atrevidas del PSC, pero los datos sí indican que la divergencia de intereses entre PSC y PSOE es hoy mayor que nunca. Y eso es así porque el votante socialista de fuera de Cataluña es en la actualidad mucho más centralista y menos amante de los nacionalismos periféricos de lo que era años atrás. Por ejemplo, en el 2005, casi el 40% de los votantes del PSOE eran partidarios de ampliar el poder de decisión de las Comunidades Autónomas. En apenas seis años este porcentaje se ha reducido a casi la mitad (23%). Y tal proceso sigue en marcha. Sólo hace falta echar una ojeada a la impactante encuesta de MyWord para la Cadena Ser: hoy, la idea de una España unitaria es ya la opción mayoritaria entre los españoles. En definitiva, lo datos sugieren, pues, que el electorado español (incluido el socialista) es cada vez más reacio a los discursos autonomistas y nacionalistas.

El viraje centralista de una porción importante del electorado socialista representa un verdadero hándicap para el PSOE. Hoy las cuestiones nacionales dividen más que nunca a los votantes de izquierda y representan una grieta por la que el PP puede fácilmente debilitar al Partido Socialista. Algunas medidas del PSC como la de crear un grupo parlamentario independiente en el Congreso, plantear reformas en el modelo de Estado o redefinir el sistema de financiación ofrecerían a los populares inestimables oportunidades para utilizar la cuestión nacional con el fin de erosionar las bases socialistas fuera de Cataluña. Es de prever, pues, que los dirigentes del PSOE presionen a sus socios catalanes para que moderen algunas de sus posturas catalanistas.  

Es por este motivo que el dilema del PSC sobre qué personalidad política adoptar se complica cada día más. La creciente aversión al nacionalismo periférico que suscita al electorado socialista del resto de España será un lastre para el éxito de algunos de los proyectos catalanistas que el PSC necesita urgentemente para su recuperación.  Eso no significa que los socialistas catalanes deban inevitablemente resignarse a renunciar a su perfil catalanista. Pero, aunque disguste a muchos de sus líderes y militantes, éstos deberán acostumbrarse cada vez más a la incómoda estrategia de presentarse como catalanistas a ojos del electorado catalán sin que se note excesivamente en el resto de España. Es por ello que la idea ambigua de federalismo (tanto en boca del PSC como del PSOE) suena cada vez más a un recurso para salir del paso en un debate en el que el PSC ya no sabe, ni puede, posicionarse de forma cómoda.

En definitiva, todo indica que no se acercan buenos tiempos para el socialismo catalanista. Sin una traumática ruptura con su socios de Madrid, el ya viejo “ser o no ser” del PSC es hoy, más que nunca, un dilema de imposible resolución.

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