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+ futuro

Tradicionalmente el síndrome de down ha gozado de bastante visibilidad dentro del amplio catálogo de discapacidad con que cuenta el ser humano, si me permiten el guiño. Una visibilidad que, creo, ha terminado por ser contraproducente, porque parece que tener síndrome de down no es nada, que los hijos con esta singularidad cromosómica “van solos” y pareciera que es como la discapacidad más privilegiada. Sí, hasta en la discapacidad se establecen rangos. Pero que los logros no nos impidan ver la realidad.

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Villa Carla

Villa Carla

Nacen con un cromosoma más en el par 21 y esa peculiaridad genética les hace ser distintos. Distintos, iguales y capaces.

Tradicionalmente el síndrome de down ha gozado de bastante visibilidad dentro del amplio catálogo de discapacidad con que cuenta el ser humano, si me permiten el guiño. Una visibilidad que, creo, ha terminado por ser contraproducente, porque parece que tener síndrome de down no es nada, que los hijos con esta singularidad cromosómica “van solos” y pareciera que es como la discapacidad más privilegiada. Sí, hasta en la discapacidad se establecen rangos. Pero que los logros no nos impidan ver la realidad.

Hoy quisiera centrarme en el empleo. La gran muralla china de casi todas las discapacidades.

La realidad es que la inserción laboral de las personas con síndrome de down dista mucho de lo que desean sus familias. Son ellas mismas las que se están buscando la vida para dar respuesta a una necesidad primordial, tanto económica como psicosocial,  una vez que la etapa escolar ha quedado atrás.

Para hablar de esa búsqueda de empleo, nos sumergimos en una atmósfera cálida. Les invito a comer en el restaurante Villa Carla de Sevilla.

Solo por su ambiente ya merece la pena, aunque verán que, aparte de una excelente mesa, nos llevaremos una gran sensación a casa.

Entramos en un edificio del barrio sevillano de El Porvenir, construido para la Exposición Iberoamericana de 1929, que conserva el sabor y la elegancia de aquellos años.

Nos da la bienvenida, perfectamente uniformado con la plaquita que lleva su nombre, Nacho, uno de los alumnos de la escuela de hostelería que alberga la  Fundación +21.

Ah, que no se lo había dicho. De lunes a viernes, hasta las 17H, como parte de su formación, nos atenderán alumnos con síndrome de down y otras discapacidades,  que se preparan como ayudantes de cocina o asistentes de mesa, siempre acompañados por personal del restaurante. En Villa Carla, chefs, camareros y métre tienen la doble función de atender a los clientes del restaurante y contribuir a la formación de los alumnos. Por ese motivo, al personal de Villa Carla se le exige la titulación de formador.

La Fundación +21 es el resultado del empeño de una madre de una chica con síndrome de down, Carla, en honor de la cual el restaurante lleva el nombre, que vislumbrando una inserción laboral complicada, decidió buscarle un futuro a su hija en el sector hostelero. Buena conocedora del mismo, Inmaculada Cuenca apuesta por el potencial que tienen estas personas por su singularidad para ofrecer lo mejor de ellos a un sector, el de la hostelería, que bien puede encontrar en las personas con un cromosoma más, unos excelentes profesionales.

Este es el primer año que funciona la escuela, con horas teóricas y prácticas. Siete alumnos participan como pioneros, son la punta de lanza de un plantel que se rifarán los mejores hosteleros del gremio. Al tiempo. Estos futuros profesionales aportan un plus muy valioso. Durante la formación presentan las dificultades lógicas derivadas de su discapacidad. “Necesitan una mayor repetición de los conceptos, procesos y terminologías. Por otro lado, observan las normas y procedimientos adquiridos como un reloj suizo”, me explica Inmaculada, quien preside la fundación. “Estamos formando a profesionales que, rápidamente, en tres años se deberán incorporar al mercado laboral hostelero. Para ello, es fundamental el aumento progresivo de su autonomía personal”.

Nacho nos presenta al camarero que nos va a atender. Leemos atentamente la carta y, en vista de que se nos antoja todo, nos dejamos aconsejar por Ana, métre y sumiller de Villa Carla, que nos propone: al centro, tortilla de camarones, una de las especialidades de la casa, ensaladilla de gambas. De primero: el guiso del día, “guiso de fideos marineros” y bacalao con alioli gratinado.

Nos ofrece la carta de vinos, y eso que no soy yo muy de vinos, pero el que nos ha propuesto, un tinto de Cádiz, resulta todo un acierto. Las tortillas de camarones, crujientes y finas. Una delicia, receta que fue tesoro del restaurante Los Remos, de Cádiz, regentado por los abuelos de Carla. Del guiso solo diré que tuvimos que repetir y del bacalao… que aunque no sea fino, rebañamos el plato con el pan. ¡Ese alioli gratinadito no iba a ser pasto del lavavajillas! Agua y café y este estupendo almuerzo para dos personas nos sale por treinta euros por comensal. Excelente comida, personal encantador y la satisfacción de saber que todo el beneficio del restaurante Villa Carla es para la Fundación +21. 

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