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Hornos de abejas: en busca de una miel digna de gourmets

Hoy la mayoría de ellos están en desuso, incluso en ruinas, porque su aprovechamiento, "plagado de inconvenientes y sin apenas ventajas"

La Asociación de Apicultores de la Alcarria se plantea su recuperación, como manera de fijar población y de obtener un producto sostenible y de calidad

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Hornos de abejas: en busca de una miel digna de gourmets

Hornos de abejas: en busca de una miel digna de gourmets

La presencia romana en España dejó sembrado el sur de Aragón y el norte de Castilla-La Mancha de unas construcciones de adobe y tejas destinadas a servir de morada a las abejas y obtener de ellas el mejor producto, digno de gourmets. Su manejo fue heredado durante siglos pero hoy la mayoría de estos hornos de abejas, como se conocen popularmente, están en desuso, incluso en ruinas, porque su aprovechamiento, "plagado de inconvenientes y sin apenas ventajas", puede no resultar rentable y por su ubicación en lugares muy castigados por el abandono rural.

Por eso, algunos románticos, como Miguel Ángel Casado, presidente de la Asociación de Apicultores de la Alcarria (Asapia), se han empeñado en su recuperación, como manera de fijar población y de obtener un producto sostenible y de calidad, garantía de convivencia entre conservación y desarrollo en esta zona de la Red Natura 2000.

Se trata de que estos hornos "vuelvan a ser habitables, que las abejas hagan en su interior su propia miel y su propia cera, sin necesidad de que nosotros le aportemos cera adicional ni usemos productos químicos", ha detallado Casado a Efe.

Gracias a una temperatura estable y a que todos los procesos son ecológicos, "conseguiremos una miel muy exquisita que se pueda vender en sitios gourmet y aporte un valor añadido a un producto que requiere mucho más trabajo y mimo que una colmena normal".

Otra gran desventaja, según Casado, es que estos colmenares no se pueden desplazar, por lo que sólo se pueden ceñir a las floraciones que hay en la zona, aunque esta misma circunstancia "será la que finalmente le dé un toque diferencial al producto".

Cada horno puede producir 30 kilos al año

De cada horno se podrán obtener unos 15 kilos de miel por floración, es decir, alrededor de 30 kilos cada año. "Con una comercialización especializada y un buen marketing -ha explicado- se puede ganar un dinero considerable, pues un kilo de miel podría costar unos 40 euros".

Y cada kilo de cera puede venderse en el mercado extranjero por 150 euros, ha añadido Miguel Ángel, quien ha asegurado que la cera está tan cotizada porque "para poder elaborar un kilo las abejas necesitan gastar entre seis y siete kilos de miel".

Reconoce que el rendimiento económico de estas construcciones no es muy elevado, pero defiende que su restauración y el mantenimiento de esta actividad no sólo contribuye a la difusión de la cultura y del patrimonio, también sirve de efecto llamada en aras de la recuperación de los negocios tradicionales vinculados a la tierra.

En este sentido, Miguel Ángel Casado lidera una iniciativa cuya experiencia piloto se ubica en un horno de abejas de Milmarcos (Guadalajara), cedido por su propietario, Javier Escolano, para después extender por el resto de construcciones de la comarca.

Además de Milmarcos, otras localidades de Guadalajara como Anquela del Pedregal, Morenilla, Tordellego, Campillo de Ranas, Castellar de la muela, Megina o Selas conservan aún hornos de abejas en pie, susceptibles de ser recuperados. Ubicados en zonas de monte bajo, donde abundan las plantas aromáticas, los hornos albergan en su interior una serie de cajones de madera que invitan a las abejas a construir sus panales, a los que acceden a través de la piquera, un pequeño hueco en la fachada, y una puerta da acceso al apicultor para recoger la miel y la cera.

Según numerosos estudios, ya en el Neolítico el hombre aprendió a controlar enjambres para su recolección y los antiguos egipcios fueron los primeros trashumantes al trasladar sus colmenas en embarcaciones a lo largo del Nilo. Pero el verdadero desarrollo de la apicultura llegó con los romanos, que aprendieron a explotar los recursos de las abejas y dejaron de ser meros recolectores para montar un negocio cuyo mantenimiento obligó a buscar el bienestar de los animales y los mejores emplazamientos.

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