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“Hoy no hay posibilidad ni escenarios para proponer la República”

El historiador Julián Casanova.

Sofía Pérez Mendoza

Casi dos años después del relevo en la Corona española, ¿hay lugar para un debate público sobre la Monarquía? El catedrático de Historia Contemporánea Julián Casanova (Teruel, 1956) sostiene que no. “Solo ha habido una crisis antes de la abdicación de Juan Carlos I y la llegada de su hijo la limitó”. La entrada de nuevos partidos, añade, tampoco ha relanzado la discusión porque “ninguno quiere tomar la República como signo de identidad por miedo a perder electorado”.

Autor de libros como Europa contra Europa (2011) o La guerra civil española (coordinado junto a Paul Preston), Casanova lleva más de treinta años observando los acontecimientos del siglo XX. Y hasta finales, recalca, no percibió una verdadera voluntad de recuperar la memoria y la dignidad de los represaliados por el franquismo. “Hubo muchos documentales, asociaciones muy activas y hasta una Ley de Memoria Histórica, pero la crisis lo evaporó”.

Atribuye al Gobierno del PP buena parte de la responsabilidad al actuar como un “obstáculo” cuando se ha reclamado la colaboración de la justicia española en una causa (la única) abierta por una jueza argentina para investigar los crímenes de la dictadura.

Felipe VI apoyó al imputado Javier López Madrid. ¿Estamos ante la primera crisis de imagen del nuevo rey?

No, creo que la imagen del rey no se ha visto deteriorada entre otras cosas porque hay un sector importante de la población que no castiga la corrupción. También por una cuestión histórica: si miramos hacia atrás, está clarísimo que el elogio de la Monarquía de Juan Carlos I iba en paralelo al desprecio por la experiencia republicana, incluso tratándola como fuente de todos los males que vinieron después. Esto contrastaba a menudo con la excelencia del reinado de Juan Carlos, y así también se proyectaba en las aulas.

La llegada de su hijo sirvió para limitar su primera crisis, provocada fundamentalmente por la cacería de elefantes en Botsuana. Ese dique de contención también estuvo formado por muchos medios de comunicación. Así que, hoy por hoy, no hay posibilidad ni escenarios para proponer la República como alternativa a la Monarquía.

¿Los nuevos partidos se han puesto de perfil en lo que se refiere a su postura sobre la institución?

Podemos se ha dado cuenta de que no podía tomar la República como signo de identidad, como sí ha hecho históricamente Izquierda Unida, porque eso les alejaba de un electorado amplio. Ya había precedentes sobre esto: pasó con el Partido Comunista durante la Transición, cuya popularidad se limitó, además de por la palabra comunista, por tomar la República como bandera. Podemos viene a decir que primero hay que cambiar lo importante y luego ya se verá, el típico accidentalismo de las formas de gobierno.

¿Hay esperanza de que con un cambio de Gobierno se relancen las políticas públicas para la recuperación de la memoria de las víctimas del franquismo?

Depende de qué cambio sea. Creo que un Gobierno del PSOE relanzaría de algún modo lo que ya empezaron y Podemos también. Habría que ver cuánto dinero hay a disposición para hacerlo, pero está claro que la voluntad sería mucho mayor, porque en estos años el PP no ha sido más que un obstáculo. Cuando huelen a franquismo se ponen colorados.

El PP tiene un cordón umbilical muy claro. No es un partido de derecha normal, sino que, con la figura de Manuel Fraga, evidencian que viene de una dictadura. Otras derechas europeas surgen después de la derrota de los fascismos en los años cuarenta y, en muchos casos, no tienen dudas sobre el pasado fascista. El PP, sin embargo, nunca ha colocado la violación de los derechos elementales como hilo conductor del franquismo. Siempre que sale el tema, nos dicen que no removamos el pasado y aluden a que todos mataron. Esto, además, no les quita votos, así que les preocupa poco.

¿Va a prosperar la causa argentina contra los crímenes franquistas?

Lo veo difícil. Como historiador, creo más en la compensación jurídica y moral que punitiva. Teniendo en cuenta la experiencia de otros países, es difícil que vayan a pillar y castigar a Martín Villa (uno de los imputados por la jueza Servini de Cubría en Argentina). Pero si todo esto sirve para abrir un proceso de información y verdad ya sería un triunfo. En cualquier caso, comprendo y empatizo con la necesidad de compensación de las familias de las víctimas.

¿Hemos avanzado como sociedad en devolver la dignidad a los represaliados y represaliadas?

Hay un momento a principios de este siglo en el que se produce el auge de documentales, asociaciones, leyes... Pero la crisis lo para todo. En la comisión de investigación fallida creada por Baltasar Garzón en la que participé como representante de las familias, la prioridad era exhumar los restos, darles dignidad. Esto es importante, pero no suficiente si no lo trasladamos a la educación.

En general no ha habido una gestión política y pública de la memoria del pasado. Creo que aún no tenemos muy claro qué hacer con los lugares de memoria de los vencedores. Las memorias puedes coexistir si sabemos explicarlas. La exaltación no cabe en esta democracia, eso es evidente, pero no significa que borremos todos los restos. No se trata de borrar, sino de no exaltar. A nadie se le ocurrió cargarse los campos de concentración, como a nadie se le ocurre visitarlos y explicarlos con una teoría negacionista del Holocausto. Y esto es justo lo que pasa en España, que muchos siguen mirando el Valle de los Caídos negando la represión del franquismo e ignorando la connivencia entre Iglesia y dictadura.

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