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España y el quién de los españoles

Llegados a este punto, resolver las crisis que están teniendo lugar en nuestro país requiere más cabeza que tiempo y más propuestas que denuncias. Requiere un fuerte anclaje en la materialidad del presente concreto y fuerza para abrir nuevos caminos. En Podemos sabemos mucho de abrir nuevos caminos. Es duro pero su técnica es sencilla: desbrozar y avanzar a partes iguales.

Empecemos por desbrozar. La desobediencia del govern de la Generalitat a los mandatos del Tribunal Constitucional y al Gobierno de España ha transformado la crisis política en Catalunya en una crisis del Estado español. Muy astutamente, el govern de Junts pel Sí se ha encargado de denominar esta crisis como “crisis entre Catalunya y España” y el Gobierno del PP se ha dejado querer. Esta transmutación de las posiciones de los partidos en las posiciones de sus naciones constituye una de las toxinas ideológicas más nocivas del procés y cualquier propuesta de salida requiere su radical erradicación. Hay que repetirlo hasta el aburrimiento: ni todos los catalanes son de Junts pel Sí, ni todos los españoles somos del PP, o lo que es lo mismo, hay muchos catalanes que no son independentistas -incluso puede que la mayoría-, y muchos españoles que no somos del PP, en este caso con toda seguridad somos la mayoría. Aceptar esta subsunción está amenazando la cohesión social en Catalunya y en España porque nos deja sin nación ni patria a los catalanes no independentistas y a los españoles no setentayochistas –denominación a mi juicio más correcta que la de constitucionalistas- en una operación más propia del siglo XX español que del XXI. La crisis política en Catalunya no es un enfrentamiento entre Catalunya y España. Es un enfrentamiento entre dos amplios espacios sociales e ideológicos catalanes, aliados cada uno de ellos con el Govern de Catalunya y el Gobierno de España, y ha sido precisamente su enfrentamiento lo que ha provocado la primera crisis de Estado del siglo XXI. Dejar pasar esta burda manipulación cierra el camino a cualquier solución a la crisis catalana, pero también a la posibilidad de poner en pié el cambio político, económico y cultural que la gente activó en las calles y plazas de todo el país -incluida la plaza Catalunya- el 15M de 2011.

El segundo tóxico ideológico del que debemos desprendernos es el que naturaliza que hay una única crisis. Esto es histórica y políticamente falso. Hoy tenemos sobre la mesa territorial, como mínimo, tres crisis diferentes: la crisis política catalana, la crisis territorial española y la crisis de Estado nacida de la interacción de la crisis catalana y la crisis española.

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Los hombres que no leen a mujeres son peligrosos

Quienes a estas alturas continúan dudando de la pervivencia del patriarcado, entendido no solo como una estructura política sino como un perverso orden cultural que continúa condicionando las subjetividades masculina y femenina, deberían fijarse, de entrada, en las personas que continúan dominando no solo los espacios públicos sino también y muy especialmente los que implican reconocimiento y ejercicio de la autoridad. Es decir, deberían analizar quiénes continúan siendo mayoritariamente los referentes, los que acaparan premios, los que simbolizan la excelencia o los que ocupan, a veces casi en régimen de monopolio, los relatos colectivos. Las imágenes que cada día nos ofrecen los medios de comunicación son la prueba más evidente de cómo nosotros seguimos ocupando los púlpitos y cómo ellas, la otra mitad, continúan siendo en gran medida invisibles. Ahí están el elenco de los premiados en los Premios Nobel, la composición de las tertulias televisivas o el listado de ponentes en cualquier Congreso científico para demostrarlo.

De ahí, por tanto, la necesidad de seguir insistiendo, recordando y haciendo evidente que las sociedades que vivimos, solo aparentemente democráticas, no serán justas hasta que la mitad subordinada que continúan siendo ellas no tenga las mismas oportunidades, no comparta los espacios de poder y autoridad y no se convierta en protagonista de los imaginarios que nos definen como seres sociales. Por ello no es superficial, ni el resultado de una pataleta de esas “histéricas” que es como con frecuencia se sigue calificando a las feministas, que tengamos un día para reivindicar la visibilidad de las mujeres escritoras. Esas que continúan sin aparecer en los manuales que estudian nuestros hijos e hijas, que siempre suelen quedarse en la recámara de los grandes premios y no digamos de las Academias, que todavía hoy se ven obligadas a arrastrar el lastre que supone que entender que lo femenino es parcial y por supuesto devaluado. Porque ya estamos nosotros, los hombres, para definir lo universal y lo que de verdad vale. Entre otras cosas, la Literatura con mayúsculas, la que sin calificativo de ningún tipo, aunque debería llevar en todo caso el de “masculina”, asumimos que habla de los intereses y problemas de la Humanidad entera.

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¿Puede Andalucía cambiar España?

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Histórica manifestación a favor del proceso autonómico andaluz.

Empecemos con algo de ficción política. Imaginemos una presidenta andaluza, alineada claramente con los intereses de su pueblo, comprometida con las mayorías sociales y defensora de un federalismo democrático, plurinacional y solidario, ¿qué tendría que hacer en un contexto como este? Lo primero, constatar que el modelo autonómico está agotado y que toda la Constitución Española tiene problemas muy serios de legitimidad. Lo segundo es que, desde hace años, los aspectos más progresivos de la Constitución están siendo desvirtuados y que se está imponiendo una “Constitución material” claramente neoliberal cuyo ejemplo más claro y evidente es la Reforma exprés del artículo 135. En tercer lugar, tomaría nota de que la “crisis catalana” afecta a todo el Estado y que Andalucía debería jugar un papel positivo para encontrar una salida federal, solidaria y socialmente avanzada. Es más, podría haber jugado un papel de mediación, de síntesis desde el federalismo que Andalucía representa y defiende.

Se trata, como se verá, de una pura y simple  política ficción. Nuestra presidenta ha sido maestra en enfrentar  andaluces contra catalanes, alinearse sin complejos detrás del Gobierno de Mariano Rajoy y pactar rebajas de impuestos con la nueva derecha que representa Ciudadanos. Susana Díaz personifica una deriva populista desde un regionalismo de oposición. Lo diría así: malo para Andalucía y malo para España. Hay que repetirlo hasta que se convierta en sentido común: el pueblo andaluz, mayoritariamente, conquistó su autonomía y con ello cambió el mapa político de España. Andalucía construyó su autonomía, no frente a Catalunya, Madrid o Euskadi sino en favor de un proyecto propio que coincidía con los intereses y aspiraciones de las mayorías sociales del Estado. El federalismo andaluz ha estado ligado siempre a la emancipación social, al respeto de las identidades nacionales, a la alianza entre los pueblos; por eso ha sido de izquierdas y solidario. Es una vieja herencia que sigue viva en el imaginario social y que periódicamente emerge. No queremos separar sino unir; no queremos privilegios, reivindicamos la justicia y estamos convencidos que nuestro bien como Comunidad ayuda y promueve la cooperación y el apoyo mutuo.

Le guste o no a Susana Díaz, le guste o no al PP o a Ciudadanos, en España se abre un escenario federal, un escenario donde las relaciones sociales y de poder van a redefinirse y Andalucía necesita voz propia, proyecto claro y una hoja de ruta que sirva para cambiar nuestro modelo productivo, garantizar los derechos sociales e impulsar una sociedad igualitaria comprometida con el medio ambiente del que irremediablemente somos parte. A este debate nosotros aportaremos nuestro patrimonio ideal y moral desde nuestros problemas comunes y específicos. Queremos romper el círculo vicioso que nos convierte en “periferia de la periferia” y que nos condena a una economía sin base industrial propia, a la sobreexplotación turística, a la precariedad y bajos salarios y a la esquilmación dramática de nuestros recursos naturales.

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¿Es tan importante el aspecto y la autenticidad para la credibilidad de un líder?

Los líderes de Podemos, en 2015.

Hace ya un tiempo que, tanto en entornos políticos como empresariales, hemos empezado a ver y escuchar a personas, cargos políticos, líderes o directivos que no responden al prototipo de profesional: traje y corbata, serio, siempre al grano, sin un ápice de dudas, racional, le importan solo los hechos, las cifras, los números, la rentabilidad. De hecho, parece que algunas personas sienten una cierta animadversión hacia los que no responden a este perfil. Recientemente el juez José Yusty Bastarreche decía en un email que la alcaldesa Manuela Carmena no tiene un aspecto “presentable”, y, en general, este juez, parece tratar despectivamente a todas las personas que gobiernan con ella o están implicadas en el partido político asociado a ella. De alguna manera, parece considerarlos poco profesionales.

La RAE describe la profesionalidad como “la cualidad de la persona u organismo que ejerce su actividad con capacidad y aplicación relevante”, y en general todos lo asocian a pericia, seriedad o eficacia, entre otras cualidades. La profesionalidad es una cualidad que se ha venido vinculando a un tipo de persona afín a empresas u organizaciones que siguen un enfoque individualista, competitivo, centrados en maximizar beneficios económicos, más es siempre mejor, y donde las tareas y la rentabilidad están por encima de todo. En este tipo de empresas las personas deben lograr sus objetivos, la mayoría de carácter cuantitativo, y cuando lo hacen, son unos buenos profesionales. Eso les permite ascender en la línea jerárquica hasta que un día dejen de motivarse o motivarles o dejen de hacer bien su trabajo o les dé igual y se conviertan en unos profesionales incompetentes. Pero el éxito se mide por el lugar en la escala jerárquica que se ocupa, por los logros obtenidos, por la codicia. Y claro, estas organizaciones son el reflejo y el contexto de estos profesionales: solo importan los beneficios, solo importa crecer.

Henry Mintzberg, un conocido profesor de la Universidad de McGill en Canadá, mencionaba el peligro de los clásicos MBAs (Masters en Administración de Empresas) o grados en Administración de Empresas puesto que, en general, preparan a las personas para convertirse en estos profesionales. Los convierten en personas decididas, agresivas en ocasiones, que siempre quieren hacer uso de técnicas cuantitativas, y que sólo se suelen centrar en rentabilidades, dinero, y más dinero. Al final, las relaciones, las personas, los seres humanos son lo de menos, o si lo son es para ganar más. Y en el medio y largo plazo esto tiene consecuencias negativas, para las organizaciones, para la sociedad y para los seres humanos. Es verdad que esto puede sonarnos a un estereotipo o una caricatura, pero no lo es tanto si observamos el comportamiento de algunas empresas y de algunos directivos que las lideran.

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¿Reformar España de abajo arriba?

Los de abajo. La ciudadanía. Proceso constituyente. La crisis catalana ha resucitado algunos de los mantras que resonaban en las plazas en 2011. Desde que el grito “parlem” rezumba en las redes sociales, llena plazas con personas vestidas de blanco y engalana balcones con banderas blancas, la sociedad civil parece haber vuelto a la arena política. Tras un impase de absoluto dominio de la política representativa, se abre un nuevo escenario. El choque de trenes de la clase política española y catalana recibe un tirón de orejas desde abajo. Cristina Flesher, socióloga de la universidad californiana de Berkeley, en su detallado artículo  España: Hablemos?, parlem?, elogia a la ciudadanía española. Resalta su capacidad de auto organización y de acción colectiva. “Algo muy notable está pasando en España, la organización de ciudadanos de base de todo el país que deciden movilizarse para que las partes en litigio sepan que "España es un país mejor que los que lo gobiernan". (...) El auge de esta movilización ciudadana de base no sólo recuerda la campaña para las elecciones municipales en las que el Movimiento de Liberación Gráfica de Barcelona y Madrid desempeñó un papel crucial, sino también a las protestas del 15M en 2011, cuyo lema era "¡Democracia Real Ya!”.

La irrupción del grito “parlem” en toda España, desplaza algo el tablero de juego de la macropolítica. El Gobierno español y el Govern catalán no esperaban una nueva línea de fuga cocinada desde la ciudadanía. Nada hacía prever un meteorito desdibujando el binarismo tejido alrededor de la cuestión catalana. Sin embargo, la  República catalana de 8 segundos  o el debate en el Congreso español acapararon todas las atenciones. La política representiva que cuestionó el 15M en 2011 está en el centro de los focos. Sigue siendo protagonista. Resiste. La reforma constitucional pactada por el PSOE y el PP nace desde arriba. Y parece un recado claro que enfría los deseos de abrir el candado del régimen del 78 de los de abajo. ¿Fin de ciclo o repliegue de régimen? Difícil saberlo. Las piezas seguirán moviéndose durante las próximas semanas.

Democracia Real Ya Madrid acaba de lanzar su iniciativa  Por un nuevo proceso constituyente desde abajo, defendiendo el derecho a decidir e invitando a Cataluña a sumarse. El todavía incipiente magma de iniciativas “parlem” camina en esa dirección. Pero, ¿la irrupción de la ciudadanía y el grito poliédrico “parlem” abren la posibilidad de diálogo en el conflicto? ¿Servirá de algo el poder de las redes de base en España, que según Cristina Flesher, son capaces de movilizar a la gente a corto plazo ante crisis políticas concretas? ¿Nace una oportunidad de construir una nueva Constitución que, además de encajar a Cataluña en el Estado español, sea votada por la mayoría de la población? ¿Será apenas la clase política la encargada de reformar la Constitución o se contará con la participación de la ciudadanía?

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¿Cuándo empezó el golpe a la democracia?

La noche del 10 de enero de 2016 el entonces alcalde convergente de Girona recibió por obra y gracia de la Candidatura de Unidad Popular (CUP) –organización política asamblearia, independentista y anticapitalista– un intempestivo e inesperado aguinaldo para muchos catalanes: el privilegio de ostentar el tratamiento de Molt Honorable Senyor President de la Generalitat de Catalunya .

La investidura como President del tercer candidato de la lista de Junts pel S í por la circunscripción de Girona iniciaba su mandato con una rotunda afirmación: “tenemos que empezar a caminar a la luz de la declaración del 9N para iniciar el proceso de constitución de un estado independiente” . El nuevo President marcaba así la hoja de ruta hacia el abismo en que nos encontramos actualmente siguiendo la estela de su antecesor –Artur Mas–, condenado por el Tribunal Superior de Justicia de Catalunya por un delito de desobediencia tras rebelarse contra la suspensión ordenada por el Tribunal Constitucional del proceso participativo del 9 de noviembre de 2014.

La deriva secesionista desde entonces por parte de las instituciones catalanas no se ha detenido pese a las resoluciones revocatorias del m áximo intérprete de la Constitución. Ese camino hacia la Ítaca separatista ha estado salpicado de hitos abiertamente antidemocráticos y claramente contrarios a la legalidad constitucional y al marco normativo que todos los españoles nos hemos otorgado. El golpe asestado al Estado de Derecho por los gobernantes de esta satrapía en que han convertido Catalunya se prolonga en el tiempo desde el mismo instante en que comenzaron a actuar contra las reglas elementales de nuestro sistema democrático y en desobediencia abierta a las órdenes y resoluciones de los tribunales.

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La migrante alienada

En las sociedades donde las personas migrantes/racializadas ocupamos ese espacio de representación simbólico definido como “otredad”, convertirnos en una migrante alienada nos permite creer que subvertimos el orden jerárquico establecido, aquel que nos sitúa en una posición de desventaja dentro de la estructura social. La alienación es, ante todo, una estrategia inconsciente de supervivencia en el marco de un entorno que nos recuerda permanentemente que no formamos parte del proyecto europeo.

Por este motivo, es fácil que las personas migrantes asumamos no solo el discurso del país receptor, sino también su cosmología. De este modo, encajamos en nuestro hacer y decir cuestiones que nada tienen que ver con nuestra idiosincrasia ni forma de pensar. Lo hacemos para sentirnos menos extrañas, menos diferentes, menos “otras”. En ese marco de asimilación reprochamos el que otras personas migrantes no encajen en el proyecto europeo, al que asignamos un valor de ideal o meta. 

El mejor ejemplo de esta alienación quedó reflejado tras los ataques terroristas de Barcelona el 17 de agosto, cuando las redes sociales se llenaron de comentarios de personas migrantes exigiendo la expulsión inmediata de los musulmanes del territorio español.

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Una posible salida a la crisis de Catalunya

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Carles Puigdemont y Mariano Rajoy.

Se podrían hacer muchas lecturas de los acontecimientos del 1-O, cuando miembros de las Fuerzas de Seguridad española golpearon a votantes pacíficos en Catalunya, incluso se podría hablar de brutalidad policial, pero hay una lectura que puede contribuir a la comprensión de cómo resolver esto que se ha convertido en un conflicto amenazante.

Y la lectura es que lo que sucedió ese domingo fue el choque entre dos verdades. La Guardia Civil y la Policía Nacional representaban la verdad legal, la que se desprende de un fallo del Tribunal Constitucional que declaró que el referéndum del 1-O era ilegal. Los votantes catalanes representaban la verdad legítima, es decir, el pueblo que cree que es legítimo expresarse a través de un referéndum, al margen de cómo lo clasifiquen las autoridades del Gobierno central. 

El choque entre la legalidad y la legitimidad no ha aportado ninguna respuesta. Al contrario: se ha producido un círculo vicioso. El hecho de que el Gobierno catalán se apoyara meramente en la legitimidad ha provocado que el Gobierno español apele al uso (no muy inteligente) de los recursos legales. A su vez, el uso del Gobierno español de la fuerza policial como recurso de legalidad sólo ha dado más legitimidad a los argumentos del Gobierno catalán.

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El sentido del futuro

El sentido de futuro está profundamente arraigado en los seres humanos. En cada momento pensamos, casi sin darnos cuenta, sobre lo que vamos a hacer más tarde, mañana, la próxima semana, el mes que viene o en varios años. De pequeños cavilamos sobre cómo será nuestra vida. A medida que crecemos, planificamos nuestra carrera profesional, nuestro lugar de residencia, el futuro de nuestra familia y lo que vamos a hacer cuando nos jubilemos. Ahorramos durante años o nos adeudamos a largo plazo para obtener lo que deseamos.

La sensación de que controlamos razonablemente nuestra vida cotidiana es un componente esencial de nuestro equilibrio emocional, pues alimenta la tranquilidad y la confianza en nosotros mismos. Cuando consideramos que dirigimos nuestro barco, nos sentimos más capaces de dominar las circunstancias adversas y nos enfrentamos más directamente a los problemas, que cuando nos encontramos vapuleados o sometidos por fuerzas irresistibles, u optamos por el “que sea lo que Dios quiera”.

Planificar nuestro programa de vida es un ingrediente fundamental de nuestra armonía vital. Por eso, cuanto más incapaces nos sentimos de anticipar el mañana y más incierto nos parece nuestro porvenir o el de nuestros seres queridos, más espacio dejamos abierto para que la angustia nos invada y conmocione el cimiento vital de la confianza en nosotros mismos y en el mundo que nos rodea.

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España e Irak, iguales ante la desigualdad

Estamos en 2017, tenemos a nuestro alrededor universidades, cines, parques. Existen coches que se conducen solos, las niñas van a la escuela más que nunca. Y sin embargo, todavía existen diferencias entre un hombre y una mujer. Lo reconocemos, se ha avanzado en los derechos de las mujeres, pero todavía existen situaciones en las que serlo es claramente una desventaja. Estas situaciones se dan alrededor del mundo, aquí en España o en un país culturalmente diferente como Irak. Nosotras somos Mina y Sandra, tenemos 16 años, hemos nacido en estos países y hemos sido testigos de ello.

A nosotras nos estremecen las cifras, como las que mensualmente conocemos a través de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género. El boletín de junio confirmaba 30 casos de mujeres asesinadas por violencia machista solo entre enero y junio de este año.

Desde hace ya tiempo, las mujeres defienden sus derechos, quieren intentar acabar con toda violencia machista y otro tipo de prohibiciones o discriminaciones que aún hoy en día existen. Lo que se pide es simple: ser iguales a los hombres. Las situaciones de discriminación hacia la mujer no son las mismas en todas partes. Dependiendo de la cultura, religión u otros aspectos, el trato a la mujer puede variar. Nosotras somos dos chicas de diferentes países y cada una tiene su propia cultura, pensamos de manera diferente, somos personas distintas, aunque las dos somos mujeres.

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