Opinión y blogs

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Por qué es inconcebible la calle Millán Astray

Bartolomé Ros: "Francisco Franco y Millán Astray abrazados mientras entonan cánticos legionarios. Cuartel de Dar Riffien". Fotografía de 1926.

A la altura de los años veinte, el pasado imperial español era ya residual. Lo único que quedaba eran los enclaves africanos, una auténtica pesadilla desde el siglo XIX que se prolongó al XX tragándose la vida de miles de españoles en las luchas contra las cabilas del Rif. Para asegurar el mantenimiento de aquellas colonias, en 1920 Millán Astray creó la Legión a imitación del modelo francés. Pero lo peor estaba por venir. En 1921 tuvo lugar la terrible derrota de Annual ante las fuerzas de Abd-el-Krim. La guerra siguió durante la dictadura de Primo de Rivera hasta que en 1927 se dio por concluida con la victoria española con un coste humano altísimo por ambas partes.

Pero la herencia de aquella larga y terrible guerra dio como resultado la formación de un ejército colonial dedicado a mantener aquellas fronteras. De ahí, de aquellas luchas brutales donde no se respetaba convenio alguno –se llegó al extremo de intentar destruir a los rifeños mediante el lanzamiento desde aviones de gases tóxicos sobre objetivos civiles–, surgieron una serie de militares conocidos como los africanistas, formados en aquella guerra sucia  y que consiguieron rápidos ascensos.

Fue uno de ellos, Franco, el que elevado al Estado Mayor por el ministro de la Guerra Diego Hidalgo Durán, envió al ejército de África en octubre de 1934 a sofocar la revolución asturiana a las órdenes de Yagüe. Y también de ahí, vista su eficacia, saldrían dos años después las fuerzas mercenarias que arrasarían a sangre y fuego los pueblos y ciudades de la ruta que, en cuatro meses, les llevaría hasta las puertas de Madrid al mando de Franco y de sus conmilitones africanistas.

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Matar un pollo para asustar al mono

"Hay algo que va mal, ya sé que a ti te da igual, pero hay algo aquí que no va.

Tu imagen ya a nadie asusta y piensas que todo va bien"

Kortatu.

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El chantaje del Gobierno a las CCAA

El Consejo de Política Fiscal, el órgano que coordina la política financiera del Estado y las Comunidades Autónomas, decidió en abril de ese año los objetivos de déficit para cada territorio. Posteriormente éstos se incluyeron en el Programa de Estabilidad que presentó el Gobierno a la Comisión Europea, marcando una vía que posteriormente fue modificada con Bruselas estableciendo una nueva senda de reducción del déficit más laxa. Concretamente, pasamos de un objetivo de 3,6% para 2016 a un 4,6%, mientras que para 2017 el objetivo se relajó de un 2,9% al 3,1%. Dado que los objetivos de déficit se han modificado, ampliando el margen, este desahogo fiscal se tiene que repartir principalmente entre Estado y CCAA por lo que es necesario actualizar el reparto para que estas últimas tengan mayor capacidad fiscal. Este nuevo reparto solo se puede hacer en el órgano competente, es decir, el Consejo de Política Fiscal pero el Gobierno en funciones ha preferido hasta ahora no actuar por unas razones que tienen que ver mucho con el tacticismo post electoral y poco con las necesidades económicas del país. En caso de no convocar el Consejo y forzar a las CCAA a ceñirse a la senda anterior, más estricta, Montoro estaría obligando a aplicar la austeridad de forma pasiva. Si las CCAA se someten al objetivo de déficit del 0,1% del anterior pacto de estabilidad, éstas no tendrán el mayor margen fiscal que posibilita el nuevo acuerdo con la CE, es decir, deberán efectuar recortes adicionales en un país cuyo gasto público ya ha tocado el hueso del estado de bienestar.

Pero hay una razón más que explica esta actitud extorsionadora del Gobierno en funciones hacia las CCAA: tapar el agujero en las cuentas públicas que han provocado sus pésimas reformas fiscales y sus erróneas (o interesadas) previsiones sobre la recaudación pública. En 2015 el Ejecutivo desarrolló una reforma fiscal que ha supuesto una merma en la recaudación, concretamente en junio de este año ha sido un 2,3% inferior (3,2% menos en variación homogénea) con respecto al mismo periodo del año anterior. Esto es especialmente grave en un país con un déficit estructural de ingresos públicos (más de 7 puntos con la media de la eurozona). Fue de tal desmán esta reforma que el gobierno preveía un incremento del 10% en el impuesto de sociedades ¡y ya ha caído más de un 80%! Es tan flagrante el interesado -y electoralista- pronóstico que el PP se está viendo obligado a derogarse a sí mismo, prometiendo a Bruselas que revertirá la reforma del impuesto de sociedades en los presupuestos de 2017. En la práctica, el Estado central está intentando guardarse para sí todo el mayor margen de maniobra y así externalizar la culpa de la desastrosa política fiscal a las CCAA. El problema no es que no haya Gobierno, sino que el que ejerce en funciones -y también antes de entrar en funciones- está jugando electoralmente con los ingresos públicos, los de todos, como si fueran de su propiedad.

Por si esto no fuera suficiente, el Ejecutivo pretende, además,  utilizar la incertidumbre y la fragilidad de las CCAA como un elemento de presión para que finalmente se perciba un estado de urgencia y necesidad que empuje a otras fuerzas políticas a abstenerse en otro eventual intento de investidura de Mariano Rajoy. Estos son los buenos gestores que utilizan las cuentas públicas para mantenerse en el poder a toda costa, utilizando todos los medios a su alcance para presionar a sabiendas de que esta estrategia pone en peligro el Estado de Bienestar, que está soportado en su mayor parte por las CCAA (sanidad, educación, servicios sociales, etc.). Todo esto no es nada nuevo.  La estrategia de asfixia a las CCAA ha sido una constante durante la legislatura de Rajoy durante la cual ha penalizado de manera interesada a las CCAA a través de un reparto del déficit que ha limitado sus funciones y sus objetivos presupuestarios.

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El 'trilema' de París: competitividad, empleo y medioambiente

He leído en los últimos meses con mucho interés abundante información sobre los problemas de todo orden que ya se vislumbran para aplicar las buenas intenciones contenidas en el acuerdo alcanzado en la pasada cumbre de París, en torno al cambio climático que amenaza el futuro -y el presente- de nuestro planeta.

Observo que al tiempo que suscribimos grandes y buenas intenciones sobre las emisiones de gases de "efecto invernadero", nos liamos de modo continuo en numerosas disonancias cotidianas en lo que a gestión del equilibrio ambiental más inmediato se refiere.

Sin duda, compatibilizar el trinomio competitividad empresarial-empleo-protección del equilibrio ambiental, no resulta sencillo en el marco de una economía de mercado, en el ámbito del modelo socioeconómico en el que nos movemos. El mercado contempla toda regulación como algo exógeno al mismo; buena parte de los impactos de su forma de operar, tanto en términos de empleo como de equilibrio ambiental, son interpretados como "externalidades”, que son aquellos que afectan a terceros –a los no intervinientes en la pura relación mercantil-.

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Nuestros retos

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El crecimiento de la extrema derecha se basa, a mi juicio, en la promesa de seguridad que ofrecen a los sectores desprotegidos de una sociedad. Es así como estos proyectos clasistas y xenófobos han conseguido atraer no sólo a la clase trabajadora, perdedora directa de la globalización, sino también a las auto percibidas clases medias, víctimas adicionales de la globalización y la crisis.

Desde el punto de vista teórico, esto es coherente. El avance del libre mercado como criterio rector de la sociedad, cuestión en la que la globalización neoliberal es ejemplo paradigmático, conlleva el salto al vacío de sectores sociales otrora protegidos por las políticas públicas. Es lógico que estos sectores busquen en la política, pero también fuera de la misma, su propia seguridad. Y he aquí la verdadera disputa de nuestro tiempo, a saber, la de qué proyecto político será capaz de articular propuestas de seguridad no basadas en las posiciones de la extrema derecha sino en los valores y principios de la izquierda. O, por decirlo de otro modo, qué proyecto político será capaz de crear una alternativa creíble que proporcione seguridad, entendida en su concepción civil y no militar, a la clase trabajadora y, por ende, a la mayoría de la población. La pregunta es obvia: ¿cómo hacerlo?

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El dominó del infierno: la amenaza populista

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A menos ya de siete semanas para que tengan lugar las elecciones americanas, una inquietante pregunta recorre el mundo: ¿puede realmente un tipo como Donald Trump llegar a convertirse en el nuevo inquilino de la Casa Blanca durante los próximos cuatro años? Y es que la trascendental cita electoral es, en esta ocasión, completamente atípica; lo es por la falta de consenso generalizado entre los dos candidatos pero también por el peligro, nunca suficientemente denunciado, que representa la candidatura del multimillonario.

Cada vez que veo una foto o escucho un reportaje sobre el rubio e inclasificable –también incalificable– populista, reconozco en él algunos de los más peligrosos rasgos de su histórico, ¿adversario?, Vladimir Putin –con el que últimamente parece mantener una excelente relación y quién sabe si también inconfesable colaboración– y un escalofrío recorre mi cuerpo al pensar en el peligro real que representaría una hipotética victoria electoral del lenguaraz plutócrata en las urnas del próximo 8 de Noviembre.

Se trata de un peligro no solo circunscrito al destino de los Estados Unidos de América, sino al de todo el mundo. Sí, porque Trump no es solo un multimillonario pop y populista que agita a la gente. Sus mensajes son tan extremos que incluso los republicanos más ortodoxos, los más "derechistas", se sonrojan o incluso se atreven a criticarle abiertamente. Trump es, a día de hoy, el símbolo de una nueva "Revolución de Octubre"… sí, han leído bien. Pero de signo completamente opuesto a la que en 1917 terminó con una Rusia aún casi medieval, con un tejido económico atrasado y empobrecido y deshecha por la desintegración de los grupos políticos hasta entonces tradicionales, castas enredadas en un sinfín de luchas internas y que finalmente acabó alumbrando el liderazgo de un hombre nuevo, Lenin, que dispuso para sí de un poder casi ilimitado.

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Ni Rajoy, ni elecciones

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Recientemente en un programa televisivo de actualidad política me preguntaban si prefería a Rajoy de presidente o terceras elecciones. Rechacé la dicotomía que se planteaba como única e irremediable porque, sin duda, hay alternativas y porque además nunca he aceptado los caminos que nos abocan a elegir entre lo malo y lo peor.

Hay un buen motivo para no repetir elecciones: las personas elegidas como representantes de la ciudadanía tienen la obligación de gestionar el voto, es decir, la voluntad de aquello que se ha expresado en las urnas. Convocar nuevas elecciones es tanto como trasladar el siguiente mensaje: os habéis equivocado. Volvedlo a intentar. Creo que es inaceptable desde el punto de vista democrático, puesto que el voto no se yerra, sino que nace de la voluntad o convencimiento de cada cual, por mucho que alguien pueda no compartir la elección de otra persona.

Si consideramos que ya hemos ido a elecciones por segunda vez y que el panorama ha variado poco, creo que debemos concluir que unas terceras elecciones para lo único que servirían es para hastiar todavía más a la gente. Pero, si además lo analizamos desde el punto de vista de la pulsión de cambio la consecuencia es todavía más negativa. La decepción crece ante la imposibilidad de que la ola cambio, que comenzó en las elecciones europeas de 2014, se haya frenado definitivamente sin que haya un gobierno de España que traduzca el cambio político.

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Paisaje después de la sentencia europea sobre las indemnizaciones laborales

I. El seísmo. La Sentencia del Tribunal de Justicia de la UE sobre la desigualdad en España de las indemnizaciones de los contratos temporales respecto a los fijos ha producido una verdadera conmoción en cuantos están de una u otra forma implicados en el sistema de relaciones laborales. El estremecimiento responde sobre todo a que la Sentencia pone indudablemente en cuestión uno de los aspectos más sensibles y controvertidos del sistema laboral español: el uso y regulación de los contratos temporales, que es el origen desde hace muchos años de la elevada precariedad del empleo, sin que se haya tomado medida eficaz alguna. Así, las interpretaciones han oscilado desde las visiones interesadas hasta las despistadas; desde quienes quieren que la Sentencia carezca totalmente de consecuencias hasta los que piensan que todos los problemas podrían quedar solucionados.

II. Consecuencias. La Sentencia, a mi juicio, tendrá extensas repercusiones. El Tribunal europeo responde a las cuestiones prejudiciales presentadas por el Tribunal español enunciando con claridad la interpretación que se debe dar a la norma europea, que prevalece sobre las leyes nacionales. De tal forma que, ante cualquier futura demanda judicial exigiendo la aplicación a un contrato temporal de las indemnizaciones contempladas para los trabajadores fijos, lo previsible y razonable es que los tribunales apliquen esa interpretación.

A saber: las indemnizaciones forman parte de las condiciones de trabajo, y la normativa española no puede amparar diferencias en las condiciones de trabajo (incluidas indemnizaciones) entre trabajadores temporales y fijos similares. La finalización de un contrato temporal queda, para el Tribunal europeo, asimilada al despido por causas objetivas de un contrato fijo.

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El pañuelo de Takwa y su osada ciudadanía

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Algo falla en nuestro sistema cuando en pleno siglo XXI, el derecho a la educación de una mujer se convierte en un hecho noticiable. Aunque siendo sincera, lo noticiable de este caso no ha sido el derecho a la educación sino, una vez más, el cuerpo de una mujer y más concretamente su indumentaria. Enviar a una alumna a casa por su vestimenta no-normativa, lanza un mensaje claro: el cuerpo de las musulmanas es objeto de debate público y este debate es más importante que su educación.

Takwa Rejeb, una joven estudiante de 23 años, se convierte en objeto de debate nacional en plena efervescencia pre-electoral, tal y como manda la tradición. Te ha tocado amiga, tu cuerpo está de moda, o mejor dicho, opinar sobre él y tus decisiones individuales. Y para moda, la del instituto por expulsar a alumnas musulmanas, cuatro para ser más exacta. Todo se resume en una misma idea: que las alumnas no sean visiblemente musulmanas, negar su identidad. Exactamente igual que los edictos de conversión forzada promulgados cinco siglos atrás.

"[...] ni sean osados los moros de fazer pascuas ni quaresmas mahometicas publicamente ni secreta, ni cosas concernientes a la perfida secta mahometica, so pena de ser esclavos irremisiblemente [...]" (Edicto de Conversión de 1526 para el Reino de Aragón).

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Carta a quien no estudie Filosofía en Bachillerato

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Querida alumna, querido alumno que este año empiezas 2º de Bachillerato y no podrás cursar Filosofía. Lo lamento. Luchamos, pero no lo conseguimos. Pienso si pedirte perdón por perder la batalla, pero muchas de las gentes que ocupamos las sillas y las pizarras del Aula de Historia de la Filosofía, nos dejamos la piel para que los que venís detrás, tuvierais vuestro sitio asegurado. No lo conseguimos. Es un hecho. Fracasamos. Pero, querida alumna, te aseguro que no habrá sido por huelgas, manifestaciones y movilizaciones. Pero, querido alumno, te aseguro que no han faltado protestas, denuncias, recogidas de firmas, artículos y cartas enfurecidas, aunque cargadas de razón, para evitarlo. Os puedo prometer que el profesorado y el alumnado comprometido –que somos mayoría– hemos luchado durante años, ya casi cinco,  para que en este septiembre, tuvierais garantizado vuestro sitio en clase de Historia de la Filosofía, y sin embargo, fracasamos. Al menos, de momento. Porque no os vamos a abandonar en manos de esta derecha nauseabunda.

Querida, querido: os escribo desde la Biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras donde estudio. Me rodean libros y estudiantes, compañeras de clase, y compañeros de las carreras de Humanidades. Leen y escriben con atención. Quiero que lo sepáis: si ahora os escribo desde este lugar es gracias a la escuela pública y más concretamente, a mis clases de Historia de la Filosofía, que, aunque me encuentre inaugurando el tercer curso de la carrera, las recuerdo vivamente con agradecimiento y nostalgia.

Querido, querida: este año no os preguntaréis cuál es el origen del Universo. Tampoco os hablarán de que existieron en la Antigüedad unos filósofos que, en esta facultad tan amante de palabras raras pero de ideas claras, denominamos presocráticos. No estaréis al tanto de la polémica entre Sócrates y los Sofistas. El debate entre lo natural y lo convencional –Physis y Nomos– no se os pasará ni por la imaginación.

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