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Carta a un preso

Tu ausencia amarga, tu lejanía de muros, nos quema. Tener que escribirte duele. Pero, como cualquier carta a un preso, hacerlo es un mensaje de futuro. Una hoguera en medio de la noche helada

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Jordi Cuixart (Òmnium), en su discurso tras la manifestación de la Diada

Jordi Cuixart (Òmnium), en su discurso tras la manifestación de la Diada

“Un hombre aguarda dentro de un pozo sin remedio,

tenso, conmocionado, con la oreja aplicada.

Porque un pueblo ha gritado, ¡libertad!, vuela el cielo.

Y las cárceles vuelan.” ( Miguel Hernández, Las cárceles)

Querido Jordi (Cuixart):

El día en que jueces y fiscales te señalaron con el dedo tuerto, nos ardió impaciente la indignación. O la náusea de la injusticia. Desde que los altos tribunales se sientan a cenar en la mesa de los poderosos, son malos tiempos para la justicia. Como diría Rosa de Luxemburgo, la justicia es servil con los tiburones y cruel con las sardinas.

Hace poco se cumplieron cuatro meses desde que te despojaron de uno de los bienes más preciados (la libertad) y te vaciaron el alma de oxígeno. Han sido cuatro meses de suplicio, castigo y venganza. Cuatro meses de memoria de una sinrazón, lejos de tus afectos y tu tierra. Cuatro meses con sabor a lágrimas del opaco cemento de una cárcel impenetrable. Como si tuviéramos una astilla clavada, desde entonces, nos falta el aire.

Tu ausencia amarga, tu lejanía de muros, nos quema. Tener que escribirte duele. Pero, como cualquier carta a un preso, hacerlo es un mensaje de futuro. Una hoguera en medio de la noche helada. Se alimenta de soledades, de distancias, pero se construye con puentes de esperanzas.

Con esta carta quiero insuflarte ánimos. Recordarte lo que has sido y siegues siendo para todos los que te extrañamos. Con tu empeño insomne por abrir camino, fuiste (y sigues siendo) un referente de coraje y dignidad. Siendo como eres un militante pacifista dispuesto siempre a extender la mano al prójimo, incluso a quienes solo ofrecen autoritarismo y ruindad, duele que te asocien arbitrariamente con la violencia. Sacrificando tu tiempo libre y de forma desinteresada, te has dejado la piel en lograr una sociedad más libre. Sabías que el camino no era fácil. Los sueños colectivos nunca lo son. Requieren de gente movilizada, ilusionada y dispuesta a sacrificarse. Son procesos largos llenos de espinas. Y más en una democracia imperfecta como la nuestra. No por casualidad, a diferencia del resto de Europa, aquí el fascismo nunca fue derrotado y el poder se construyó sobre sus cimientos. Las togas de quienes ocupan la cúspide judicial no están, por esa razón, limpias. El polvo del franquismo las ensucia. Lo sabes tú bien. Y lo recordábamos hace poco en unas jornadas contra la impunidad franquista celebradas en la Modelo, donde sentimos tu ausencia muy presente.

Vivimos tiempos difíciles, donde la polarización se extiende como una mancha cancerígena. Ahora más que nunca, resulta imprescindible recoser complicidades entre unos y otros; poner en valor lo que nos une por encima de lo que nos separa. En esa tarea urgente, figuras como la tuya son un faro en la niebla. Frente a la actual deriva autoritaria, hay que rescatar el espíritu unitario de la Asamblea de Cataluña de los 70. O la filosofía que latía detrás del lema “un solo pueblo” - catalanes de linaje y nuevos catalanes- del viejo dirigente del PSUC, Josep Benet. Te lo había oído gritar a los cuatro vientos con voz solemne de los grandes momentos: ¡somos un país mestizo! Hay que ver el fenómeno migratorio, no a partir de su grado de integración, sino como una nueva realidad construyendo una patria común con identidades y orígenes múltiples. Gente nacida aquí y gente venida de Murcia en los años 30; de Andalucía, Extremadura o Galicia en los años 60. Gente que se encontró un entorno en condiciones muy duras, sin servicios ni transporte público. Y con un esfuerzo inmenso, anónimo y silencioso, levantó nuestras ciudades desde abajo. Muchos de ellos, vecinos del extrarradio gris, la “Internacional de los bloques” evocada por tu apreciado Pérez Andújar. Siempre te identificaste con esa gente humilde y sencilla que, como tu madre, emigraron persiguiendo un futuro mejor. Eras incapaz de pensarte separadamente de sus reivindicaciones o pulsaciones vitales. De quienes llegaron, pero también de quienes se quedaron en sus tierras. Apelabas a menudo a la fraternidad y al anhelo de emancipación de las clases populares del resto de territorios ibéricos. Algo se ha torcido o no se habrá hecho bien cuando no pocos de ellos, lejos de sentirse interpelados por personas como tú, se han sentido amenazados en su identidad. Y envolviéndose entre banderas, han entregado su voto a un nacionalismo de extrema derecha. Ya lo hablaremos cuando recuperéis la libertad, pero seguro que lo que ha pasado te duele ahora en el alma, tú que eres un internacionalista obstinado en trascender filiaciones y fronteras. También te dolía ver cómo otros nacionalistas utilizaban la unidad patriótica para diluir luchas sociales y ocultar sus miserias. O el discurso contra un “Madrid” al que injustamente reducían a una de las dos Españas, olvidando que también es la ciudad mestiza, del orgullo gay, del 15-M o del “no pasarán”.

Recuerdo cuando me defendiste ante los silbidos de un auditorio de exaltados al mencionar a ese otro Madrid popular y antifascista. Lloré de rabia ante tanto desprecio ignorante y tú querías hacer un comunicado de condena. Ambos creíamos que la idea de una España uniforme e irreformable era reaccionaria. Existe una España vieja, monárquica, caciquil, miedosa, de sacristía, que embiste al grito de “a por ellos” y aspira a helarnos otra vez el corazón. Ésta está ganando. Sin embargo, ha aflorado también otra España joven, indignada, republicana, interreligiosa y laica, plurinacional y reacia a ser una prisión de pueblos. Con esa otra nueva España compartimos horizontes, sueños y anhelos comunes. Hay quienes, a ambos lados, quieren romper esa corriente de simpatía entre unos y otros.

Con nostalgia, te recuerdo ahora en todos los momentos vividos. Te recuerdo en charlas con amigos como Quim Arrufat en un aula de estudiantes o Toni Comín y Eulàlia Reguant encima de un escenario de Nou Barris. Te recuerdo cuando nos despedíamos la noche antes de tu encarcelamiento. Sabías el peligro al que te dirigías y, a pesar de ello, conservabas el valor de animarme con la claridad silvestre de tus risas. Te recuerdo cuando tú y Jordi Bosch me persuadisteis para que me hiciese socio de Ómnium Cultural, una entidad con casi cien mil afiliados y sesenta años de historia. Si no fuera por ti, no lo habría hecho. Contigo superé prejuicios y recelos antiguos. Fue en el año 2016. Querías que  Ómnium fuera casa común del soberanismo republicano, donde convivieran federalistas, confederalistas o independentistas. Querías trazar complicidades con otras organizaciones estatales que defendían el derecho de decidir del pueblo catalán. Recuerdo tu insistencia en que te presentara a Pablo Iglesias. Me gustaba tu visión inclusiva del catalanismo y la cultura. Me hablabas con entusiasmo de celebrar la Noche de Santa Llúcia en el Hospitalet de Llobregat. Por primera vez, después de 65 años, el principal acontecimiento literario se desplazaba a una ciudad metropolitana, obrera y cuna de tantas personas de origen inmigrante. Poco antes, habíamos participado juntos en un acto de vuestra campaña Lluites compartides. Allí defendimos la interrelación entre las luchas de los últimos 50 años de mucha de esa gente venida de otros lugares con las luchas colectivas del presente. Defendimos a la clase trabajadora, valiente, que nos recordaba que los derechos nunca se regalan. A la lucha feminista de una ciudad con nombre de mujer. A los que salían cada 11-S para exigir urnas y democracia. A los jubilados infatigables defendiendo lo ganado para sus nietos. A la gente de la PAH y el 15-M poniendo el cuerpo para recuperar lo que es de todos. A los viejos antifranquistas peleando por la memoria democrática. A quienes alzaban la voz contra el sufrimiento provocado por CIEs y fronteras; o exigiendo más refugiados en la manifestación más grande de Europa.

Tú que has luchado tanto por la libertad ajena, has acabado perdiendo la tuya. Como Forn, Sánchez y Junqueras, te has convertido en preso político del siglo XXI. Lo explicaba hace poco en un artículo que te mando junto a esta carta. Son muchos quienes te precedieron en esa ingrata condición. “Hem vist tancats a la presó homes plens de raó...no, diguem no” cantaba Raimon ya en los recitales de los 60. Antes de ti, estuvieron “hombres llenos de razón” como Wilde, Gramsci, Luxemburg, Roque Dalton, Sands, Mandela, Miguel Hernández.  Lo recordaba recientemente un amigo común, el periodista David Fernández.

El corazón se me encoje cuando te pienso ahora detrás de unos barrotes infames que ennegrecen los horizontes, en una celda diminuta y mal iluminada de Soto del Real. O cuando hablo con tus seres queridos o con el resto de perseguidos políticos. Todos ellos forzados a recorrer centenares kilómetros. Es terrible que no puedas levantar el teléfono y escuchar al otro lado la voz afectuosa de Txell; que solo puedas verla brevemente una vez a la semana tras un grueso cristal; o que solo puedas abrazar a tu hijo de diez meses una vez cada tres meses. Ante el vacío institucional provocado por la vil aplicación del artículo 155, debes saber que como ayuntamiento no nos quedamos de brazos cruzados. Hace poco, por ejemplo, llevamos ante la justicia la vulneración de derechos humanos del 1-O y denunciamos lo sucedido ante el Congreso de los Diputados o el Parlamento europeo. Esta semana hemos vuelto a reclamar vuestra libertad o, como mínimo, el fin del doble castigo del alejamiento. No olvidamos que la prisión es un espacio de aislamiento, hostil y deshumanizado. Allí el tiempo se congela y se hace perpetuo. Se pierde la intimidad, la luz solar, las cosas básicas de la vida: el contacto, las miradas y la ternura de quien se ama. Como decía Albert Camus, “la prisión es un suplicio cotidiano que nadie tiene derecho a infligir a un ser vivo en nombre tan solo de una opinión o de una concepción del mundo”. Cada día lo recordamos con un lazo amarillo colgado en la fachada consistorial señalando vuestra ausencia.

Los que te queremos nos vamos a acostar noche tras noche con ganas de abrazarte. Cerramos, luego, los ojos con la mala conciencia de disfrutar de una comodidad a la que a ti te han privado. Y sentimos que entre tú y la mayoría del pueblo catalán nos une un hilo rojo indestructible. Seguro que hay momentos difíciles en los que te sentirás solo en un pozo sin salida. Acorralado. Triste. Abatido. Y no verás el futuro con esperanza. Entonces, acuérdate de que somos miles los que estamos allí fuera. Acuérdate de nosotros sufriendo contigo. En el fondo, el castigo es colectivo. Tu cautiverio es nuestro cautiverio. Como en el 1-O, es una herida abierta que escuece pero nos hace más fuertes y lúcidos. Hemos vivido juntos tantos momentos duros que somos más pueblo ahora que nunca. Por querer votar, nos pegaron, insultaron y humillaron. Nos quisieron imponer censuras vergonzantes y el silencio por la fuerza del miedo. Nos trataron de delincuentes. Y, finalmente, nos han quitado la libertad. Lo que nunca podrán arrebatarnos es la dignidad de volvernos a levantar para decir que somos quienes somos y exigir respeto por nuestros derechos. Con persistencia pero con la mano extendida, sin rencor ni rabia, porque no queremos convertirnos en aquello contra lo que luchamos. Como las compañeras nos han enseñado, la política sin amor no es política. Tampoco lo es, pero, sin memoria y anhelos de justicia. No lo dudes: seguiremos soñando una democracia donde refugiarnos; para que la razón venza al miedo, a la ignorancia y al odio. No descansaremos hasta que tú y el resto volváis. No seremos libres hasta que vosotros lo seáis.

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