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La economía actual es el problema, no la solución

El año no ha hecho más que empezar y ya ha sido inundado con terribles noticias: dos nuevos informes recogen más evidencias sobre el riesgo que supone para la Tierra la actividad económica humana, y nos impactan con algunos datos como que las 85 personas más ricas del planeta son igual de ricos que el 50% más pobre, y además la diferencia entre unos y otros se sigue ampliando.

Al mismo tiempo, se está invirtiendo una gran cantidad de esfuerzo para asegurarnos que el crecimiento económico y la economía capitalista son esenciales para solucionar lo que algunos llaman una "crisis de civilización". Los grupos de interés empresariales juegan con nuestros miedos y nos siguen subrayando que sólo el esquema de una economía basada en el crecimiento constante, independientemente de su injusticia y de la destructividad asociada a ella, puede garantizar empleos y seguridad.

En los países ricos nos movemos en nuestro día a día como si nada fuera a cambiar, como si nuestros estilos de vida no estuvieran profundamente vinculados a la pobreza existente en todas partes y al exceso destructivo que sacude el planeta en general. Parece que vivamos en medio de una gran negación colectiva que nos permite seguir confiando en los antiguos discursos en los que el crecimiento y la competencia siempre son buenos y la tecnología y los expertos son capaces de arreglarlo todo.

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Si no hay de todo para todos, ¿qué quiere decir ser libre?

En el nivel de consumo actual de España (a pesar de las enormes desigualdades y la violenta fractura social existente), el planeta no podría soportar más que a 2.400 millones de habitantes. Sobrarían, por tanto, más de las dos terceras partes de la humanidad. Aún más: en un mundo que utilizase sus recursos naturales y servicios ambientales al nivel en que lo hacen los EEUU hoy --¡que se proponen como modelo al resto del mundo!--, sólo podrían vivir 1.400 millones de personas. Así que, si continuamos por la senda de este “modelo de desarrollo”, los genocidios están preprogramados.

Centrémonos sólo en una necesidad básica, la alimentación. Si 9.000 millones de personas (la población en que se estabilizará quizá la demografía humana durante el siglo XXI) tratasen de comer como hoy lo hace el estadounidense promedio, harían falta las tierras de cultivo de más de dos planetas adicionales para soportar esa dieta: 4.500 millones de hectáreas –cuando en la Tierra sólo hay unos 1.400 millones de hectáreas de tierras de cultivo. El mismo cálculo, desde otro ángulo: con dieta estadounidense, y teniendo en cuenta que hemos de cultivar más cosas que alimentos en las tierras de labor (fibras por ejemplo, o materias primas para la producción) el planeta sólo podría dar sustento a 1.500-2.000 millones de personas (hoy somos más de 7.200 millones).

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La economía circular o la invención del círculo

Últimamente oímos hablar bastante de economía circular en las discusiones acerca del desarrollo económico y su interacción con el medio ambiente. En particular, en Europa se ha puesto de moda este término desde que el 25 de septiembre de 2014 se aprobara la comunicación de la Comisión Europea al Parlamento, al Consejo Económico y Social y al Comité de las Regiones, llamada " Hacia una economía circular: un programa de cero residuos para Europa".

El concepto no es para nada nuevo. China venía trabajando desde hacía tiempo en una iniciativa de consumo y producción sostenible, llamada economía circular, que ya se basaba en la mejora en el uso de recursos (eficiencia de uso), en el fomento del reciclaje y en la reducción de los residuos. Esto se materializó en forma de Ley el 29 de agosto de 2008, cuando se aprobó la  Ley de Economía Circular de la República Popular de China.

En ambos casos, el lado positivo es que se reconoce que hay que ir más allá de la linealidad del proceso económico que entiende la economía ortodoxa (se toman recursos del ambiente, se transforman con capital y trabajo, y se consumen). Se explicita que todo ese proceso implica generación de residuos y destrucción de la naturaleza, y precisamente se proponen mejoras en la eficiencia de uso y el reciclaje como soluciones. Sin embargo, como veremos, y a pesar de ser un paso adelante, esta propuesta sigue siendo insuficiente.

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La Unión Energética, ¡nos dará la fuerza!

Dependencia y vulnerabilidad frente a seguridad y mejores precios. La Unión Energética nos dará la fuerza para combatir la dependencia de las importaciones de la Rusia de Putin y nos hará menos vulnerables a sus autoritarias imposiciones. Si los Estados miembro hablan con una sola voz, este objetivo es más que posible. Y alcanzarlo no es cualquier cosa: conseguiremos la seguridad en el suministro y más competencia entre empresas energéticas a escala europea con el resultado de un mejor servicio a mejor precio para los consumidores.

A grandes rasgos, este es el discurso oficial de la Unión Energética, una suerte de win-win (todos ganamos) para Estados, empresas y ciudadanos europeos. Si decimos que la realidad es otra, sería demasiado pretencioso, digamos entonces que hay otra realidad e intereses que no aparecen explícitamente en el discurso oficial: el nuevo mapa geopolítico energético de la UE y la construcción del mercado único del gas. Veamos pues, como interactúan estas dos capas con dicho discurso.

Si llevas blancas, mueves primero.  El nuevo mapa geopolítico de la energía de la UE

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Deterioro ambiental, racionalidad económica y calidad de la democracia

El deterioro del medio ambiente es un reflejo del deterioro de la calidad democrática, de que ni las personas ni la naturaleza contamos para políticos y empresarios que toman decisiones que nos afectan.

Hace ya mucho tiempo que escuchamos declaraciones vacías por parte de los políticos en favor de la protección ambiental, pero esas declaraciones no se transforman en hechos pues forman parte, sin mayor trascendencia, del trabajo habitual de los propios políticos que, con frecuencia, hablan sin decir nada y sin que lo que digan implique un mínimo grado de compromiso con la realidad, a no ser que se prevea un cierto coste electoral. Como decía Castoriadis, si se han constituido movimientos ecológicos no es solamente porque los partidos existentes no se preocupan del problema, sino también porque la gente se da cuenta de que, si bien es cierto que los partidos hablan de ecología, sólo lo hacen por razones demagógicas, y que con estos partidos nunca ocurrirá nada diferente.

Para que el discurso ambiental de los políticos no sea demagógico es necesario que lo vinculen a la economía y que asuman que hay que cambiarla, es decir, que la solución a los llamados "problemas ambientales" requiere cambiar la racionalidad económica y profundizar en la democracia. Esto no es nada nuevo. El economista alemán Karl William Kapp escribía en 1950 que los problemas ambientales, a los que él calificaba de costes sociales, son las consecuencias negativas y daños generados por las actividades empresariales (guiadas por la lógica de minimizar sus costes privados), que recaen sobre las personas y el medio ambiente y de las que los empresarios no se consideran responsables al contar habitualmente con un marco legal permisivo, o que no penaliza adecuadamente a los infractores del mismo. Todo ello gracias a las presiones que los propios grupos empresariales ejercen sobre los gobiernos para configurar dichos marcos legales favorables.

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Alimentando otros modelos: cultivar entre las ruinas de la crisis

Huertos Urbanos

Más de una treintena de solares han sido reconvertidos en huertos comunitarios por entidades vecinales y ecologistas madrileñas, en una dinámica que ha llegado a ser reconocida por Naciones Unidas como buena práctica en sostenibilidad urbana. Entre las iniciativas de Barcelona resulta llamativa la de un grupo de jubilados de Nou Barris que han ido a juicio por montar hace cinco años unos huertos en los terrenos baldíos de la constructora de Carlos Nuñez, expresidente del F.C. Barcelona en prisión por sobornar a técnicos de Hacienda. La huerta valenciana maltratada por la presión urbanística encuentra aliados en los centenares de huertos familiares gestionados por asociaciones vecinales, que han brotado en los terrenos baldíos de las inmobiliarias en quiebra, tanto en Benimaclet como en el fallido megaproyecto de Sociópolis. Y podríamos seguir enumerando decenas de experiencias por toda nuestra geografía, donde el monocultivo de ladrillos en las ciudades está dejando paso a las verduras y hortalizas.

El acelerado desarrollo urbanístico inducido por la burbuja inmobiliaria ha tenido dramáticos impactos sociales (endeudamiento familiar y municipal, desahucios, viviendas vacías…) y otros ambientales menos destacados (artificialización de suelos agrícolas y zonas costeras, fragmentación de ecosistemas, expansión del urbanismo disperso y de las infraestructuras asociadas, aumento de los desequilibrios demográficos y de recursos…). Un modelo territorial que ha obviado el valor estratégico y multifuncional de los espacios agrarios periurbanos que producían cultivos de proximidad, pues muchos fueron sucumbiendo ante la especulación y el economicismo cortoplacista. Entre 1987 y 2000 la artificialización del suelo sobre áreas agrarias aumentó en un 30%, una tendencia que se reproduce en el conjunto de Europa, donde el 77% de los crecimientos urbanos se ha producido sobre suelos agrícolas entre 1990 y 2000.

Aunque había experiencias aisladas desde mediados de los años ochenta, el verdadero arraigo de la agricultura urbana se ha dado en los últimos años, adquiriendo especial presencia en la esfera pública y en la agenda política tras el 15M. De hecho, en las microciudades surgidas entre las tiendas de campaña y los toldos de lona de las acampadas de Madrid y Barcelona se reservó espacio para montar huertos indignados.

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La naturalización del capitalismo

El peor enemigo no es el que sabe esconderse, sino el que ni siquiera es considerado como tal, aunque continuamente nos lamentemos del daño que nos causa. Esta idea se ajusta muy bien a lo que ocurre con la cosmovisión capitalista. Las crisis económicas se consideran como un mal pasajero, una alteración excepcional que debe corregirse para volver al “orden natural” de las cosas. La idea de corrección no tiene aquí intención de cambio sistémico, sino de fiel retorno al mismo modelo neoliberal causante del problema, pretendiendo –inocentemente- mejorar sus estructuras de control. En realidad, si lo comparáramos con el desarrollo de un organismo, sería una “crisis de crecimiento”, como las conocidas calenturas de los niños cuando dan un estirón, pero nadie cuestiona que el niño tiene que crecer, pues está en su naturaleza. Por eso no se da un verdadero análisis profundo de las causas de la crisis multifactorial que nos están destruyendo -ecológica, económica, social- , porque la  lógica capitalista que está en su origen ni se cuestiona. Así, la disyuntiva que planteaba Ernest García par la humanidad contemporánea en su imprescindible El trampolín fáustico, o bien una existencia larga y modesta o una corta y lujosa, en realidad no es un dilema que se escenifique como debate sociopolítico. Simplemente nos dejamos llevar por la inercia dominante –el capitalismo de la acumulación y el crecimiento continuo-, y vamos lamentando sus consecuencias. En gran medida la cosmovisión capitalista ya forma parte de nosotros –de las sociedades occidentales que rigen el orden del mundo-, y de casi todas las demás que están en su esfera de influencia mediática y económica. No hay un afuera real desde donde observar con la suficiente perspectiva.

Podríamos decir que el capitalismo se ha ido “naturalizando”, considerándose como la evolución normal y deseable de las sociedades tecnocientíficas; como si “el desarrollo” fuera necesariamente un camino unidireccional, y como si tuviera algún sentido y futuro un modelo que agranda la pobreza de muchos y la riqueza de unos pocos, siendo finalmente incompatible con los límites de la biosfera. Desde un más que cuestionable darwinismo cultural, se entiende que de entre todas las posibilidades de evolución de los modelos socioeconómicos, el capitalismo es el que “naturalmente” se ha impuesto. A partir de ahí, el fracaso a la hora de combatirlo está asegurado, porque ya no se concibe como una alternativa más, sino como la previsible evolución de las culturas desarrolladas. Y sin embargo esto es absolutamente falaz. No hay un determinismo estricto en los procesos socioculturales, ni es natural desde el punto de vista del funcionamiento de la physis: todo en la naturaleza tiende a lo circular, no a la linealidad del crecimiento continuo. También nosotros como organismos somos circulares, no crecemos indefinidamente, ni vivimos eternamente. El capitalismo no es el télos inevitable de las culturas humanas, pero sí es cierto que ha sido el modelo que más ha triunfado de entre los posibles, y debemos ahondar en los motivos de su éxito.

¿Por qué se ha impuesto tanto a nivel cultural, económico y político? Porque deseamos sus imposibles promesas de riqueza fácil y bienestar creciente. Hay algo muy profundo en la pulsión de la acumulación –de poder, de dinero, de posesiones físicas- que tiene que ver precisamente con la conciencia de nuestra fragilidad y de la muerte, a la vez que con el culto impuesto a la individualidad y al ego. Como sabemos, la acumulación de dinero y la tendencia a acaparar poder y bienes materiales no se corresponde con nuestras necesidades reales, ni es directamente proporcional a la felicidad humana. Tiene que ver simbólicamente con nuestras carencias más profundas, esas que precisamente el dinero acumulado nunca resuelve.

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Los accidentes nucleares son para siempre y siempre se esfuerzan en negarlo

El próximo 11 de marzo se cumplirán cuatro años del terremoto de Japón y del accidente nuclear en Fukushima. En el primer caso, el duelo y el recuerdo - a los que sin duda me sumo- son la herencia de aquella catástrofe; pero en el caso del accidente nuclear, sólo es el comienzo de la pesadilla que permanece, o lo que es peor: una pesadilla que se quiere esconder.

En Fukushima un accidente nuclear, clasificado como el más elevado en la Escala de Sucesos Nucleares, llevó a la fusión de tres reactores nucleares creando un desastre único en la historia de la energía nuclear. A pesar de los enormes esfuerzos de las decenas de miles de trabajadores en terribles condiciones de trabajo y bajos salarios, contratados por el propietario de la planta, Tokyo Electric Power Company (TEPCO), la contaminación continúa y las amenazas de más accidentes siguen siendo altas.

Hay montones de problemas si hablamos de Fukushima: el agua contaminada, el desmantelamiento, las indemnizaciones, la contaminación … Si se piensa en las víctimas que aún viven en condiciones difíciles, no creo que podamos usar la palabra 'estable' para describirlo. El lector pensará que esta es la descripción de alguien de Greenpeace, como yo, pero no lo es. Son las palabras del primer ministro japonés Shinzo Abe, el pasado 30 de enero. Es el mismo que proclamó, cuando la candidatura de Japón ganó las olimpiadas, que todo estaba bajo control. Así es, los accidentes nucleares son para siempre, y siempre se esfuerzan en negarlo.

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La energía nuclear en aniversarios desgraciados

A lo largo de la historia de las sociedades industriales ha habido múltiples desarrollos tecnológicos que no han triunfado, que intentaron introducirse en la sociedad pero que fueron orillados. Cuando un nuevo desarrollo tecnológico incumple sus promesas, es decir, no proporciona todo el bienestar social que de él se espera, lo normal es que paulatinamente vaya apartándose hasta acabar desterrado. Tal ocurrió, por ejemplo, con el avión supersónico Concorde, que vio su final debido a su elevado precio y al accidente que sufrió el 25 de julio de 2000, el único en 27 años de servicio.

Sin embargo, con la energía nuclear esto no parece ser así. Se trata de una tecnología cara que ha sufrido varios accidentes graves y a pesar de los cuales sigue contando con apoyos y algunos agentes políticos y económicos se resisten manifiestamente a abandonarla. Se cumplen estos meses los aniversarios de los tres accidentes más graves acontecidos en centrales nucleares: 11 de marzo de 2011 en Fukushima (Japón), 29 de marzo de 1979 en Harrisburg (EEUU) y 26 de abril de 1986 en Chernobil (Ucrania). Además de estos se han producido algunos más con víctimas mortales y un sinnúmero de incidentes de gravedad diversa. Los tres grandes accidentes citados serían suficientes por sí mismos para calificar una actividad industrial de inaceptablemente peligrosa, sobre todo teniendo en cuenta que existen alternativas menos lesivas que la nuclear para producir electricidad. Además, el riesgo nuclear es inherentemente antidemocrático, porque unos pocos deciden sobre el riesgo que debe asumir el grueso de la población y se benefician de las actividades que genera ese riesgo.

Por si esto fuera poco, la energía nuclear no tiene resueltos algunos de sus problemas técnicos más importantes como la gestión de residuos radiactivos de alta, que serán peligrosos durante cientos de miles de años. Podemos mirar el caso concreto de España para darnos cuenta del calibre del problema técnico, social y económico que esto supone. Fue necesario crear ENRESA, una empresa ad hoc que depende del ministerio de industria, que se financió hasta 2005 con cargo al recibo de la luz y que hoy se financia con un canon que cobra a las centrales nucleares que el Tribunal de cuentas ha denunciado ya como insuficiente para garantizar la gestión hasta 2070 (fecha marcada por el último Plan General de Residuos). Por supuesto, cabe también preguntarse qué pasará después de ese año, pero el Tribunal no dice nada al respecto. Lo cierto es que desde 1985 hasta nuestros días, ENRESA ha buscado un emplazamiento para ubicar los residuos radiactivos, sin conseguir hasta ahora la construcción de una instalación centralizada, siquiera sea temporal.

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Consejos Ciudadanos: recuperar derechos y asumir responsabilidades

En las elecciones celebradas del 9 al 13 de febrero para conformar los Consejos Ciudadanos autonómicos de Podemos, la lista Podemos Ganar Madrid, de la que yo formaba parte, obtuvo un buen resultado (43’2% frente al 41’5% de Claro que Podemos, aunque la norma interna sobre paridad favoreció a esta segunda candidatura en detrimento de la primera -y también, paradójicamente, en detrimento de las mujeres candidatas, más votadas que los varones).

Pero no deberíamos interpretar lo sucedido estas últimas semanas en términos de “la lista de Miguel Urbán frente a la lista de Luis Alegre “, no somos 16 consejeros y consejeras frente a otros 18. Somos el Consejo Ciudadano, en una comunidad autónoma tan trascendental como Madrid, que en la especialísima coyuntura histórica en que nos encontramos va a desalojar al PPSOE. Y somos el Consejo Ciudadano de la pluralidad, la autoorganización desde abajo y la autoconstrucción social (el “empoderamiento”, un neologismo/ anglicismo que no me termina de convencer) porque éste es el modelo que puede -quizá- ganar, en las muy difíciles circunstancias que vamos a afrontar (véase por ejemplo, para no incurrir en ingenuidades de ningún tipo, el siguiente artículo de Eric Toussaint).

No somos 16 frente a 18: somos todo el Consejo Ciudadano. Y todo el Consejo Ciudadano de una organización que, sin patriotismos de partido ni fetichismos políticos de ningún tipo, sabe que tiene que construir el “partido orgánico de la izquierda” (o “de los de abajo” si se prefiere, no tengo problema con eso) que evocaba, en términos gramscianos, Julio Anguita.

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