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Caminar sobre el abismo de los límites

El desafío es serio: si continuamos dando la espalda a la crisis que denunciamos, la catástrofe nos alcanzará más pronto que tarde

No faltan propuestas sino conciencia y organización. ¿A qué esperamos? El mañana se construye ahora y aquí

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Macron advierte de que estamos perdiendo la lucha contra el cambio climático

Macron advierte de que estamos perdiendo la lucha contra el cambio climático EFE

Así se titula un  reciente informe elaborado por Ecologistas en Acción y La Transicionera. El texto parte de la constatación de que las evidencias aportadas por distintos organismos internacionales y por buena parte de la comunidad científica señalan que nos encontramos en un momento inédito en la historia de la humanidad: estamos a las puertas de un gran cambio civilizatorio.

Empieza a ser evidente el inicio del agotamiento de los recursos energéticos y materiales, así como los efectos iniciales del cambio climático y de la pérdida de biodiversidad. Paralelamente, el capitalismo global se enfrenta a una crisis que pone de manifiesto importantes límites estructurales. En este contexto, mantener la espiral de producción y consumo crecientes sólo puede acelerar la crisis sistémica.

Las manifestaciones de esta crisis global son palpables en el escenario político mundial. Las políticas de marcado corte xenófobo a ambos lados del Atlántico están respondiendo a la pérdida de empleos industriales y a la caída de las rentas de las clases medias, producidas por las políticas neoliberales, pero también al agotamiento de recursos físicos. Las grandes migraciones y desplazamiento de refugiados son consecuencia de los efectos de guerras en pos de recursos energéticos y de ventajas geoestratégicas, pero también de los efectos del cambio climático.

Posiblemente ya hemos alcanzado el pico de extracción de todos los líquidos combustibles (a partir de aquí lo que resta es de peor calidad y/o de más difícil extracción), y las reservas de gas y carbón decaerán en breve. Este panorama hace inevitable una reducción de los índices de consumo energético actuales (mayor para quienes más consumen) y requiere la transición hacia un modelo basado en fuentes renovables. Pero una sociedad 100% renovable será muy distinta a la actual, pues las prestaciones en potencia y versatilidad de estas fuentes son inferiores que las de los combustibles fósiles.

Por otra parte, si no conseguimos estabilizar la concentración de CO2 atmosférico y frenar las peores consecuencias del cambio climático se presentarán escenarios muy duros de escasez alimentaria y de agua, de pérdida de la biodiversidad, fenómenos meteorológicos extremos, desarrollo de plagas y enfermedades, desplazamientos humanos en masa, etc. Por ello, la lucha contra los factores que impulsan el cambio climático es el gran reto de nuestro tiempo.

La explotación de materiales no energéticos y de recursos esenciales como la tierra y el agua también está llegando a sus límites de explotación, disponibilidad y acceso (agravado por el declive energético ya mencionado). Esto nos lleva a un escenario de escasez material –ignorado insistentemente por quienes se empeñan ciegamente en el “crecimiento” económico-; el gran reto y la mejor de las apuestas para las mayorías sociales es conseguir una reducción de los niveles de consumo material acompañada de una redistribución justa y equitativa de los recursos.

Además, estamos presenciando la sexta gran extinción de biodiversidad en la historia del planeta. Este proceso pone en riesgo no sólo la existencia de millones de especies y hábitats, sino que amenaza gravemente el equilibrio de inter y ecodepedencia que sustenta la vida humana.

Para quien quiera ver, es claro que la espiral del crecimiento y el desarrollo infinito han tocado techo. El decrecimiento material de las sociedades ya no es una mera hipótesis o la reivindicación de ciertas minorías: es una realidad que empieza a desarrollarse bajo nuestros pies y se impondrá, queramos o no. La verdadera disyuntiva se plantea ahora entre un decrecimiento justo y otro injusto. Si no tomamos las riendas con decisión el factor tiempo juega en nuestra contra. Cuanto más retrasemos la transición energética hacia un modelo basado en fuentes renovables y la disminución de los niveles de consumo, cuanto más tardemos en afrontar decididamente el cambio climático y la degradación ambiental, más se alejará la posibilidad de un futuro digno para las mayorías sociales y las generaciones venideras. Debemos y podemos, iniciar ahora la transición a un nuevo paradigma que revierta los valores dominantes y dibuje sendas de esperanza que ofrezcan la posibilidad de una vida digna para la mayoría de las personas preservando al mismo tiempo la naturaleza.

Para ello es necesario abandonar el paradigma del crecimiento permanente e ilimitado, que ahora pretende relegitimarse afirmando su compatibilidad con una reducción del consumo de energía y del impacto ambiental gracias al aumento de la eficiencia y a la innovación tecnológica. Quienes nos emplazan a una cuarta revolución industrial hacen una profesión de fe en la ciencia y la tecnología, como si estas pudieran superar indefinidamente los límites biofísicos. Bajo la parafernalia tecnocrática, esta postura se basa únicamente en la fe (en los avances futuros), ignorando las evidencias de los estudios disponibles.

Los retos son de enorme magnitud. Pero el destino no está escrito. Existen opciones que pueden paliar las consecuencias más duras del colapso del sistema, protegiendo a las mayorías sociales. Opciones que requieren profundos cambios económicos, políticos y culturales. Con el fin de promover el debate social respecto a esta perspectiva estratégica, señalamos algunas de las posibles medidas a adoptar:

Puesta en marcha un plan multisectorial encaminado a un drástico descenso en el consumo material y energético, garantizando los consumos básicos para que toda la población goce de una vida digna. En 2030 la generación con energías renovables deberá alcanzar al menos del 45% y la reducción del consumo energético debería ser del 40% respecto a 1990.

Frente al cambio climático: elaborar estrategias multisectoriales que generen un drástico descenso en las emisiones de gases de efecto invernadero, a un ritmo como mínimo del 5% anual hasta 2030 y del 10% entre 2030-2040, para alcanzar la descarbonización antes de 2050.

Aprobación de un plan de emergencia para detener la pérdida de diversidad biológica, asegurando la conservación de los procesos ecosistémicos de los que dependemos todos los seres vivos y adoptando los compromisos de la Estrategia Europea de Biodiversidad y las Metas de Aichi del Convenio de Diversidad Biológica.

  • Promoción de una economía social, feminista y ecológica, centrada en el bien común y no en la acumulación de plusvalía monetaria, que ponga en el centro los procesos de sostenibilidad de la vida y garantice la equidad social.
  • Reconducir las políticas de infraestructuras de transporte y ur­banismo según criterios de eficacia y ahorro de recursos e impactos, y de equidad social. Fomento de la accesibilidad frente a la movilidad.
  • Abandonar el modelo agroalimentario petrodependiente en favor de la producción ecológica, local y a pequeña escala, primando la soberanía alimentaria de los territorios. Para 2020 alcanzar que el 30% de la superficie cultivada sea de producción ecológica, que el 30% del consumo interno sea de productos ecológicos locales, reducir en un 30% el uso de fitosanitarios de síntesis.
  • Promover una educación para la sostenibilidad, que propicie cambios en el modelo de desarrollo, los hábitos de consumo, la equidad de género y la participación.

El desafío es serio: si continuamos dando la espalda a la crisis que denunciamos, la catástrofe nos alcanzará más pronto que tarde. En cambio, si estamos dispuestas a defender una vida digna y sostenible sin exclusión social ni autoritarismos, es necesario ponerse en marcha. No faltan propuestas sino conciencia y organización. ¿A qué esperamos? El mañana se construye ahora y aquí.

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