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Alberto Garzón y el agujero negro

Interestellar

Juan Luis Sánchez

[Cuidado: este texto contiene spoilers de la película 'Interstellar']

Alberto Garzón fue pionero en adentrarse en el agujero negro que conecta la política tradicional con el futuro. Su misión era intentar llevar a la izquierda a una galaxia a salvo de la asfixia, de la insoportable sequedad institucional.

Algo se movía entre los libros académicos de la izquierda y, mientras muchos dirigentes creían que eran solo motas de polvo, Alberto Garzón supo que eran señales, órdenes, advertencias que escondían un mensaje claro para la formación en la que ya militaba: o hacia lo desconocido o hacia la muerte. ¿Quién enviaba esas señales?

En un debate en 59 segundos en TVE, todavía en la época de Fran Llorente, se reunía en una mesa a jóvenes de diferentes organizaciones políticas y sociales. De fondo, transcurría el 15M y aquello parecía una buena oportunidad para que los grandes partidos políticos demostraran que al menos su cantera comprendía lo que ocurría aquellos días en las plazas. Nada más lejos de la realidad; los portavoces de Juventudes Socialistas o de Nuevas Generaciones se regalaron la retahíla habitual de 'ytumases' con una desesperante pose institucional, como si ya fueran ministros o estuvieran esperando a serlo en cualquier momento.

En una de las esquinas de la mesa les esperaba una sorpresa: un chaval de 26 años y sin pinta de perroflauta pero tampoco de asesor ministerial. Hablaba diferente. Si volvemos a escuchar las formas y los fondos de Alberto Garzón aquella noche, nos sonarán habituales, porque ahora lo son. Pero entonces, no. Aquel día sonaba a nuevo y estimulante, conectado por fin con lo que sucedía realmente en la calle. Su nombre estuvo días dando vueltas a las redes sociales y un vídeo de YouTube con sus mejores frases en el programa acumuló decenas de miles de espectadores en apenas unas horas. En el páramo de voces personales y caras de referencia que era el 15M, muy crítico con cualquier intento de protagonismo, Garzón fue inmediatamente visto por muchos como ‘el elegido’.

Y la cosa fue a más. Garzón fue el primero en tocar con la punta de los dedos los botones del cuadro de mando que luego Pablo Iglesias pulsaría con maestría reconocida. Por ejemplo, el de las redes sociales, el de la conexión con el 15M y el de la televisión.

IU colocó a Garzón en la difícil lista por Málaga y fue diputado por los pelos. Fueron meses en los que llenaba por sí solo salas y auditorios por todo el país. Entonces no existía 'La Sexta Noche', pero sí 'La Noria' y luego 'El Gran Debate'. Era la época (hace solo 2 años) en la que llamaban a plató casi todas las semanas a Alberto Garzón o a Ada Colau o a Julio Anguita o a Diego Cañamero o a Sánchez Gordillo. La presencia de Garzón funcionaba como un tiro de audiencia, y cualquier tuit suyo arrastraba a miles. Su popularidad, como la de Colau, estaba por las nubes. “¿Te ves como presidente del Gobierno?”, le preguntó Jordi González en una entrevista muy amable. Algunas semanas después, Julio Anguita le señaló claramente como candidato mientras Garzón aguantaba el contraplano con cara de póquer.

En verano de 2013, Telecinco retiró 'El Gran Debate' entre quejas de Moncloa por darle demasiado sitio a estas voces. Si Izquierda Unida hubiera dado el paso en ese momento, Podemos no existiría.

Pero era demasiado pronto, se decían en IU. Eres demasiado joven, le decían a Garzón. Lo de la tele no es para tanto. Hay que curtirse en el Congreso y navegar las encuestas. Había que seguir cultivando aquellas tierras secas mientras creciera el penúltimo brote de cereal, y no embarcarse en misiones suicidas explorando lo desconocido en busca de nuevos planetas.

Ante la sequedad, Garzón podría haberse unido a Pablo Iglesias para fundar nuevas galaxias políticas en la izquierda, prescindiendo de lo anterior, rompiendo amarras con su familia política, dejando todo lo malo en tierra. No lo hizo.

Garzón e Iglesias fueron, cada uno desde su nave, compañeros de viaje. En plena travesía, Garzón decidió dar la vuelta y volver para averiguar si podía salvar a los suyos y hacerlos atravesar también el agujero negro hacia la nueva dimensión. Lleva dos años luchando por encontrar la manera de que vean las señales que él mismo en nombre de muchos está enviando desde un mundo paralelo y real. Empujando contra el muro de las estanterías de la izquierda. Hasta que por fin desde el otro lado, ya desesperados, han captado el mensaje.

Pero dentro del agujero negro de la transformación de la izquierda, el tiempo transcurre a un ritmo diferente. Ahora que sale de él, ahora que parece que podrá sacar a lo que quede de su familia de la tierra seca, ahora que regresa al espacio exterior con una propuesta de algoritmo actualizado para la izquierda, ahora que ha pasado de ser un desconocido veinteañero a previsible candidato de un partido superestructurado en apenas dos años, Alberto Garzón se encontrará con que el tiempo ha transcurrido mucho más deprisa ahí fuera, y que ya hay un nuevo mundo creado por aquel compañero de viaje que se empeñaba en que había que seguir el camino de las emociones. Despedirán a sus mayores y ya libres convivirán en una dimensión diferente, donde el arriba y el abajo, el dentro y el fuera, obedecen a otras leyes de la gravedad. Comenzará un nuevo baile interestelar.

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