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Catalunya es ya un serio problema europeo

Europa teme que el 155 provoque una rebelión del independentismo en la calle y que las escenas del 1-O vuelvan a las aperturas de las televisiones del continente

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Puigdemont llama al Parlament a decidir sobre el intento de "liquidar" el autogobierno

Carles Puigdemont. EFE

Ocurra lo que ocurra en los próximos días -y la aplicación del artículo 155 encabeza con ventaja la lista de posibilidades inmediatas- la crisis catalana va a continuar y nadie puede descartar que se vaya agudizar aún más a corto y medio plazo. Los poderes políticos europeos son muy conscientes de ello. Y temen que Catalunya abra una nueva dinámica que se sumaría al creciente populismo de ultraderechas, al terrorismo y al Brexit para amenazar la estabilidad política de la UE y el futuro mismo de la Unión. Unos cuantos artículos publicados en la prensa más seria del continente en los últimos días recogen la inquietud creciente de las élites europeas a este respecto.

Catalunya es la región emblemática de la imagen de la España moderna en el mundo y, de lejos, la más conocida y valorada y no sólo por sus atractivos turísticos. De repente ha dejado de ser un paraíso que había que visitar y se ha convertido en un drama. Con una fuerza inusitada. Lleva más de tres semanas en el centro de la atención política y mediática europea. Las cargas policiales del 1 de octubre han sido la noticia más destacada del año y lo que está pasando en Catalunya ha llegado hasta el último rincón de la opinión pública del continente.

En un principio, la mayor parte de los medios, indignados por la represión del Gobierno español, expresaron algo parecido a la simpatía con el movimiento independentista. Más tarde, sobre todo en los últimos días, se ha producido un cierto giro en la opinión publicada y más de un diario importante se ha colocado en posiciones muy críticas con el independentismo, al que se acusa de no representar más que a una parte de los catalanes y de haber roto la legalidad constitucional.

Un reciente  editorial de Le Monde ha sido el más claro ejemplo de esto último. Escrito con un ardor propio de la toma de posición ante una controversia de política interior y no ante un problema de otro país, el texto no decía nada que no digan los medios españoles que militan contra el independentismo. Pero más significativo que eso era justamente la pasión que ponía en sus argumentos. Que en un periódico casi siempre tan equilibrado como el rotativo francés no podía sino derivarse de la honda preocupación de que la crisis catalana termine teniendo graves consecuencias en todos los países, empezando por Francia misma.

Philippe Lamberts, el político belga que co-preside el grupo de los Verdes en el Parlamento europeo, ha expresado así esa preocupación: “Catalunya amenaza al espíritu de la integración europea incluso más que el Brexit”. Porque la iniciativa independentista ataca directamente al principio básico de la que Unión Europea está fundada sobre la autonomía constitucional de sus Estados-miembro, de sus leyes. Aunque también porque la actuación represiva del Gobierno español atenta contra la protección de los derechos humanos y civiles que es otro principio fundacional de la UE.

El primero de los argumentos explica por qué el Consejo Europeo y la mayoría de los gobiernos europeos se ha alineado firmemente con Rajoy y lleva a preguntarse por qué los dirigentes independentistas siguieron en su camino de ruptura sabiendo desde el principio, porque se lo habían tenido que decir muchas veces, que no iban nunca iban a encontrar el mínimo apoyo en las capitales europeas.

El segundo, el rechazo a las cargas policiales, hasta ahora no se ha expresado con tanta claridad. Es cierto que el portavoz oficial del Consejo Europeo criticó en su momento la acción policial. Pero públicamente no se ha ido más allá. En privado, las cosas han debido de ser algo distintas. Hay sólidos indicios de que algunos de los principales gobiernos, y Bruselas misma, han tratado de influir para que Rajoy contuviera sus respuestas y, sobre todo, emprendiera cuanto antes el camino de la negociación. Seguramente lo siguen haciendo. Y es muy probable que el motivo principal de las dudas en torno a la conveniencia de aplicar el artículo 155 procedan justamente de las presiones europeas para que no se haga.

Europa teme que el 155 provoque una rebelión del independentismo en la calle y que las escenas del 1-O vuelvan a las aperturas de las televisiones del continente. Por los citados principios y porque su apoyo a la política del Gobierno español en Catalunya se podría ver seriamente puesta en cuestión si la represión policial y judicial terminan siendo las protagonistas del conflicto.

Por las consecuencias que eso pudiera tener en España, pero también porque esas tensiones podrían ser un catalizador de respuestas similares a las del independentismo catalán en todo el continente. “La rebelión catalana podría animar a otros movimientos autonomistas y separatistas”, ha escrito Tony Barber en el Financial Times. Ese y otros medios subrayan que ya existen contenciosos abiertos de ese tipo. En el País Vasco, en Flandes, en Córcega, en el Alto Adigio germanoparlante italiano. O en la Lombardía y en el Veneto, por hablar sólo de los capítulos más conocidos. Porque toda la antigua Europa del Este está plagada de problemas de ese tipo. Y el diario de Londres añade que la crisis catalana podría tener “serias implicaciones” en la solución, ya hoy por hoy muy difícil, del problema que el Brexit ha abierto en las relaciones entre Irlanda y el Reino Unido.

Catalunya puede poner a prueba la unidad europea, su fuerza y sus valores. Y unido a los demás desafíos que afronta la democracia europea, Catalunya puede reavivar las persistentes dudas que existen en Washington, en Pekín y en Moscú sobre la capacidad de la UE para hacer frente a todas esas dificultades y avanzar por el camino de una más estrecha unión”.

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