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Cómo cocinar a los mercados

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Cuando miro esas repúblicas que hoy día florecen por todas partes, no veo en ellas - ¡Dios me perdone! - sino la conjura de los ricos para procurarse sus propias comodidades en nombre de la república. Imaginan e inventan toda suerte de artificios para conservar, sin miedo a perderlas, todas las cosas de que se han apropiado con malas artes, y también para abusar de los pobres pagándoles por su trabajo tan poco dinero como pueden.

Tomás Moro, Utopía

Por cocinar un cristo quieren crucificar a Javier Krahe. Le juzgan por la emisión en Canal+ del corto de 1977 en el que explicaba cómo hacer al horno un cristo crucificado con mantequilla y hierbas aromáticas.

Dos veces ha sido archivada la denuncia de un grupo católico del Centro Jurídico Tomás Moro pero un juez de la Audiencia Provincial de Madrid la ha reabierto. Es incongruente que quieran condenar a Krahe por cocinar a un cristo los mismos que se lo comen crudo. El cantante no ha hecho nada que no esté en el Nuevo Testamento. “Tomad y comed todos de él”, dijo Jesús a sus discípulos entregándoles su cuerpo. Pero no dijo nada de cómo prepararlo. Mejor hacerlo a las finas hierbas que comérselo con clavo, digo yo. 

La cuestión en estos tiempos debería ser otra. Si se quiere juzgar a quienes preparan buenos cristos, nadie lo hace mejor que la banca que ha organizado en nuestro país uno de mil demonios. Pero no se sentará en el “Bankillo” porque es todopoderosa y ni los jueces ni el gobierno, que son sus fieles, lo permiten. Si hablamos de divinidades, hablemos del mercado, nuestro único dios verdadero, el dios cruel que puede destruir naciones enteras con la furia de sus primas de riesgo y la indiferencia de una agencia de calificación. La blasfemia hoy para nuestras autoridades y jueces sería cocinar a los mercados. Propongo la siguiente receta aunque advierto de que provoca náuseas. Por mucho que hiervas a un mercado, no lo esterilizas ni puedes acabar con sus bonos basura. Recomiendo hacer esta receta con máscara y guantes para evitar contagios.

Cómo cocinar a los mercados

Se necesita un mercado fresco. Cuanto más fresco y más caradura mejor te sale el guiso. Elija siempre un mercado triple A según las calificaciones de una agencia especializada. Las marcas Moody’s y Standard and Poor’s son las más reconocidas por el propio mercado precisamente porque son las que más le han ayudado a dejar países en la miseria, desnutrir democracias y adelgazar los derechos de los ciudadanos. Haga pues caso a estas agencias de descalificación para obtener una indigestión asegurada.

La tripe A no se refiere a la calidad de la carne del mercado sino a la cortisona y hormonas que le han echado para hincharlo. Cuanto más hinchadito y hormonado esté con activos tóxicos, más explosiva será la cocción. No se preocupe si está caducado y huele mal, si presenta manchas negras o tiene trozos de ladrillo incrustado. Siempre que el envase diga que es de calidad, usted haga como que se lo cree y cómprelo, por muy caro que se lo vendan. No haga caso del precio. Si no lo puede pagar hoy, ya lo pagará durante el resto de su vida. Pida a su tendero de confianza, en su oficina más cercana, una hipoteca vitalicia. Le dará a su mercado el sabor amargo que tanto aprecian los degustadores de este plato.

Una vez elegido el mercado, se coloca en una sartén para tenerla por el mango y bien alejada porque, como la acerque, le puede saltar al cuello y dejarle en los huesos más rápido que aceite hirviendo. Si ve que el mercado quiere comerle, échele un par de contratos laborales para que los devore y verá cómo consigue calmarlo unos minutos. Si no es suficiente, pruebe con unos cuantos estudiantes vivos. No sienta pena por ellos, les está haciendo el favor de evitarles un futuro aún más atroz.

En cuanto consiga tener al mercado medianamente quieto, sofría a fuego lento unas cuantas reformas hasta dejar los derechos sociales completamente chamuscados. Se le echa un chorrito de agua bendecida por los poderes públicos para ayudar a que la combustión sea más eficaz. Si el fuego pierde fuerza, avívelo con unas cuantas papeletas de voto. Son esos papeles inútiles en los que su banquero envolvió el mercado cuando se lo vendió.

Después, coloque alrededor del mercado unos cuantos tecnócratas europeos a modo de guarnición en posiciones relevantes del plato para que le den consistencia. Es posible que el mercado parezca venirse abajo como un globo deshinchado durante la primera parte de su preparación. Es por culpa de las hormonas y los bonos basura que le inyectaron. Pero no se preocupe, con una jeringuilla de rellenar pavos, inyéctele usted su propio dinero y verá cómo vuelve a hincharse como el pecho de un palomo.

Si durante este proceso, su mercado se rompe en cubitos por el cambio de temperatura, amontone con una cuchara las cajas disgregadas formando bancos. En cada uno de ellos, espolvoree un puñado de políticos de todos los sabores y sazónelos con seis o siete cifras de sueldo. Si alguno de ellos le sale rana, añádale una pensión de jubilación y listo. Listo, el político, quiero decir.

Finalmente, haga un agujero de varios millones de euros para rellenar el mercado e introduzca a todos los ciudadanos dentro y todo lo que tenga a mano: la sanidad, la escuela, las pensiones, los derechos laborales, los medios de comunicación, todo. Es posible que el agujero no sea suficiente. Agrándelo todo lo que pueda. Un diámetro de 30.000 ó 60.000 millones de euros podría ser suficiente pero, si necesita más, pídale al ministro de economía unas pinzas para abrirlo hasta que el mercado sea todo él un inmenso hoyo en el que echarnos a todos. No tenga miedo de meter dentro el déficit público si es necesario. Como dicen los buenos cocineros de mercados: a la banca, lo que haga falta.

Para terminar, se cuece al baño mariano durante un par de consejos de ministros.  Y listo para que te coma.


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