Escuelas, exenciones económicas y estudiantes: la respiración asistida pública para salvar a la caza del “colapso”
La pelea entre partidos de la derecha por rentabilizar políticamente la caza hace que una actividad cuya pérdida de interés ha generado una regresión y un “colapso demográfico” constatados esté recibiendo respiración asistida en forma de atención y recursos públicos constantes.
Hace solo unos días, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, afirmó que creará una Escuela de Caza a la que destinará 80.000 euros. En 2024, en esta región se expidieron 13.000 licencias (para una población de siete millones). Entre sus objetivos declarados: promover la caza entre los jóvenes. Porque matar animales por diversión es cada vez menos atractivo.
Es la última asistencia derivada de la disputa PP-Vox por la apropiación política (la issue ownership) de este sector convertido en catalizador electoral para la derecha. Un empujón que se une a las ventajas económicas para sacarse licencia o la promoción entre los escolares de la caza llevadas a cabo por múltiples gobiernos de comunidades autónomas.
La realidad es que cada vez menos personas quieren disparar a animales para entretenerse. Las partidas de caza no seducen a nuevas generaciones. El resultado es un declive inapelable. Actualmente tienen licencia un 45% menos de personas que hace 50 años. Este hundimiento “está ligado al descenso constante de incorporación de jóvenes que ha caído un 89% en el mismo periodo”, describe esta investigación liderada por el Instituto Pirenaico de Ecología del CSIC (IPE).
Las alternativas recreativas son enormes. Incluso si se busca contacto con la naturaleza y actividades que inyecten adrenalina, a esa emoción de la caza. Y como compite con otras muchas opciones, ahora la prevalencia es pequeña
Si en 2008 se contaban un millón de permisos cinegéticos, quince cursos después, en 2023 (últimos datos completos) la cifra se situó en 610.000. De hecho, hoy no puede ponerse la última cifra de caída ya que los datos oficiales de licencias están incompletos. Las comunidades autónomas —competentes en materia de caza y pesca— remiten cada curso (con dos años de decalaje) los datos al Ministerio de Transición Ecológica para incluirse en el Anuario de Estadística Forestal. Para este curso, a pesar de que “se han hecho varios recordatorios”, ni Castilla y León ni Euskadi han remitido la información, explican en el Ministerio para la Transición Ecológica.
Así que no puede calibrarse completamente la tendencia. Lo que sí refleja el Anuario recientemente publicado es que la segunda región con más permisos, Andalucía, ha perdido 2.600 licencias (un 2,3%). Todas las comunidades excepto Galicia han bajado. Alguna acusadamente. Castilla-La Mancha, Aragón, Canarias (16,7%), Cantabria, Catalunya, Madrid, Comunidad Valenciana (9,3%), Extremadura, Baleares, La Rioja, Principado de Asturias y la Región de Murcia (21,7%).
Si se suman las licencias sin Castilla y León y Euskadi, en 2024 cayeron un 3,3% respecto al año anterior.
El responsable de la investigación del IPE, José D. Anadón, explica que el “colapso de la población cazadora” se debe a la falta de entrada de nuevos practicantes. La causa principal es que la caza ya no atrae. “Es una población envejecida. La mayoría por encima de los 60 años”, evidencia el investigador.
“En la década de 1960, la población cazadora era muy grande. En cada casa de un pueblo había una escopeta y un cazador” describe Anadón. “Por un lado, era la manera de aportar proteína a la dieta y, por otro, constituía una de las pocas actividades recreativas para esa población”.
Sin embargo, con el éxodo rural, la situación cambió y se pasó de una “caza de supervivencia a una caza recreativa”. En este sentido, “el padre que llega a una ciudad sí transmitió la caza a la primera generación, pero la segunda ya no lo hace”, detalla el científico. Esas personas ya no adquieren ese hábito “porque las alternativas recreativas son enormes. Incluso si se busca contacto con la naturaleza y actividades que inyecten adrenalina, esa emoción de la caza. Y como compite con otras muchas opciones, ahora la prevalencia es pequeña”. Y, además, remata: “No se trata de un deporte barato. Obliga a una destreza y entrenamiento difíciles en una ciudad”.
Con esos números en la mano, el presidente de la Real Federación Española de Caza, Joan Escandell, repite que el gran “reto” del sector es “el relevo generacional”. En el mismo sentido, el presidente del lobby cinegético Fundación Artemisán, Luis Fernando Villanueva, pidió —por ejemplo— que parte del dinero que, según sus cálculos, genera el sector, sea invertido en solucionar los problemas de la caza. Entre los primeros, “el relevo generacional”.
Las reclamaciones parecen no caer en saco roto. En Castilla-La Mancha la licencia es gratuita para los empadronados. También es gratis para menores en Galicia desde 2026. En Cantabria, en mayo pasado, el Gobierno decidió que las licencias serían gratis durante cinco años —ya lo eran para menores—. En Madrid se bonifica el 70% del coste para menores. Andalucía les descuenta el 50%. En Catalunya es gratis para jóvenes entre 14 y 25 años y las mujeres. En los presupuestos de 2026, la Junta de Extremadura incluyó la gratuidad de la licencia a partir del pasado 5 de agosto.
La Generalitat Valenciana ha reducido a la mitad el precio público de las licencias anuales de caza individuales y este verano anunció más descuentos para permisos conjuntos con varios años de validez
Y a la hora de buscar cantera cazadora, también proliferan iniciativas sustentadas por los ejecutivos autonómicos. En Andalucía se desarrolla el programa Huellas amparado por la Consejería de Educación, en Extremadura está el Programa de promoción del deporte (Proades) que incluye la actividad Caza y Naturaleza para 1.000 alumnos de Primaria. En la Comunidad Valenciana, la Generalitat inyecta 250.000 euros para “extraescolares” en las sedes de la federación de caza. En la Región de Murcia, PP y Vox aprobaron un pacto por la caza que incluía impulsar las clases extraescolares para fomentar la práctica entre los menores.
El investigador del IPE tiene “una percepción” sobre cómo cierta ola de “vuelta al imaginario tradicionalista” podría estar incidiendo en la caza: “Intuyo que entre los más jóvenes se ve la actividad de otra manera, más ligado a una moda, y eso podría frenar la caída aunque no haría volver a la situación ni siquiera de hace 30 años”. Y remata: “Algo similar a lo que puede estar pasando con los festejos taurinos, que tampoco da para crear toda una cultura taurina”.
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