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“La Transición legitima a los partidos y a los individuos que aún dirigen las instituciones”

Paula Corroto

Pocos meses antes del estallido del 15M, las políticas de austeridad ya palpitaban en el ambiente. Fue entonces cuando los miembros de la compañía teatral Mirage Teatro decidieron emprender un montaje que analizara las razones de la movilización y desmovilización ciudadana. Y lo hicieron a partir de uno de los grandes shocks del periodo democrático: el golpe de Estado de 1981. A partir de un taller de investigación teatral y de la lectura de entrevistas de la época y novelas como Anatomía de un instante, de Javier Cercas, crearon Quieto todo el mundo, obra que se estrenará el próximo 23 de febrero en el Matadero de Madrid dentro del Festival Escena Contemporánea. Juan Ayala (1978) y Miguel Oyarzun (1983), autores de la obra y director e intérprete respectivamente, nacidos en los años de la Transición, nos cuentan cómo fue este proceso de creación y esta mirada hacia aquel periodo histórico mientras reflexionan sobre la responsabilidad que hoy tenemos los ciudadanos con nuestros gobernantes.

Paula Corroto: En Quieto todo el mundo mostráis un paralelismo entre aquella frase del golpe de Estado y la “paralizada” sociedad actual. ¿Me podríais explicar más en qué os basáis? ¿Cómo lo argumentáis?Quieto todo el mundo

Mirage: La impresión que nos hemos llevado sobre el proceso de transición que culmina con el intento de golpe del 81 es que una de sus consecuencias fue la desmovilización de la sociedad. Durante la Transición se legalizan asociaciones y partidos, y se reconocen derechos, y con ese proceso también se institucionaliza de alguna forma la movilización. Parece que fueron años de mucha ebullición política. La sociedad estaba organizada en todo tipo de asociaciones y grupos de acción (no sólo partidos políticos, sino también asociaciones vecinales, gremios profesionales, sindicatos, etc.). Nos da la sensación de que la movilización sufrió un duro shock con el intento de golpe del 23-F. Parecía que el proceso de cambio debía terminar rápidamente, por miedo a la fragilidad de esa “joven democracia”. Los pactos de la época se pueden entender como grandes logros, pero supusieron un gran sacrificio por parte de las bases y de alguna manera una neutralización de su capacidad de acción.

En la actualidad, el momento de movilización es similar, multitud de iniciativas ciudadanas se han puesto en marcha para intentar solucionar los ataques neoliberales que sufrimos todos los días desde hace ya varios años (anteriores al 2008). Pero toda esta ebullición en lugar de ser aprovechada/escuchada por las élites de gobierno (especialmente por los dos partidos mayoritarios), es de alguna manera silenciada o reconducida para ser mitigada. Por otro lado, estos ataques al Estado democrático desde las esferas de poder económico tratan de dejar sin respuesta a la ciudadanía. En apenas dos años hemos pasado de llevar la iniciativa a estar en estado de shock, un shock que se alimenta cada día desde los medios de comunicación y las posiciones de poder.

PC: ¿Cómo ponéis esta cuestión en escena?

M: La puesta en escena es muy sencilla y simbólica. Secuestramos al público en un intento de cambiar el sistema.

PC: ¿En qué reportajes y entrevistas habéis buceado para retratar la parálisis de la sociedad española entre 1977 y 1980? Esta obra se basa en todo un proceso de investigación teatral. Cómo fue y cómo surgió la idea de hacer una obra con esta temática.

M: La impresión después de habernos documentado no es que la sociedad española de la época de la transición estuviera paralizada, sino muy al contrario. Tenemos la sensación de que era una época de gran agitación política y de mucha actividad y activismo. Como decíamos antes, es el golpe el que paraliza a la población y reaviva los fantasmas del pasado. La investigación es siempre parte de nuestro proceso. Es una investigación poco académica, que se va estructurando por momentos, pero en general navegamos con cierto rumbo aprovechando las direcciones que provoca dicha investigación. Hemos llevado a cabo entrevistas a personas anónimas que vivieron esa época, hemos visto mucho material audiovisual de entonces y hemos leído algunos libros que hablan de todo el proceso. Algunos publicados más recientemente y otros que son crónicas muy frescas escritas en el momento en que estaba sucediendo la transición. La idea surge unos meses antes del 15M, cuando empieza a aparecer la política de austeridad, se habla de la prima de riesgo y tenemos la sensación de que se acerca un proceso de recorte de libertades. Era algo que se respiraba en el ambiente. Además en ese momento andábamos buscando un tema para el próximo montaje y cae en nuestras manos Anatomía de un instante. Toda la época de la Transición se nos presenta teñida de una “épica” que teatralmente seduce.

PC: ¿Qué habéis encontrado en libros como el de Javier Cercas o La Transición española a la democracia, de Javier Tusell? La Transición española a la democracia

M: Imágenes, detalles y puntos de vista de gente que esta más cerca de nuestra generación que de la generación que vivió la Transición como protagonista.

PC: La obra también parece una crítica a esa modélica Transición. ¿En qué se basan vuestras críticas? ¿Por qué pensáis que no fue tan modélica?

M: La Transición supone en muchos aspectos un gran logro, se moderniza el país y se normalizan aspectos de la libertad de expresión, aparece además un sistema democrático que en su momento supone un gran salto cualitativo. La obra más que una crítica es una revisión. Mirar al proceso de la Transición nos sirve de espejo en el que nos podemos reflejar para entender dónde estamos y hacia dónde queremos o no queremos ir. La Transición es en gran medida un proceso pilotado por las élites, sin duda impulsado y reclamado por la ciudadanía, pero siempre tutelado por figuras que pertenecían al régimen franquista (Suárez, Fraga, Torcuato Fernández Miranda, el propio rey). La propia Transición se define como un cambio desde la legalidad vigente. Esta afirmación, de alguna manera, implica que el régimen franquista supone una legalidad. Por otro lado, la Transición se cuenta a través de sus protagonistas, como si la hubieran urdido o llevado a cabo sólo algunos individuos, cuando la realidad nos parece muy distinta. La Transición sucede porque la gente la reclama, esa es la verdadera causa del cambio. De alguna manera se presenta como un relato de despotismo ilustrado, “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, pero al rascar un poco más se descubre que la sociedad ya estaba viviendo con otro deseo, era la gente quien impulsaba mediante su actitud, de cada día, política y ciudadana, ese cambio. Quizá los protagonistas eran conscientes de aquello; en palabras de Suarez: “Elevar a la categoría política de normal, lo que a nivel de calle es simplemente normal”. Pero el relato que ha quedado en la memoria colectiva parece más parcial. Relega el papel que tuvo la gente, la sociedad, la calle, y en cambio encumbra y mitifica a algunos personajes. Es un defecto que tiene la narrativa en general, buscar un protagonista y estructurar el relato en torno a este protagonista, cuando la verdadera historia es la suma de muchos pequeños actos individuales.

PC: “El público, tratado como un sexto personaje, les acompaña en este acontecimiento extraordinario”, afirmáis en la información que proporcionáis sobre la obra. ¿Qué función le dais al público en el montaje? ¿De qué forma participa?

M: El público está presente durante la función como el personaje secuestrado, el que sufre el cambio. No queremos desvelar más porque perdería su efecto.

PC: La obra parece también apelar a la responsabilidad de la sociedad actual. ¿Qué deberíamos hacer? ¿Proponéis algún tipo de acción con este montaje?

M: Es una obra de teatro y no un manifiesto político. No es tampoco un código de comportamiento. Trata de servir de reflexión sobre los mecanismos que nos empujan al cambio y que nos impiden dicho cambio. Las propuestas concretas de qué se puede hacer para solucionar problemas sistémicos están en otro sitio. Existen multitud de colectivos e individuos que se dedican a esa tarea, el activismo y la reflexión política tanto a nivel teórico como práctico. Nosotros intentamos pensar sobre el comportamiento humano, además de crear un espectáculo donde estimular al público emocionalmente. No deja de ser una obra de teatro y por lo tanto un lugar donde entretenerse. Entendiendo el entretenimiento como el hermano de la reflexión.

PC: Abundando en este sentido, ¿falta un debate sobre la responsabilidad que tenemos todos los ciudadanos en lo que ha ocurrido o está ocurriendo?

M. El debate existe, quizá a este debate le falte visibilidad. ¿Por qué no se habla más de Islandia en los medios?

PC: ¿Hemos sido la generación que ya nació en la democracia un grupo de acomodados?

M: Nos ha tocado vivir otra época, más líquida. A la muerte de Franco, las reivindicaciones eran más rotundas, pero eso está cambiando. Y hay de todo, como en como todas las generaciones. Hay mucha gente que lucha y gente más acomodada.

PC: Todo este tema de la Transición, ¿no se trata, de alguna manera, de “matar al padre” finalmente?

M: Sí, claro, por nuestra parte, por supuesto. Y eso es lo que se espera de un hijo. Pero, también se trata de que el padre le deje sitio al hijo, de que le deje el trono, de que se haga el haraquiri, como hicieron las cortes franquistas. Eso es más complicado.

PC: Esta obra muestra un tipo de reflexión que no se ve demasiado en otras disciplinas artísticas. En cualquier caso, desde luego no en las series televisivas donde el recuerdo de la Transición sigue siendo laudatorio. Eso dice bastante de quiénes están aún en el poder…

M: En el circuito comercial no, en otros ámbitos sí y mucho, cada vez más. La Transición legitima a los partidos y a los individuos que aún dirigen las instituciones, además de las propias instituciones. Los medios forman parte de la misma estructura. Es difícil morder la mano que te da de comer.

PC: Afirmáis que no os interesa tanto el golpe de Estado como qué sociedad pudo propiciar aquello; sin embargo, ¿no creéis que aún queda un largo debate sobre esta cuestión?

M: La cuestión de la trama de la preparación del golpe no nos seduce especialmente a nivel teatral. Discutimos mucho sobre los responsables y creemos que en España es necesaria una revisión de la historia reciente. Pero tal vez ése sea el trabajo de historiadores, periodistas o de investigadores, como Cercas, que tienen esa vocación. Lo que sí nos parece interesante es qué provocó ese golpe y sus consecuencias, en una escala más amplia. ¿Cómo un grupo relativamente reducido de guardias armados puede amedrentar a todo un país? Ahí entramos en el colectivo emocional del público. Los miedos y tabúes de la memoria colectiva de un país no se exorcizan únicamente a través de la revisión de la Historia. Y ahí es donde pueden entrar las artes, ya sean la poesía, la música o el teatro.

PC: ¿Hasta qué punto puede ser necesaria una obra como ésta en la actualidad?

M: En el fondo, cualquier obra puede ser a la vez necesaria e inútil al mismo tiempo. Depende de la relación entre emisor y receptor, de la predisposición de ambos a la reflexión y a la permeabilidad. Para nosotros lo ha sido, porque surge de la necesidad de reflexionar sobre la época en que vivimos. Pero sería ingenuo pensar que va a cambiar las cosas. El teatro a veces peca de convencer a un público que ya está de acuerdo y cae en el panfleto. Por eso no intentamos dar respuestas a la situación en la que estamos, sino mostrar cómo reacciona la sociedad ante una situación y que el público saque sus propias conclusiones. Es necesario que se siga haciendo teatro. Es necesario que durante un lapso de tiempo se junte una comunidad y viva un sueño colectivo. Es sano. Y es sano que durante ese lapso se reflexione. Pero hay muchos medios para la reflexión y para la acción. Y lo realmente necesario es que la sociedad no se rinda, y sigua saliendo a la calle para exigir una repuesta. Así, finalmente, los dirigentes se verán forzados a oír el clamor popular.

PC: ¿El teatro debería dejar de “reflexionar” tanto sobre historias de maridos y mujeres para centrarse en este tipo de temáticas?

M: Toda reflexión es buena. El teatro siempre habla de lo mismo: de nuestra humanidad, de nuestra relación con el otro, con uno mismo, con el entorno; lo importante es que siga sucediendo. Se puede hacer una obra política centrándose en la pareja. Depende del enfoque que se le dé.

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