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Teatralización de las fronteras

Los Estados siguen empecinados en mantener la ficción de que despliegan un control soberano de sus fronteras a través de la construcción de muros. La importancia de estos muros no se encuentra en esa supuesta eficiencia para detener las migraciones, como en la necesidad de la ostentosa visualización de un poder y de un control que se ven amenazados porque el marco desde el cual afrontan esta amenaza tiene que ver con una nostalgia decimonónica; la del estado nación “imaginado” como una entidad limitada, soberana y comunitaria.

El Estrecho dispone de un nuevo centro de coordinación de puestos fronterizos

El Estrecho dispone de un nuevo centro de coordinación de puestos fronterizos

Europa se enfrenta a la mayor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial. Frente a este desafío migratorio de asilo se han alzado importantes voces que piden la necesaria implantación de un derecho cosmopolita de corte humanista y en sintonía con los valores propios de nuestra tradición. Hablamos  especialmente del reclamo normativo de la fraternidad, arraigado como concepto clave dentro de nuestro proceso de secularización.

En esta línea, por ejemplo, el profesor de Lucas en su magnífico ensayo titulado Mediterráneo: El Naufragio de Europa, habla de un deber jurídico (y por tanto, exigible) de solidaridad para este desafío migratorio, siguiendo ese proceso de transformación en ley de aquellos reclamos normativos que están dentro de una comunidad política bajo demandas de solidaridad. El elemento esencial sobre el que pivota la idea del profesor de Lucas radicaría en el reconocimiento del derecho al derecho de cada ser humano. Estaríamos hablando por tanto de una variante de ese “derecho a tener derechos” enunciado por Hannah Arendt dentro de la tradición universalista kantiana y desarrollado por una corriente de pensadores cosmopolitas que van desde Seyla Benhabib,  Martha Nussbaum, John Rawls hasta el propio Habermas entre otros.

En el contexto de la actual crisis de los refugiados, esta obligación de solidaridad sí ha sido desplegada por la sociedad civil de países europeos como Italia, Alemania, Grecia o la propia España. Paradójicamente frente a ella, los Estados siguen anteponiendo la lógica de protección de las fronteras. Ante la crisis de los refugiados, pues, Europa se comporta como “una fortaleza acosada”. Así lo argumenta el profesor de Lucas cuando explica en su trabajo por qué las respuestas adoptadas por los Gobiernos de los países europeos en materia de políticas migratorias y de asilo están siendo auspiciadas sobre todo por la obsesión de un control absoluto sobre sus fronteras.   

En el momento de mayor porosidad de los límites fronterizos impuesto por la globalización, los Estados reaccionan militarizando y fortificando cada vez más sus fronteras a través de la construcción de muros hechos con vallas de vigilancia electrónica y barreras de hormigón. No sólo en España y Marruecos; hablamos  de la valla de seguridad de Israel, de la barrera fronteriza de Estados Unidos y México, de Brasil planeando construir un muro en la frontera con Paraguay, y de cómo los Emiratos Árabes Unidos están diseñando otra para su frontera con Omán, por poner solo algunos ejemplos.

Pero, ¿tiene sentido alzar estos muros desde el punto de vista de la eficiencia? Y si no es así, desde la filosofía política cabe preguntarse entonces por qué y contra quienes se alzan estos muros.

Hace tiempo que importantes sociólogos vienen demostrando que las fronteras nacionales ya no exhiben un emplazamiento geográfico; ahora están en aeropuertos, lejos de los límites que marcan los territorios, y en bases de datos que a veces no se encuentran ni siquiera dentro del propio país en cuestión. La existencia de estas “fronteras móviles” hace que incluso los Estados se hayan vuelto irrelevantes también para ejercer un auténtico poder de vigilancia.

Aun siendo conscientes de esto, de que las fronteras ya no tienen un emplazamiento geográfico, y de que por tanto,  los focos donde los Estados pierden control de vigilancia y soberanía son otros, éstos siguen empecinados en mantener la ficción de que despliegan un control soberano de sus fronteras a través de la construcción de muros. Y además reaccionan ante desafíos como la crisis de los refugiados como auténticas fortificaciones medievales que ya no tienen ningún sentido estratégico ni político. Es lo que Wendy Brown denomina la “teatralización de la soberanía”. La importancia de estos muros no se encuentra en esa supuesta eficiencia para detener las migraciones, como en la necesidad de la ostentosa visualización de un poder y de un control que se ven amenazados porque el marco desde el cual afrontan esta amenaza tiene que ver con una nostalgia decimonónica; la del estado nación “imaginado” como una entidad limitada, soberana y comunitaria, tal y como nos explicaba Benedict Anderson

Además, las “democracias amuralladas” entran en la “problemática de la fantasía” en un segundo sentido, afirma Étienne Balibar; la construcción de muros no se hace para defender a los Estados contra enemigos clásicos como otros Estados o ejércitos, sino contra agentes que son percibidos como amenazas. Pero hablamos de amenazas culturales, étnicas, religiosas o económicas. De esta forma, el fetichismo de la frontera se habría convertido en el principal mecanismo de defensa inconsciente de nuestro tiempo, “esencial para la sensación de seguridad de una identidad narcisista” de los Estados,  en un momento en el que la promesa de soberanía ha entrado en declive. En un momento en el que el poder y la política se separan, y lo hacen a ritmo  vertiginoso, porque tal y como afirma Bauman en Ceguera Moral, mientras el poder circula por el espacio transnacional y global, la política sigue siendo local, cortoplacista e incapaz de reaccionar a los nuevos desafíos. El primero de estos desafíos sin duda es precisamente este; el hecho de que el poder y la política se van separando irremediablemente.

Mientras tanto seguimos en el marco de esas fantasías de la democracia amurallada; las fantasías de las invasiones masivas, la fantasía del extranjero peligroso, la fantasía de la renacionalización del discurso político como respuesta al espacio económico desnacionalizado, según afirma Sassen.  El poder de estas fantasías, como diría el clásico, radica en “convertir el mundo amenazador de fuera en una imagen tranquilizadora”, haciéndonos pensar que la soberanía no mengua. Parece lógico ante esta forma de abordar los auténticos retos de nuestro tiempo que no sepamos dar respuesta a la crisis de los refugiados. Ni a muchas otras tantas. Cada vez parece más imperativo pues, revolucionar conceptos y enmarques para adecuarlos a las nuevas condiciones.

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