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Vientres de alquiler o la mercantilización de la vida

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Lina Gálvez

Hace unos días volvió a estallar en España la polémica sobre los vientres de alquiler y su posible legalización tras la detención y posterior puesta en libertad con cargos de una joven gaditana y una pareja de Almería que supuestamente habría costeado hasta dos procesos de fecundación in vitro para esa mujer y “comprado” el bebé por 10.000 euros.

El abogado defensor de los padres adoptivos asegura que no ha habido compra porque uno de sus cliente es el padre biológico de la criatura, en tanto que donante del esperma, y porque, en su opinión, el perfil de sus clientes no es el de alguien que compraría un bebé, una bebé en este caso. Dos argumentos tan falaces como contradictorios. Por un lado es falaz porque, según ese criterio, no habría compra de algo si quien paga un precio por ello ha contribuido con alguna materia prima a su producción. Y contradictorio porque al aludir a ese supuesto perfil se está asumiendo, aunque sea implícitamente, que comprar un bebé es algo éticamente reprobable o al menos cuestionable y porque, al mismo tiempo, el abogado afirma que sus clientes han tenido este problema porque son “pobres” y no tenían recursos económicos suficientes para encargar el bebé en otro país. Lo que lleva implícito aceptar que si hubieran tenido unos cuantos de miles de euros más, habrían accedido a la “compra”.

Nos encontramos, pues, con un asunto que tiene dimensiones de gran trascendencia desde el punto de vista ético y legal.

Dejaré a un lado las cuestiones puramente jurídicas que no son de mi especialidad, aunque no puedo dejar de señalar la clara doble vara de medir -a mi modo de ver inaceptables moralmente- de nuestro Derecho. Sin duda se trata de un tema muy complejo, con muchas aristas y es imposible tratarlas todas en un artículo de opinión.

Con dinero, sin problemas

La gestación subrogada o por sustitución, que es como técnicamente se denomina al alquiler del vientre de una mujer para que otras personas se queden con el hijo o la hija que se ha formado en él, está prohibida por la Ley 4/2006 de 26 de mayo sobre Técnicas de reproducción humana asistida. Sin embargo, diversos cambios posteriores en normas de menor rango vienen a permitir que se pueda llegar a ser padre y/o madre a las y los ciudadanos españoles, bajo determinadas condiciones, cuando la gestación se produce fuera. Es decir, que los españoles o españolas que tengan dinero no tienen demasiados problemas legales para tener criaturas por la vía de la gestación subrogada que aquí está prohibida porque les basta con alquilar el vientre fuera.

Si la pareja de Almería en vez de haberse podido gastar algo más de 20.000 euros hubiera dispuesto de 50.000 o, mejor, de 150.000 habría tenido la posibilidad de encargar a su hija fuera sin haber corrido el riesgo de ser detenidos por la policía, ni ahora se enfrentarían a posibles penas de cárcel. Una vez que la criatura encargada, comprada hablando en propiedad, hubiera estado en suelo español con el certificado de paternidad de un miembro de la pareja y con la renuncia de la patria potestad de la madre biológica, el interés del menor estaría por encima de las contradicciones de la reglamentación española y en un tiempo más o menos largo y bajo determinadas condiciones la bebé habría sido inscrita como hija legal de los padres que la compraron.

Precisamente con el fin de sortear la ilegalidad de esta práctica en España es para lo que han nacido muchas empresas (plenamente legales) que ofrecen la compra y gestión de estos servicios fuera de España.

Su oferta se presenta como un servicio integral que incluye no solo los trámites puramente legales sino atractivos turísticos del país al que se va a recoger a la criatura y un catálogo de “productos” que pueden cotejarse en sus correspondientes páginas webs y hasta en “ferias” especializadas. Los precios varían considerablemente (entre los aproximadamente 50.000 euros que cuesta, por ejemplo, en la India, hasta los 120.000 de California) sobre todo en función de las “garantías” que proporcione el alquiler. En ese estado norteamericano, por ejemplo, el alquiler del vientre ajeno es más caro porque las madres, llamémoslas ya por su nombre, no tienen derecho a arrepentirse y estarían incumpliendo el contrato simplemente si toman un paracetamol sin permiso para curarse un resfriado.

Como es lógico, tratándose de un comercio que tan evidentemente implica traficar con el cuerpo y los sentimientos de seres humanos, las empresas que lo promueven y se lucran con él tratan de disimular que detrás de la subrogación hay mujeres obligadas a renunciar a algo que es parte de ellas, madres a las que se obliga a dejar de serlo, y una ruptura de un lazo biológico, psicológico, emocional y amoroso esencial para la vida.

De hecho, en los videos promocionales de la compra, la madre que alquila su vientre, su cuerpo, sus cuidados, si sale, solo lo hace durante un segundo recibiendo por ejemplo, un ramo de flores, a cambio de entregar a sus padres legales la criatura que acaba de parir, como si ese fuera el precio real de someterse a uno o varios procesos de reproducción asistida, llevar a una criatura nueve meses en su vientre, y posteriormente parirla.

La paternidad biológica

De hecho, los videos de las empresas que ofrecen estos servicios se centran principalmente en tres aspectos: el sin duda legítimo deseo de estas personas que posiblemente tienen limitadas otras opciones de maternidad y paternidad; las garantías legales de que la inversión realizada será rentable; y el precio del servicio, nunca denominado así, que variará en gran medida en relación con el país de origen del vientre de alquiler. Y digo vientre y no madre porque borrar la palabra madre y la idea de la maternidad es lo común en estos procesos. No en vano, lo normal es que a los úteros de alquiler no sólo se inocule el semen de uno de los contratantes en el caso de que sean dos, sino que se inoculen los óvulos ya fecundados de otra mujer.

De esa manera, el progenitor donante se garantiza la paternidad biológica algo que históricamente ha sido importante para los varones como garantía de dar continuidad a su estirpe y frente a la incertidumbre de su paternidad real. Y al comprar un óvulo no proveniente de la madre vasija, no sólo se permite elegir rasgos físicos y condiciones de salud adecuadas sino que, sobre todo, se busca que no exista vinculación genética entre la portadora de la criatura y la propia criatura y, por tanto, dificultar cualquier proceso de reclamación posterior de maternidad en aquellos países en los que la ley permite algún tipo de arrepentimiento o ruptura del trato a lo largo del periodo de gestación. Aunque la regulación de esta transacción mercantil ha avanzado lo suficiente en la mayor parte de los países como para garantizar a los compradores que sus derechos están por encima de los del vientre que simplemente sirve de vasija durante nueve meses.

Los videos promocionales se centran en las parejas demandantes, normalmente blancas y heterosexuales, aunque las estadísticas nos digan que a esta práctica acceden principalmente parejas de hombres homosexuales. En parte por la discriminación que sufren al no pasar normalmente las pruebas de idoneidad para adoptar. Supongo que con esta práctica publicitaria que desde mi punto de vista tiene bastante de homófoba, de presentar como modelos de estas transacciones a parejas heterosexuales, estas empresas pretenden legitimar la idea de que en realidad no sólo se trata de un acto de altruismo sino incluso hablan de que lo que se establece es un lazo de solidaridad entre mujeres. Estas empresas tienen eslóganes como “Da vida a otras vidas” o “Un viaje a la vida”, pero nunca enseñan en sus páginas web un viaje a la vida de las mujeres que se embarcan en el deshumanizador proceso de mercantilizar su vientre, su cuerpo y su vida.

Aludir, como se suele hacer, que estas mujeres ayudan a otras familias libremente, que alquilan sus vientres y mercantilizan su cuerpo y su vida libremente, es negar que no hay libertad completa cuando se es pobre, cuando no es posible garantizar la supervivencia de una misma o de su familia. Además de despreciar los costes físicos y emocionales de un proceso de reproducción asistida y sobre todo, de una gestación, algo solo comprensible si se deshumaniza a la persona, a las mujeres que se someten en este caso, a estas transacciones. La libre elección es un mito que cada vez nos venden mejor.

Grecia reguló la maternidad subrogada

Las mujeres ricas o con su supervivencia garantizada y la de su familia no suelen someterse a estos contratos mercantiles. En la India se calcula que se producen con esta industria unos 40.000 bebés al año. De entre los 40.000 o 60.000 euros que cuesta el proceso –supongo que la diferencia en parte estará entre si se usa el óvulo de la mujer contratada con sus rasgos raciales y sus genes, o un óvulo donado de otra mujer-, las madres de alquiler solo ven el 10%. Hay que tener en cuenta que 4.000 o 6.000 euros para estas mujeres que viven en extrema pobreza, son sin duda una vía de supervivencia para ellas y sus familias. La mayor parte de estas mujeres son analfabetas y no saben siquiera las condiciones que firman y que la comida y cuidados médicos que reciben durante el embarazo se detraen de la parte del pago que les corresponde. Claramente, las mujeres dejan de ser en ese momento un fin en sí mismas, como todo ser humano debería ser, para pasar a ser un medio para los fines de otros, el del beneficio privado y la mercantilización.

Pero no hace falta irse a la India, también podemos contratar un vientre dentro de la Unión Europea, ¿en Suecia? La respuesta es no. Adivinen dónde, pues en Grecia. En el año 2002, Grecia reguló la maternidad subrogada para sus propios nacionales, como también lo tienen otros países con muchas restricciones como el Reino Unido donde se supone que no debe mediar intercambio mercantil en estos procesos. Pero curiosamente, en el año 2014 mientras se planteaban también vender islas completas, su propio patrimonio natural, ampliaron el ámbito de la ley para que personas extranjeras pudieran acceder a esos servicios. El destino griego se vende con imágenes de turistas caminando por el Partenón, subrayando su cercanía, el que al estar dentro de la UE se respetan todas las garantías jurídicas, y encima, está a un precio inferior. Parece el negocio perfecto. Por un lado, los deseos de las personas de tener una criatura con sus genes, o al menos con los de un miembro de la pareja se verán cumplidas. Y por otro lado, también se verán cumplidos los “deseos” de las mujeres griegas –pobres- de acceder a unos ingresos en un país en el que ya no saben que más vender para poder pagar la deuda que la corrupción, los bancos y la troika han generado.

Nunca he dudado de las buenas intenciones de las personas que acceden a estos servicios, de la nobleza de sus deseos de dar a una criatura amor y un espacio donde crecer cómodamente. Pero no es cierto que esos niños y niñas estén ya en el mundo y que por tanto, haya que ampararlos, como sin duda hay que amparar a cada criatura. Esos niños y niñas se encargan a través de transacciones mercantiles que deshumanizan a las mujeres que los gestan convirtiéndolas en unas meras vasijas. Y no se nos debe plantear como natural que se mercantilice, alquile, el vientre de una mujer para cumplir el deseo de una persona o una pareja de acceder a la paternidad. Ni tampoco como una vía fácil de salir de la pobreza para esas mujeres y sus familias.

Karl Polanyi, en su acertado análisis sobre el triunfo del sistema capitalista, decía que éste se caracterizaba por la mercantilización de aspectos que hasta ese momento no habían estado sujetos a una lógica mercantil o capitalista como el dinero, la tierra y sobre todo, el trabajo humano. El su libro “La gran transformación” nos hablaba del conflicto que históricamente se había planteado entre el proyecto político de mercantilización –impuesto con el triunfo del estado liberal y la sociedad y economía de mercado-, y el proyecto político de protección social fruto de luchas políticas y sociales que derivaron en lo conocemos como estado social.

Polanyi escribió sobre estos procesos en los años cuarenta del siglo pasado y no tuvo tiempo de ver el proyecto hipermercantilizador que ha traído la revolución neoliberal. No obstante, él ya previó que si se mercantilizaba una parte tan importante de la vida como el trabajo de las personas, se acabaría mercantilizando todo, y claro, ahora también mercantilizamos los vientres de las mujeres y la propia vida y encima nos lo quieren vender como algo natural y una transacción que se realiza libremente entre iguales.

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