El colapso del orden internacional: la línea oscura entre Járkov, Gaza y Jartum
En el mundo sin ley que habitamos, una línea oscura une Járkov, Gaza y Jartum: la de la absoluta impunidad de los agresores y el desamparo total de los civiles ante el colapso del sistema internacional.
El 15 de abril de 2023 se inició una de las guerras más devastadoras de esta década: la que enfrenta en Sudán a las Fuerzas Armadas (SAF) con las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF). Es una lucha de poder interna con ramificaciones internacionales que ha provocado una de las crisis humanitarias más pavorosas; fuentes de la ONU sugieren que la cifra podría superar los 150.000 muertos y más de 11 millones de desplazados. 25 millones de personas —la mitad de la población— necesitan ayuda humanitaria urgente.
Es el paradigma de nuestro “mundo sin ley”: Sudán está fuera de foco porque no pertenece a la geopolítica del “interés directo”. La intervención de las grandes potencias es más subrepticia y el conflicto no amenaza el suministro energético de Europa ni los microchips globales. Al no afectar directamente al bolsillo del primer mundo, la urgencia geopolítica desaparece.
Sudán es el ejemplo perfecto de la erosión de las instituciones multilaterales, acelerada por personajes como Putin, Trump o Netanyahu, que han normalizado la violación del Derecho Internacional y el desprecio por los mecanismos de control. Las resoluciones de la ONU —si se llegan a aprobar— se ignoran y los crímenes de guerra se cometen con total impunidad, evidenciando que el orden de posguerra está roto. En Sudán, el Derecho Internacional es papel mojado, como lo es en Ucrania, en Gaza, en el Líbano o en Irán.
Mientras el Consejo de Seguridad de la ONU languidece en una parálisis burocrática, atrapado por el uso partidista del veto y una arquitectura de 1945 obsoleta para este 2026, el mundo se desliza hacia la selva sin ley
En un mundo donde solo rige la ley del más fuerte y las instituciones están bloqueadas, las víctimas se multiplican. A las 70.000 víctimas en el genocidio de Gaza se suman, tras el teórico alto el fuego, más de 700 muertes adicionales; en Cisjordania, casi 2.000 asesinados en un año. Mientras tanto, en el Líbano las víctimas alcanzan las 2.000, con cientos de miles de desplazados en una escalada que ya no busca solo seguridad, sino redibujar el mapa regional mediante la fuerza bruta.
La agresión a Irán ha dejado ya 3.000 muertos, evidenciando un tablero donde la diplomacia ha sido sustituida por el impacto de los misiles. Estos frentes responden a factores estratégicos claros: la aspiración sionista al ‘Gran Israel’, orientada a convertir a Israel en potencia hegemónica sin competencia en la región, el control de las rutas del petróleo y la demolición de regímenes soberanos para conseguir otros más maleables a los intereses israelíes y estadounidenses. Si miramos a Ucrania, la cifra de civiles muertos supera los 15.000, sumada a centenares de miles de soldados caídos en un frente convertido en tumba letal por el uso masivo de la sofisticada tecnología de drones.
Se dice, con razón, que esta situación es el resultado de un sistema que responde a poderosos y no tan ocultos intereses. Es cierto, pero no deja de causar pavor que el hilo que va de Járkov a Jartum esté en manos de personajes sin escrúpulos, imprevisibles y caóticos, que además tienen la posibilidad de pulsar el botón nuclear. Mientras el Consejo de Seguridad de la ONU languidece en una parálisis burocrática, atrapado por el uso partidista del veto y una arquitectura de 1945 obsoleta para este 2026, el mundo se desliza hacia la selva sin ley.
Sin embargo, surge una grieta de esperanza: la movilización social. Millones de ciudadanos exigen hoy que el Derecho Internacional no sea un adorno en la estantería, sino un mandato sagrado. Reivindicar la revitalización de la ONU no es un gesto idealista, sino una condición de supervivencia para evitar que el planeta sea un sumidero de crisis olvidadas o un polvorín de guerras imperialistas basadas en la razón del más fuerte.
Solo cuando la conciencia global supere a la conveniencia geopolítica podremos transitar hacia un mundo reglado
El movimiento “No Kings” en EE.UU. es la expresión más potente de esa ciudadanía. El pasado 28 de marzo de 2026, más de 8 millones de personas salieron a las calles para exigir el fin de las ofensivas militares, conectando tragedias internas como la violencia policial con las guerras externas, bajo la idea de que un sistema que no respeta la ley en casa, tampoco lo hará fuera. Es la prueba de que, incluso en un mundo sin ley, la ciudadanía puede reintroducir la racionalidad.
Esta presión social es la única fuerza capaz de obligar a una reordenación profunda de las Naciones Unidas. Es también la que ha empujado a Europa a desprenderse del seguidismo norteamericano, o a que un gobierno —el de España— se sitúe en la avanzada internacional de las exigencias de paz y cordura.
Solo cuando la conciencia global supere a la conveniencia geopolítica podremos transitar hacia un mundo reglado. La paz no vendrá de los despachos que hoy callan, sino de la exigencia ciudadana de que la ley sea universal y los mecanismos de cumplimiento efectivos.
La esperanza reside en esa ola humana que despierta. Si logra imponerse, quizá podamos volver a un mundo donde la ley no sea un lujo, sino el suelo común que impide que Járkov, Gaza o Jartum se repitan. Ese es el horizonte que aún merece ser defendido.
Sobre este blog
La Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía, constituida en 1990, es una asociación de carácter privado, sin ánimo de lucro, cuyo fundamento lo constituye la Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamada por la ONU en 1948. Aunque el ámbito de afiliación de la APDHA y su área directa de actuación sea el territorio andaluz, su actividad puede alcanzar ámbito universal porque los Derechos Humanos son patrimonio de toda la Humanidad.
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