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El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) cuenta con 23 institutos/centros de investigación, propios o mixtos, en Andalucía. En este espacio de divulgación, las opiniones de los autores expresadas en este blog son de exclusiva responsabilidad de los mismos.

El asalto al Capitolio como síntoma

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Una imagen vale más que mil palabras. El asalto al Capitolio por hordas jaleadas por el propio presidente Trump, quedará grabada en nuestra retina y registrada en todas las televisiones del mundo. Sin embargo, no basta con contemplar una y otra vez el grotesco espectáculo del pasado 6-E, y despacharlo como la excentricidad de unos exaltados. Es necesario ir más allá de una imagen esperpéntica, pero no menos real, que refleja el malestar que, desde hace algún tiempo, corroe la democracia norteamericana y que se extiende por otros países. El asalto al Capitolio es un síntoma de ese malestar, y hay que reflexionar sobre sus causas y sobre los motivos de haberse llegado a tan grave situación en una de las más antiguas y robustas democracias del mundo. No es sólo Trump, sino lo que hay detrás de él.

Lo ocurrido en los EE.UU. nos debe invitar, además, a reflexionar sobre los sistemas democráticos y las amenazas que suponen los populismos de diverso signo, que no respetan las instituciones y que utilizan las normas de la democracia a su conveniencia y en beneficio propio. Tenemos numerosos ejemplos de cómo se pueden destruir los pilares de la democracia desde dentro. Ese fue el caso en los años 1930 del ascenso del nazismo en Alemania mediante elecciones, y es ahora el caso de la deriva autoritaria de las llamadas “democracias iliberales” (Polonia, Hungría, Turquía, Brasil, Rusia, Venezuela...).

La confianza en las instituciones

La democracia es un sistema político que se legitima por la legalidad de sus procedimientos, pero también por los resultados de sus políticas. Si esos resultados no son percibidos como positivos por la ciudadanía, la democracia no funciona, y se buscan alternativas fuera del sistema institucional. Es lo que explica en gran medida el fuerte liderazgo de un político antisistema como Trump (que ha obtenido más de 75 millones de votos en las pasadas elecciones), reflejando la falta de confianza en las instituciones democráticas de buena parte de la población norteamericana.

En su artículo “Bowling alone” (Jugando en la bolera, solo), publicado en 1995, el sociólogo Robert Putnam ya advirtió del declive de la confianza social (llamada “capital social”) que venía produciéndose en los EE.UU. desde los años 1950. Y alertaba de que ese declive socavaba las bases de la democracia, al disminuir el compromiso cívico de los ciudadanos.

Más recientemente, el enfoque del capital social ha acuñado los tipos bonding y bridging para analizar las diferentes formas de confianza que pueden observarse en la sociedad. El capital social tipo bonding se basa en las emociones y expresa la confianza de los individuos en sus grupos de referencia primarios por encima de la confianza en las instituciones, produciéndose, en consecuencia, un repliegue comunitarista (en la familia, el grupo étnico, la comunidad religiosa…). Por el contrario, el capital social bridging se basa en la confianza que uno tiene en individuos pertenecientes a grupos distintos al suyo (desde el punto de vista político, racial, cultural, religioso…) estableciendo puentes entre ellos y mostrando actitudes cooperadoras. La confianza en las instituciones sería una variante del capital social bridging, mientras que la desconfianza institucional y la fe ciega en un líder sería el resultado del tipo bonding.

Si analizamos la situación de los EE.UU. desde este enfoque, podemos señalar que en la sociedad norteamericana se ha ido produciendo en las últimas décadas un desequilibrio entre esos dos tipos de capital social, predominando el bonding (la pasión y las emociones) en detrimento del bridging (la razón y el raciocinio). La consecuencia es el cierre de filas de cada grupo en su propia trinchera, el frentismo, dando lugar a la polarización existente y su reflejo en el terreno político.

Los retos de la administración Biden

De ahí que el principal reto del presidente Biden sea restablecer la confianza institucional de los ciudadanos contribuyendo a equilibrar esos dos tipos de capital social. Su dilatada experiencia como senador y su estilo moderado, respetuoso y dialogante, tan distinto a la soberbia y arrogancia de Trump, puede ayudar, pero no será suficiente. Hará falta que, en la acción política, Biden logre resultados tangibles que mejoren el bienestar de todos los norteamericanos y les hagan confiar de nuevo en las instituciones.

La grave crisis provocada en EE.UU. por la pandemia COVID-19 es la principal tarea de la nueva administración, y en su gestión se juega mucho Biden. Si es capaz de controlar la expansión de un virus que no entiende de frentes ni de trincheras políticas, y consigue una rápida vacunación de los ciudadanos, la administración Biden lograría que la sociedad norteamericana recuperase la confianza en sus instituciones y en quienes las gobiernan.

A escala internacional, la administración Trump ha deteriorado mucho la confianza en los EE.UU. de sus socios tradicionales (en especial, la UE) al romper algunos de los grandes acuerdos multilaterales, como en el área de las relaciones comerciales o el cambio climático, e imponer el discurso “America first”. El retorno al multilateralismo por parte de Biden, ayudaría a mejorar la imagen externa de los EE.UU. y a recuperar la confianza de sus aliados, en un momento clave en que se dirime la hegemonía mundial, con China avanzando de forma irresistible y ocupando espacios de influencia.

La fragilidad de las democracias

Cuesta mucho esfuerzo construir una democracia, pero más aún cuesta conservarla viva y pujante. A veces, la democracia se valora cuando se pierde, lamentándonos de no haber hecho todo lo posible por mantener vivo el espíritu de cooperación y tolerancia que debe ser la esencia de todo sistema democrático.

Las democracias son sistemas de una gran fragilidad, ya que descansan sobre los pilares de la libertad y el pluralismo político. Su robustez depende del buen funcionamiento de las instituciones que las componen y de su utilidad para la ciudadanía. Las instituciones tienen que ganarse día a día el respeto y la confianza, respetando las reglas de juego, funcionando de forma transparente y mostrando voluntad de cooperación y de alcanzar acuerdos entre todos los partidos políticos en ellas representados. En definitiva, la democracia se legitima por el cumplimiento de las normas, pero también por su utilidad para la resolución de los problemas de los ciudadanos y la mejora de sus condiciones de vida, cosa cada vez más difícil de lograr en esta fase de capitalismo global marcada por la desigualdad.

Las emociones y la confianza en los grupos de pertenencia (capital social bonding) forman parte de la naturaleza humana y son un elemento constitutivo de la identidad y la cohesión social. Por eso deben tenerse en cuenta y ser objeto de respeto y consideración. Pero una democracia no puede construirse sólo a partir de las emociones, sino también de la razón encarnada en las instituciones y en la voluntad de cooperar con los demás (capital social bridging).

Como ocurría con los espejos cóncavos del madrileño Callejón del Gato, la imagen que han visto los norteamericanos de su propia democracia el pasado 6-E, ha sido la de un esperpento valleinclanesco. Para el resto de las democracias es una lección de la que aprender. Es un aviso de lo que puede ocurrir si, por abandono de los objetivos de igualdad y cohesión social, se deja que los populismos impregnen la cultura política con actitudes frentistas y excluyentes, con sus líneas rojas, con sus constantes llamadas a las emociones y el corazón de los ciudadanos, enarbolando supremacismos trasnochados o falsos victimismos al amparo de las nuevas tecnologías de la comunicación.

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Publicado el
14 de enero de 2021 - 20:42 h

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