Torres para capturar remolinos de viento que nos cuentan cómo respira Doñana
Para el profano, una torre de flujo suena a algo de ciencia ficción, si se apura con toques incluso de Regreso al futuro y su histórico condensador. La realidad es más prosaica porque hablamos de estaciones meteorológicas, eso sí, de alta resolución, y eso les permite recabar cascadas de datos. En Doñana hay cuatro, cazan remolinos de viento que –literalmente– permiten saber cómo respira el parque y ahora el portal con toda esta información se ha abierto para que cualquier ciudadano pueda asomarse a ella.
Las infraestructuras se llaman formalmente torres de flujo de covarianza de remolinos, han ido entrando en servicio en los últimos años y lo que permiten es conocer los intercambios de energía, carbono y agua entre Doñana y la atmósfera. ¿Y por qué lo de los remolinos? Pues porque el aire se mezcla en ellos sobrevolando la vegetación y de ahí se extraen todos estos datos, que detallan por ejemplo cómo afecta a los ecosistemas el cambio climático con sus altas temperaturas y su falta de agua.
Esto permite radiografiar la respiración de Doñana, entendida como si la vegetación está capturando carbono de la atmósfera o al revés, está emitiéndolo. Un ejemplo: las fuertes lluvias de la primavera de 2025 fueron un alivio enorme y permitieron una elevada absorción de carbono, pero en este 2026 las cosas no han ido tan bien y ha ocurrido incluso al contrario en verano, el ecosistema llegó a emitir más dióxido de carbono (CO2) del que absorbía. Esto supone que la masa verde deja de crecer por falta de agua.
“Infraestructuras muy delicadas”
Los datos de las torres los gestiona la ICTS-Doñana (Infraestructura Científica y Técnica Singular), dependiente de la Estación Biológica de Doñana y que se presenta como el mayor laboratorio de campo de Europa, con nada menos que 10.000 hectáreas en la Reserva Biológica de Doñana. Como esto es tan grande y tan variado, hay cuatro torres de flujo en otros tantos ecosistemas: marisma estacional, espacio forestal (sabinar) y dos en zonas de matorral, una seca y otra húmeda.
Además de monitorear el estado del parque, instalaciones de este tipo son muy útiles para la agricultura de precisión, ya que detectan cuándo la vegetación deja de transpirar por la falta de agua asociada a una sequía. “Son infraestructuras muy delicadas y con muchos sensores”, explica el director de la Estación Biológica, Eloy Revilla, que detalla que su mantenimiento es tan complejo que “es más importante que funcionen bien a poner más”.
Esto ahora es una realidad gracias a fondos estatales, de ahí que el propio Revilla confiese que “uno de los grandes retos es mantenerlas en el tiempo” porque son “infraestructuras caras” que requieren un personal especializado. Y, admite, “no es nada sencillo conseguir recursos” en un contexto de competencia con otros organismos investigadores.
Sistema adelantado de alerta
La importancia de Doñana no radica sólo en su enorme valor ambiental, sino que funciona como una especie de laboratorio avanzado de cuestiones que están por venir, como todas las vinculadas con el cambio climático. Aquí se documentan antes unos impactos que acabarán llegando a todos lados, es una especie de sistema de alerta adelantado en el tiempo, por no hablar de que “no podemos proteger lo que no medimos de forma continua”, en palabras de Pedro Gómez, investigador de la ICTS-Doñana.
Los datos que aportan las torres de flujo ayudan a mejorar la gestión y el seguimiento del espacio natural, convirtiéndose en una “referencia fundamental” para refrendar modelos ecohidrológicos y observaciones por satélite. Toda esta información está ahora abierta al público y se suma así a otros cinco portales de datos de Doñana, que permiten conocer décadas de investigación con datos sobre temperaturas, precipitaciones e incluso los censos históricos de aves acuáticas.
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