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Sobre este blog

El Prismático es el blog de opinión de elDiario.es/aragon. 

Las opiniones que aquí se expresan son las de quienes firman los artículos y no responden necesariamente a las de la redacción del diario.

Cuestión de respeto

Paso de la Virgen del Dulce Nombre de María, de la cofradía de la Humildad de Zaragoza.

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He nacido y me he criado en una familia católica. Recibí el bautismo e hice la primera comunión. Fue en ese paso, tan importante para un creyente, cuando me convertí en atea. Igual que otros sienten la llamada del Señor, yo oí la de una conciencia que me decía que no tenía ningún sentido que una niña de 9 años tuviera que ir a confesar sus pecados a un señor con sotana, básicamente porque a los 9 años esos pecados de los que habla la religión son ajenos a la infancia. Ahí me planté y le dije a mi madre que no haría la confirmación. Al cura le dije que, a veces, discutía con mi hermana, nada más extraje tras un concienzudo análisis de conciencia. Y de eso, hasta hoy. 

Conozco pues las bases del cristianismo y con más detalle las del catolicismo. Quise saber del resto de las religiones cuando era adolescente, comprobando que son más las similitudes que las diferencias entre unas y otras. No reniego de los actos religiosos, no evito una misa si, por la circunstancia que sea, corresponde estar allí. Escucho atentamente y con respeto y asisto porque soy consciente de la importancia que tiene para esas personas a las que acompaño. Eso ya es más de lo que hacen algunos creyentes que se 'fuman' las misas en la calle pero 'no les van'. 

Si un ateo puede ir a misa sin hacer aspavientos, un católico debería –no solo respetar los ritos de las otras religiones– sino entenderlos. Forman parte del ceremonial de esa creencia, al fin y al cabo, no son tan diferentes. ¿Qué puede criticar el catolicismo de un hiyab cuando desde hace siglos las monjas –y las mujeres en determinadas situaciones– han estado obligadas a llevar también el pelo cubierto con velos, cofias, griñones o bancales? ¿A qué viene criticar el Ramadán cuando la Cuaresma o la Semana Santa también dictan restricciones alimenticias? ¿Qué sentido tiene cuestionar la fe del otro? ¿Dónde queda aquello de amar al prójimo? ¿Qué hace la afición de un estadio de fútbol gritando 'musulmán el que no bote'? ¿Se darán cuenta de que la estrella que defiende sus colores es igual de musulmán que los del equipo al que se enfrentan?

La religión católica forma parte de mi acervo cultural aunque no sea creyente. Pero también he nacido y me he educado en un Estado aconfesional. Así lo dice la Constitución española, que nadie lo pierda de vista. Por eso estos días veo con estupor cómo algunos políticos olvidan cuál es su papel; en virtud de qué ordenamiento jurídico ostentan un cargo; y que ser el titular de este implica representar a todos los ciudadanos. Iglesia y Estado deben estar claramente separados como lo han de estar los poderes legislativo, judicial y ejecutivo. Ser un representante político no es cuestión de fe, no se profesa como a uno le sale del alma, se debe a unas leyes y a un orden superior escrupulosamente definido –por personas, no por Dioses– en el que se basa la democracia. 

Que cada uno tenga a su Dios donde considere, pero que no olvide que es el suyo, no el de todos. Que esa es una elección personal, que el mismo respeto merecen las creencias religiosas que el ateísmo que, por cierto, no es un descreimiento sino una firme convicción. No creo en Dios ninguno pero sí en las personas. En las que respetan al otro, en las que no hieren gratuitamente, en las que demuestran empatía y solidaridad, en la bondad. Son altos valores humanos y está claro que ninguno de ellos lo dispensa automáticamente un Dios. Es voluntad de las personas, creyentes y no creyentes. 

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