“Cuidar a mi hijo no me impide estudiar”: la iniciativa pionera de conciliación de la escuela de adultos de Utebo
Mientras aprende español en un aula de la Escuela de Adultos Miguel Hernández de Utebo, Ouafae piensa en el futuro. En las conversaciones que algún día mantendrá con sus clientes, en los encargos que espera recibir y en el pequeño negocio de repostería que sueña poner en marcha. Esta joven marroquí hace tartas, “buenas y preciosas tartas”, aseguran quien las han probado. Pero para convertir esa habilidad en un proyecto de vida Ouafae necesita algo más que recetas: necesita dominar el idioma.
Mientras ella estudia español en una de las aulas de la Escuela de Adultos, tras una puerta decorada con flores y mariposas de papel de colores, a pocos metros, está su hijo jugando, pintando o entretenido con otros niños. Es el Aula Canguro del centro. Este chiquitín de ojos vivos y pelo rizado lleva acudiendo allí desde que tenía apenas ocho meses. Ouafae asegura a través de la persona que la ayuda a comunicarse en castellano que: “Si no existiera este servicio, yo no podría venir a clase”.
La frase parece sencilla, pero encierra una realidad que conocen bien muchas familias. Estudiar cuando se tienen hijos pequeños no siempre depende de las ganas o de la motivación. A menudo depende de algo mucho más básico: tener con quién dejarlos.
Fue precisamente esa barrera la que llevó a la Escuela de Adultos Miguel Hernández a poner en marcha, en el curso 2022-2023, un servicio que hoy se ha convertido en una rareza dentro del sistema educativo aragonés y posiblemente también fuera de él. Mientras los adultos aprenden, los niños esperan al otro lado del pasillo, en el Aula Canguro, un espacio pionero en Aragón.
Una necesidad que estaba vaciando las aulas
La idea no nació de ningún plan estratégico ni de una gran inversión. Surgió de algo mucho más cotidiano: escuchar. El profesorado y el equipo directivo comenzaron a detectar una situación que se repetía año tras año. Personas interesadas en aprender español, obtener una titulación, mejorar sus competencias digitales o ampliar su formación acababan renunciando antes incluso de matricularse.
Las razones eran casi siempre las mismas: madres con bebés, padres con horarios imposibles, familias extranjeras recién llegadas que no contaban con una red familiar de apoyo, abuelos y abuelas que ejercían de cuidadores habituales de sus nietos. La conciliación, o más bien la falta de ella, estaba dejando fuera de las aulas a quienes más podían beneficiarse de la formación.
“Veíamos que había personas que querían estudiar y por sus circunstancias familiares simplemente no podían hacerlo”, explica Ana del Buey, directora de la escuela en aquel momento y promotora del Aula Canguro. No era una cuestión de interés. Era una cuestión de cuidados y la respuesta desde el centro fue crear un espacio específico para los menores. Un lugar seguro dentro de la propia escuela. Un aula que permitiera a los adultos seguir aprendiendo sin tener que elegir entre formarse o cuidar.
A diferencia de otros servicios de conciliación con horarios cerrados, el Aula Canguro de Utebo funciona de forma flexible. Se organiza en función de las necesidades reales del alumnado. Si una madre tiene clase dos mañanas por semana, el servicio se ajusta a esas horas. Si un abuelo asiste a un curso por las tardes y necesita acudir con su nieta, también se adapta. No existe una programación rígida porque el objetivo es precisamente responder a situaciones muy diversas.
Para ello cuentan con una monitora titulada que permanece con los menores durante el tiempo que dura la formación. Pueden acudir niños y niñas de entre 0 y 12 años, “aunque casi todos los que lo hacen son bebés o niños pequeños, y los que están escolarizados lo hacen por las tardes” explica Sergio Martínez, actual director de la Escuela de Adultos.
Y hay un detalle que las familias valoran especialmente: no tienen que desplazarse. El aula está dentro del mismo edificio. Apenas unos metros separan a los estudiantes de sus hijos o nietos. Si surge cualquier necesidad, ambos están cerca. Una tranquilidad que, según explican los usuarios, resulta fundamental para quienes dejan por primera vez a un bebé al cuidado de otra persona.
Mucho más que una guardería improvisada
Este Aula Canguro, acogedora, repleta de colores, de juegos para todas las edades, que cuenta con pantalla, una pizarra digital, colchonetas, sillas y mesas, dos cunas y mucha luz natural, se ha convertido en una herramienta de inclusión educativa. Permite que personas que antes quedaban fuera del sistema puedan acceder a una formación que, en muchos casos, resulta clave para mejorar sus oportunidades laborales y sociales.
Es lo que ocurre con Ouafae. Llegó a las clases de español con una meta muy concreta: eliminar la barrera del idioma para poder emprender. Quiere dedicarse profesionalmente a la elaboración de tartas, pero sabe que, para atender clientes, gestionar pedidos o promocionar su trabajo necesita desenvolverse con soltura. Cada clase supone un paso más hacia ese objetivo. Y cada clase ha sido posible gracias a un espacio donde su hijo puede permanecer atendido mientras ella estudia.
El proyecto se financia a través del Programa Corresponsables, destinado a impulsar medidas de conciliación y corresponsabilidad en los cuidados. Gracias a estos fondos se sufraga la contratación de la monitora y el funcionamiento del servicio. La valoración entre usuarios y responsables del centro es unánime, lo asegura Sergio Martínez: “El Aula Canguro funciona”.
Una experiencia singular en Aragón
La Escuela de Adultos Miguel Hernández es la única que dispone de una Aula Canguro de estas características vinculada a un centro de educación de personas adultas en Aragón. La afirmación encuentra respaldo en la información pública disponible sobre los centros aragoneses de educación de adultos, donde no se localizan servicios equivalentes integrados en el propio centro y diseñados específicamente para facilitar la asistencia del alumnado.
Respecto al conjunto del país, resulta difícil asegurar que sea la única experiencia de España, ya que no existe un registro nacional de este tipo de iniciativas, “pero no tenemos constancia de que exista otro servicio similar a este en un Centro de Educación para personas adultas”, puntualiza el director de la Escuela en Utebo. Lo que sí parece claro, asegura el director: “Es que se trata de una propuesta excepcional y poco frecuente”. En definitiva, una solución sencilla a un problema que afecta a miles de personas.
Además, el Aula Canguro no solo presta servicio a las familias de la escuela. Cuando no está siendo utilizada para la conciliación educativa, el espacio continúa teniendo vida. Allí se desarrollan actividades de maternaje y los viernes por la tarde la Asociación de Personas con Discapacidad de Utebo -ADUT- realiza sesiones de logopedia. La sala se ha convertido así en un recurso comunitario que amplía su utilidad más allá de la propia escuela.
Una idea replicable en todo el territorio
“Este Aula funciona tan bien que nos gustaría que otros centros de Aragón sigan el mismo camino”, propone Sergio Martínez. Porque detrás de cada matrícula que se formaliza gracias al Aula Canguro en Utebo hay una historia que, de otro modo, quizá nunca habría llegado a escribirse. La de una madre que aprende español para emprender. La de un abuelo que no tiene que renunciar a formarse porque cuida de sus nietos. La de una familia recién llegada que encuentra una puerta abierta.
Historias pequeñas que hablan de algo mucho más grande: el derecho a aprender sin que los cuidados se conviertan en un obstáculo. Y eso, en una escuela de adultos de Utebo, hace tiempo que dejó de ser una aspiración para convertirse en realidad.
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