Emprender en el Aragón rural: “Si no se facilitan las cosas, quienes lleguen a los pueblos acabarán marchándose”
Hace apenas un año, una joven turolense de 25 años y un hostelero valenciano de 42, con experiencia como jefe de cocina en Paradores Nacionales, decidieron dar el paso de instalarse en un pequeño pueblo de la provincia de Teruel para gestionar un multiservicio rural en la comarca de las Cuencas Mineras –prefieren omitir el nombre del municipio por motivos personales– y contribuir así a mantener vivos unos servicios esenciales para sus apenas 38 habitantes.
Su historia fue entonces un ejemplo de emprendimiento en el Aragón más rural, en lo que hoy se conoce como la España vaciada, aunque la realidad que describe ha existido siempre. Esta pareja cambió la comodidad de un empleo estable y las posibilidades de los entornos urbanos por el desafío de vivir en un pequeño municipio turolense. Una apuesta por el territorio, por la vida en las zonas rurales y por demostrar que todavía existen personas dispuestas a trasladar su proyecto vital y profesional a pequeñas localidades.
Sin embargo, la realidad acabó siendo más compleja de lo que imaginaban.
Unos meses después de ponerse al frente de este primer multiservicio –esperado desde hacía 22 años– ambos decidieron abandonar la gestión. Aseguran que no fue una cuestión de “falta de ganas ni de compromiso”. Tampoco de falta de trabajo. El problema, según explican, estuvo en las dificultades para hacer viable un proyecto que, sobre el papel, parecía diseñado para fijar población y garantizar servicios básicos, pero en el que fallaron “la comunicación con el Ayuntamiento” y una burocracia “alejada, en sus exigencias y criterios, de la realidad que se vive en los pueblos pequeños”.
Lejos de rendirse, la pareja ha vuelto a apostar por el medio rural. Desde finales del pasado año gestionan las piscinas municipales, el servicio de bar y el restaurante de otra localidad cercana, Alacón, que triplica la población del anterior aunque sigue sin superar el centenar de habitantes.
Antes de emprender esta nueva etapa, él desarrolló buena parte de su carrera profesional como jefe de cocina en Paradores Nacionales. Una experiencia que le permitió conocer establecimientos de referencia en toda España, pero que tampoco le ha impedido elegir un camino muy diferente al de las grandes ciudades o los destinos turísticos más consolidados.
“Mi pareja es de la zona, vivimos en su pueblo y nos desplazamos al trabajo en diez minutos”, explica. “Nosotros seguimos creyendo en los pueblos”, añade. “Si hemos vuelto a intentarlo es porque pensamos que merece la pena luchar por mantener vivos estos lugares y porque queremos construir aquí nuestro proyecto de vida”, asegura el hostelero valenciano.
Por qué muchos proyectos terminan fracasando
A pesar de estar convencidos de su apuesta por la vida en el medio rural, la joven pareja lanza una advertencia que considera necesaria para entender por qué muchos proyectos terminan fracasando. A su juicio, la lucha contra la despoblación no puede recaer únicamente sobre los emprendedores que llegan a los municipios. Consideran que las administraciones locales desempeñan un papel fundamental y que, en ocasiones, las condiciones establecidas en los concursos públicos o en los pliegos de adjudicación dificultan enormemente la viabilidad económica de quienes deciden hacerse cargo de estos servicios.
“Hay mucha gente con ganas de venir a los pueblos, de abrir un bar, gestionar una tienda, un restaurante o un multiservicio. El problema es que muchas veces las condiciones son tan exigentes que apenas queda margen para obtener beneficios y poder vivir de ello”, lamenta.
Una situación que, añade, genera “una contradicción difícil de entender”. Mientras desde las administraciones se impulsan discursos y estrategias para atraer población a las zonas rurales, quienes dan el paso se encuentran con frecuencia con obstáculos administrativos, costes elevados y obligaciones que complican la sostenibilidad de los proyectos. El resultado es que muchos emprendedores terminan abandonando.
Y cuando un negocio cierra en un pueblo pequeño, las consecuencias van mucho más allá de la pérdida de una actividad económica. Con el cierre de una puerta o la bajada de una persiana también desaparecen la luz de la calle, el movimiento en una plaza y, sobre todo, un punto de encuentro, un espacio de socialización y, en muchos casos, el único servicio del que disponen los vecinos.
Más colaboración y contacto entre administración y emprendedores
“La buena voluntad de quienes llegan no es suficiente si no existe una estructura que les permita desarrollar su trabajo con garantías”, defiende esta pareja, que considera que la solución pasa por una mayor colaboración entre administraciones y emprendedores. Reclaman contratos adaptados a la realidad de los pequeños municipios, más flexibilidad y una visión a largo plazo que permita consolidar proyectos capaces de generar actividad económica y fijar población.
La experiencia de estos emprendedores en la provincia de Teruel no es un caso aislado. Resume una de las grandes paradojas de las zonas rurales en la actualidad, no solo en Aragón, sino también en el resto de España. Por una parte, hay personas dispuestas a trasladarse a municipios de apenas unas decenas de habitantes, invertir tiempo, esfuerzo y recursos para mantener abiertos servicios esenciales y contribuir a frenar la despoblación. Pero, por otra, para que esas iniciativas prosperen, aseguran, es necesario algo más que ilusión. Hace falta “apoyo, confianza y unas condiciones realistas y adaptadas” que permitan convertir el compromiso con el territorio en un proyecto de vida sostenible.
“Sabemos que con estos negocios no nos vamos a hacer ricos, pero sí necesitamos que sean rentables. Todos tenemos que vivir”, recuerda este emprendedor.
Tras la experiencia en el primer municipio, donde se planteaba la gestión de un nuevo espacio que integraba tienda, bar-restaurante, alojamiento y servicios para visitantes, además de funcionar como apoyo a la actividad turística de la zona, la pareja afronta ahora una etapa diferente. En su nuevo destino regentan el bar-restaurante de las piscinas municipales, cuentan con clientela y aseguran estar satisfechos con la experiencia. Este espacio también funciona como punto de recogida y entrega de paquetería, un servicio más para los vecinos de la localidad.
Unir fuerzas para resistir: lo importante sucede en lo cotidiano
Quienes conocen el mundo rural saben que la clave no está solo en atraer nuevos habitantes, ofrecerles un trabajo o inaugurar servicios. La verdadera dificultad reside en mantenerlos vivos día tras día. En muchos pueblos de Teruel, los multiservicios rurales funcionan casi como una trinchera frente a la despoblación. Son negocios complejos, donde la rentabilidad económica no siempre acompaña al enorme esfuerzo de las personas que están detrás de ellos. Hace unos años, el gestor de otro multiservicio en El Pobo reconocía que trabajaba “a pérdidas” mientras intentaba sostener el servicio para el pueblo.
La diversificación de espacios ha supuesto un paso positivo para mejorar las condiciones y aumentar las posibilidades de mantener vivos servicios esenciales como la tienda o el bar. La figura del multiservicio ha evolucionado hacia un modelo que convierte un único punto en un centro multifuncional donde tienen cabida la hostelería, la pequeña tienda, el turismo rural e incluso servicios de paquetería o atención social. Se trata, en definitiva, de aglutinar servicios para sumar fuerzas.
En un tiempo en el que muchas pequeñas localidades pierden escuela, comercio o consultorio, abrir un negocio de estas características supone lanzar un mensaje de continuidad. Significa decir que todavía merece la pena quedarse. O volver. Y que sigan apareciendo personas dispuestas a intentarlo, como esta joven pareja, es una prueba de ello. Quizá ahí resida la verdadera noticia.
Mientras tanto, la joven turolense y su pareja, el jefe de cocina valenciano, continúan al frente de su nuevo reto, convencidos de que los pueblos tienen futuro, pero también de que ese futuro dependerá de la capacidad de todas las partes para remar en la misma dirección.
Porque lo importante, recuerdan, es lo que sucede en lo cotidiano. Ocurre cuando una persona mayor puede acercarse caminando a comprar unas pocas cosas o a tomar un café. Cuando vuelve a haber luces encendidas en un local de la plaza. Cuando alguien abre la puerta y escucha un “¿qué tal va el día?” sin necesidad de desplazarse al pueblo de al lado.
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