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De soñar con la vida rural en un piso de Valencia a enviar sus flores a todo el mundo desde una aldea asturiana

María posa junto a una de sus creaciones florales, desde su taller de Prelo, en el concejo asturiano de Boal

Raquel L. MURIAS

Boal (Asturias) —
7 de marzo de 2025 09:27 h

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En medio del bullicio de una calle de Valencia nació María Torres. Aquella niña soñaba con vivir en el campo, en ese lugar que ella imaginaba en su cabeza que era el campo, bastante diferente a Prelo, un pueblo del concejo de Boal, en el noroccidente asturiano, donde a día de hoy residen poco más de veinte personas, entre las que están María y su marido Juan Carlos. En Prelo criaron a sus dos hijas y en Prelo nació Verdenaz, su estudio de creación floral, que es donde su filosofía de vida pasa de lo etéreo a lo tangible.

María vivía en un quinto piso donde su padre había convertido la terraza en un jardín que los transeúntes se paraban a fotografiar desde la acera de enfrente. Era una terraza pequeña, dos balcones que hacían chaflán, donde crecían las furias, los tagetes y las margaritas. Una enorme ipomea trepaba por las paredes y protegía del sol a María en las mediterráneas tardes calurosas, a veces asfixiantes. Y allí, protegida del solazo, soñaba aquella niña con su vida en el campo, rodeada de colores y de aromas.

Regando las plantas, sacando las lombrices de las jardineras, retirando las hojas secas y viendo las margaritas florecer, fue donde María sintió que necesitaba estar en medio de la naturaleza para ser plenamente feliz.

Hoy, treinta y pico años después de haberse asentado en la Asturias rural, tiene claro que fue “la mejor decisión de su vida” y es el ejemplo, ella misma, de cómo un proyecto pensado para la zona rural, defendido con esfuerzo, dedicación, horas de quebraderos de cabeza, amor y pasión, puede crecer al igual que lo hacían las flores en la terraza de su padre, que se comían el hormigón del edificio para darle vida a aquel quinto piso.

María en su taller

Un taller de creación floral en pleno valle del Navia, en una de las zonas peor comunicadas de Asturias, podría parecer una quimera, como podría parecerlo un jardín en un quinto piso de una calle de Valencia. Pero floreció con nombre propio: Verdenaz.

“Siempre me gustó la naturaleza. Yo pienso en mi niñez y siempre me recuerdo con flores. Cuando la gente se paraba a fotografiar nuestro balcón yo me sentía orgullosa”, explica María Torres, mientras ella misma desprende la calma de un jardín en flor, con su voz que es casi un susurro y la fuerza de sus manos, que mueve de forma ágil, avezadas a engarzar flores hasta darles la forma y el alma de quiénes le hacen un encargo.

“Lo que más disfruto es cuando una persona me cuenta qué es lo que quiere y para qué. Es el momento en que mi cabeza comienza a imaginar, y cuando estoy trabajando sigo pensando en lo mismo, intentando siempre conectar los sentimientos con las flores”. Y ahí, entre ramas, pétalos, hojas y raíces, nacen las composiciones de María. Muy distintas a cualquier arreglo floral al uso.

María, que es mujer discreta, pero de fuerza como la flor del tagete, pequeñina, pero con un naranja de un atardecer de octubre; no quiere desmerecer a nadie, pero su trabajo es diferente. Recuerda que una vez, hace muchos años, una pareja de clientes vino a verla desde Cadavedo. “Nada más abrir la puerta me dijeron: lo tuyo tiene mérito, pero lo nuestro también”. Se referían al trayecto hasta llegar a Prelo y al análisis que hicieron en su cabeza, de cómo una mujer había tenido las agallas de emprender en una zona rural, rural y de hacerlo con éxito.

Lo que más disfruto es cuando una persona me cuenta qué es lo que quiere. Es el momento en que mi cabeza comienza a imaginar, intentando siempre conectar los sentimientos con las flores

“Había estudiado en una academia de floristería en Valencia, pero no tenía muy claro por dónde iba a enfocar mi carrera y lo dejé. Cuando Juan Carlos y yo decidimos asentarnos aquí volví para formarme”, y en ese regreso comenzó todo. Fue cuando la niebla todavía le hacía sentir opresión en el pecho. Un año duró la transición serena de la ciudad al campo hasta sentirse plenamente de su pueblo, hasta disfrutar de las mañanas a paso lento, donde se puede charlar con el vecino y donde la niebla empezó a abrazar a María cada mañana.

 “Cuando vives aquí, cuando pasas el primer invierno, te das realmente cuenta de lo que es el pueblo”, relata. Una vida rural que ella se niega a idealizar, pero que tiene claro que le compensa. “Empecé dando cursos en diferentes ayuntamientos, desde Cangas del Narcea a Taramundi. Iban sobre todo mujeres, que más que estar interesadas por las creaciones florales disfrutaban de tener un espacio y un tiempo para ellas”, relata la florista. Y poco a poco, también de forma natural, como evolucionó la forma de sentir la niebla, también evolucionó el negocio de María. “No fue una cosa consciente, había una necesidad de ir hacia delante y yo siempre he apostado por adaptarme, estoy en aprendizaje continuo”, apunta.

La primera boda que hizo fue la del hijo de Pepe El Ferreiro, creador del museo etnográfico más grande de Asturias, en Grandas de Salime. Y… “Salió muy bonita”, sonríe María. Es su inspiración la que logra empaparse de los sentimientos de quienes quieren crear un espacio especial y la que consigue materializarlos. Ramos de novia, guirnaldas, decoraciones de mesa, detalles, colores… todo desde un enfoque sencillo, cuidado y delicioso. En realidad, María esa una creadora de ambientes, adaptados a los sentimientos que le transmiten unos novios que se van a casar, un hijo que quiere un ramo para regalar a una madre, una amiga que busca una cúpula para regalar a otra…

El mimo de las manos de María se percibe en cada uno de sus proyectos, todo especiales y personalizados. “Estoy en un sitio privilegiado, cuando miro el paisaje no me canso y me da mucha energía para trabajar”, explica. Ahora, desde Prelo, las creaciones de María viajan al mundo, acaba de enviar un ramo de novia a Estados Unidos y trabaja en la decoración de un local de León, todo ella mientras sigue investigando, aprendiendo y formándose y piensa en cómo puede ampliar su taller, que se le ha quedado pequeño. “En realidad yo nunca había soñado tan grande”, explica.

El boca a boca fue lo que fue engarzando los clientes de María Torres, y poco a poco comenzaron a llamar a su puerta. “Eran clientes muy fieles, más tarde llegaron las redes sociales y ahí fue el gran impulso. Ahora sigo con mis encargos de siempre, de la gente que conoce mi trabajo desde hace años, y tengo la ventana al mundo abierta”, apostilla. Y también tiene las ganas y la fuerza. Las flores le llegan ahora a María a la puerta de casa desde diferentes lugares del mundo.

Tal es el volumen de trabajo y de encargos, que ya ningún viajante se queja por tener que desplazarse hasta Prelo. Desde su taller floral ella consiguió dos cosas; afianzar su negocio y hacer de su pueblo un lugar a donde todos quieren ir.

María, sentada en la puerta de su casa

En su taller se respira calma, suena música de la cantautora francesa Zaz, hay siempre una taza de té caliente y chocolate artesano. Detrás, su estufa hace más cálido el ambiente. Ella, con su sonrisa discreta y su pelo naranja como tagete, escucha activamente a quién hoy ha venido a hacerle un encargo. Y en esa conexión de sentimientos que se produce entre las dos partes surge una idea, que bulle en la cabeza de esa niña valenciana que ahora es una mujer asturiana.

 María Torres comenzó a soñar en una terraza de un quinto piso de una gran ciudad. Ella veía flores en un campo y después el campo se le quedó pequeño para colocar todas las suyas.

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