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Entrevista a Antonio Orejudo sobre San Wojtyla

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¿Le parece bien que los reyes representen a un Estado laico en la ceremonia de canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II?

Nada de eso me indigna ya. Hubo un tiempo en el que esas cosas me sacaban de quicio. ¡Fulano ha jurado el cargo frente a un crucifijo! Me daban ganas de firmar una petición para que Bob Esponja presidiera la toma de posesión de los ministros. Pero hace tiempo que esas menudencias no me alteran.

¿Ha caído ya en la complacencia?

Yo no la llamo complacencia, yo la llamo paz. Paz mariana. A Rajoy le agradeceremos cuando se muera, como a Suárez, que nos haya hecho imperturbables. Imperturbables ante la evidencia de que todo un presidente del Gobierno haya podido estar al tanto, como mínimo, de que el PP manejase una contabilidad B. Imperturbables ante la formidable historia de Don Cañete, candidato a las europeas y ministro de Medio Ambiente. Imperturbables ante sus omisiones en la declaración de bienes al Congreso. Imperturbables ante la sentencia de un juez que sostiene que Aznar percibió sobresueldos mientras era presidente del Gobierno y que no justificó su finiquito. No sé usted, pero yo he alcanzado la ataraxia. Y si he conseguido no alterarme por todo eso, no pienso indignarme por que el rey y la reina se hayan sentado a la derecha de Francisco en la canonización de los papas.

¿Qué opina sobre la canonización de Juan Pablo II?

Me llena de melancolía. Siento que los papas me hacen viejo. Parece que fue ayer cuando el Espíritu Santo lo eligió tras la misteriosa muerte de su predecesor. Y hoy ya santo, el tío. Menuda carrera. Por cierto, ¿sabe usted cómo aparecerá en el santoral? ¿Como San Juanpablosegundo, así, todo junto? ¿O como San Wojtyla? ¿Se le podrá poner ese nombre a un niño, Juanpablosegundo o Wojtyla? ¿Y qué día será su santo, el 27 de abril?

Su proceso de canonización ha sido el más rápido de la historia.

¡Y que lo diga! Todavía lo estoy viendo besar aeropuertos recién elegido. Tenía la costumbre de arrodillarse y besar el suelo del aeropuerto al que llegaba nada más descender por la escalerilla del avión. ¡Cómo supo intuir el mundo que se avecinaba, el poder de la imagen! Después de Pablo VI, al que no recuerdo caminando ni una sola vez, aquel vigoroso polaco, que renunció a la silla gestatoria y subía montañas y barrancos por su propio pie, parecía llamado a renovar la Iglesia católica. Pero no tardó en revelarse como un furibundo enemigo de todo lo que oliera a izquierda. Y no lo digo tanto por su inestimable contribución a la caída de la Unión Soviética cuanto por sus salidas de tono con el buenazo de Ernesto Cardenal, por su intransigencia con la Teología de la Liberación y por su escaso interés hacia las cuestiones sociales. Además del comunismo, lo que a Juan Pablo II le ponía era el sexo: condenó la concupiscencia, como la llamaba él, incluso dentro del matrimonio. Del matrimonio heterosexual, se entiende. El otro ni se le pasó por la cabeza. Como muchos otros papas, Juan Pablo II también intentó apoderarse del deseo sexual de los católicos, y creyó que podía administrarlo a su antojo. Por ejemplo: prohibió que el esposo follara con la esposa, pero permitió que Marcial Maciel se follara a cuantos niños quisiera, si lo hacía sin condón. Porque esa fue otra de las obsesiones del santo: los profilácticos. Hizo todo un cuerpo doctrinal sobre tan elevada materia. Hizo volar la teología. Si yo fuera el dueño de Durex, me pondría bajo la protección de Wojtyla, santo patrón de los condones, y decretaría el 27 de abril Día Internacional del Preservativo.

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