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Gabriela Wiener

Gabriela Wiener es escritora, poeta y periodista. Ha publicado los libros Sexografías, Nueve Lunas, Llamada perdida, Dicen de mí  y el libro de poemas Ejercicios para el endurecimiento del espíritu. Sus textos han aparecido en antologías nacionales e internacionales y han sido traducidos al inglés, portugués, francés e italiano. Sus primeras crónicas se publicaron en la revista Etiqueta Negra. Fue redactora jefe de la revista Marie Claire en España. Escribe para La República, El Salto, El País y el New York Times en español, entre otros.

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Plantas vs. Zombies

Siempre he pensado en lo mucho que los autores se parecen a sus historias, como los dueños a sus perros. Incluso aunque en éstas aparentemente no hablen de sí mismos, como en este caso. En Guerras del interior (Debate, 2019), el premiado cronista peruano Joseph Zárate escribe sobre "los otros", aquellos personajes sobre los que un periodista urbano, occidental, sueña con escribir, pero sus motivaciones son otras. Zárate nos descubre las vidas de Edwin Chota, un electricista que un día muta en líder de una comunidad asháninka, y que es asesinado por enfrentarse a la tala ilegal de árboles en la Amazonía peruana. También la de una señora chiquitita llamada Máxima Acuña, quien pese al acoso y las amenazas no piensa moverse de su casa, de su chacra y de sus lagunas en la sierra del Perú, donde una poderosa multinacional quiere instalar un megaproyecto minero para extraer oro. Finalmente, la historia del niño Osman Cuñachí, que apareció bañado en petróleo en una foto que dio la vuelta al mundo denunciando la contaminación del río de su pueblo, Nazareth, en la selva peruana. 

Joseph cuenta la historia de estos tres defensores del territorio ligados a tres elementos que sostienen la colonialidad, el progreso y la continuidad de la sociedad capitalista en el sur global: la madera, el oro y el petróleo. Los materiales de explotación cambiaron pero hoy el sistema que esclaviza a los indígenas se mantiene. Intereses millonarios rodean la extracción de estos recursos necesarios para nuestro día a día. Las cifras del libro noquean: la mitad de las comunidades de la selva peruana siguen sin ser dueñas de sus tierras. El 80% de la madera que exporta el Perú es ilegal, de árboles en peligro de extinción. Miles de nativos trabajan aún en condiciones de esclavitud. Cada semana son asesinados cuatro ambientalistas en el mundo. Esto no es idealismo, es lucha por la supervivencia.

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Estos días

Estos días en que empieza el juicio por el Procés. Estos días de la manifestación de las derechas patrioteras y racistas, a la que acude puntual el Sindicato de la Policía Municipal, que sabemos bien de qué pie cojea. Estos días, finalmente, son los aciagos días en que se confirma que la concejala Rommy Arce tendrá que ir a juicio por unos tuits en los que denunciaba la violencia racista institucional de este país. Fueron esos mismos policías que van a las manis fachas y gritan pidiendo más vallas en las fronteras quienes presentaron la querella contra la política de Ahora Madrid, que ahora la jueza procesa por el presunto delito de injurias graves. Políticos, jueces, policías… toda la maquinaria estatal al servicio de la censura y la persecución política.

Estos días que no se nos olvide que Arce fue una migrante sin papeles que hoy es concejala del Ayuntamiento de Madrid. Migró de Perú a España para buscarse la vida cuando tenía 15 años, en 1992, ese año horríbilis, en que el dictador Fujimori y su patrulla canina se dedicaban a asesinar estudiantes y vecinos de barrios de Lima. El Perú era un infierno y España vivía sus sueños de bonanza que después se estrellarían con la crisis en mil pedazos. Rommy y su madre llegaron con visado de turista, sin permiso de trabajo, porque era la única manera de entrar al país. Sobrevivieron gracias a un asilo humanitario y luego permanecieron un tiempo indocumentadas. Recibieron la carta de expulsión, pero con la ayuda de una ONG pudieron finalmente regularizar su situación de residencia, aunque sin permiso para trabajar. Recién diez años después se le concedió a Rommy la nacionalidad.

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Autobús antifeminista

Los de Hazte Oír han anunciado la pronta puesta en circulación de un autobús antifeminista. Resentidos y envalentonados porque el Ministerio del Interior les ha revocado la declaración de utilidad pública al considerar que su autobús anterior –con el que recorrieron España paseando su transfobia– atenta contra personas, colectivos y entidades; y porque ya no van a poder desgravar el 75 por ciento de sus donaciones, se han lanzado a una nueva aventura, tanto o más cacasena que la anterior. La creatividad les brota como pus en una herida.

Y como no han dado demasiados detalles de su proyecto piloto, salvo que será una “respuesta contundente” para enfrentar al “feminismo radical y su ideología de género”, nos lo han dejado todo a la imaginación. En cuanto escuché su genial idea, recordé esos autobuses atestados de gente que tenía que tomar cuando era una púber y luego una adolescente para ir al colegio, y en los que nos metían mano a mansalva, nos adherían penes y en los que todas las niñas aprendimos trágicamente demasiado pronto a avanzar rápido hacia la puerta de salida, antes de descubrir que a veces no iba a haber escapatoria.

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Los dos jesuses

Fue curioso cuando nos dimos cuenta de que teníamos no uno sino dos jesuses en nuestras vidas, uno a cada lado de nuestra familia, uno a cada lado del océano. El tío de ella y el hermano pequeño de él. Uno tiene más de 60 años, el otro más de veinte. Ambos con diversidad funcional. Los jesusitos. A Jesús durante muchos años lo cuidó su mamá en Lima, ni siquiera era su madre biológica, pero fue su mamá contra todas las convenciones, contra todos los obstáculos, sin prestaciones económicas por dependencia, que hasta hace poco no existían en el Perú –recién este año se implementó una, por lo demás exigua–, mientras se hacía cargo de mil cosas más. Al otro Jesús, en Madrid, lo cuida su madre viuda, haciendo malabares para combinar una jubilación que debería ser más plácida y el cuidado de su hijo dependiente en casa, con una pensión de huérfano con diversidad funcional.

Con el tiempo, la mamá del Jesús limeño enfermó de agotamiento y ya no pudo hacerse cargo, aunque siguió siendo su mamá y comenzó a cuidarlo uno de sus hermanos, que descubrió una vocación a su lado, y no sé cómo se las arregló para terminar sus estudios de psicología mientras lo cuidaba. Entonces apareció otro hombre joven, que adoptó a Jesús como si fuera su bebé, se lo llevó a casa y todo este tiempo fue su papá, el que lo llevaba a la playa o a ver los peluches gigantes en los centros comerciales. El Jesús madrileño, en tanto, siguió a cargo de su madre año tras año, también durante la crisis, cuando las partidas más se recortaron, e incluso ahora que ella tiene 80 años.

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La izquierda y el feminismo

Para bien o para mal, Podemos vuelve a estar en boca de todos. Por supuesto, eso no quiere decir necesariamente que vaya a convertir esta crisis en oportunidad –sobre todo cuando, según los nostradamus de la política, el partido que alguna vez refrescó a la izquierda de este país podría perder Madrid con Carmena o sin Carmena–, pero está claro que ha conseguido arrebatar de las garras de Vox las portadas de los diarios y el foco del debate político, después de semanas de soportar su omniprescencia. Y eso es un maldito alivio y sí, es una oportunidad, lo es para la izquierda así en general, si eso existe. Porque al menos ya no parece que estemos en 1998 debatiendo sobre si esto es violencia familiar o de género. El cisma de Podemos nos ha devuelto al futuro. Aunque sea más que incierto. Y me ha hecho pensar en el feminismo o, más bien, el feminismo me ha hecho mirar este entuerto de otra manera, o el feminismo, quizás, podría ser el clavo ardiendo del que agarrarse.

Hace unos días pensaba que lo peor que le podría pasar al feminismo es lo que siempre le ocurre a la izquierda; y que lo mejor que podría pasarle a la izquierda de este país es lo que le está pasando al feminismo ahora mismo. El movimiento feminista no puede perder su esencia moderándose para ser menos incómodo, no puede acabar desactivado por sus rencillas internas, no puede permitir que sus contradicciones le estallen en la cara sin haberlas asumido como parte de su naturaleza amplia y diversa. La unidad es una quimera, pero no lo es el entendimiento. Y a la vez, la izquierda debería trabajar para ver legitimada su lucha, para que esa lucha sea percibida, ocho años después del 15M, como urgente y necesaria por la gente que entiende que ni la derecha ni la socialdemocracia quieren una verdadera transformación social. Sería un acierto ver a una izquierda que vuelve a conectar con un clamor popular como el feminismo, porque aún en España el sueldo mínimo no alcanza, porque peligran las pensiones y se amenaza la sanidad universal, porque ya hay en marcha una nueva burbuja inmobiliaria, porque hay gente sin calefacción, porque hay una ley de extranjería racista, porque la ultraderecha aprieta y planea ser gobierno otra vez para cargarse todo.

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Desobediencia

Llevamos unos meses reuniéndonos en torno a un grupo de madres y padres heterodisidentes. Eso quiere decir pomposamente que criamos lejos de los modelos familiares heteronormativos y, dicho en fácil, que somos una panda de madres lesbianas, padres trans y alguna polifamilia. En nuestro pequeño grupo de trabajo hay un hombre trans al que su propio padre le ayudó a colocarse su primer binder y que ahora es papá de una bebé que chupa la teta de su madre durante las sesiones. Hay parejas de lesbianas casadas con todas las de la ley y madres de familia. Hay una familia monoparental de madre lesbiana y sus dos hijes. Hay madres de niños y niñas, pero también de adolescentes que se identifican ya como género fluido o agéneros.

Hay una madre a la que el otro día en el parque, mientras su hijo barría las hojas con su nuevo set de limpieza, un señor le soltó: “mírala a ella, barre que barre, toda una ama de casa”. Hay una madre lesbiana indignada porque no para de recibir comunicaciones del colegio de sus hijos en las que convocan a la asamblea a “la sra. madre y al sr. padre de familia”. Hay otra a la que el pelo largo de su hije ha llevado a creer a todas las señoras del bus que se trata de una niña o solo porque lleva una mochila lila. Hay una madre lesbiana a la que un familiar le dijo: “madre solo hay una”, refiriéndose a su pareja, la que parió al bebé, y pasándose por el forro su maternidad. Hay tres mapadres a los que no quisieron dejar entrar juntos a ver la ecografía de su bebé.

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Caer como cae un facha

Había terminado de escribir todo lo que tenía que escribir ese día y por fin podía darle algo de bola a Amaru. Le pregunté si quería venir conmigo a comprar algo. Nos pusimos los abrigos y salimos a la calle. Él, atolondrado y más feliz que un perrito que por fin sale a mear. Yo, sintiéndome por fin una madre sin culpas. A la altura del locutorio El Paisa, Amaru empezó con lo de “a que no me pillas cara de papilla” y tengo el recuerdo exacto de que mis pies se elevaron unos centímetros del suelo e hicieron ese movimiento confuso que hacen los pies de los Picapiedras cuando están listos para ponerse en polvorosa. Lo último que vi fue la cara pícara de Amaru desaparecer al girar por la esquina, mientras agobiada levantaba el brazo para gritarle que me esperara un poco. La maternidad a los 40 es un deporte de alto riesgo.

Entonces caí como un árbol en mitad de un bosque, es decir, sin hacer ruido. O eso dicen los filósofos. No existe la luna si nadie la está mirando. Nadie cae si no lo ves caer. Mucho menos un árbol en un bosque. O un ser humano en medio de una calle desierta. Y sin embargo, la gente cae. Nadie escuchó el estrépito secreto de mis huesos. Lo que más me ha fascinado desde que me ocurrió es que tropecé con el brazo derecho levantado. Leí luego que esa es una manera infalible de romperse por dentro. Caí con el brazo derecho perfectamente estirado señalando el sol. Caí como cae un facha. Nada más indigno de mi estirpe. Podrían haber trazado la silueta de mi cuerpo en el suelo después de recogerlo y habrían podido pensar, quienes no me conocen, que era la huella del cuerpo de un nazi que ha muerto en su ley.

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Novias de la muerte, esposas de españoles

Para diferenciar dos categorías de migrantes, el criminal y el integrado, Santiago Abascal declaró hace poco que “no es lo mismo un inmigrante procedente de un país hermano hispanoamericano, con una misma cultura, una misma lengua, con una misma cosmovisión del mundo, que la inmigración procedente de los países islámicos”. No es una coincidencia que días después, Javier Maroto dijera algo similar del migrante de América del sur pero, dándole el toque pintoresco: “lo mejor que le puede pasar a su vida en España es que su hija se case con un español”.

Hay algo que une en mi cabeza lo que dijo el político del PP y la forma en que los seguidores de Vox cantan eufóricos el himno de los legionarios. Pareciera que, según la nueva coalición española de la ultraderecha, la derecha y la derechita, lo mejor que podría pasarnos a las migrantes es hacernos novias de la muerte o de uno de sus votantes, con la esperanza de algún día casarnos y mejorar de vida. Porque es la muerte civil, la muerte simbólica, la muerte de todo lo que en estos años hemos avanzado en reconocimiento de la diversidad, lo que persigue este matrimonio por conveniencia entre las fuerzas conservadoras españolas. En dicho proyecto político, el migrante ejemplar sería una mujer racializada sí, pero casadera y hablante del español, frente al resto de migrantes, dividiéndonos entre los que tenemos buena conducta y los que no, entre los que cotizan y los que no, entre los que se allanan a la cultura occidental, su lengua y su religión, y los que deben ser deportados.

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Una lesbiana de libro

¿Dónde están las lesbianas? Todas sabemos que hasta hace no mucho era difícil encontrar una lesbiana en una historia, pero mucho más difícil era encontrar una buena historia con una lesbiana. Podía pasarme horas buscando algo que ver y pocas veces valía la pena. Pero están cambiando las cosas. Desde San Junípero ya nada ha vuelto a ser igual, y tener buenos personajes lésbicos empieza a ser requisito de cualquier serie que se precie de ser mínimamente realista. Pero nos faltaba el libro. Permafrost (Penguim Random House), de la poeta Eva Baltasar, podría serlo, aunque la novela, Premio Llibreter 2018, sea mucho más que una gran novela sobre una gran lesbiana.

Es imposible no conectar con la manera en que esa flipada de mucho cuidado que es la lesbiana protagonista, dice las cosas. No puedes seguir la historia sin pensar para tus adentros que después de leerla no vas a poder ser nunca más tibia, ni medias tintas, ni equidistante en nada. Porque lo que ella hace es la violación de una ley natural. De varias. Y de un destino trazado. El de su hermana, por ejemplo, que admite que si muriera jamás le dejaría a sus hijas a una lesbiana como ella: “la familia como eso que disipa la intensidad y te aleja del núcleo de las cosas, la familia como un magnífico disolvente”, escribe. Con un humor oscuro, la punki de Permafrost se presenta como una existencialista, una extranjera del mundo: lo que le emociona a muchos a ella no le emociona, quizá sí jugar con sus amantes a que sus vaginas son porcelana en la que colocar frutas para ser devoradas. Ella no quiere ser feliz, ni heterosexual, ni esposa, ni madre, ni llorar a sus muertos, ni amar a su familia, mucho menos amar a los gatos.

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Nosotras y las otras

Un fantasma recorre el movimiento feminista, el fantasma de la puta. Si hay algo que nos parte en dos esa es la puta. Ahora el gran peligro es que la puta demandante de derechos termine de facto legalizando la prostitución en España. Sería el acabose. Tremendo peligro. Porque todo el mundo sabe que la prostitución en España es ilegal como las drogas. Así que no hay nada que abolir por ahora. Bueno, sí, eureka, un sindicato de personas que se consideran trabajadoras y sujetos políticos. Esa es la gran idea que han tenido el feminismo del PSOE, la Fiscalía y las tres mil firmantes del manifiesto por la ilegalización del sindicato Otras. Atención, porque hay que hacer un anuncio: el feminismo abolicionista español se acaba de pasar al bando de los antiderechos. Hablamos de oponerse a la libre sindicalización, algo que está indicado en la Declaración Universal de los derechos humanos desde 1948 nada más, y que se consiguió con sangre, sudor y lágrimas de trabajadores y trabajadoras explotadas y esclavizadas. Se fueron al pedo las feministas abolas, se desmadraron, se les fue la olla, se fueron a la re-mierda.

Digamos que no son abolicionistas, sino solo malas compañeras. Caída la careta ya no tienen que fingir que les importan las putas. No les importan una mierda las putas como no acepten abandonar su medio de vida y dejarse tutelar por la ONG abola de turno. Será por eso que poco o nada ha cambiado para las prostitutas en tantos años de feminismo abolicionista y hegemónico. ¡Y así les parece raro que quieran organizarse! Se les pide que sigan como hasta ahora, que se queden calladitas, les perdonan la vida cada vez que les aconsejan que se asocien en las sombras, que sigan simulando ante la ley que trabajan en otra cosa y así se las condena por más siglos a la clandestinidad. De paso invisibilizan a todo el resto de trabajadores sexuales. Y lanzan su putofobia desde sus puestazos, desde sus salarios, desde sus derechos ganados, desde su legalidad europea. ¿Y tú qué tal? ¿Qué tal si pedimos lo mismo para ti? ¿Qué tal si tu trabajo a mí me parece peligroso, que perpetúa el paternalismo, o sea el machismo, y la violencia, o sea el silenciamiento y la invisibilización de muchas? ¿Propongo abolirte? ¿Por qué no abolimos mejor el matrimonio, la iglesia o la policía, como proponía Angela Davis el otro día, opresión con fachada de legalidad?

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