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Gabriela Wiener

Gabriela Wiener es escritora, poeta y periodista. Ha publicado los libros Sexografías, Nueve Lunas, Llamada perdida, Dicen de mí  y el libro de poemas Ejercicios para el endurecimiento del espíritu. Sus textos han aparecido en antologías nacionales e internacionales y han sido traducidos al inglés, portugués, francés e italiano. Sus primeras crónicas se publicaron en la revista Etiqueta Negra. Fue redactora jefe de la revista Marie Claire en España. Escribe para La República, El Salto, El País y el New York Times en español, entre otros.

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Vuelve a ser bicho

El otro día asistí a un ritual de temazcal, esa sauna mística de la tradición amerindia que va desde Alaska hasta la Tierra del Fuego. Puedo decir que es lo más parecido a ser un adulto sumergido en líquido amniótico, a trepar una montaña con el estómago vacío, a estar a oscuras en tu habitación de niña, a ser enterrado vivo, como hornearse a fuego lento en el vientre de una madre desconocida. En el jardín de una casa cualquiera este esqueleto de troncos en forma de iglú del desierto cubierto con pieles de búfalos blancos o mantas andinas nos acoge.

Del nahua: temaz=vapor, calli=casa, al temazcal se le conoce como la "cabaña de sudor" y es un baño de purificación indígena, una sauna sagrada de propiedades terapéuticas, físicas, psicológicas y espirituales, heredada de las antiguas culturas meso americanas. Por eso nos movemos en el terreno con sacralidad, casi de puntillas. Nos hemos quitados los pendientes y cualquier metal que pueda recalentarse a las altas temperaturas de la cabaña. Entre los compañeros se encuentran dos niños de dos y cinco años, es el cumpleaños del primero y a él está dedicado el rito. Somos unos quince desconocidos que sonríen entre sí y ahora nos introducimos a gatas por el pequeño arco que lleva a la oscuridad. "Ajó- metaquasi", "entro con todas mis relaciones, las de esta vida y la otra", es el conjuro que repetiremos toda la noche.

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Mujeres en llamas

Meses después de su estreno, veo por fin Retrato de una mujer en llamas, de la admirada directora Celine Sciama. Sí, la historia del deslumbramiento mutuo entre una pintora y la mujer a la que debe retratar en la Bretaña del siglo XVIII. Como un reverso femenino de Pigmalión, Marianne tiene el encargo de convertir en objeto (representación) a Héloïse, la musa viva, a punto de desposarse obligada por su familia. Pero la suya será una relación de igual a igual, muy lejos de los relatos que conocemos sobre el artista y la musa. Me seduce la tentadora idea de que, al contrario de lo que ocurría con el escultor, en el caso de Marianne, el éxito de su obra es también su condena: transformada en arte ha de dejar ir a su amada. Algo infinitamente más real que la eterna posesión de lo querido.

Cierro el ordenador. Lo vuelvo a abrir. Busco Adele Haenel, una de las protagonistas de la película, y descubro que el año pasado denunció al director de cine Christophe Ruggia por abusos sexuales cuando tenía apenas 12 años. Los abusos habrían continuado hasta que cumplió los 15, es decir, durante todo el tiempo que duró la producción y promoción de la película Les diables, de Ruggia. Ruggia fue detenido hace un par de semanas y puesto en prisión preventiva. Aunque primero negó todo, en uno de sus intentos de descargo leo que admite haber "cometido el error de actuar como Pigmalión, con todos los malentendidos que eso puede acarrear". Los "malentendidos" serían continuos tocamientos y acoso sexual a una niña de 13 años. Manos en la entrepierna y el pecho. Rechazo constante por parte de ella.

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Caer sin hacernos pedazos

"No me compares con un tío cis que pretende violarte"Tribade

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(Educación sexual) Carta a mi hije

Coco, ayer empezamos a ver juntes la serie "Educación sexual", que se acaba de estrenar en Netflix, en perfecta sincronía con la falsa polémica del PIN Abascal. Estábamos riéndonos porque en la serie, además de amagos de iniciación sexual adolescente, hay una supuesta epidemia de clamidia en el instituto, que algunos alumnos creen se contagia como se contagia un resfriado, y el pánico se extiende hasta que llegan los educadores sexuales a aclararlo. Estoy segura de que los del PIN esperarían que clamidia sea un nombre de mujer. Entonces pensé que cómo no se nos van a cruzar los mundos de la ficción y los de la vida.

En estos días has tenido que oír que hay políticos que están intentando apuntalar leyes para que niñas y niños no sean educados para diferenciar entre abuso sexual y sexo consentido, por ejemplo cuando los toca un cura o su propio padre. Que tampoco quieren educación sexual y anticoncepción para evitar el embarazo adolescente y el aborto inseguro, que mata a tantas jóvenes en el país donde nací y en otros lugares del mundo donde no es legal y se persigue a quienes se atreven a hacerlo. Sabes que están acosando y censurando a tus maestras.

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Los besos de todas las 'travas' que este mundo no amó

"Mi mamá se llama Beatriz / Su segundo nombre es Soledad / Siempre temió ese nombre como una maldición / Decía que su nombre marcaría su vida / Mi papá se llama Alejandro / Su primer nombre es Santos / Los santos no fueron siempre buena gente / Algunos hicieron cosas terribles / Siempre pisando los cuerpos incorrectos de las demonias / Yo me llamo Nayare / Mi primer nombre fue Alejandro / Y en secreto mi segundo nombre / Fue Soledad".

Nayare es ese cuerpo demoniaco que algunos quisieran pisar porque les recuerda sus pecados, pero no pueden. Está leyendo en voz alta. La rodeamos negras y marrones en una lectura de poesía antirracista en uno de los pocos espacios de resistencia que le quedan al barrio. El barrio también se va al carajo, pero ahí Nayare, artista travesti peruana en diáspora, canta pa ella y pa elle: "alma mía, alma mía, siempre sola... si yo encontrara un alma como la mía, cuantas cosas secretas le contaría, un alma que al mirarme sin decir nada me lo dijese todo con la mirada". También llora mucho y araña, Nayare, @paellaypaelle en Instagram.

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Terruquea que algo queda

La fórmula autoritaria tiene el atractivo de la simpleza –solía decir mi padre sentado en el baño con un periódico–, pero entraña una contradicción. Su reclamo puede resumirse en: nosotros ganamos la guerra porque no nos detuvimos ante nada, así que reelígenos para que volvamos a ganarla. Solo que para volver a ganarla hay que inventarse una nueva guerra.

En realidad, el objetivo de esta derecha histeriqueada consiste hoy en convencer a la gente de que para conseguir la concordia hay que derrotar las veces que haga falta al derrotado. Por eso terruquean. Perdonadme que saque este neologismo. El 'terruqueo' –la acción de convertir a cualquiera que no sea ellos en terruco, en terrorista– funciona igual de bien en cualquier contexto. A los pobladores de las comunidades andinas que luchan hoy contra el impacto medioambiental y la contaminación del agua que deja la explotación de las minas a manos de multinacionales la derecha peruana les llama "terroristas antimineros".

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No dejar que te colonicen

¿Qué es lo que realmente me duele, no me deja en paz, me conmociona, me reconcome de la muerte de la escritora peruana Patricia De Souza, además de lo sorpresiva e inoportuna? La habré visto un par de veces en toda mi vida, nos tomamos un solo café; nos escribimos desde el 2011 pero fueron conversaciones breves, escasas, todas relacionadas con nuestra supervivencia como escritoras, confesiones de desencanto y precariedad. Nada literario o digno de una compilación epistolar. Algunos chats más o menos urgentes, otros esquivos, persistencia, excusas, dejarnos en visto, silencios incómodos para luego retomar. Solo la vida, pasando, como a través de un puente. Sí, eso me dijo, le alegraba ese puente entre escritoras. 

Una vez le dije que para mí era "un mito literario de los 90's". Y era verdad. Aún la recuerdo como la única mujer novelista en Perú que aparecía junto a la decena de autores hombres promovidos en esa década en la que yo empezaba a escribir (y a esconder) poemas durante las horas perdidas de la universidad. Para entonces ya me había leído al menos un libro de cada uno de esos tipos que despuntaban pero ninguno de ella. Y así me pasé varios años más antes de leer El último cuerpo de Úrsula. Más tarde solía ubicarla como la única escritora peruana que vivía en París, firmaba artículos y reseñas en Babelia, mientras seguía publicando libros en editoriales importantes y traduciendo a escritores franceses. La consideraba una privilegiada entre muchas que no tenían nada.

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Cuando los que sobran son millones

Han vuelto los 60s, qué bien, porque no iba a soportar más tiempo seguir en los anodinos 90s en pleno 2019. Pensé eso hace unas semanas cuando empezaron a estallar pequeñas y grandes revoluciones en América del sur. Y ya cuando estalló Chile quise ver Playa Girón en Viña del Mar y cosas así. Entonces fue lo del toque de queda y los militares saliendo a desaparecer y a matar, pero el dolor fue de pronto neutralizado por las imágenes de miles de personas en las calles coreando una canción que yo conocía perfectamente, "El baile de los que sobran", y supe que, para ser honestos, estábamos en los 80s. Una época que yo ya había vivido, y una canción que yo ya había cantado, completamente identificada, en un país desigual, de muy ricos y muy pobres, inflacionario, represivo, aunque en mi caso fuera la democracia de Alan García en Perú y no la dictadura de Pinochet o la de Piñera de hoy, que no se va aunque se lo hayan pedido millones de personas. 

Yo sé mucho de esa canción, pero igual me puse a googlearlo todo para saber más. Y en el espíritu ochentero de grabarle una cinta a una amiga he hecho este artículo para los que no la conocen. (Un spoiler: Cuando lo terminé, me di cuenta de que otros habían hecho lo mismo y que ahora hay un montón de artículos explicando de dónde viene "El baile de los que sobran". Pero no importa, este es mi baile y es nuestro). 

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Cacerolazo global

"Mamá, me llevé la olla", se lee en el cartel de una joven durante el reciente estallido popular contra 30 años de neoliberalismo en Chile. La olla, la cacerola vacía, es la imagen que resume el fracaso del modelo económico que convirtió al país del sur en el niño mimado del FMI, mientras empobrecía y arrebataba derechos a la gente. El gesto de la hija que se lleva la olla de la madre para luchar lo cambia todo, el paradigma, el tiempo, todo. Es el mismo clamor que resuena en las cacerolas de las huelgas en cada 8 de marzo, en la demanda del fin del trabajo explotador y feminizado que suele sostener las grandes economías mundiales.

En las palizas de hoy, las vejaciones y abusos sexuales de estos días –que se denuncian desde que empezó la represión de Piñera–, se escuchan los ecos de las violaciones, secuestros y torturas que sufrieron las mujeres luchadoras de los 70s, a las que les arrebataron sus hijos recién nacidos para dárselos a las familias cómplices del régimen de Pinochet. El cuerpo de las mujeres, cis y trans, siempre campo de batalla. Frente a la opresión, el feminismo ha llevado cuidados, autocuidados y cultura asamblearia e igualitaria a la primera línea de fuego, porque lo que le impulsa es la defensa de lo comunitario y el rechazo a un sistema que precariza la vida.

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Calígula

Desde hace unas semanas sabemos que tenemos que irnos de nuestra casa. Es curioso cómo los que tenemos poco o nada usamos los pronombres posesivos para hablar de cosas que en teoría no nos pertenecen pero que son definitivamente nuestras. Este lugar, por ejemplo, que encontramos cuando cruzamos el río, buscando algo que no fuera un piso, pero en el que vivir. Algo amplio y barato sobre lo que construir. Una página en blanco sobre la que escribir. Una nave, la llamaron en el anuncio, y sonaba a espacio exterior, a galaxias, a estrellas. Era un extaller mecánico, frío y lamentable, pero que escondía en su corazón un patio. Un patio en Madrid. Donde ahora vive el conejo blanco que llega tarde a todo. Y un sótano en el que nunca escondimos nada, solo una guitarra y un piano.

Con la ayuda de nuestros amigos construimos la cocina que le faltaba para ser casa y con el tiempo nos dedicamos a calentarla, aislándola del frío con planchas de madera, instalando una chimenea, comprando una puerta de cristal para tener más luz, haciendo una bañera. La convertimos en un hogar. Aquí sembramos el cercis con las cenizas de mi papá. Aquí alojamos y alimentamos con comida peruana a las personas que más hemos querido en la vida. Aquí Coco nos dijo que dejáramos de llamarle Lena. Aquí en verano ponemos una piscinita de goma, nos metemos los cinco y jugamos al remolino.

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