eldiario.es

Síguenos:

Boletines

Boletines

Menú

Gabriela Wiener

Gabriela Wiener es escritora, poeta y periodista. Ha publicado los libros Sexografías, Nueve Lunas, Llamada perdida, Dicen de mí  y el libro de poemas Ejercicios para el endurecimiento del espíritu. Sus textos han aparecido en antologías nacionales e internacionales y han sido traducidos al inglés, portugués, francés e italiano. Sus primeras crónicas se publicaron en la revista Etiqueta Negra. Fue redactora jefe de la revista Marie Claire en España. Escribe para La República, El Salto, El País y el New York Times en español, entre otros. Es parte del colectivo autogestionado Vaciador 34.

  • Reacciones a sus artículos en eldiario.es: 864

"Era un padre estupendo"

Allí abajo, a pocos metros de donde cayó el cuerpo, hay una guardería. Se podría llamar los 7 enanitos. Lógicamente el suicida no pensó si era lícito que al día siguiente los enanitos se encontraran con sus vísceras esparcidas por el suelo. La primera mañana después del crimen los padres no enviaron a sus niños a la guardería ubicada en los bajos del edificio desde el que saltó el filicida de Castellón, pero se preguntarán desde un miedo quizá irracional, aún días después de la tragedia, si deberían enviarlos a un sitio en el que caen asesinos del cielo.

Esa mañana el único rastro del hombre es un charco que emite destellos, como si el río pintado en la pared del cole se hubiera desbordado del cuadro y convertido en sangre al tocar la realidad. Algo terrible pasa entre el mural y la calle, entre el paisaje de cuento infantil y la vida, una falta de continuidad que espanta. Si Toy Story pasara de verdad, ¿qué habrían dicho las montañas, los árboles y el conejo saltarín al ver estrellarse a un hombre a sus pies? Desde la misma pared, nos saluda la inocencia: a diferencia de las de sus asesinos, las manos de los niños solo pueden mancharse de color, de muchos colores, del azul del cielo, del verde del bosque, del rojo de las fresas. ¿Estarán entre las huellas de esas manitas pintadas en la pared las de sus hijas muertas? ¿Azules, rojas o amarillas?

Seguir leyendo »

Voy a dejarme crecer un bigotito

Después de su interrogatorio José María se mira al espejo y dice: "Voy a dejarme crecer un bigotito". Como en ese relato de Sartre, 'La infancia de un jefe', protagonizado por un chico que sufre la peculiar metamorfosis de un ser inseguro, buleado y machacado por la vida a la de temible proyecto de dictadorzuelo, el expresidente español volvía de lo oscuro empoderándose en cada una de sus intervenciones y su falta de bigote solo nos recordaba un virtual bigote, no el suyo sino el bigote más tristemente célebre de la historia.

Más allá de lo retorcidamente enfermo que luce su ego, hay en la aparición bravucona de Aznar en el Congreso la expresión de una forma de entender el poder y de ejercerlo históricamente desde un privilegio bautismal, sin concesiones. En sus maneras sobradas y despectivas, en sus gestos altaneros para negar lo evidente, se concentra todo el estilo de la derecha política arrasante, que manda desde la cuna, que gobierna desde el chuleo, que se impone porque pisa más fuerte, que se perpetúa cueste lo que cueste, mienta lo que mienta, mate a quien mate, sin bajar el tono, sin reconocer nada a nadie, sin autocrítica, con todos los medios y altavoces a su alcance. Porque sus ancestros franquistas pisaron así de fuerte y les enseñaron a pisar. Porque nunca les tocó ser "los otros".

Seguir leyendo »

Los pisos y el agua embotellada

Una niña de 12 años ve colmada su paciencia y empieza una solitaria cruzada contra BusKpiso, la última inmobiliaria que ha llegado al barrio y se ha sentido con derecho a inundar puertas, ventanas, paredes, farolas, bancos con sus ofertas y demandas. Quieren comprar tu piso, quieren vender tu piso, quieren alquilarlo, desokuparlo, adiministrarlo, explotarlo y, si pueden, robártelo. Pero a la niña no solo le molesta que jodan el ornato de las calles, ya de por sí bastante feas, le indigna sobre todo su desfachatez. Cuando ve a alguno de estos agentes encorbatados atragantando buzones con papel cuché se pone mucho peor que si viera a Slenderman. Podría matar en su nombre.

Alquilar una vivienda en una gran ciudad española (y en una pequeña también) ya es como comprar agua en el aeropuerto. ¿Por qué si se bajó por presión popular el precio del agua embotellada no se puede bajar el precio de los pisos? Ya se imaginan por qué. Todos los pisos a un euro. Pero no. La sensación de estafa que te embarga por estar pagando una cantidad desmesurada por algo que debería ser de primera necesidad ya no te la quita nadie. Ni siquiera hablamos de alquilar una botella de Veen, sino de una Bezoya.

Seguir leyendo »

Papá y los tomates

Hoy se cumplen tres años del día en que monté en un avión lo más rápido que pude pero no alcancé a abrazar a mi padre vivo.

La muerte de mi papá siempre coincidirá con la fiesta del tomate. A la cata de tomates de Perales de Tajuña se llevaron Jaime y Roci a mi hija Lena un día como hoy para alejarla un poco de los rumores de la muerte. En la cata los agricultores ponen en exhibición sus decenas de tipos de tomates, algunos tan grandes como una cabeza y de muchos colores, algunos rosas fosforescentes tan carnosos como un corazón.

Seguir leyendo »

El búnker de la Memoria

En mayo de este año, el excomandante general del ejército y hoy congresista de la República del Perú, Edwin Donayre, apareció en las instalaciones del museo de la memoria de ese país, llamado “Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social” (LUM), disfrazado con un gorro, una peluca y gafas de sol para no ser reconocido. Con un desprecio feroz por los colectivos vulnerables, se hizo pasar por una víctima de torturas a manos de las Fuerzas Armadas de Colombia, a consecuencia de las cuales había quedado sordomudo y solicitó una visita guiada. Días después con lo que grabó a escondidas hizo un video en el que pretendía acusar al LUM de apología del terrorismo y de no ser justos con los militares peruanos que combatieron a Sendero Luminoso –según él, siempre pacificadores, nunca asesinos–, algo que por supuesto no pudo probar en absoluto: su montaje en lugar de desprestigiar al museo provocó que se duplicara el número de visitas. Aunque célebre por haber sido perpetrado por un parlamentario (que por cierto está a punto de entrar a la cárcel por peculado), ese ha sido solo uno de los tantos ataques sufridos por el museo de la memoria en Perú desde su creación.

Cuando escucho hablar a Pedro Sánchez de crear uno en España, fuera del Valle de los Caídos, me imagino que si llegara a existir se llenaría todos los días de gente como Donayre, que quiere negar el terror que ejercieron los militares, que quiere tapar el sol de crímenes de Estado en décadas de violencia con un dedo. No sé si aquí algún diputado llegaría a semejante esperpento, pero un museo para recordar a las víctimas del franquismo estaría en la mira de ultras violentos como los que vemos a menudo en los medios y en las calles. En lugar de un museo este monumento ibérico a la verdad y la reconciliación tendría que ser un fortín, un búnker más custodiado que la Moncloa o el Palacio Real. La triste constatación de que todavía la paz en este país tiene que estar armada hasta los dientes.

Seguir leyendo »

El monstruo del pantano

Por paradojas de la vida, mis últimos días de vacaciones los estoy pasando en la Alcarria, en el límite entre Guadalajara y Cuenca, una zona rodeada de preciosas lagunas. Quizá sea por mi falta de mundo o de paraísos terrenales, pero por momentos siento que estoy en un lugar idílico entre el lago Titicaca y el lago Ness, con un puntito de selva amazónica y otro poco de pantano de Shrek. Una de esas tardes en las que miraba caer el sol sobre el “mar de Castilla” –como le llaman tiernamente los madrileños a estas aguas verdosas, algunos tramos salpicadas de lanchas y pequeños yates– y alucinada de estar tomándome en pleno agosto una cerveza en un club náutico –sí, un club náutico a una hora y media de una ciudad sin playas–, alguien dijo la frase que todos nos temíamos: “Se le pueden criticar muchas cosas a Franco, pero los pantanos, los pantanos no: España bebe gracias a Franco”.

O no lo tenía en mi horizonte o había querido olvidarlo, pero lo cierto es que estoy veraneando en una obra franquista. El silencio posterior fue roto por el paso raudo de un tío haciendo esquí acuático en el centro de la península gracias a que durante la dictadura Franco mandó crear unos tremendos embalses para tener reservas de agua y distribuirlas, aprovechando los ríos y la lluvia. Allí estoy yo, una anomalía con doble nacionalidad evaluando seriamente mi coherencia y mis credenciales democráticas, disfrutando de baños diarios en sus aguas calmadas, profundas y transparentes, lo que me recuerda que soy también una vecina casi feliz de Madrid Río, obra del Partido Popular. En este trance no puedo más que sentirme como siempre ajena, viviendo la vida de los otros, de prestado o de reconquista, perdida entre los sumideros de los demás, entre sus segundas residencias con vistas a la obra, preguntándome de qué manera debo yo mirar el pantano.

Seguir leyendo »

Fosas comunes (y en común)

Sobre un escenario, ante 500 personas que no deben saber demasiado de los muertos del franquismo, pero sí mucho de los que siguen exhumándose en tantos lugares del Perú, Magaly canta junto a Maria. La primera lo hace en quechua y la segunda, que ha estado haciéndolo en catalán, ahora lo hace también en castellano. Ambas cantan a las fosas comunes y también a las fosas en común. Dicen que cuando Magaly Solier, la actriz y cantante peruana, escuchó "45 cerebros y un corazón" quiso traducirla al quechua y cantarla junto a sus autores, Maria Arnal y Marcel Bagés, durante la Feria del Libro de Lima.

Seguir leyendo »

Reynaldo Naranjo: una historia de terror en París

Amo a la paz/ porque amo a los niños/ y además es hermoso jugar/ ¿Y puede ser que alguien ame /a su patria y no a la paz?/ ¿Y puede ser que alguien/ame a los niños y los huertos/y no a la paz?/El que no ama a los niños y la paz, /los huertos y la paz, /los sueños y la paz, es necesariamente un criminal. Reynaldo Naranjo

Después de iniciar una nueva terapia para la larga depresión que padecía, Roxana Naranjo invitó a almorzar a Nadia Paredes, la hijastra del "monstruo", que es como ella llama desde hace tiempo a su propio padre. Estaban de nuevo en París, pero con treinta años más de los que tenían cuando se encontraron por primera vez en esa ciudad convertida hace mucho en pesadilla para cada una. Ese día de finales de junio de 2011, en la terraza de su departamento en la rue Saint Jacques, Roxana le estaba contando que había decidido seguir allí lidiando con sus fantasmas del pasado, cuando al fin pudo contarle su mayor secreto: "Mi padre me violó aquí, Nadia, durante la temporada que pasamos juntas". Entonces, su hermana menor, que debía haberse sorprendido, le contó que a ella le había pasado lo mismo: "¿Sabes? A mí me fregó la vida. Empezó a hacérmelo a los siete años, antes de que tú llegaras y no paró hasta que se fue...".

Seguir leyendo »

Tengo un problema con los taxis

Tengo un problema con los taxis del primer mundo. Basta leer cualquiera de mis libros para notar una inquina exagerada, un ensañamiento. En especial los taxis de Barcelona, tal vez por aquella anécdota ocurrida hace unos años, en la noche en que empecé con los trabajos de parto y el taxista que me llevaba al hospital me dijo que tuviera cuidado, que no le fuera a manchar el coche. Por si fuera poco, los ginecólogos, que no fueron mucho mejores, me regresaron a casa porque aún no había dilatado lo suficiente, y después de llamar sin éxito a otro taxi durante una eternidad –por lo que me dijeron los sábados no suele haber demasiado servicio porque los borrachos también podrían mancharles el coche, aunque eso fue ya hace más de una década– me vi obligada a llamar a una ambulancia con todo lo aparatoso y efectista que es para una mujer que creía en el parto natural. También creo que mi odio a los taxis se debe a que por lo general no puedo pagarlos. Para alguien como yo, que ha sido una usuaria compulsiva en otros tiempos, en otras latitudes y a otros precios, supuso toda una gestión emocional aceptar que ya no podían formar parte de mi vida normal. Cuando los tomo aún sudo frío mirando el taxímetro en los semáforos.

Tengo un problema con los taxis, pero no con los del segundo y tercer mundo, porque allí son otra cosa. Me despiertan una hermandad, una solidaridad visceral, son como el espejo de nuestra cultura y de nuestros bolsillos. No son productos de lujo, como en Europa. Para empezar, estoy estos días en Lima, una ciudad con uno de los sistemas de transporte público más infernal del mundo, un espacio caótico en el que en la “hora punta” pueden soportarse retenciones de hasta dos horas, dependiendo de a dónde quieras llegar. En ese contexto, la idea del taxímetro –con esas retenciones los taxistas se harían millonarios o nadie tomaría taxis– es tan exótica como los taxis voladores, solo superado por esa entelequia conocida como los sindicatos de taxistas.

Seguir leyendo »

El innombrable

No sé por qué pero el tipo me recuerda cada vez más al protagonista del libro Fiesta en la madriguera del escritor Juan Pablo Villalobos. Se trata del hijo pequeño y caprichoso de un narco mexicano capaz de consentirle al chaval hasta un hipopótamo enano de Liberia. Pongamos que el partido es el padre narco; España es la madriguera en la que los corruptos han hecho su festín; y el hipopótamo enano un futuro gobierno bajo su mandato, así de extravagante, de decadente y reaccionario, afectado por una especie de enanismo mental y moral y cultural. En su zoo particular, el imberbe político formado en la misa dominical ya planea devolver al cautiverio como mínimo a las mujeres, al género, a las víctimas del franquismo y a la libertad para vivir y morir.

Estoy preocupada por mí. Cada día busco noticias suyas para odiarle más. No sé si lo hago por miedo, o como guerra preventiva, para ir acumulando rabia que se transforme en el momento adecuado en combustible o si es que el pensamiento mágico me lleva a creer que si lo odiamos todos fuertemente a la vez llegaremos a neutralizarlo. Retuiteo todo lo que comparten las compañeras feministas, los lemas más optimistas: “no tenemos miedo, estamos listas para enfrentarlo”; y los más pesimistas: cuando llegue convertirá España en Gilead, junto a su mellizo de los polos Ralph Lauren, los vientres de alquiler y las banderitas en los balcones de la España que madruga. Ambos son hermanitos celosos que compiten por el amor de los ultras y excluyen a las otras Españas, las que no madrugan, las que sueñan, por ejemplo.

Seguir leyendo »