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Gabriela Wiener

Gabriela Wiener es escritora, poeta y periodista. Ha publicado los libros Sexografías, Nueve Lunas, Llamada perdida, Dicen de mí  y el libro de poemas Ejercicios para el endurecimiento del espíritu. Sus textos han aparecido en antologías nacionales e internacionales y han sido traducidos al inglés, portugués, francés e italiano. Sus primeras crónicas se publicaron en la revista Etiqueta Negra. Fue redactora jefe de la revista Marie Claire en España. Escribe para La República, El Salto, El País y el New York Times en español, entre otros. Es parte del colectivo autogestionado Vaciador 34.

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Novias de la muerte, esposas de españoles

Para diferenciar dos categorías de migrantes, el criminal y el integrado, Santiago Abascal declaró hace poco que “no es lo mismo un inmigrante procedente de un país hermano hispanoamericano, con una misma cultura, una misma lengua, con una misma cosmovisión del mundo, que la inmigración procedente de los países islámicos”. No es una coincidencia que días después, Javier Maroto dijera algo similar del migrante de América del sur pero, dándole el toque pintoresco: “lo mejor que le puede pasar a su vida en España es que su hija se case con un español”.

Hay algo que une en mi cabeza lo que dijo el político del PP y la forma en que los seguidores de Vox cantan eufóricos el himno de los legionarios. Pareciera que, según la nueva coalición española de la ultraderecha, la derecha y la derechita, lo mejor que podría pasarnos a las migrantes es hacernos novias de la muerte o de uno de sus votantes, con la esperanza de algún día casarnos y mejorar de vida. Porque es la muerte civil, la muerte simbólica, la muerte de todo lo que en estos años hemos avanzado en reconocimiento de la diversidad, lo que persigue este matrimonio por conveniencia entre las fuerzas conservadoras españolas. En dicho proyecto político, el migrante ejemplar sería una mujer racializada sí, pero casadera y hablante del español, frente al resto de migrantes, dividiéndonos entre los que tenemos buena conducta y los que no, entre los que cotizan y los que no, entre los que se allanan a la cultura occidental, su lengua y su religión, y los que deben ser deportados.

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Una lesbiana de libro

¿Dónde están las lesbianas? Todas sabemos que hasta hace no mucho era difícil encontrar una lesbiana en una historia, pero mucho más difícil era encontrar una buena historia con una lesbiana. Podía pasarme horas buscando algo que ver y pocas veces valía la pena. Pero están cambiando las cosas. Desde San Junípero ya nada ha vuelto a ser igual, y tener buenos personajes lésbicos empieza a ser requisito de cualquier serie que se precie de ser mínimamente realista. Pero nos faltaba el libro. Permafrost (Penguim Random House), de la poeta Eva Baltasar, podría serlo, aunque la novela, Premio Llibreter 2018, sea mucho más que una gran novela sobre una gran lesbiana.

Es imposible no conectar con la manera en que esa flipada de mucho cuidado que es la lesbiana protagonista, dice las cosas. No puedes seguir la historia sin pensar para tus adentros que después de leerla no vas a poder ser nunca más tibia, ni medias tintas, ni equidistante en nada. Porque lo que ella hace es la violación de una ley natural. De varias. Y de un destino trazado. El de su hermana, por ejemplo, que admite que si muriera jamás le dejaría a sus hijas a una lesbiana como ella: “la familia como eso que disipa la intensidad y te aleja del núcleo de las cosas, la familia como un magnífico disolvente”, escribe. Con un humor oscuro, la punki de Permafrost se presenta como una existencialista, una extranjera del mundo: lo que le emociona a muchos a ella no le emociona, quizá sí jugar con sus amantes a que sus vaginas son porcelana en la que colocar frutas para ser devoradas. Ella no quiere ser feliz, ni heterosexual, ni esposa, ni madre, ni llorar a sus muertos, ni amar a su familia, mucho menos amar a los gatos.

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Nosotras y las otras

Un fantasma recorre el movimiento feminista, el fantasma de la puta. Si hay algo que nos parte en dos esa es la puta. Ahora el gran peligro es que la puta demandante de derechos termine de facto legalizando la prostitución en España. Sería el acabose. Tremendo peligro. Porque todo el mundo sabe que la prostitución en España es ilegal como las drogas. Así que no hay nada que abolir por ahora. Bueno, sí, eureka, un sindicato de personas que se consideran trabajadoras y sujetos políticos. Esa es la gran idea que han tenido el feminismo del PSOE, la Fiscalía y las tres mil firmantes del manifiesto por la ilegalización del sindicato Otras. Atención, porque hay que hacer un anuncio: el feminismo abolicionista español se acaba de pasar al bando de los antiderechos. Hablamos de oponerse a la libre sindicalización, algo que está indicado en la Declaración Universal de los derechos humanos desde 1948 nada más, y que se consiguió con sangre, sudor y lágrimas de trabajadores y trabajadoras explotadas y esclavizadas. Se fueron al pedo las feministas abolas, se desmadraron, se les fue la olla, se fueron a la re-mierda.

Digamos que no son abolicionistas, sino solo malas compañeras. Caída la careta ya no tienen que fingir que les importan las putas. No les importan una mierda las putas como no acepten abandonar su medio de vida y dejarse tutelar por la ONG abola de turno. Será por eso que poco o nada ha cambiado para las prostitutas en tantos años de feminismo abolicionista y hegemónico. ¡Y así les parece raro que quieran organizarse! Se les pide que sigan como hasta ahora, que se queden calladitas, les perdonan la vida cada vez que les aconsejan que se asocien en las sombras, que sigan simulando ante la ley que trabajan en otra cosa y así se las condena por más siglos a la clandestinidad. De paso invisibilizan a todo el resto de trabajadores sexuales. Y lanzan su putofobia desde sus puestazos, desde sus salarios, desde sus derechos ganados, desde su legalidad europea. ¿Y tú qué tal? ¿Qué tal si pedimos lo mismo para ti? ¿Qué tal si tu trabajo a mí me parece peligroso, que perpetúa el paternalismo, o sea el machismo, y la violencia, o sea el silenciamiento y la invisibilización de muchas? ¿Propongo abolirte? ¿Por qué no abolimos mejor el matrimonio, la iglesia o la policía, como proponía Angela Davis el otro día, opresión con fachada de legalidad?

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Nos queda un futuro de hamburguesas

Hace poco estuve en América y así traicioné la última voluntad de mi padre comunista al que le prometí que jamás pisaría el imperio. Además lo hice en el peor momento, en los días en que Trump separaba niños de sus madres y padres. Me escanearon hasta el pelo y el corazón antes de ponerme el sellito en el pasaporte que les niegan a tantos. Mi prima me había comprado un billete para llegar hasta San José, donde vive hace casi veinte años, el mismo número de años que llevaba sin verla. Mi prima tuvo a su segunda hija ahí y a una nieta. No las conocía. Y hasta tengo un sobrino ‘dreamer’ que ahora es un hombre. Nos fuimos juntas hasta San Francisco y Santa Cruz –encima todo por allí tiene nombre español– a ver cómo duermen las focas en los muelles, en grupos, unas sobre otras como después de una enorme orgía. Pocos saben que las focas sueñan con medio cerebro mientras la otra mitad sigue en vigilia. Supongo que así ha vivido mi prima y su familia todo este tiempo. El sueño americano vivido a medias y sabiendo que en cualquier momento vendrá un Trump a despertarlos. Y lloramos justo cuando voló una gaviota sobre nuestras cabezas por todo lo que nos hemos perdido la una de la otra porque los gobiernos de ese país creen que existe gente ilegal. Nos dieron ganas de nacionalizarnos focas.

En mi segunda parada americana fui acogida en el barrio mexicano de Houston. En los jardines de las casas había muchos carteles que llamaban a votar a Beto, que no es latino pero al menos es demócrata, a diferencia de su contrincante Ted Cruz, que es medio latino pero es republicano y ha ganado. Aunque en esa ciudad coexisten la NASA, las clínicas carísimas que curan el cáncer y algunos pozos petrolíferos, es tan húmeda, verde y pantanosa que sentí que había llegado a Iquitos o a cualquier ciudad amazónica. En Houston, mis amigos, el poeta Kevin, de San Francisco, afroamericano, y Dillon, el gringo bueno de Nevada, me llevaron a Galveston en busca de los pantanos, para eso cruzamos la Península Bolívar y luego nos bañamos entre las aguas llenas de petróleo y delfines del Golfo de México. De regreso me hice fotos con cabezas de cocodrilos y Dillon me regaló una bala con mi nombre, porque dijo que todo eso era muy tejano. Pero de regreso en el aeropuerto la policía me quitó mi bala. Irónicamente, comentó Dillon cuando se lo conté, me habían arrebatado mi derecho tejano y violado la segunda enmienda según la constitución gringa. Eso no se lo hubieran hecho a un señor blanco en motocicleta y sin casco. Me dirigí entonces a la Gran Manzana.

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MA (Maternidad Artificial)

Paradoja: en estos días en que ha vuelto a intensificarse para mí la rutina de la crianza y los cuidados de mis hijos, sobre todo del más pequeño, es decir, ahora que más dividida me siento entre las responsabilidades profesionales y mis ocupaciones maternas, me llueven libros y películas sobre gente que desea hijos que nunca llegan.

Belle Boogs cuenta en El arte de no desesperar cuando estás esperando cómo muchas mujeres infértiles suelen afirmar que "lo peor de la experiencia es la envidia que les suscitan las embarazadas, que parecen estar en todas partes cuando se intenta (sin éxito) concebir". Rodearse de bebés y niños puede ser soportable pero ver una mujer embarazada les despierta odios viscerales, miedo a sentirse excluidas, a quedarse atrás mientras las demás hablan de sus crecientes familias. "Después de tres años de intentarlo, no es fácil rendirse", dice Boogs. Hace no mucho, la escritora española Silvia Nanclares publicó un libro, Quién quiere ser madre, en el que contaba su tortuosa e inútil búsqueda de engendrar. Es la única vez que me he alegrado de que un libro haya quedado desactualizado. Silvia parió hace unos meses a su hijo.

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Mi problema con las transfóbicas (incluyéndome)

Cometo transfobia cada dos días. Mi hija me mira mal cada vez que me equivoco y le digo Vania a su amigo Iván. He dado por hecho que una mujer trans era un hombre cis en su propia cara. He sido poco sensible a la disforia de algunes, hablando por ejemplo de mutilaciones, porque ser directa siempre fue mi pistola. Nunca me acuerdo de poner advertencias a mis artículos, aunque hablen sobre temas difíciles y debería. Quizá porque yo misma me abro en carne viva cuando, aunque me advierten que no lo haga, leo los insultos racistas que me dejan los trolls cada día. A mí nadie me advirtió lo que iba a ser la vida.

Me he pasado varios días sin saber cómo resolver el dilema de que alguna trans, solo alguna, no me deje hablar de mi coño, ni de mi menstruación, tras siglos de callarnos la boca sobre nuestros asuntos, que ahora resultan que son privis. No voy a entrar en el challenge de las opresiones, pero me ha costado, me cuesta, con todo lo poco privilegiada que me he sentido siempre, mirarme como una privilegiada respecto a otres, pero lo cierto es que lo soy. Y le debo al transfeminismo mirarme así también, sin concesiones. Con esto quiero decir que soy una mujer cis pero por lo menos no soy blanca. Con esto quiero decir que soy consciente de mis propias cagadas porque se me han cagado demasiadas veces encima y sigue pasando.

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No concedan el asilo político a César Hinostroza

Puede que aún no estén al tanto pero desde el miércoles tienen refugiado en su territorio –en la ciudad de Madrid, para ser exactos– al hombre más buscado del Perú. Se trata del exjuez supremo César Hinostroza Pariachi, quien se encuentra prófugo de la justicia peruana. Se le busca por ser un funcionario que ha incurrido en varios actos de corrupción, por ser líder de la organización criminal los Cuellos blancos del Puerto –una banda que operaba dentro y fuera de la Corte Superior de Justicia del Callao y a la que se le imputan los delitos de corrupción de funcionarios, tráfico de influencias, cohecho y peculado. También se le busca por haberse reunido con “la señora K”, nombre en clave para Keiko Fujimori, líder del fujimorismo, que tiene mayoría en el Congreso, y por actuar como su socio dentro de los juzgados en los diversos casos abiertos que tiene ella misma y miembros de su partido. Por estas razones ha sido ya ha sido destituido e inhabilitado por diez años.

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Todo está conectado

¿Cómo se relaciona que una mujer sea quemada viva por su acosador en un autobús del transporte público en Lima con las esterilizaciones forzadas a miles de mujeres indígenas ordenadas por el gobierno de Fujimori? ¿Cómo de intrincados están los degollamientos de tres mujeres refugiadas en la frontera de Turquía y Grecia con el artículo de un periódico español que da cuenta de ello recordándonos que esto ocurre en el contexto de la inmigración “clandestina” (¡clandestina!) a Europa? ¿Cómo no va a tener que ver que Dilma Roussef haya terminado expulsada del gobierno de Brasil a través de un documento en el que se menciona a Dios un centenar de veces, y que a Judith Buttler la recibieran en el aeropuerto de Sao Paulo con un cartel que decía: “Menos Buttler, más familia”?

¿No vienen de la misma fuente las desapariciones y los asesinatos de mujeres en Juárez, los crímenes de mujeres indígenas defensoras del agua y los territorios en el sur de América y las violaciones masivas y públicas de mujeres por los ejércitos en Guatemala? ¿No viola el Estado, los Narcoestados, las leyes de intangibilidad, los acuerdos con las comunidades indígenas y a la propia Pachamama cuando construye, por ejemplo, una carretera en el Tipnis, esa zona virgen del Chapare, para seguir transportando cocaína? ¿No violan como violan los patrones a las temporeras marroquíes de la fresa en los campos de Huelva después de explotarlas y amenazarlas con despedirlas si no acceden a ser sus botines sexuales?

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"Era un padre estupendo"

Allí abajo, a pocos metros de donde cayó el cuerpo, hay una guardería. Se podría llamar los 7 enanitos. Lógicamente el suicida no pensó si era lícito que al día siguiente los enanitos se encontraran con sus vísceras esparcidas por el suelo. La primera mañana después del crimen los padres no enviaron a sus niños a la guardería ubicada en los bajos del edificio desde el que saltó el filicida de Castellón, pero se preguntarán desde un miedo quizá irracional, aún días después de la tragedia, si deberían enviarlos a un sitio en el que caen asesinos del cielo.

Esa mañana el único rastro del hombre es un charco que emite destellos, como si el río pintado en la pared del cole se hubiera desbordado del cuadro y convertido en sangre al tocar la realidad. Algo terrible pasa entre el mural y la calle, entre el paisaje de cuento infantil y la vida, una falta de continuidad que espanta. Si Toy Story pasara de verdad, ¿qué habrían dicho las montañas, los árboles y el conejo saltarín al ver estrellarse a un hombre a sus pies? Desde la misma pared, nos saluda la inocencia: a diferencia de las de sus asesinos, las manos de los niños solo pueden mancharse de color, de muchos colores, del azul del cielo, del verde del bosque, del rojo de las fresas. ¿Estarán entre las huellas de esas manitas pintadas en la pared las de sus hijas muertas? ¿Azules, rojas o amarillas?

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Voy a dejarme crecer un bigotito

Después de su interrogatorio José María se mira al espejo y dice: "Voy a dejarme crecer un bigotito". Como en ese relato de Sartre, 'La infancia de un jefe', protagonizado por un chico que sufre la peculiar metamorfosis de un ser inseguro, buleado y machacado por la vida a la de temible proyecto de dictadorzuelo, el expresidente español volvía de lo oscuro empoderándose en cada una de sus intervenciones y su falta de bigote solo nos recordaba un virtual bigote, no el suyo sino el bigote más tristemente célebre de la historia.

Más allá de lo retorcidamente enfermo que luce su ego, hay en la aparición bravucona de Aznar en el Congreso la expresión de una forma de entender el poder y de ejercerlo históricamente desde un privilegio bautismal, sin concesiones. En sus maneras sobradas y despectivas, en sus gestos altaneros para negar lo evidente, se concentra todo el estilo de la derecha política arrasante, que manda desde la cuna, que gobierna desde el chuleo, que se impone porque pisa más fuerte, que se perpetúa cueste lo que cueste, mienta lo que mienta, mate a quien mate, sin bajar el tono, sin reconocer nada a nadie, sin autocrítica, con todos los medios y altavoces a su alcance. Porque sus ancestros franquistas pisaron así de fuerte y les enseñaron a pisar. Porque nunca les tocó ser "los otros".

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