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Gabriela Wiener

Gabriela Wiener es escritora, poeta y periodista. Ha publicado los libros Sexografías, Nueve Lunas, Llamada perdida, Dicen de mí  y el libro de poemas Ejercicios para el endurecimiento del espíritu. Sus textos han aparecido en antologías nacionales e internacionales y han sido traducidos al inglés, portugués, francés e italiano. Sus primeras crónicas se publicaron en la revista Etiqueta Negra. Fue redactora jefe de la revista Marie Claire en España. Escribe para La República, El Salto, El País y el New York Times en español, entre otros.

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Calígula

Desde hace unas semanas sabemos que tenemos que irnos de nuestra casa. Es curioso cómo los que tenemos poco o nada usamos los pronombres posesivos para hablar de cosas que en teoría no nos pertenecen pero que son definitivamente nuestras. Este lugar, por ejemplo, que encontramos cuando cruzamos el río, buscando algo que no fuera un piso, pero en el que vivir. Algo amplio y barato sobre lo que construir. Una página en blanco sobre la que escribir. Una nave, la llamaron en el anuncio, y sonaba a espacio exterior, a galaxias, a estrellas. Era un extaller mecánico, frío y lamentable, pero que escondía en su corazón un patio. Un patio en Madrid. Donde ahora vive el conejo blanco que llega tarde a todo. Y un sótano en el que nunca escondimos nada, solo una guitarra y un piano.

Con la ayuda de nuestros amigos construimos la cocina que le faltaba para ser casa y con el tiempo nos dedicamos a calentarla, aislándola del frío con planchas de madera, instalando una chimenea, comprando una puerta de cristal para tener más luz, haciendo una bañera. La convertimos en un hogar. Aquí sembramos el cercis con las cenizas de mi papá. Aquí alojamos y alimentamos con comida peruana a las personas que más hemos querido en la vida. Aquí Coco nos dijo que dejáramos de llamarle Lena. Aquí en verano ponemos una piscinita de goma, nos metemos los cinco y jugamos al remolino.

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Un post denuncia

Hola, soy un post de Facebook y quiero denunciar que estoy cansado. Llevo alrededor de 15 años aguantando todo, así, literal. Dicen que el papel aguanta todo, mentira, el papel ni se imagina lo que es ser un post. No me voy a quitar méritos, creo que he tenido un desempeño crucial en ese proceso aún en marcha de acabar con la impunidad de tantos casos de violencia de género que no habían salido a la luz hasta ahora. Me siento parte de esa revolución. Si tuviera que quedarme con algo de ser post sería con eso, pero hasta ahí llegamos. Y quizás como parte de ese mismo impulso colectivo, yo hoy también me escribo, hoy me posteo.

Soy, digámoslo así, una víctima de mí mismo, vaya eso por delante. Por eso dudé mucho de si debía hacer o no este post, si debía hacerme, vamos, porque es usarme a mí mismo para lo que me usan todos los demás y hay algo perverso en todo ello. Y además porque llego tarde, porque soy el último en llegar a mi propia crisis existencial, porque ya todo el mundo alguna vez hizo un post (!) sobre este mamoneo de Facebook, porque hay en esta diatriba un irremediable tufo a trillado. Finalmente llegué a la conclusión de que por qué debería quedarme callado. Yo, que soy el canal, el medio, la herramienta, que brindo mi espacio, mi casa, mi cuerpo, mi hoja en blanco, para que otros hagan llegar su voz, por qué no puedo yo también tener voz, por qué no puedo postearme.

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Suéltala, perro de mierda, nazi de mierda*

Cómo no me va a caer bien, si de los escritores chilenos sólo me gustan los quiltros, los sin raza, como esos perros desclasados, degenerados, sin poder, sin pedigrí, que no saben de dónde vienen ni a dónde van. Lo único que sabemos es que descienden de criaturas salvajes y callejeras: Violeta, Bolaño antes de ser Bolaño, Lemebel. Y Arelis. Ella es como una aparición marciana en medio de la burguesía literaria chilena, tan cuica, pituca, cheta, pija, tan blanca, macha y nerudiana, tan donosiana, es decir, tan cretina. Ella, en cambio, llegó envuelta en el pelaje de las nuestras: "toda mujer tiene un recuerdo asqueroso", escribió un día Arelis y es exactamente así.

Con un oído prodigioso para decir, para captar los ritmos nativos, naturales, y las tensiones sutiles de lo que nos rodea, ella hace escribir por primera vez a quienes nunca habían escrito, de hecho, a las que ni siquiera habían hablado. La voz no es algo que alguien te da o te devuelve, la voz un día brota y grita, y por fin el resto escucha. Entonces se entona, se eleva, se proyecta y alcanza y contagia a las demás, como las de ese puñado de chicas que hablan en Quiltras (Tránsito Editorial, 2019), sólo mujeres de la clase media baja y bajísima, cuando el internet iba lento, los buses eran viejos como los televisores y en los botellones se bebía ron con naranja en vasos de plástico.

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No seas un Sánchez

En estos días me pasa lo que me suele pasar cuando intento encajar mi ideario de izquierda, mi feminismo y mi antirracismo radical como migrante del sur en el reino de España: que nada encaja. No sin sufrimiento, en todo caso. No es fácil encajar esta indignación profunda por el maltrato de los medios a una política de la valentía y el compromiso de Ada Colau con la decepción que me produce la violencia que ejerce su ayuntamiento, por ejemplo, contra el colectivo de trabajadores del top manta, también con ella en el gobierno de Barcelona. Nadie mejor que Colau debería saber lo que es ser perseguido.

Me imagino a los jefes de El Mundo, viendo que no venden ni una rosca en Cataluña, haciendo una llamadita a sus subalternos especializados en corazón y prensa rosa: oye, que la Colau se dispara, que se sale de su pueblo y se mete a la política nacional, que viene fuerte esa feminista, esa bisexual, esa okupilla, ¿cómo le paramos los pies? Ah, sí, ya sé. Inventémosle un romance con el del barco salvador de negros, disfracemos el ataque canalla de noticia de famosos. ¡Buenísimo! Manos a la obra, usemos unos cuantos eufemismos cínicos, algo de putofobia y listo, tenemos la historia de la señorona que le regala millones del erario público a cambio de sexo al barbado y crístino patrón del Open Arms y de lo que quieras. Porque a la mujer, será alcaldesa, pero le gusta meterse en esos jardines. Finalmente, está casada y tiene dos hijos, pero la muy puta defiende las relaciones abiertas y el trabajo sexual, le gustan los hombres y las mujeres y, para colmo, apoya el #MeToo, es más, osó contar que a ella de adolescente también intentaron violarla dos veces por la calle. Cómo estaría vestida, pues, seguro iba por ahí en minifalda y borracha. Así se las gastan en el siglo XXI y en plena eclosión feminista los medios-operadores políticos de poderosos intereses económicos desde sus propias cloacas patriarcales, para sugerir lo que quieren decir en realidad: "La muy puta de Colau financia la migración ilegal junto al radical y traidor a la patria del Open Arms".

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Contra los menonitas de la política

Hoy estuve en 2012. Quiero decir que estuve en un juicio por cosas que ocurrieron ese año, pero en realidad estuve en 2012, lo juro, bueno, lo prometo. Y no estoy segura de haber vuelto. Acompañé a los Juzgados a unos amigos acusados de atentar contra una sucursal bancaria con pegatinas (sic) y por empujar a un policía de paisano durante un piquete en plena huelga general. De repente, otra vez estaba inmersa en ese gélido marzo de la durísima reforma laboral impuesta por el PP de Rajoy. No hacía ni un año que había estallado el 15M. De hecho, esos chicos que estaban hoy en el banquillo y sus testigos, eran los mismos que habían acampado en Sol pensando que así iban a cambiar algo. Se acababa de despedir el PSOE de Zapatero gracias a unas elecciones anticipadas. La calle hervía.

Allí, escuchando a una fiscal que defendía a la Policía y a unos jóvenes que defendían su derecho a la protesta, volví a 2012, cuando el bipartidismo aún vivía y coleaba, la derecha y eso que se decía la izquierda, se turnaban para destrozar el país. Precisamente en 2012 le tocaba a los azules que, genuflexos ante los mercados financieros, anunciaban represalias para aplastar a tanto indignado. Su arma letal era amenzar los derechos laborales. No es exactamente un déjà vu lo que me pasó, no es un sentimiento de esto ya lo viví pero en realidad no, es la sensación de que esto ya lo viví y en realidad sí, pero tampoco es un recuerdo. Lo más esotérico de este momento fue que al salir de los Juzgados y escuchar las noticias de lo que venía ocurriendo en el Congreso con el debate para desbloquear la investidura, me di cuenta de que no había salido a 2019. Supe entonces que alguien había parado la máquina del tiempo, sí, alguien que quería que pensáramos que seguíamos en 2012, o peor, antes de mayo de 2011.

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Instrucciones para escribir una columna contra el odio (sin odio)

Sírvete un vaso de pisco y ponte un par de vídeos con las declaraciones de Rocío Monasterio sobre el orgullo gay. No los veas completos, no los compartas con indignación por tus ocho grupos LGTBQI+. No hagas ese daño gratuitamente. Quédatelos para ti, pero solo durante un momento; si te pasas más de cinco minutos mirando eso te puede dar cáncer. Respira, sobre todo en la parte en que dice que un padre y una madre no tienen por qué salir de su pisaco en Madrid y encontrarse en pleno centro con ese espectáculo, de maricones, se entiende. Escribe consciente de que no escribes una columna seria sobre Monasterio pero asegúrate de que lo que digas detrás de las coñas y parodias que te dispones a hacer sea bastante serio.

Recuerda ahora en un párrafo todas las veces en que te cruzaste con beatos pecadores culposos, probables violadores o sodomitas arrepentidos en procesión, con capirotes o coronas sangrantes, a pecho descubierto, descalzos, autoflagelándose y llevando en brazos figuras de un hombre famélico y crucificado durante la Semana Santa. Vaya espectáculo al que la familia Monasterio, Abascal y toda la pandilla ultraviolenta llevan a ver a sus pequeños hijos de límpida mirada. Sugiere que nadie quiere mandar a las procesiones del Corpus Christi a la Casa de campo.

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Mi cole es una fantasía

En el instituto de mi hije una enorme bandera con los colores del arcoíris se extiende de la primera a la última planta a través del foso de la escalera del edificio. Frente al salón de actos una exposición con los mejores trabajos de los alumnxs sobre las luchas LGTBQI+ da cuenta de lo motivadxs que están con la identidad de género; en sus carteles y dibujos celebran la diversidad y el triunfo del amor, rechazan la discriminación y abominan de los que quieren recortar derechos. Sus miradas multicolor de un mundo todavía demasiado gris hacen que entrar a su cole sea como dar una buena bocanada de aire limpio en pleno centro de Madrid y en medio de los intentos contaminadores que hoy nos rodean.

No por nada ese instituto fue uno de los primeros de la capital en tener un programa especial de género transversal para prevención del 'bullying' homofóbico entre sus 1.400 estudiantes y para la acogida de jóvenes trans que sufrieron acoso en otros centros educativos.

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La maternidad bajo ataque

Nos encontramos hoy sufriendo la ofensiva conservadora y patriarcal contra las madres. La hay en un caso como el de la asociación por la protección del menor Infancia Libre. Toda la prensa machista liberal y sus trolls de preferencia se han movilizado y confabulado para juzgar mediáticamente a mujeres que decidieron apoyarse entre ellas después de denunciar a sus exparejas de abusar sexualmente de sus hijos y después de que estas denuncias fueran ignoradas. La difícil decisión de algunas madres, de alejar a sus niños de sus padres y del maltrato suele venir después de un largo camino de obstáculos en el que ni la madre ni los propios niños son escuchados –ni siquiera en el caso de la niña de nueve años que pudo grabar a su padre reconociendo que abusaba de ella se hizo justicia–, porque así de desprotegida está la infancia en este país y así de criminalizadas están sus madres, que deben declararse en insumisión, como explica la escritora Carolina León en este artículo.

Sabemos, además, que no solo se persigue a las madres sino a otras maneras de serlo fuera del sistema. Están bajo ataque las experiencias que no transan con la norma y se niegan a pasar por el aro, por ejemplo, de la medicalización. Que una mujer embarazada decidida a parir en casa e informada haya sido obligada por la policía a trasladarse al hospital por orden de una jueza que ignoró su deseo y la opinión de quienes estaban a cargo del parto, profesionales serios que velan por la seguridad de madre y bebé, solo revela hasta qué punto debemos seguir luchando aún por nuestra autonomía y para que el parto sea verdaderamente nuestro.

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Nos fuimos a la guerra, pero volveremos

Sé que no te gusta lo que decimos o, en realidad, cómo lo decimos, que no te gustan nuestras formas, nuestra estética, nuestro tono de voz, la forma en que movemos las manos y abrimos la boca y decimos ciertas palabras cuando queremos explicar lo que nos duele. O será que no te gustamos, que no te gusta cómo nos vemos, a qué olemos, a qué te recordamos cuando decimos lo que decimos y el estruendo con el que lo decimos. Nos ves, a lo mejor, demasiado alucinadas, demasiado imperiosas, demasiado cáusticas para ser nosotras. Te gustaría que fuéramos un poco más lo que crees que deberíamos ser, que nos bajáramos del banquito, de la escalera, de la cima, a donde nos hemos subido hace un rato a hacer aspavientos.

Pero también crees que intentamos dar pena y que eso es lo más fácil. Quisieras que estuviéramos en paz con nosotras mismas cuando por dentro somos un alboroto. Quizá te acostumbraste a otras partes de nosotras, más inofensivas incluso para nosotras, pero luego te diste cuenta de que no éramos solo eso. Y que esas otras dimensiones te asustaban. Sé que nos ha tocado un poco el lado de la rabia, del grito, del apasionamiento. A veces siento que nos pides mesura y no sabemos cómo explicarte que nos hemos pasado la vida haciendo esos cálculos para no incomodar, y ahora los hacemos para no volver al lugar inmóvil y callado, porque parte de nuestra revolución es sacar esta rabia, pegar este grito, apasionarnos.

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Somos antirracistas, seámoslo siempre

Una de las falacias de estos días es que llegó Vox y llegó el racismo a España. La ultraderecha ha llegado a fortalecer con su discurso racista y xenófobo la política del trato al otro como invasor y despojo, pero el sistema de opresión preexiste a los bocazas odiadores y chulos de la Plaza Colón; es más, vive y colea desde hace muchos años ante la pasividad de los biempensantes. Y las poblaciones migrantes y racializadas queremos recordarles que la violencia racista es estructural, que está institucionalizada en este país y que no ha cambiado nada del azul al rojo y del rojo al azul.

No se nos olvidan las concertinas que prometió quitar Sánchez y ahí siguen, intactas en los muros de Ceuta. No se nos olvida la campaña del ayuntamiento del cambio contra la venta ambulante con imágenes de bolsos de Prada sumergidos en el mar. No se nos olvida el trato de personas racializadas como cuotas míseras en las instituciones, en las planchas de los partidos, en los medios de comunicación. Ni que los CIES son cárceles para migrantes. Ni los niños y niñas de acogida criminalizados y apedreados en los pueblos. Ni a las madres migrantes a las que se les arranca la custodia de sus hijos. Ni las barbaridades racistas que suelta Borrell sobre el exterminio indígena o Maroto contra las mujeres del sur global. Ni las manis feministas en las que se invisibiliza a las otras. No se nos olvida la muerte de Mame y las redadas policiales en las calles que también son nuestras.

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