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Gabriela Wiener

Gabriela Wiener es escritora, poeta y periodista. Ha publicado los libros Sexografías, Nueve Lunas, Llamada perdida, Dicen de mí  y el libro de poemas Ejercicios para el endurecimiento del espíritu. Sus textos han aparecido en antologías nacionales e internacionales y han sido traducidos al inglés, portugués, francés e italiano. Sus primeras crónicas se publicaron en la revista Etiqueta Negra. Fue redactora jefe de la revista Marie Claire en España. Escribe para La República, El Salto, El País y el New York Times en español, entre otros. Es parte del colectivo autogestionado Vaciador 34.

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Freelance: una autobiografía

Diciembre de 1999. El dueño del diario oficialista en el que trabajo muere al estrellarse su coche mientras sigue a la comitiva del dictador en el poder. En una interesante jugarreta del destino, el periódico de derechas se ha autodestruido, literalmente, siguiendo su línea editorial. La joven periodista, o sea yo, recibe su carta de despido por cierre intempestivo de la empresa y un mustio cheque de finiquito en unas navidades demasiado frías para estar en Perú, un país en el que el 25 de diciembre se toma chocolate caliente a 30 grados por puro espíritu navideño.

Así acaban mis esperanzas de conseguir mi primer contrato de trabajo como mujer periodista tras dos largos años de chica para todo. Esta es la génesis de mi oficio: gracias a que alguien muere, me convierto por primera vez en periodista freelance, que en ese entonces aún suena a algo importantísimo pero no lo es. Incorporo en mi vocabulario el verbo “colaborar”, que suena humanitario pero tampoco lo es. Aquí empieza todo y aquí termina. En realidad ser freelance es como tener una identidad secreta, como guardar un comodín, como hacer taxi con tu coche.

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Querrán quemarnos y no podrán quemarnos

“Yo no lo he querido nunca, yo no puedo decir que he estado con mi marido porque le quería. Yo le tenía pánico, yo le tenía miedo, yo le tenía horror”. Así contaba Ana Orantes ante una cámara la pesadilla de haber soportado durante 40 años los brutales maltratos de José Parejo y así nos abría los ojos para que dejemos de una vez de confundir el amor con el horror. Trece días después, su esposo acudió a la vivienda, la golpeó, la maniató, la arrastró hasta el jardín y allí la asesinó rociándola con gasolina y prendiéndole fuego. 

El caso de Orantes marcó un precedente en España porque fue una de las primeras veces en que una mujer contó públicamente lo que había estado pasando detrás de la puerta y lo hizo nada menos que en la televisión. Contarlo le costó la vida en 1997. El escarmiento fue el fuego. Hasta ahora, las historias de mujeres quemadas con fuego, con ácido, con la plancha caliente, con agua hirviendo, solían llegar de los interiores de las casas en las que sus parejas llevaban mucho tiempo haciéndoles daño. Para asomarnos al horror, el horror definitivo tenía que haber ocurrido. Pero fue filtrándose. El año pasado, un grupo de mujeres quemadas con ácido por sus parejas participaron en un desfile de modas para denunciar la crudeza de la violencia de género en la India. La mayoría tenía el rostro desfigurado. En Lima, Perú, decenas de mujeres han sido quemadas en los últimos años por hombres que decían quererlas. A una de ellas su pareja le lanzó encima la olla hirviendo de ají de gallina, un plato peruano típico. Un plato que había cocinado ella. 

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Las casas de la izquierda

Para mí no fue una sorpresa lo del chalet de Irene y Pablo. Desde hace unos meses lo venía notando. Algunas amigas okupas habían empezado a hablar de comprarse un edificio con la herencia de alguna y alquilarnos a las demás pisos a precio huevo en Vista Alegre, para que nunca más pasemos hambre. Bueno, hambre de realización personal, y así algún día, en mi caso, dejar de ser youtuber diaria y tomarme diez años para escribir la gran novela de la inmigrante sudaca en España. Ha empezado el cambio, porque cambia todo cambia, y en vista de que el capitalismo se resiste a morir, el siguiente movimiento es pasar de okupas a arrendatarias, pero como benefactoras y proveedoras de alquiler social.

De acuerdo, se nos ha revelado que estamos ante la izquierda propietaria que ya no proletaria, pero al menos no es la derecha sin contradicciones, multipropietaria, insolidaria y usurera, cuando no choriza, o lo que es peor, Felipe González. ¿No podría tratarse de una nueva okupación del capitalismo a 30 años con intereses bajos y euríbor?

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“En los 70 pensaban que las feministas íbamos a tomar las armas… ¡Ahora realmente podrían hacerlo!”

“¿Fiestas? ¿Qué fiestas?”. Vivian Gornick no tiene idea de lo que le estoy diciendo. “¿Quieres decir, festivales literarios o algo así?”. En realidad me estaba refiriendo –como si ella tuviera que tenerlo siempre en mente– a una cosa que dijo en una entrevista y que podría funcionar como un breve balance de su vida hasta ahora, y es que le hubiera gustado estar más en el mundo y ser invitada a mejores fiestas. En mi idea previa de esta entrevista, en mi conversación soñada, Vivian Gornick (83 años) y yo estamos caminado por Madrid Río o la Gran Vía, hablando de nuestras madres, o de nuestros amantes o nuestros amigos gays y no hay editores, ni nadie del Festival Primera Persona en el que participa, ni Jaime, que me ayuda con la traducción, ni estos míseros veinte minutos. Entonces, cuando le suelto esa pregunta ella se ríe y me contesta que sí, que deberían invitarla a más y mejores fiestas y que a todas debería ir conmigo.

Así es como nuestros ídolos crean en nosotros la fantasía de la cercanía, más aún tratándose de Gornick, maestra del ensayo personal, alguien capaz de convertir aquella familiaridad en técnica, esa empatía en arte. En la realidad mi encuentro con la autora de Apegos Feroces, libro del año 2017 según el Gremio de libreros de Madrid, ocurre en un lugar llamado Aula 4F, bajo los fluorescentes, y ella está muy cansada —viene dando entrevistas desde las 8 de la mañana, así que soy la última— y ya no queda ni agua en la jarra para la cronista del yo. Aunque siempre hay tiempo para ser amable sin ser condescendiente.

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El sexo de las supervivientes

Ayer una amiga se derrumbó sobre nosotras después de varias horas de hablar de #Cuéntalo. Ya habíamos pasado por todos los temas, de lo menor a lo más escalofriante, y estábamos en la sobremesa de las confesiones comentando nuestras fisuras anales, que desde hace años y hasta ahora nos sangran por todas las veces que accedimos a tener sexo anal cuando en realidad no queríamos o no demasiado. Y también por las veces que ni siquiera accedimos y en las que les dijimos que ya estaba bien, que ya vale, que pararan y siguieron hasta reventarnos el culo y nunca los vimos más excitados que en ese momento. Entonces fue cuando ella se puso a llorar desconsoladamente.

–Algo horrible me ocurre porque si no, no lo entiendo... al leer las historias de #Cuéntalo me… excité. No quería, fue completamente involuntario, solo empecé a calentarme, a lubricar y mientras trataba de rechazar esa sensación completamente inoportuna, al mismo tiempo empecé a llorar, a sentirme un monstruo, a hundirme en la vergüenza…

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Otros hijos del mismo país

No sé aquí en España, pero desde hace unos años en el Perú toda una generación no perdida, solo no registrada, de jóvenes, comenzó a emerger de su aislamiento y silencio. Se les conoce por el estigma genérico de “hijos de terroristas” y son esos niños y niñas, ya crecidos, que los militantes de Sendero Luminoso y el MRTA –los dos principales grupos subversivos que se enfrentaron al Estado peruano durante la década de los 80s–, dejaron atrás para tomar las armas y hacer una especie de revolución que les salió mal, muy mal. La sociedad siguió funcionando como si esa descendencia no existiera, prefirió obviarlos, pero allí estaban y un día dijeron aquí estamos.

Mañana se cumplen 25 años de la tortura y el asesinato extrajudicial de Rafael Salgado, emerretista y padre de Rafa, uno de esos chicos cuyos padres un día se preguntaron algo tan escalofriante (para un hijo) como qué es más importante, mi hijo o los miles de niños que hay que rescatar con la revolución. Y se respondieron que lo segundo. Por eso fueron condenados a cadena perpetua, a muchos años de cárceles inhumanas, se exiliaron, fueron desaparecidos o asesinados.

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Cómo cargarse a un presidente

Esto es graciosísimo, o sea, en realidad no tiene ni puñetera gracia, pero dicho así, como estoy a punto de decirlo, lo que le pasa al Perú con sus presidentes es de traca. Y, por qué no, vale como una especie de laboratorio muy gráfico de los truculentos senderos del poder aplicable casi a cualquier contexto. Por eso os cuento: hay un expresidente que está ahora mismo en la cárcel y también su primera dama. Sobre otro expresidente pesa ahora mismo una orden de extradición y debe entrar en prisión preventiva en cualquier momento. Un tercer expresidente está siendo investigado por los mismos asuntos que los dos anteriores pero, a diferencia de los dos primeros, se las ha arreglado entre tanto para ser vecino de Madrid y tan ancho. Además, hasta hace poco el Perú podía presumir de haber metido a un exdictador en la cárcel por crímenes de Estado y violación de derechos humanos, hasta que el presidente, también investigado, indultó a ese dictador como una especie de canje político, para evitar que lo echaran a él del Gobierno a causa de sus negocios sucios y lo libró así de una pena de 25 años de la que solo había cumplido diez. Al indultador, sin embargo, le salió el tiro por la culata y el Congreso intentó destituirlo otra vez por incapacidad moral y porque francamente era un presidente que no servía para nada. En un giro sin precedentes, se hizo público un video en el que se evidenciaba un intento de compra de votos para evitar su inminente vacancia. Y ese presidente dejó de ser presidente.

Si mi país tiene un sello propio, que ya es parte de su folclore político, es que los mandatarios caigan por videos. Así como lo oyen. Las grabaciones de cámara escondida tienen la larga tradición de tumbarse régimenes en el Perú. Por eso se acuñó la frase local “videito manda”. Hace 18 años un video que revelaba la compra de congresistas tránsfugas y todo un aparato de inteligencia estatal corruptor para sobornar y chantajear autoridades corruptas –un plan organizado y puntillosamente documentado por el Servicio de Inteligencia Nacional, a cargo del asesor presidencial, Valdimiro Montesinos en sus (vladi) videos de cámara escondida– obligó a Alberto Fujimori a fugarse y renunciar por fax. Hoy se repite la historia. Los hijos de Fujimori, estratégicamente enfrentados pero ambos herederos directos del fujimontesinismo, con los mismos métodos que hicieron caer a su padre en el 2000, se tumbaban esta vez a Pedro Pablo Kuczynski, quien tuvo que renunciar en un mensaje a la nación. Durante unas horas nos quedamos sin presidente. Hoy lunes, el recién nombrado presidente, Martín Vizcarra, presentará a su flamante gabinete.

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Toma todos tus bulos

He visto a un hombre negro perseguido en una plaza, tumbado, enmarrocado, bajo una bota, que llevaba una manta como se lleva la vida, aferrada.

Me he fijado tantas veces en la cuerdas de las mantas que hacen que sea posible envolver y levantar los perfumes, las zapatillas fucsias y verde fosforito en pocos segundos, y salir huyendo con la vida al hombro. La tecnología para la supervivencia, la estrategia para la huída permanente, el aroma a falso lujo, a vida falsificada, a imitación barata de la existencia, que deja atrás, al pasar cerca de ti, la pobreza y el miedo.

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Brotaron las amapolas

¿Cómo sería Call me by your name si hubiera sido protagonizada por dos mujeres en lugar de por dos hombres? Con un director más mediocre se hubiera parecido a Un amor de verano, o sea a una película bastante peor –como la inmensa mayoría de películas de lesbianas– sobre el amor imposible entre una ratona del campo y una ratona de la ciudad, y la madre de pueblo que las persigue blandiendo un rastrillo para que su hija desista del lesbianismo, del movimiento feminista, y se ponga a conducir el tractor de su granja. Lo que confirma que, por los pelos, sigue siendo más revolucionario para una mujer acostarse con otra que manejar un tractor.

A lo que iba, muchas de nosotras nos las hemos arreglado para vivir nuestros primeros amores sáficos en el seno de nuestros hogares, al calor ingenuo de nuestras familias. Bajo la coartada de la amistad nos hemos iniciado en el sexo con amigas en nuestras propias camas de niñas y adolescentes sin levantar sospecha. No nos hicieron falta padres cultos y enrollados como los de Elio. Así que si los protagonistas de la peli gay de la temporada fueran mujeres hubiera sido igual de fácil, pero también igual de difícil, porque salir de esos armarios de verano, de esos guetos felices, de esa mera fachada y tratar de construir algo propio y visible más allá de la heteronormatividad desborda el espacio de una película bucólica.

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Javier sin Marías

En estos días en que Javier se volvió una vez más trending topic  atacando al movimiento de mujeres y a la vez se autodenominó feminista, me pregunté quién le hacía la cena. ¿Se hará la tortilla? No es algo que haya trascendido demasiado. Lo que sabemos, lo que se dice, con rimbombancia, es que tiene influyentes amigos con los que camina por las calles de Madrid cual flâneurs atentos al avistamiento de un buen ejemplar de hembra humana; amigos que consideran, como Pérez Reverte, que Javier es un auténtico valiente por meterse con las feministas. Nada nuevo entre amigotes de la literatura, que se comen las chistorras no como si estuvieran en el bar de Lucio sino como si el mundo entero fuera el bar de Lucio.

Ya sabemos que Javier y Arturo son unos nostálgicos empedernidos, que viven en reinos de fantasía en los que son reyes o caballeros galantes, maestros de esgrima y, en sus mayores delirios, hasta feministas. En esos reinos las mujeres son “de bandera”, idealizados seres con faldas largas y tacones “como las de antes” –no confundir con esas “focas”, “vulgares”, de “pantalón pirata” y “camiseta sudada”, a las que Arturito abatiría “de un escopetazo”, o aquellas falsas víctimas del #MeToo que, nos descubre Javier, son en realidad “envidiosas, despechadas, malvadas y misándricas”–, pero difícilmente ostentan un título nobiliario o literario. Recordemos que Javier creó, juguetón él, el reino de Redonda, una nación ficticia de la que él es el monarca y que ha ortorgado hasta 45 ducados ficticios. Solo dos de ellos se los concedió a mujeres, más o menos como la Real Academia Española, los Premios nacionales de literatura y las listas del Babelia, en las que sus novelas siempre son las mejores del año. O su propia editorial Reino de Redonda, en la que también las escritoras brillan, en general, por su ausencia.

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