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Gabriela Wiener

Gabriela Wiener es escritora, poeta y periodista. Ha publicado los libros Sexografías, Nueve Lunas, Llamada perdida, Dicen de mí  y el libro de poemas Ejercicios para el endurecimiento del espíritu. Sus textos han aparecido en antologías nacionales e internacionales y han sido traducidos al inglés, portugués, francés e italiano. Sus primeras crónicas se publicaron en la revista Etiqueta Negra. Fue redactora jefe de la revista Marie Claire en España. Escribe para La República, El Salto, El País y el New York Times en español, entre otros.

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Instrucciones para escribir una columna contra el odio (sin odio)

Sírvete un vaso de pisco y ponte un par de vídeos con las declaraciones de Rocío Monasterio sobre el orgullo gay. No los veas completos, no los compartas con indignación por tus ocho grupos LGTBQI+. No hagas ese daño gratuitamente. Quédatelos para ti, pero solo durante un momento; si te pasas más de cinco minutos mirando eso te puede dar cáncer. Respira, sobre todo en la parte en que dice que un padre y una madre no tienen por qué salir de su pisaco en Madrid y encontrarse en pleno centro con ese espectáculo, de maricones, se entiende. Escribe consciente de que no escribes una columna seria sobre Monasterio pero asegúrate de que lo que digas detrás de las coñas y parodias que te dispones a hacer sea bastante serio.

Recuerda ahora en un párrafo todas las veces en que te cruzaste con beatos pecadores culposos, probables violadores o sodomitas arrepentidos en procesión, con capirotes o coronas sangrantes, a pecho descubierto, descalzos, autoflagelándose y llevando en brazos figuras de un hombre famélico y crucificado durante la Semana Santa. Vaya espectáculo al que la familia Monasterio, Abascal y toda la pandilla ultraviolenta llevan a ver a sus pequeños hijos de límpida mirada. Sugiere que nadie quiere mandar a las procesiones del Corpus Christi a la Casa de campo.

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Mi cole es una fantasía

En el instituto de mi hije una enorme bandera con los colores del arcoíris se extiende de la primera a la última planta a través del foso de la escalera del edificio. Frente al salón de actos una exposición con los mejores trabajos de los alumnxs sobre las luchas LGTBQI+ da cuenta de lo motivadxs que están con la identidad de género; en sus carteles y dibujos celebran la diversidad y el triunfo del amor, rechazan la discriminación y abominan de los que quieren recortar derechos. Sus miradas multicolor de un mundo todavía demasiado gris hacen que entrar a su cole sea como dar una buena bocanada de aire limpio en pleno centro de Madrid y en medio de los intentos contaminadores que hoy nos rodean.

No por nada ese instituto fue uno de los primeros de la capital en tener un programa especial de género transversal para prevención del 'bullying' homofóbico entre sus 1.400 estudiantes y para la acogida de jóvenes trans que sufrieron acoso en otros centros educativos.

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La maternidad bajo ataque

Nos encontramos hoy sufriendo la ofensiva conservadora y patriarcal contra las madres. La hay en un caso como el de la asociación por la protección del menor Infancia Libre. Toda la prensa machista liberal y sus trolls de preferencia se han movilizado y confabulado para juzgar mediáticamente a mujeres que decidieron apoyarse entre ellas después de denunciar a sus exparejas de abusar sexualmente de sus hijos y después de que estas denuncias fueran ignoradas. La difícil decisión de algunas madres, de alejar a sus niños de sus padres y del maltrato suele venir después de un largo camino de obstáculos en el que ni la madre ni los propios niños son escuchados –ni siquiera en el caso de la niña de nueve años que pudo grabar a su padre reconociendo que abusaba de ella se hizo justicia–, porque así de desprotegida está la infancia en este país y así de criminalizadas están sus madres, que deben declararse en insumisión, como explica la escritora Carolina León en este artículo.

Sabemos, además, que no solo se persigue a las madres sino a otras maneras de serlo fuera del sistema. Están bajo ataque las experiencias que no transan con la norma y se niegan a pasar por el aro, por ejemplo, de la medicalización. Que una mujer embarazada decidida a parir en casa e informada haya sido obligada por la policía a trasladarse al hospital por orden de una jueza que ignoró su deseo y la opinión de quienes estaban a cargo del parto, profesionales serios que velan por la seguridad de madre y bebé, solo revela hasta qué punto debemos seguir luchando aún por nuestra autonomía y para que el parto sea verdaderamente nuestro.

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Nos fuimos a la guerra, pero volveremos

Sé que no te gusta lo que decimos o, en realidad, cómo lo decimos, que no te gustan nuestras formas, nuestra estética, nuestro tono de voz, la forma en que movemos las manos y abrimos la boca y decimos ciertas palabras cuando queremos explicar lo que nos duele. O será que no te gustamos, que no te gusta cómo nos vemos, a qué olemos, a qué te recordamos cuando decimos lo que decimos y el estruendo con el que lo decimos. Nos ves, a lo mejor, demasiado alucinadas, demasiado imperiosas, demasiado cáusticas para ser nosotras. Te gustaría que fuéramos un poco más lo que crees que deberíamos ser, que nos bajáramos del banquito, de la escalera, de la cima, a donde nos hemos subido hace un rato a hacer aspavientos.

Pero también crees que intentamos dar pena y que eso es lo más fácil. Quisieras que estuviéramos en paz con nosotras mismas cuando por dentro somos un alboroto. Quizá te acostumbraste a otras partes de nosotras, más inofensivas incluso para nosotras, pero luego te diste cuenta de que no éramos solo eso. Y que esas otras dimensiones te asustaban. Sé que nos ha tocado un poco el lado de la rabia, del grito, del apasionamiento. A veces siento que nos pides mesura y no sabemos cómo explicarte que nos hemos pasado la vida haciendo esos cálculos para no incomodar, y ahora los hacemos para no volver al lugar inmóvil y callado, porque parte de nuestra revolución es sacar esta rabia, pegar este grito, apasionarnos.

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Somos antirracistas, seámoslo siempre

Una de las falacias de estos días es que llegó Vox y llegó el racismo a España. La ultraderecha ha llegado a fortalecer con su discurso racista y xenófobo la política del trato al otro como invasor y despojo, pero el sistema de opresión preexiste a los bocazas odiadores y chulos de la Plaza Colón; es más, vive y colea desde hace muchos años ante la pasividad de los biempensantes. Y las poblaciones migrantes y racializadas queremos recordarles que la violencia racista es estructural, que está institucionalizada en este país y que no ha cambiado nada del azul al rojo y del rojo al azul.

No se nos olvidan las concertinas que prometió quitar Sánchez y ahí siguen, intactas en los muros de Ceuta. No se nos olvida la campaña del ayuntamiento del cambio contra la venta ambulante con imágenes de bolsos de Prada sumergidos en el mar. No se nos olvida el trato de personas racializadas como cuotas míseras en las instituciones, en las planchas de los partidos, en los medios de comunicación. Ni que los CIES son cárceles para migrantes. Ni los niños y niñas de acogida criminalizados y apedreados en los pueblos. Ni a las madres migrantes a las que se les arranca la custodia de sus hijos. Ni las barbaridades racistas que suelta Borrell sobre el exterminio indígena o Maroto contra las mujeres del sur global. Ni las manis feministas en las que se invisibiliza a las otras. No se nos olvida la muerte de Mame y las redadas policiales en las calles que también son nuestras.

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El MeToo continuará

Sugiere el periodista y escritor Martín Caparrós en su última columna en el New York Times en español, 'Hacia el post MeToo', que la ley ya no esquiva la violencia de género, que se han dado los cambios necesarios y que por tanto hay que pasar directamente al post MeToo. No sé en qué mundo utópico vive Caparrós, pero sin duda es uno muy diferente al que habitan incluso sus compañeras del privilegiado mundo de las letras que hoy se encuentran luchando bajo esa premisa; imagínense respecto al mundo donde viven todas las demás. La prisa que le embarga por pasar al siguiente nivel, por acelerar cosas que llevan su tiempo, revela esa necesidad tan masculina de imponer ritmos y modos de hacer muy distintos a los que las mujeres necesitan para conseguir objetivos también muy distintos. Su propuesta no solo es irreal y un enorme mansplaning, es también irresponsable.

Lo que lo lleva a semejante conclusión es su deseo de que acaben los escraches feministas. Para ello, Caparrós empieza por recordarnos en ese mismo artículo que la palabra escrache es argentina (como Maradona y el Papa). Y que en los años que siguieron al fin de la dictadura de Videla, cuando los militares torturadores seguían en libertad, sí tenían sentido. Pero en el feminismo actual, ya no.

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Desobediencia maternal

Sabemos que la gran mayoría de periódicos de derechas, clericales, neoliberales –y que odian a Podemos– están manejados por hombres que, oh sorpresa, tienen un pequeño y a veces no tan pequeño problema con las mujeres. Su conocida misoginia y tradicional machismo, agravados por el auge del movimiento feminista, los lleva hoy a reaccionar a la medida de su frustración por esta pérdida de supremacía.

En los últimos días hay en marcha una operación coordinada entre estos medios de comunicación –El Mundo, La Razón, OkDiario, el ABC, El Español– entre otros, para cimentar el fantasma de "las otras Juanas Rivas": madres a las que se les acusa de alienar a sus hijos contra los padres, de hacer denuncias falsas para alejarlos de ellos y, finalmente, de secuestrar a sus vástagos. El objetivo final es que cale en la opinión pública que existe una auténtica pandemia. Acatando órdenes que vienen desde muy arriba de la pirámide patriarcal de los medios de comunicación, periodistas útiles, todos varones, alimentan la campaña con varios artículos al día, grandes especiales los fines de semana y entrevistas exclusivas con los padres afectados, que hacen las delicias de los lobbies machistas que claman por venganza.

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La poesía si no es sangre es desperdicio

Hace mucho tiempo, en el campus de una universidad privada, pontificia y católica del Perú, que cada mes acuchillaba las billeteras de nuestras familias de clase media de los barrios de Magdalena y Jesús María, conocí a Vicki leyendo poemas en recitales preparados para que se lucieran nuestros amigos poetas, no nosotras. Mientras ellos hacían parte de generaciones poéticas que solo integraban ellos, movimientos que cambiarían la historia de la literatura, y construían mitología hasta de la manera en que meaban contra una pared de una calle de París, sus contemporáneas poetas cuando no eran sus musas, sus novias o sus putitas, eran acusadas de hacer malapoesía de sus coños y menstruaciones. Así quién querría seguir.

Muchas se perdieron por el camino, pero Victoria Guerrero no, siguió, y su trabajo literario, y también el extraliterario, se convirtieron en una poética de la resistencia en sí misma. En los 25 años que lleva escribiendo una obra que ya ha cambiado de forma muchas veces, pero que jamás ha dejado de denunciar al poder, la poeta se ha unido a esa tradición de grandes maestras peruanas de la poesía como Blanca Varela o Carmen Ollé, que han tenido una manera casi secreta de existir. Gracias a que el mundo está cambiando y a que ser mujer, poeta y peruana, ya no es, como antes, necesariamente sinónimo de olvido, la obra de Guerrero puede leerse ahora también en España, gracias a la colección de literatura peruana de la editorial madrileña Esto no es Berlín que publica uno de los mejores poemarios de Guerrero, curiosamente titulado 'Berlín'.

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Yo he venido y tengo esto en la cabeza

Que yo recuerde solo he dado votos útiles en mi vida. No he votado a favor de nadie, siempre he votado en contra del mal, porque el bien en política casi no existe. El sistema democrático está hecho para que eso ocurra, así de fraudulenta es esta cosa representativa. Vivimos "eligiendo entre el cáncer y el sida", como se dice en mi pobre país, en cada nueva elección; aquello del mal menor, sí, un voto defensivo. Un mero trámite para apartar un poco el horror, para aplazarlo. Por eso voté, por ejemplo, para que no vuelva la mafia de la familia Fujimori al poder. Y no volvieron. Y votaré aquí para que no gane el trifachito. Porque sé diferenciar categorías de villanos y sé que hay algunos que joden y otros que indefectiblemente matan. Y no quiero que entren los últimos. Por eso mi voto va a ser más que útil, va a ser antifascista.

Sé por experiencia que un Estado puede ser desmantelado en poco tiempo. Lo sé porque nací en un país que en poco tiempo se convirtió en un paraíso liberal, donde solo funciona lo que se privatiza y se paga. Lo demás, la salud, la educación pública, son para los pobres. Donde manda la moral de la Iglesia y hasta ahora no hay aborto, ni ley de identidad de género, ni matrimonio igualitario, donde las personas LGTBQI+ no son familia ante la ley.

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El llulla presidente

Mi padre solía contar que, cuando publicó su libro sobre Alan García, yo me eché a llorar porque tenía miedo de que lo mandaran a la cárcel por ello. El título del libro era El llulla presidente. 'Llulla' en quechua quiere decir mentiroso. Quizá porque la trayectoria del dos veces expresidente constitucional del Perú estuvo siempre rodeada de falsedades, denuncias por corrupción, hechos delictivos y violaciones de los derechos humanos, esta mañana cuando nos enteramos de que iba a ser detenido por su implicación en el caso de Odebrecht, muy poca gente lo creyó. Alan había burlado a la justicia demasiadas veces como para confiarnos. Pero cuando solo una hora después empezaron a correr las noticias de su suicidio, la desconfianza fue aún mayor. Es terrible pero la convicción de que Alan era capaz hasta de hacerse el muerto para eludir la cárcel embargó a muchos. ¿Alan entrando y encerrándose en su habitación, mientras el fiscal espera al pie de la escalera, y disparándose a continuación en la cabeza? No, solo podía ser una mentira, una treta del llulla presidente al verse acorralado con más pruebas, un nuevo montaje en el que distraernos mientras él ya estaba en la frontera.

Y sí, eso era, pero en un sentido más escalofriante. Muchos han entendido el suicidio de García como una nueva y exitosa escabullida. La fuga premeditada hacia la muerte para no enfrentar lo que tenía que asumir en vida. El atajo más corto para una efemérides mucho más amable que la que le hubiera tocado si acudía a declarar y se sometía al debido proceso. La última hazaña de un ego colosal, como solía definirse al de García.

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