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Gabriela Wiener

Gabriela Wiener es escritora, poeta y periodista. Ha publicado los libros Sexografías, Nueve Lunas, Llamada perdida, Dicen de mí  y el libro de poemas Ejercicios para el endurecimiento del espíritu. Sus textos han aparecido en antologías nacionales e internacionales y han sido traducidos al inglés, portugués, francés e italiano. Sus primeras crónicas se publicaron en la revista Etiqueta Negra. Fue redactora jefe de la revista Marie Claire en España. Escribe para La República, El Salto, El País y el New York Times en español, entre otros. Es parte del colectivo autogestionado Vaciador 34.

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Fosas comunes (y en común)

Sobre un escenario, ante 500 personas que no deben saber demasiado de los muertos del franquismo, pero sí mucho de los que siguen exhumándose en tantos lugares del Perú, Magaly canta junto a Maria. La primera lo hace en quechua y la segunda, que ha estado haciéndolo en catalán, ahora lo hace también en castellano. Ambas cantan a las fosas comunes y también a las fosas en común. Dicen que cuando Magaly Solier, la actriz y cantante peruana, escuchó "45 cerebros y un corazón" quiso traducirla al quechua y cantarla junto a sus autores, Maria Arnal y Marcel Bagés, durante la Feria del Libro de Lima.

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Reynaldo Naranjo: una historia de terror en París

Amo a la paz/ porque amo a los niños/ y además es hermoso jugar/ ¿Y puede ser que alguien ame /a su patria y no a la paz?/ ¿Y puede ser que alguien/ame a los niños y los huertos/y no a la paz?/El que no ama a los niños y la paz, /los huertos y la paz, /los sueños y la paz, es necesariamente un criminal. Reynaldo Naranjo

Después de iniciar una nueva terapia para la larga depresión que padecía, Roxana Naranjo invitó a almorzar a Nadia Paredes, la hijastra del "monstruo", que es como ella llama desde hace tiempo a su propio padre. Estaban de nuevo en París, pero con treinta años más de los que tenían cuando se encontraron por primera vez en esa ciudad convertida hace mucho en pesadilla para cada una. Ese día de finales de junio de 2011, en la terraza de su departamento en la rue Saint Jacques, Roxana le estaba contando que había decidido seguir allí lidiando con sus fantasmas del pasado, cuando al fin pudo contarle su mayor secreto: "Mi padre me violó aquí, Nadia, durante la temporada que pasamos juntas". Entonces, su hermana menor, que debía haberse sorprendido, le contó que a ella le había pasado lo mismo: "¿Sabes? A mí me fregó la vida. Empezó a hacérmelo a los siete años, antes de que tú llegaras y no paró hasta que se fue...".

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Tengo un problema con los taxis

Tengo un problema con los taxis del primer mundo. Basta leer cualquiera de mis libros para notar una inquina exagerada, un ensañamiento. En especial los taxis de Barcelona, tal vez por aquella anécdota ocurrida hace unos años, en la noche en que empecé con los trabajos de parto y el taxista que me llevaba al hospital me dijo que tuviera cuidado, que no le fuera a manchar el coche. Por si fuera poco, los ginecólogos, que no fueron mucho mejores, me regresaron a casa porque aún no había dilatado lo suficiente, y después de llamar sin éxito a otro taxi durante una eternidad –por lo que me dijeron los sábados no suele haber demasiado servicio porque los borrachos también podrían mancharles el coche, aunque eso fue ya hace más de una década– me vi obligada a llamar a una ambulancia con todo lo aparatoso y efectista que es para una mujer que creía en el parto natural. También creo que mi odio a los taxis se debe a que por lo general no puedo pagarlos. Para alguien como yo, que ha sido una usuaria compulsiva en otros tiempos, en otras latitudes y a otros precios, supuso toda una gestión emocional aceptar que ya no podían formar parte de mi vida normal. Cuando los tomo aún sudo frío mirando el taxímetro en los semáforos.

Tengo un problema con los taxis, pero no con los del segundo y tercer mundo, porque allí son otra cosa. Me despiertan una hermandad, una solidaridad visceral, son como el espejo de nuestra cultura y de nuestros bolsillos. No son productos de lujo, como en Europa. Para empezar, estoy estos días en Lima, una ciudad con uno de los sistemas de transporte público más infernal del mundo, un espacio caótico en el que en la “hora punta” pueden soportarse retenciones de hasta dos horas, dependiendo de a dónde quieras llegar. En ese contexto, la idea del taxímetro –con esas retenciones los taxistas se harían millonarios o nadie tomaría taxis– es tan exótica como los taxis voladores, solo superado por esa entelequia conocida como los sindicatos de taxistas.

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El innombrable

No sé por qué pero el tipo me recuerda cada vez más al protagonista del libro Fiesta en la madriguera del escritor Juan Pablo Villalobos. Se trata del hijo pequeño y caprichoso de un narco mexicano capaz de consentirle al chaval hasta un hipopótamo enano de Liberia. Pongamos que el partido es el padre narco; España es la madriguera en la que los corruptos han hecho su festín; y el hipopótamo enano un futuro gobierno bajo su mandato, así de extravagante, de decadente y reaccionario, afectado por una especie de enanismo mental y moral y cultural. En su zoo particular, el imberbe político formado en la misa dominical ya planea devolver al cautiverio como mínimo a las mujeres, al género, a las víctimas del franquismo y a la libertad para vivir y morir.

Estoy preocupada por mí. Cada día busco noticias suyas para odiarle más. No sé si lo hago por miedo, o como guerra preventiva, para ir acumulando rabia que se transforme en el momento adecuado en combustible o si es que el pensamiento mágico me lleva a creer que si lo odiamos todos fuertemente a la vez llegaremos a neutralizarlo. Retuiteo todo lo que comparten las compañeras feministas, los lemas más optimistas: “no tenemos miedo, estamos listas para enfrentarlo”; y los más pesimistas: cuando llegue convertirá España en Gilead, junto a su mellizo de los polos Ralph Lauren, los vientres de alquiler y las banderitas en los balcones de la España que madruga. Ambos son hermanitos celosos que compiten por el amor de los ultras y excluyen a las otras Españas, las que no madrugan, las que sueñan, por ejemplo.

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Canción urgente para Nicaragua

Teníamos que ir a Nicaragua. Se iba a celebrar el festival literario Centroamérica Cuenta entre el 21 y el 25 de mayo de este año. Estaba a punto de ponerme la vacuna obligatoria contra la fiebre amarilla. Había desempolvado mi bañador. E iba a cumplir un viejo sueño: pisar una tierra de larga o, al menos, nostálgica tradición revolucionaria.

Yo tenía cuatro años cuando estalló la revolución sandinista, mi familia vivía en Perú pero miraba a Nicaragua, por eso en mi habitación infantil tenía un afiche de Sandino (al lado de uno de la Intifada y otro de un poema por los desaparecidos), el máximo líder de la resistencia contra la ocupación de Estados Unidos en los años 30 en Nicaragua, que se convertiría en el faro de la revuelta de 1979 contra el dictador Anastasio Somoza, el traidor, vendepatria y su asesino. En el cuadro, tenía un pañuelo rojo en el cuello y un sombrero: “Sandino vive”, decía. No era el Che pero parecía un bandolero y representaba la lucha del pequeño país contra el imperio.

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El karaoke de Luis Miguel

Domingo 2 de julio, los mexicanos eligen nuevo presidente, pero Luis Miguel solo habla de amor. Y yo estoy sentada en una esquina del antiguo Palacio de los Deportes, al lado de una señora mexicana que lleva 30 años sin votar. Ver a Luis Miguel con 48 años es como verte a ti misma a los 42: hay un abismo entre la imagen mental, lo que atesora la nostalgia y la realidad. Por eso, este concierto es un viaje sin retorno. No puedo quitar ojo de la pantalla, en la que de vez en cuando se refleja el público de madurones que bailan boleros y baladas, y tampoco puedo dejar de pensar que son mis padres, cuando en realidad soy yo. De eso va ser contemporáneos, envejecemos con nuestros artistas o nuestros artistas envejecen con nosotros. Yo estoy aquí porque no olvido. Porque podría escribir este artículo solo concatenando estrofas de canciones de Luis Miguel que tengo grabadas por las miles de veces que hice sonar el casete y por eso se quedaron ahí para siempre.

Tras siete años alejado de las luces y un montón de juicios millonarios por incumplir contratos, el artista pop más célebre de América Latina vuelve con un disco, una gira mundial que llena auditorios pero sobre todo con esa especie de telenovela mexicana de la era Netflix que él mismo ha promocionado como la primera vez que contará toda la verdad sobre su vida. La fiebre de Netflix también me ha traído hasta aquí. Me atrevería a decir que la decisión de Luis Miguel de autorizar su biografía audiovisual ha revolucionado la manera en que una celebridad se cuenta. Que se supiera poco o nada a ciencia cierta de su vida personal, que no diera entrevistas y que incluso demandara a varios de sus biógrafos, hacen de la serie una fuente de exclusivas y "confirmados" por el propio Luis Miguel Gallego Basteri, que generan titulares y memes cada semana. Es Netflix interviniendo en el fenómeno fan: el ídolo se salta los intermediarios y vuelve a tener el control de su vida privada, de sus secretos, pero ahora utiliza la plataforma digital para ir soltando en tiempo real, por capítulos, las verdades que hace años persiguen los periodistas de espectáculos.

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Maternofobia

Leo en el estupendo Madres,un ensayo sobre la crueldad y el amor (Siruela), de la crítica literaria y feminista inglesa Jacqueline Rose, que el mundo necesita madres, el mundo depende de que las mujeres tengan hijos, por eso cada vez que hay un descenso en el índice de natalidad estalla el pánico y damos un pasito más hacia El Cuento de la Criada. (Y en algunos países como el mío, todavía seguimos dando pasitos menos hacia el aborto legal). Sin embargo, al mismo tiempo, todo en el sistema social y económico está construido para expulsar a esas mismas madres, para no cuidarlas, para castigar sus cuerpos menstruantes, embarazados, puerpéricos y menopáusicos, para culparlas por los males que nos rodean, quizá porque, como dice la autora, “las madres son vistas como nuestra vía de entrada al mundo”, por lo tanto, son quienes nos corrompen desde la casilla de inicio.

“A las madres de occidente se las castiga por ser madres y, a la vez se les exige un amor sin límites. Y es un odio que guarda una proporción exacta con el amor: es decir, la intensidad de esa exigencia casa con las expectativas defraudadas; siendo la veneración la tapadera del reproche”, escribe Rose en poco más de 200 páginas, en las que viene a decir que las mamás somos el horco de la comunidad y los chivos expiatorios para que otros sigan esquivando el bulto, esa responsabilidad compartida de habitar el planeta. Desprotegidas ante la discriminación, la participación pública y política de las madres es aún casi una excepción. Ni siquiera las madres de desaparecidos y asesinados por los Estados son escuchadas cuando hacen activismo porque se las quiere dolientes más nunca politizadas. Hace unos días, cuando nos enteramos de que Trump separaba a niños de sus familias y ya llevábamos por aquí algún tiempo hablando del destino de los refugiados, el lugar común más cruel fue decir que las verdaderas responsables eran las madres, por meter a sus hijos en balsas o hacerlos cruzar el desierto, no importa que estuviéramos hablando de prófugos del hambre o la guerra, causados por las mismas voces que las señalaban.

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ENTREVISTA | María Galindo, feminista y lesbiana boliviana: “No podemos seguir tolerando ese desfase entre el poder político y las soberanías de las mujeres y las marikonas”

María Galindo llega hasta Cibeles y saca su grabadora. Se dispone a hacer el relato radial de la Manifestación del Orgullo Crítico. Les niñes trans encabezan la marcha con sus banderas de colores pastel y sus alas de mariposa. “Es una casualidad que yo haya llegado el 28 de de junio, día internacional del orgullo a Madrid, pero aquí estamos queridas amigas y amigos. Les voy a contar por qué en esta ciudad hay dos manifestaciones...”, habla a su grabadora. Si Galindo viviera aquí se manifestaría en ésta, no en la otra. En unos días, cuando vuelva a Bolivia, esta misma historia la oirán miles de personas a través de Radio Deseo, la única radio feminista comunitaria que se escucha en toda la ciudad, y es una de las puntas de lanza del colectivo que fundó Galindo hace veinte años, Mujeres Creando. Allí practican un feminismo autónomo que llaman “urgente”, ofensivo, descarado, insumiso. Y autogestionario. Tienen una asesoría legal (y alegal), con la que han prestado apoyo gratuito a miles de mujeres. Desde su sede en La Paz –La Virgen de los deseos, una casona roja como las llamas del infierno– se orquestó, por ejemplo, la campaña contra los “padres irresponsables”, una lista negra de hombres que no pagaban pensiones para sus hijos, que incluía a ministros y que encabezó el propio Evo. Aparecer en la lista de Mujeres Creando suponía tal deshonra que acababan pagando.

¿Quién es María Galindo y por qué, pese a su relevancia y a su contribución con el avance de los feminismos del sur, no nos suena tanto como otras feministas, ni hay largas colas para ir a verla? Quizá porque ella incomoda a todxs por igual. A la derecha y a la izquierda. A las feministas institucionales y a las otras. A la iglesia. Y, por supuesto, a Evo.

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Permisos para poblar el asteroide B612

Ahora que veo que se ha aceptado por unanimidad a trámite el proyecto de ley de permisos de paternidades y maternidades, iguales, intransferibles y cien por cien remunerados –tras dos vetos previos del gobierno del PP– ha sido inevitable volver a los tiempos de mi baja maternal. Son tiempos que siempre he denominado como extraterrestres, pero al estilo de El Principito, de vivir sola y aislada en un planeta enano, con una flor que cuidar todo el día, incluso de mí misma, y la tira de amenazas alrededor. Cuatro meses en los que Jaime llegaba del mundo de los adultos como el aviador ese del libro y yo le pedía que por favor me dibujara un bebé dentro de una caja o que me metiera a mí dentro de la caja y me mandara en la bodega de un avión de Malaysia Airlines.

En fin, cuando vi a Pablo Iglesias y a Sofía Castañón hablando en el Congreso y convenciendo al PP de la urgencia de cambiar las políticas en pos de la igualdad, las imágenes de esos días volvieron en cascada. Recordé la única semana que tuvimos de luna de miel de tres (madre, padre y bebé), porque eso es todo lo que permite la ley. Vino a mí el día que llegó mi madre de Perú y Jaime volvió a la oficina. Gestionar una vida al lado de tu madre, en la misma casa, en pleno postparto y adaptación a la lactancia, no es algo que le desee a nadie pero mucho peor es que tu madre se vaya. Así, de un momento a otro, mi bebé Lena y yo empezamos a construir juntas nuestra épica de supervivencia diaria. Por la mañana, Jaime se iba a la oficina y entonces empezaban mis intentos por salir bien librada de todo aquello hasta su vuelta, con el mayor pragmatismo y la ilusión de que encadenando rutinas la cosa marcha.

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La jaula

Con muy pocos años un niño ya sabe que dentro de una jaula vive un animal feroz, como un león o un tigre. Incluso si no ha visitado nunca uno de esos horribles lugares llamados zoo, habrá visto alguna vez animales en cautiverio en libros o películas. A ese niño jamás podría ocurrírsele que existan jaulas diseñadas para niños. Mucho menos que alguien pueda verlo a él como un león o un tigre que necesita ser enjaulado. Quizá una niña española podría identificar el brillo de ese material llamado aluminio con el brillo del papel que usa su madre para envolverle el bocadillo que lleva al cole y en el que a veces se refleja y se ve bonita. No se le ocurriría pensar que hay niñas como ella a las que envuelven, cuando duermen o cuando alguien las rescata del mar, con mantas de aluminio como si fueran bocadillos.

Hay vídeos y audios de las niñas y niños alejados de sus familias a su llegada a Estados Unidos desde México, Guatemala, El Salvador, Honduras... En los vídeos no se les oye. En los audios no se les ve. Los audios son particularmente angustiantes, el fondo negro evoca la noche de los niños, la más oscura de todas. Oímos sus voces en la penumbra como si pidieran que entráramos a sus habitaciones corriendo para encender la luz. La voz de la niña que reclama la lleven con su tía, con una energía adulta, recién ganada, se superpone al llanto de un bebé que llama a su papá: ¡Papi! ¡Papá! ¡Mi papá! Alguien ha puesto subtítulos en español, para quienes no pueden o no quieren escuchar. Como la comitiva de sordos de la monarquía española y el Ministro de Exteriores del nuevo gobierno progresista, que han ido a hacer el paripé y a ponerse como ejemplo de buen hacer bilateral. Justo ahora que Trump acaba de salirse del Consejo de Derechos Humanos de la ONU y enjaula niños, Borrell y los reyezuelos han considerado que es un buen día para darse un apretón de manos. Como para celebrar el día mundial del refugiado. Esos niños hablan en castellano, ¿saben? No como Trump, que no habla castellano, ni humano.

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