Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
Sobre este blog

El caballo de Nietzsche es el espacio en elDiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos, sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.

Editamos Ruth Toledano, Concha López y Lucía Arana (RRSS).

Arthur Schopenhauer, pionero animalista

Schopenhauer con su perro Ātman (alma esencial, en sánscrito). Dibujo de Wilhelm Busch.
30 de junio de 2026 06:01 h

0

Basta mencionar el apellido Schopenhauer para oír desde algún rincón de la sala el adjetivo “desfasado”. Porque tenía unas ideas muy peculiares sobre los fantasmas, porque era antivitalista y cenizo, porque glorificaba el ascetismo y el celibato, o, con más frecuencia, por sus imperdonables generalizaciones inspiradas en las mujeres suprimidas que conoció (a excepción de su talentosa y exitosa mami, a la que no podía ver).

Arthur Schopenhauer (1788-1860) publica la primera edición de su obra magna, El mundo como voluntad y representación, en 1818, a la edad de treinta años. En sus páginas construye una filosofía que hace de puente entre la tradición europea, marcada por Kant y Platón, y el pensamiento índico (hindú y budista), que se había empezado a traducir a lenguas europeas como el inglés y el latín. La Voluntad, el centro de la metafísica de Schopenhauer, es la cosa-en-sí, la realidad fundamental de este mundo: un querer permanente, una hoguera de deseo y movimiento que nos tiene atrapados en las llamas del instinto, del impulso vital; una realidad que nos atraviesa pero que sólo podemos conocer a través de nuestras representaciones de ella. La ley de la gravedad, la estación del celo en los animales, la búsqueda del sol de las plantas (fototropismo), los arrebatos de mi ego... Todo manifestaciones de esa Voluntad que nos anima y consume.

En sentido estricto, somos sólo Voluntad, es decir, somos todos lo mismo. La pluralidad es un engaño de los sentidos, pues en el plano de la Voluntad sólo cabe unidad. La sabiduría pasa por percibir esta unidad fundamental de todas las cosas, y la ética pasa por actuar en consecuencia. Schopenhauer establece como base de la moral la compasión, que considera el único incentivo no egoísta para la acción. El que siente en sí el sufrimiento de otro no sólo es bueno moralmente, sino que actúa de acuerdo con el estado real de las cosas, porque en la Voluntad todos somos lo mismo. A través de la compasión, la Voluntad se reconoce a sí misma en el “otro”. Y ese “otro” no debe reducirse a los seres humanos: Schopenhauer es uno de los primeros pensadores europeos modernos en ampliar el círculo de la compasión —y, por tanto, de la ética— hacia todos los animales.

En el sistema de Schopenahuer, todo cuanto hay en el universo somos manifestaciones de una misma Voluntad, formas de esa realidad eterna invisible a los sentidos. Lo que distingue a los animales no humanos, lo que los hace fines en sí mismos y les otorga un valor moral del que carecen plantas, rocas o gases, es que son conscientes y sufrientes de la manera en que lo somos los humanos. Casi dos décadas antes de que Charles Darwin publicara en Inglaterra El origen de las especies, Schopenhauer expresaba, en su principal tratado sobre moral, la convicción de que el poder cognitivo de los seres humanos sólo es superior “en virtud de un mayor desarrollo cerebral, es decir, por una diferencia somática de una sola parte [del cuerpo], el cerebro, y sobre todo por su cantidad. En cambio, las semejanzas entre animal y humano, tanto psíquicas como somáticas, son incomparablemente mayores”.

Al plantear esta diferencia de grado, cuantitativa, entre el humano y el “animal”, Schopenhauer se desmarca del pensamiento europeo de su tiempo. Con la excepción de Rousseau, tampoco localiza demasiados precedentes en los sistemas morales históricos de Occidente, cuyo supremacismo humano le desespera: “La supuesta falta de derechos de los animales, el delirio de que nuestras acciones hacia ellos carecen de connotación moral, o, como se dice en el lenguaje de la moral, de que no hay deberes hacia los animales, no es sino una vergonzosa crudeza y barbarie de Occidente”. Culpa de ello, principalmente, a la tradición judeocristiana, a esos clérigos responsables de la cosificación de los animales en el lenguaje y el pensamiento, sentando así las bases de “la severidad y crueldad hacia los animales habituales en Europa”.

Sin embargo, corrían vientos de cambio en el siglo XIX. Aunque no gozaban todavía de un respaldo en el pensamiento académico, algunos espíritus inquietos (desde movimientos civiles y espirituales) empezaban a reconsiderar estas crueldades. Habría que contar a Schopenhauer entre estos pioneros animalistas europeos. El filósofo se entusiasma por la fundación de las primeras sociedades de protección animal de Europa, en las que encontraría más de un lector intrigado por esta filosofía suya que “incluye bajo su protección también a LOS ANIMALES, tratados de forma tan irresponsablemente mala en los otros sistemas morales europeos”. En su estimación, “también en Europa está despertando la conciencia de los derechos de los animales, en la medida en que desaparece y se desvanece gradualmente la extraña idea de un mundo animal creado sólo para el beneficio y deleite de los humanos, a resultas de la cual se trata a los animales como cosas”. Frases decimonónicas cuya tinta (lamentablemente) aún huele a fresca.

A la histórica “barbarie” europea, Schopenhauer contrapone la madurez ética de la cultura india, una de las pocas que han formulado por sí mismas una consideración moral hacia todos los animales (exportada, a través del budismo, a los confines de Asia). Aunque Schopenhauer, a diferencia de Nietzsche, no parece haber osado el vegetarianismo, tiene una elevada concepción de la dieta asociada a los brahmanes y otros colectivos de la India. Sin embargo, consideraba el régimen vegetal impracticable para las “razas” norteñas, como la germana. Si los humanos del norte dejaran de comer animales, enfermarían y morirían, de modo que sufrirían más que unos animales que recibieran una muerte indolora: “Como la piel oscura, así también es la dieta vegetariana la natural del ser humano. Pero sólo en un clima tropical se mantiene fiel a una y a la otra. Al extenderse a zonas más frías, tuvo que contrarrestar el clima antinatural mediante una dieta igualmente antinatural. En el Norte propiamente dicho es imposible sobrevivir sin comer carne”.

Nótese el racismo “inverso” de Schopenhauer: la raza degenerada es la de la piel blanca, el traje tirolés y el schnitzel con patatas. Aunque no se libraba de algunas ideas propias de su tiempo de imperios coloniales, Schopenhauer insistía en que la piel oscura es la natural y la blanca una degeneración: si es verdad que Jehová diseñó al primer hombre a su imagen y semejanza, también Él “debería ser representado en las obras de arte como negro”. Antiesclavista, rehuía muchas de las tesis de la prestigiosa “ciencia” racial que justificaba entonces la dominación colonial europea y terminaría arruinando moralmente a su país. Nada mal para alguien “desfasado”... El filósofo atribuía a los pueblos septentrionales una mayor inventiva, desarrollada al migrar a lugares inhóspitos, pero fue a costa de distanciarse de la condición saludable de la humanidad, que (naturismo y animalismo nunca andaban muy lejos en la época) incluye la dieta vegetal. La India, en cambio, habría logrado el grado más alto de civilización sin perder el vegetarianismo.

Pues, en el pensamiento de Schopenhauer, todos los caminos conducen al Ganges. En este punto podríamos perdonar al pionero de la ética animal en Europa el sonar a ratos sorprendentemente brahmánico, casi casteísta, pero siempre apasionado y sincero: “¡Puaj! Qué moral de parias, chandalas y mlechas [descastados, ‘intocables’y bárbaros], que no reconoce la esencia eterna que está presente en todo lo que tiene vida y que resplandece con un significado insondable desde todos los ojos que ven la luz del sol”.

Sobre este blog

El caballo de Nietzsche es el espacio en elDiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos, sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.

Editamos Ruth Toledano, Concha López y Lucía Arana (RRSS).

Etiquetas
stats