Memoriales de montaña
Hay muchas maneras de lidiar con la muerte cuando ésta se produce, pero una de las más eficaces y extendidas consiste en homenajear a los fallecidos. La humanidad lo ha estado haciendo durante decenas de miles de años con el fin de aliviar el duelo ocasionado por la pérdida de un ser querido, mantener viva su memoria, mostrar respeto, reforzar los lazos comunitarios o la conexión existente entre vivos y muertos, y neutralizar el sufrimiento en la medida que sea posible.
Las formas de rendir tributo a los muertos a lo largo de la historia han sido muchas y muy diversas. Estas liturgias no solamente reflejaban las creencias religiosas de la comunidad que las practicaba sino también sus valores, cultura material o estructura social. Su evolución ha sido paralela a la de las sociedades que las llevaban a cabo, una evolución determinada por la transformación de los sistemas productivos, por el abandono de la caza-recolección y la adopción de la agricultura y, posteriormente, del modelo industrial.
En la actualidad, las prácticas históricas o las de carácter estrictamente religioso que se realizaban y continúan realizándose han dado paso a alternativas marcadas por su informalidad, aconfesionalidad o ausencia del carácter espiritual que un día poseyeron. Así sucede, al menos, con los memoriales montañeros o de montaña, con las liturgias, ceremonias y monumentos que los montañeros en activo dedican y erigen a los compañeros que han fallecido con las botas puestas, durante el ejercicio de este deporte.
Los memoriales consagrados a honrar el recuerdo y perpetuar el legado de quienes han perdido la vida en estas circunstancias tan particulares se dividen en dos grandes apartados. Dentro del primero figuran las actividades conmemorativas, los encuentros, conferencias, marchas, travesías, exposiciones, becas o convocatorias que, con periodicidad anual, exigen la presencia y participación activa de los asistentes a fin de simbolizar y visibilizar la unidad, la camaradería de los aficionados a la montaña o de los amigos y familiares de los finados. A esta categoría pertenecen la Cronoescalada Memorial del Recuerdo, el Memorial Tuca de Paderna, la Travesía Andrés de Regil, los memoriales Pedro Beneit, Julio Bousoño, Javi Alberdi y Fernando Algorri o la Mendifesta Xabier Ormazabal. El segundo corresponde a las estructuras, objetos o monumentos que se levantan en el lugar en el que se produjo el accidente que costó la vida al homenajeado o en un punto especialmente significativo, bien para él, bien para sus allegados. Estas construcciones que, por lo general, son improvisadas y muy sencillas, pueden adoptar forma de monolitos, mojones, túmulos o majanos (amontonamientos de rocas) y contienen cruces, placas, lápidas e inscripciones que evocan la memoria del difunto, la admiración y el respeto que suscita o las circunstancias que contribuyeron a ese desenlace.
Si nos centramos en esta última modalidad de memoriales, que podríamos calificar de “físicos” o “materiales”, deberíamos subrayar que no solamente se caracterizan por su ubicuidad, es decir, por su presencia y distribución a lo largo de todas las cordilleras del globo, sino por su enorme variabilidad, por las diferencias existentes entre ellos.
Puestos a poner ejemplos, los más fotogénicos o fotografiados entre todos los existentes sean, posiblemente, el Memorial Art Gilkey, levantado en 1953 en las inmediaciones del campo base del K2 por los miembros de la tercera expedición norteamericana y el situado en el paso nepalí de Thukla, en la ruta normal que conduce a la base del Everest, y que rinde homenaje, entre otros muchos, a Scott Fischer y Rob Hall. A nivel europeo tampoco faltan los ejemplos, pero los más originales se localizan al pie de los Alpes. Aunque en su origen no existió una voluntad expresa de rendir tributo a los alpinistas fallecidos, puesto que se trata de cementerios parroquiales, las circunstancias los han convertido en auténticos monumentos consagrados a la memoria de los mismos. Nos referimos al camposanto de St. Cristophe en Oisans (Francia), municipio enclavado en el P. N. des Écrins, donde yacen sepultados los restos de un buen número de guías y de víctimas de accidentes y al de Zermatt (Suiza), también conocido con el nombre de Bergsteigerfriedhof (Cementerio de los Montañeros) que no solamente alberga la Tumba al Montañero Desconocido (Grab des Unbekkanten Bergsteigers), sino también la de medio centenar largo de deportistas muertos en “acto de servicio”.
España no es ajena a este fenómeno. Las inscripciones, cruces y buzones conmemorativos son una presencia habitual en las cumbres de algunas montañas. Muchos de estos memoriales han sido instalados a título personal, mientras que otros son fruto de la iniciativa colectiva de los clubes y asociaciones a los que pertenecían los finados. Dentro de esta categoría se hallan el Memorial Tuca de la Paderna, la Cruz de Udalatx, los dos memoriales (Guisando y Penyalba) dedicados a los “Sis de Gredos” o el más notable de todos cuantos conocemos, el monumento al Montañero Desaparecido, que, en realidad son dos, ambos situados en la cima del Betsaide (564 metros), a escasos metros de distancia y en el lugar donde confluyen las provincias de Bizkaia, Araba y Gipuzkoa. El primero, fechado en 1955, fue el resultado de la conmoción causada por la muerte, en 1953, de cuatro alpinistas bilbaínos (Bacigalupe, Ugartetxe, Kanke y Peciña) durante su ascensión al Mont Blanc. El segundo, obra del escultor Yoshin Ogata, data de 1990 y fue construido a instancias de la Euskal Mendizale Federazioa para ensombrecer y denunciar el origen franquista de su rival y sus principales promotores: Ángel Sopeña y José Luis Sopelana.
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