La sequía afecta a la estacionalidad de cultivos en Canarias por las restricciones y el aumento en el precio del agua de riego

Imagen de archivo de la presa de Chira (Gran Canaria) con poca agua.

Iván Alejandro Hernández

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Juan Hernández no sabe si podrá plantar papas a principios de septiembre para llegar al mercado navideño. Los precios privados del agua para riego “están prohibitivos” en zonas de medianías y cumbres de Gran Canaria. En esas áreas, que se abastecen de pozos o embalses, un litro del líquido ronda entre los 85 céntimos y 1 euro, cuando “lo normal” es pagar entre 0,50 y 0,60 euros, a lo que se suma un recorte “de más del 60% del agua” debido a la escasez. “Esto conlleva a que la gente pare y no cultive cuando toca”, dice el agricultor, cuyos cultivos, de papas y lechugas, se ubican en Tafira, parte alta de la capital grancanaria.

En Tenerife, el agricultor vitivinícola y Jesús Corvo también asegura que los precios del agua “están caros” y “se nota la escasez de lluvias”, sobre todo en el Valle de La Orotava, donde de las tres balsas que abastecen la zona, una se está arreglando y otra (la segunda más grande de la Isla) está mermada por el incendio en Los Realejos, ya que los helicópteros se nutrían de este. “Ahora hay falta de agua”, señala el también secretario general en Tenerife de la Plataforma Agraria Libre de Canarias (Palca), pero aún no ha afectado a la estacionalidad de los cultivos de la viña, que se está empezando a vendimiar. Aunque matiza que la situación no es tan crítica como otros años, sí considera que “de continuar la escasez todo el año, la situación para la agricultura puede ser muy grave”.

Uno de los indicativos que muestran la falta o abundancia de lluvias son las presas. En Gran Canaria, la isla con mayor concentración de embalses en el Archipiélago, las ocho presas públicas están en un 10% de media; ninguna está siquiera a la mitad de su capacidad, según la actualización mensual del Consejo Insular de Aguas. Hay que remontarse a febrero de 2021, tras la borrasca Filomena, para encontrar presas casi llenas, como la de Gambuesa, que estuvo al 91% de su capacidad. Y en Tenerife, según datos facilitados por el Cabildo, la media global se sitúa en un 45%, con el norte al 38% y las del sur por encima del 50% gracias, sobre todo, al agua regenerada.

“Hace tiempo que echamos de menos ver el agua correr por los barrancos. Y ver las presas llenas se está volviendo casi para inscribirlo en la historia, porque lo estamos pasando bastante jodido. Hay veces que llegamos a esta época con los embalses al 50%, pero ahora están vacíos. El panorama no es nada alentador. Sin agua, la tierra de poco nos vale”, lamenta Hernández.

A pesar de las olas de calor relativamente frecuentes durante el periodo estival en Canarias, Hernández dice que se pueden mantener las plantaciones regando dos veces al día, para hidratar las plantas. Pero “en este verano no hay agua y no se puede hacer; la poca que hay, está a precios prohibitivos. Se está pasando mal”.

El campo canario extensivo es el primero en percibir los periodos de escasez de precipitaciones en las Islas, denominadas sequías cuando se dejan sentir sus efectos sobre el suelo desecado. Para los cultivos de costas, las islas, sobre todo las orientales donde la aridez es mayor, cuentan con desaladoras que pueden suministrar el recurso. También el agua regenerada está jugando un papel cada vez más importante a pesar de las reticiencias de agricultores, que desconfían de un recurso obtenido del agua que se vierte en la red y prefieren la subterránea o la de las presas. Pero es en cumbres y medianías, que dependen casi en exclusiva del agua de pozos, galería o embalses, donde las oscilaciones de precipitaciones se notan con mayor dureza.

Emergencia hidráulica

Ya hay tres islas que incluso han declarado la emergencia hidráulica. El Hierro fue la primera en tomar la decisión este año, el 20 de mayo, por “la situación de especial sequía”, según la publicación del Consejo Insular de Aguas en Boletín Oficial de Canarias, para un periodo de seis meses. En concreto, el descenso de precipitaciones en los últimos años ha generado estrés hídrico en el suelo por la disminución de los caudales disponibles y la humedad, notándose estos efectos, principalmente, en el sector primario. Esta declaración permite al Cabildo implantar determinadas actuaciones con carácter de urgencia, como la construcción de infraestructuras hidráulicas de emergencia (desaladoras) o la mejora de las balsas existentes, además del control de asignaciones de aguas a usos, superficies, cultivos y dotaciones específicas

En julio, el Cabildo de La Gomera también declaró la emergencia hídrica “ante la falta continuada de precipitaciones y la reducción de las reservas de aguas en los acuíferos”, lo que también implica la adopción de medidas extraordinarias “para garantizar el agua de consumo y de riego”. Al igual que en El Hierro, las principales actuaciones se basan en la construcción de desaladoras, en concreto tres: en San Sebastián de La Gomera, Playa de Santiago y Valle Gran Rey, que se tramitarán por la vía de urgencia gracias a la declaración.

Sin embargo, esta decisión fue criticada por la formación en la oposición de la Corporación Insular Iniciativa por La Gomera, que considera que en lugar de erigir desaladoras para beneficiar al sector turístico, debería centrarse en la detección de fugas, la limpieza de nacientes y la implantación en las comunidades de regantes de nuevos sistemas de irrigación, es decir, medidas de ahorro y eficiencia en la gestión del agua.

La última en sumarse fue la isla de Fuerteventura, sometiendo a información pública el 21 de julio la declaración de emergencia “debido a la situación existente de grave riesgo de desabastecimiento de agua potable que atraviesa Fuerteventura”. Entre otras actuaciones, prioriza intervenir en la impulsión que conduce desde la planta desaladora de Puerto del Rosario al principal sistema de depósitos reguladores de La Herradura, en riesgo de rotura y mientras se ejecuta y se pone en servicio la nueva conducción de impulsión.

Colectivos ecologistas criticaron esta decisión porque aseguran que en el marco de la declaración se tramitará con urgencia la construcción de dos nuevas desaladoras, lo que estiman innecesario e implica costes ambientales, por vertidos de salmuera o por la contaminación que generan las plantas, que funcionan con energía térmica. Por contra, abogan por actuar en el sistema de saneamiento y distribución para reducir las pérdidas de agua y tener una gestión más eficiente, pues estiman que estas rondan el 50%.

La población apenas nota los efectos de las sequías porque el agua de desabastecimiento se garantiza a través de los acuíferos, sobreexplotados y con un 30% de los pozos o galerías secos o inactivos actualmente, y la desalinización, un proceso en el que el Archipiélago es pionero mundial. Por ello, a diferencia de otras zonas de España donde se han establecido cierres del grifo por las noches o recortes del consumo en algunos puntos de Andalucía, las Islas aún no han tenido que tomar restricciones en el suministro de agua a la población.

Más de una década sin un año húmedo

Canarias no experimenta un año húmedo desde 2009. Según la Agencia Estatal de Meteorología, el valor medio que indica si las Islas han tenido una anualidad lluviosa o seca se sitúa en 280 litros por metro cuadrado durante el año hidrológico, es decir, de un 1 de octubre a un 30 de septiembre. Desde hace 13 años, cuando las Islas registraron un 5% más del valor promedio, la escasez de lluvias ha sido una constante salvo excepciones puntuales, como la borrasca filomena, que contribuyó a que 2021 finalizara con 250 litros por metro cuadrado (el 86% de lo que debería haber llovido). 

El año hidrológico más seco del que se tienen registros abarcó del 1 de octubre de 2011 al 30 de septiembre de 2012, cuando llovió 79,8 litros por metro cuadrado, es decir, un 27% de lo que debería haber caído. Este 2022, Victor Quintero, director del centro meteorológico de la Aemet en Santa Cruz de Tenerife, explica que está siendo “muy seco”, con precipitaciones un 37% debajo de la media, según datos hasta junio, los últimos actualizados. “Y julio no cambia el carácter del año hidrológico”, añade.

En este sentido, Quintero aclara que la escasez de precipitaciones “no es un proceso lineal” año a año, pues este fenómeno muestra oscilaciones abruptas temporales. Lo que sí se aprecia al consultar los registros, es que “los periodos de precipitación tienden a ser cada vez menos frecuentes, pero algunos de ellos son muy intensos”, como, por ejemplo, de la borrasca Filomena. Un episodio puntual, ahonda Quintero, “no es un ejemplo del cambio climático”, pero “la repetición del aumento de frecuencia de determinados episodios sí son evidencias del calentamiento global”.

Esto se puede apreciar de manera más clara con los registros de temperatura, que es un valor que no tiende a tantas variaciones como las precipitaciones. Que se den olas de calor durante el verano en las Islas no es una evidencia del cambio climático, “en Canarias han habido muchas históricamente y son relativamente habituales”, añade Quintero. Y, este año, que la parte final de junio haya sido más cálida “es normal”, pero que en julio se suceda otra ola de calor y, con unos pocos días de margen, se repita en agosto, “no es tan habitual”. 

Quintero matiza que esto no implica que en 2023 vaya a aumentar la frecuencia de episodios de altas temperaturas, pero sí aclara que este año puede ser significativo en ese sentido, porque “desde la década de los 2000, estos episodios han aumentado su frecuencia y es una evidencia del calentamiento global”. 

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