Caos y conjura: mujeres y disidencias para dolores comunes
En el taller sobre herramientas para la gestión de daños y conflictos de formas no punitivas de la biblioteca municipal de La Laguna, el pasado 6 de marzo hablamos sobre el caos que trae a nuestras vidas remover los cimientos de las experiencias de daños. En aquel taller, la estructura y sostén fue el grupo pero ¿Cómo se acuerpa en el día a día los daños al mismo tiempo que cuestionamos las estructuras que legitiman el castigo?
Encontrar el ritmo
M. dice que las cosas se colocan solas. Se va echando al borde del asiento, frunce el ceño y zarandea la cabeza levemente haciendo un círculo invisible de líneas entrecortadas. Se congela el momento. Parece levar ancla. La angustia se acompasa y siento henchida su esperanza - Bea- toma aire mientras me mira fijamente -“hay que confiar”- pero lo dice con los ojos vidriosos empinando una lágrima sobre esos centímetros que preceden el precipicio entre lo conocido y el vacío. M. quiere que acepte que las cosas se colocan solas y yo, que acepto su ofrenda, observo cómo le aflige cargar con el peso de lo que no se habla, como quien posterga ocuparse de la incomodidad que viaja entre calcetines y la zona inferior de la sábana bajera, esa que crea sensación de disconfort sutil y continuado que no merece ser atendido. De alguna forma no quiere pensar en los desiertos ignorando el potencial de los granos. Yo le hago el contrapeso, y ella me empuja al equilibrio. ¿Acaso los desiertos no están formados de amontonamientos colosales de la misma arenisca que reposa sobre el colchón en las noches de playa?
Huelga de resoluciones: abrir espacio para la mediocridad, sentir, y sostener la incomodidad
Tiene sentido que la lógica productiva nos empuje a producir resolución y reparación así que estaría bien bajarle dos a la exigencia de resultados. Analizar lo punitivo sin tener en cuenta otras lógicas nos lleva a un discurso antipunitivo que no erradica por sí solo la tendencia al autocastigo. Estamos desesperados/as/es por significar algo en el proceso pero más que nunca necesitamos “espacio para la mediocridad”, como me dijo C., conjurando un hechizo para desvelar lo que no se había estado nombrando. Cuesta encontrar el ritmo, también poner el foco en el cómo.
P. vino al taller deseando encontrar la humanidad de las simples cosas. Decía que lo que necesita de un espacio de reflexión sobre lo antipunitivo es “gente que sienta, más emocional”. Se refirió a una de las asistentes que estaba allí corriendo riesgos, practicando una escucha que zarandeaba sus historias de daño. No digo que sea necesario correr riesgos para aprender pero sí tengo claro que hay ciertos riesgos que evitamos y que hay otros que nos han sido despojados. Quizá no se trate de asumir más riesgos sino probar otros que nos han sido negados. Como seguir amando después de amar porque la vida no se rinde, se abre paso.
Este año he probado a ocupar espacios que me han sido negados y debo reconocer que he encontrado cierto placer liberador en desentenderme de varios malentendidos con una receta sencilla: adoptar una postura genérica ubicándome en un lugar que visibiliza la espera de sólo lo posible en base a un par de factos modo bro: dos no se entienden si uno/a/e no quiere y que cada cual se responsabilice de lo suyo. A la otra P. le explicaba que esta semana había nadado con mi gran tiburón blanco y que no me había gustado nada la experiencia de sentirme vulnerable cuando no podía proporcionarme seguridad. Ahí, donde debí confiar en el otro, detoné la inseguridad y en vez de sostén recibí un reproche. Un comprensible -pude entender lo que sucedió- difícilmente transitable -no me gustó sentirme así y no supe aceptarlo-. Ahí fue donde quise aplicar un “este problema no es (sólo) mío”. Estábamos hablando de ello mientras cenábamos con I. recordando a nuestra cómica favorita, Petite Lorena, que cuenta que la cultura de la trascendencia nos ha jodido la vida porque compramos la moto de aprender y agradecer lo vivido por encima de los dolores y los daños como buenas y dóciles sostenedoras incansables de la incomodidad ajena. Relatos para la dominación, parte tres. Estaba diciendo que no ha estado nada mal sentir que podía prescindir de encontrar respuestas, que por fin sentía que podía aspirar a no entender. P. me preguntó en relación a mi conflicto si realmente soy esa persona que no quiere entender lo que ha pasado y con ello abrió un portal a la arenilla de mi zapato: no estaba cómoda en esta postura, sólo estaba aprendiendo a sobrellevar mejor la incomodidad. Bienvenido sea.
Sacamos el tarot de las Diosas. I. se encargó de la tirada y habló de la compasión y del amor mientras yo me quejaba intentando estrechar el margen de lo que quiero sostener. Meses atrás Alicia Alonso comentó en unas jornadas en La Casa que hay que “reapropiarse del concepto de amor” y despojarlo del juicio que le atribuimos por cómo ha sido conducido en esos otros relatos de dominación. Ciertamente hemos demonizado las palabras amor y perdón. Allí estaba yo otra vez mirando el amor y la compasión como lo que me fue inculcado: un objeto transaccional. Crucé el portal a mi espacio-tiempo como un collage del ahora: resultó que el amor y la compasión es el único lugar al que pertenecen mis sueños de reparación.
No tener ni idea de cómo pilotar un corazón interpelante
Estuvo bien jugar a ser otra persona pero no soy otra persona. A L. también le pasa que muchas veces reflexiona en alto un “no, yo no soy así” mientras respira hondo la calma profunda de ubicarse en el mapa. L. es la persona más compasiva que conozco. Tengo un collage suyo en la entrada de casa que dice “abrazar la ternura”: fue la primera en señalarme el camino a lo tierno. También es una persona de valores firmes y férreos con especial fijación en la lealtad y la honestidad. Está muy conectada con la compasividad y creo que es porque valora la comunidad tanto o más que su existencia individual. Entonces, de alguna forma sus protecciones pasan de ser como los muros de una prisión a ser una reja de agujeros chicos que perimetran un espacio que está en construcción: un límite firme que marca dónde comienza y dónde acaba la zona segura y la zona de riesgos. Una rejilla que permite mirar al otro lado y ver cómo progresa el trabajo. Como la red de un colador que sostiene y también deja ir lo necesario. Cuando se ve en la encrucijada tira de “factos” sabiendo que cada cual es responsable de lo que se ha comprometido pero no consigue deshacerse del malestar que le provoca pensar que podría causar algún daño. Es muy sensible a la posibilidad de hacer daño porque ha experimentado con creces las consecuencias limitantes y coercitivas de los daños en su vida y carga con la eterna lucha de un corazón palpitante que ve la arritmia como síntoma y no como enfermedad. Cuando roza esta construcción interna, cree que le está dando demasiadas vueltas a las cosas porque aprendió que es una debilidad y no una fortaleza. Su sabiduría reside en intervenir los daños tratándose con la misma amabilidad que ofrece a las demás: dejar de juzgar los errores y aceptar la propia humanidad. L. usa sus valores como brújula, no renuncia a ellos ni los usa para hacer daño.
Es valiente asumir esa cuota de incomodidad prescindiendo de un abordaje individualista del conflicto donde cada uno/a/e se guisa lo que se quiera comer. Esta cualidad compasiva es una clave que observo que cuesta introducir en las prácticas del día a día. Resulta fácil abordar las grandes cuestiones sobre el antipunitivismo y la justicia restaurativa pero en el día a día la transformación a la que aspiramos no requiere criticar las grandes estructuras sino entrenar y afinar nuestra habilidad para identificar el grano de arena que nos ocupa el pensamiento y observar qué estamos haciendo con esa incomodidad: si estamos renunciando a ella o si la estamos usando para hacer(nos) daño. Por eso le hice caso a C. y ahora creo más espacio para la mediocridad sin priorizar los resultados porque carecen de la potencia transformadora que necesito para mí vida. Poner el cuerpo al proceso sí nos pertenece.
Rioko Fotabon, desde el antirracismo, nos invita a sustituir el sacrificio por el gozo señalando que esta lógica de la productividad es la esencia angular del pensamiento blanco. Cuestiona la política de protagonizar el saber proponiendo que hay que descentralizar a los referentes porque tendemos a integrarlos en nuestras vidas como parte de la ensoñación de ameritar la acumulación privilegiada de conocimientos. Creo que este será el próximo comienzo para un taller: cómo planeamos prescindir de las excelencias y conquistar la mediocridad.
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