Espacio de opinión de Canarias Ahora
Si tienes un piso en Torrevieja, el futuro de la democracia está en tus manos
Es verdad que la combinación de políticas inclusivas y democracia liberal parece una fórmula agotada para los partidos de centro izquierda. Pero esta afirmación se presta a análisis.
Primero, que la fórmula ha tenido un éxito más que relevante durante la fragmentación de ese nosotros sólido, conocido como clase obrera, en múltiples subgrupos que ya no se sienten parte de un todo. ¿Y por qué languidece la fórmula? Porque el contexto en que fue la canción del verano durante unos años ya no existe. Era viable cuando las economías eran aún más domésticas que globales y los gobiernos podían ejercer su soberanía para atar en corto al caballo desbocado en que se convierte el capitalismo a la que nos despistamos. Pero ahora la economía es global y la política sigue siendo nacional. No funciona. Los gobiernos de izquierdas casi no tienen herramientas para asegurar una cierta redistribución de la riqueza como contrapunto al principal fallo del free market: mucho para pocos y poco para muchos. Nada que ver con el eslogan de los mosqueteros. Y si el gobierno es de derechas… ancha es Castilla.
Así que, en realidad, la fórmula era una especie de Andy y Lucas, en el que lo inclusivo era Andy, y lo democrático liberal, Lucas. Tuvo éxito mientras la economía crecía y la redistribución de la riqueza era efectiva. A la vez que el sueño de tener una casa, un buen trabajo y vacaciones en Benidorm pasaron a ser batallitas del abuelo, lo inclusivo, que no afecta a la mayoría social, empezó a importar un pimiento. Pero además se suma que la oposición de derechas, conservadora, anarcocapitalista (llámese como quiera), antidemocrática en esencia, no ha sabido dar con la tecla hasta hace poco.
Expliquemos esto. La derecha considera que no somos todos iguales, y que unos pocos, los elegidos, por lo que sea, deben guiar al resto. Y esa responsabilidad conlleva privilegios (¡qué menos! ¿no?). Y esos pocos santos varones que nos van a llevar por el buen camino, también por lo que sea, son ellos. Eso es básicamente considerarnos a todos los demás idiotas.
Error. Si la mayoría tenemos acceso a ciertos servicios (salud y educación) casi seguro desarrollamos nuestra inteligencia hasta el punto de querer guiar nuestro propio destino y ser conscientes de que el mayor responsable de lo que nos pasa somos nosotros mismos y nuestras decisiones, y no el otro, el diferente, el inmigrante, el gay, la mujer, el pobre…todo el que no sea hombre heterosexual blanco. Y como tuvimos educación y sanidad de calidad durante varias décadas el discurso del odio no caló. Pero también eso ha cambiado. Por aquello de que la economía ya es global y el capitalismo se ha convertido en un ogro indomable, la educación y la sanidad se han ido debilitando (a favor de los colegios, universidades y clínicas privadas), y ese escudo estructural contra el discurso medieval también.
Resulta también que aquellas últimas generaciones que se puede afirmar que tenían conciencia de clase, gracias precisamente a esa redistribución de la riqueza de décadas pasadas, y a la educación y a la sanidad de calidad, también de décadas pasadas, lograron comprarse un piso en Madrid y, unos años después, otro en Torrevieja. Sin ser ricos, empezaron a vivir bien y, ¡ojo!, de repente tenían algo que…conservar.
Hay dos maneras de estar a favor de la redistribución de la riqueza. O bien porque crees que todos tenemos derecho a tener satisfechas las necesidades básicas para desarrollar todo nuestro potencial e intentar ser felices; o bien porque no tienes nada de nada y esa redistribución es la única manera de que tengas algo (y dejes de tener hambre, frío, miedo…). La primera tiene que ver con un movimiento que cambió el mundo, el liberalismo político. La segunda tiene que ver con la necesidad. La primera es una creencia. La segunda, una necesidad. La primera es más difícil de destruir. La segunda se revierte con un piso en Torrevieja. Ser de izquierdas es compartir, y es más fácil serlo con el bolsillo vacío que lleno (parece). Y la dificultad aumenta si eres mediterráneo y te son del todo ajenas las dinámicas comunitarias de los países del norte.
Así pues, nos encontramos con un libre mercado full de esteroides que ha encontrado en la derecha la herramienta perfecta para que ningún gobierno logre ponerle límites, y con una parte importante de la población que no es racista ni homófoba, que quiere igualdad, pero que tiene un piso en Torrevieja. Y los genes de sus ancestros no son de Oslo sino de Tormes. Complicada ecuación. Confusa la cosa.
Arrojemos algo de luz revisando la historia. El auge de la ultraderecha nunca ha sido suficiente por sí solo. Y eso es porque el monstruo de la desigualdad, de la injusticia y de la violencia no se puede disfrazar de ninguna manera. Podrá captar el voto de hombres y mujeres frustrados de entre 18 y 35 años, pero eso no deja de ser una parte de la población insuficiente para gobernar. Ni siquiera Hitler en su primer mandato logró la mayoría necesaria para gobernar en solitario.
Así que el futuro no es de los testosterónicos ultraderechistas, sino que será de aquellos a los que apoyen, entre otros, los que tienen un piso en Torrevieja, o lo hayan heredado, o se lo acaben de comprar. Y es así a lo largo y ancho del mundo democrático occidental. ¿Qué van a hacer los demócratas clásicos estadounidenses? Porque ellos tienen un piso en Pensilvania. Nadie se los va a quitar, porque se trata de que compartan los que tienen mucho más que eso, pero todos ellos tienen un amigo, que conoce a alguien que tienen un primo cuyo cuñado tenía un piso parecido al suyo y se lo ocuparon unos negros mientras en la calle unos moros hasta arriba de coca sudaca le pegaban una paliza al Cid Campeador. Veremos.
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