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Los proyectos de viviendas colaborativas avanzan en Canarias para combatir el individualismo: “Favorecen el envejecimiento activo”

Grupo de personas que componen el proyecto de viviendas colaborativas Los Girasoles.

Jennifer Jiménez

Las Palmas de Gran Canaria —
31 de agosto de 2026 05:01 h (Hora canaria)

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Mónica Palacios y María Nebot han aterrizado en el proyecto de vivienda colaborativa o cohousing Los Girasoles, en Firgas (norte de Gran Canaria) porque siempre soñaron con un planteamiento vital comunitario, con un modelo de vida que fuera sostenible no solo desde el punto de vista de la naturaleza, que también, sino “humanamente sostenible”, matiza Nebot. “Es un proyecto bonito desde el punto de vista de la arquitectura, del urbanismo y en todo lo que significa vivir de una manera diferente, en el sentido de poder compartir unos servicios comunes”, apunta. Y agrega, que, en definitiva, la idea es contraponer esa sociedad “individualista”, “disparatada” y “derrochadora” y contribuir a que haya otro modelo posible.

Los Girasoles ya cuenta con un solar muy amplio en este municipio del norte de la isla donde pretenden ejecutar el proyecto en el que quieren envejecer de forma activa y cuidando unos de otros, volviendo a esos valores de comunidad en los que se preocupan por tener una vecindad “amable”, donde hay comunicación. Mónica Palacios asegura que lo que a ella le empujó a dar el paso de entrar fue el grupo y el proyecto en sí, además del lugar donde lo construirán en el coincide con Nebot en el que además de estar en contacto con la naturaleza se encuentra muy cerca de otros enclaves y de la ciudad capitalina, a donde pueden acudir para planes culturales.

El proyecto se define como una cooperativa de viviendas, un grupo de personas entre 50 y 70 años que convivirán por un interés común y unos valores. La titularidad de la propiedad corresponde únicamente a la cooperativa y los socios y socias son usufructuarios del bien, de forma indivisible “por lo que no se puede enajenar, separar, vender o alquilar”. El cohousing además consta de viviendas e instalaciones comunes diseñadas entre todas las personas que lo conforman y de espacios privados (pequeños apartamentos) y grandes zonas comunes. Su apuesta es de un máximo de 30 unidades alojativas en las que pueden hospedarse hasta dos personas. Por ello, podrían vivir en el cohousing hasta 45 personas.

Proyecto Los Girasoles.

La investigadora de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) María Luisa Delgado Losada señala que “el cohousing constituye una alternativa residencial especialmente relevante ante los retos demográficos y sociales asociados al envejecimiento. No se trata únicamente de compartir un espacio físico, sino de construir un modelo de convivencia basado en la autogestión, la participación, la reciprocidad y el apoyo mutuo”. Afirma que su principal aportación es situar a la persona en el centro de las decisiones sobre su propia forma de envejecer, preservando su autonomía al tiempo que favorece la pertenencia a una comunidad. Ha realizado una investigación junto a otros investigadores publicada en Frontiers in Public Health en 2026 que concluyó que “este contexto puede asociarse con un mayor apoyo social, menor soledad y mejores resultados en determinados aspectos de la salud psicosocial y cognitiva. Por ello, el cohousing debe entenderse no solo como una solución habitacional, sino como un ecosistema social que puede favorecer un envejecimiento más activo, participativo y conectado”.

María Luisa Delgado Losada considera que su expansión responde a una transformación profunda de las necesidades y expectativas de las personas mayores. “Estamos ante generaciones que desean mantener su autonomía, participar en las decisiones que afectan a su vida y elegir cómo y con quién quieren envejecer. Al mismo tiempo, el envejecimiento demográfico, la soledad social, los cambios en las estructuras familiares y las limitaciones de los modelos residenciales tradicionales hacen necesario explorar nuevas alternativas. El cohousing permite conservar espacios y decisiones privadas, pero incorpora una dimensión comunitaria y de apoyo mutuo. A ello se suma una creciente sensibilización social e institucional hacia estos modelos. Su proliferación refleja la búsqueda de nuevas formas de vivienda y convivencia adaptadas a una sociedad más longeva y diversa”, agrega.

Los Girasoles se inspira en otras experiencias que ya existían en Canarias como Taro Cohousing. Ana Padrón, una de las socias, señala que se creó en 2021, pero el grupo semilla surgió hace siete u ocho años. Subraya que cuentan con un terreno en Tejina y que están luchando para conseguir licencia para empezar a construir. “Es el impulso que nos falta”, apunta. Su proyecto asegura que lo han diseñado en forma de “L” de manera que en la planta baja estén las zonas comunes con comedor, salas multiusos, despachos… Y una primera planta con viviendas, apartamentos.

Personas que componen el proyecto Taro Cohousing.

“Lo que cambia en un cohousing es que aparte de esa vida privada que tienes, tienes una vida comunitaria porque estás rodeado de personas que han querido vivir en un cohousing para cuidarse, para acompañarse, para compartir”, expone Ana Padrón, que incide en que es un modelo ya muy extendido en otras partes de Europa, América con países como por ejemplo Uruguay.

La cultura de los cocuidados

La idea apunta es la de “cocuidarse” y esto “significa que tú tienes que ir al médico y me dice, pues no me gustaría ir solo y yo te digo, yo te acompaño”, agrega Padrón. Explica que para las personas dependientes habrá unas personas que lo hagan, pero sí se hablará de qué cuidados se necesitan y se apoyarán. Así es como lo imagina ella. María Nebot, del proyecto Los Girasoles señala que las personas que viven en el cohousing no son profesionales de los cuidados, pero sí que pueden ayudarse en estar en contacto con el servicio de salud cercano y han hablado de destinar un espacio dentro del proyecto para los cuidados, para incluso que la posibilidad de que puedan existir cuidados incluso compartidos. Si dos personas por ejemplo necesitan rehabilitación puedan acudir juntas.

“Es esa cultura un poco de compartir y tener una vida menos individualista de la que tenemos en la ciudad. Como volver un poco a esa cultura de ese pueblo que se cuida, de lo colectivo. Que tienes unas necesidades y resulta que tienes un par de vecinas por aquí que van a estar y entonces te pueden ayudar, echar una mano”, añade Mónica Palacios, de Los Girasoles.

La investigadora María Luisa Delgado Losada añade que “la evidencia disponible apunta a que la propia estructura del cohousing facilita oportunidades cotidianas de interacción, participación y reciprocidad. En nuestro estudio de 2026 observamos que las personas mayores que residían en viviendas colaborativas presentaban mayor apoyo social y menor soledad social, además mejor rendimiento en test que evalúan determinadas capacidades cognitivas, independientemente de su nivel socioeconómico”.

De hecho, añade que “la participación en la gestión de la comunidad, la toma de decisiones y las actividades compartidas exige mantener una vida social y cognitivamente activa. Es precisamente esta reciprocidad, dar y recibir apoyo, la que considero especialmente relevante. El cohousing no elimina las dificultades propias del envejecimiento, pero puede generar un entorno que favorezca la autonomía, la conexión social y un envejecimiento saludable”.

Cómo se crea la comunidad

Delgado Losada cree que con el cohousing además se recupera el valor de la comunidad y elementos que históricamente formaban parte de muchas formas de convivencia como la proximidad, la ayuda entre vecinos, la cooperación y el sentimiento de pertenencia, “pero los adapta a las necesidades de la sociedad contemporánea”. La diferencia fundamental es que esta comunidad se construye de manera deliberada y participativa, ya que las personas eligen formar parte de ella y establecen colectivamente sus normas, espacios y responsabilidades.

“Frente a una concepción de la vivienda excesivamente individualizada, propone una combinación equilibrada entre privacidad y vida comunitaria. La convivencia no significa ausencia de conflictos, de hecho, requiere gestión y negociación de los conflictos, y compromiso de colaboración y participación en la comunidad. Esta participación cotidiana puede convertirse en un estímulo social y cognitivo, y en una fuente de propósito y conexión para las personas que optan por esta alternativa de vivienda”, apunta.

De hecho para entrar en el cohousing, Ana Padrón subraya que se establece una edad mínima y máxima, que en caso de Taro son los 45 a los 70 años; luego se puede permanecer en el cohousing todo el tiempo que se quiera. Además, si se desea salir de la experiencia se recupera todo el dinero invertido y los herederos también recuperan el dinero, afirma. En el caso de Los Girasoles, la edad es más de 50 años y menos de 70 años de edad en el momento de formular la solicitud de ingreso. Y también inciden en que la inversión o capital social nunca se pierde y es heredable.

Para ingresar en cualquier cohousing es necesario primero conocer al grupo y en el caso de Taro Cohousing incluso organizan talleres para aprender a gestionar las emociones de cara a la convivencia. Antonio Rodríguez, profesor de la Universidad de La Laguna e investigador de Educación emocional y para la creatividad (EMOCREA) ha impartido estos talleres y destaca que en las sesiones fue constatando que “se trata de un proyecto que lo genuino, lo singular de él es precisamente que va más allá de aportar una alternativa habitacional donde obtener la garantía de generar un proyecto colaborativo, comunitario. Porque en realidad el fondo, lo singular, podemos decir hasta lo revolucionario de este proyecto, es que aborda el tema de la convivencia desde una perspectiva del cuidado, del cuidado de lo esencial”.

Señala que estos proyectos se convierten en un espacio donde cuidarse mutuamente, “donde a través de los vínculos que se entretejen en las relaciones convivenciales, esas conexiones sirven para apoyarlos, para cuidarlos, para protegerlos en definitiva, de su propio momento vital, de la vulnerabilidad que tiene su propio momento vital, pero también de las adversidades que tiene la sociedad actual, una sociedad cargada de daño”.

Rodríguez apunta que lo que se hace en estas sesiones es “enfatizar cómo a través de cuidar lo emocional, de trabajar sobre lo emocional, pues damos margen para que ese valor añadido se consolide, se formalice, se visualice para que tengan conciencia de lo que realmente hay en el fondo de esta propuesta. Por lo tanto, más que un taller donde hacemos técnicas de conciencia, de regulación emocional, se ha convertido en un espacio donde enfatizar o ensayar, entrenarnos, por decirlo de alguna manera, en ese cuidarnos juntos y juntas” y agrega que “cuidarnos es lo esencial, porque lo esencial al fin y al cabo de las personas es lo que sentimos, más allá de que haya otras cuestiones materiales, físicas, corporales, al final nuestros sentimientos son los que van a predominar para que nos sintamos bien o nos sintamos mal”.

“Entonces la idea es darle ese cariño al proyecto para que ellos y ellas tengan esa vocación instrumental, formalizada, operativa, de utilizar lo emocional para cuidarse en esos aspectos que son fundamentales para su desarrollo, sobre todo en un momento donde la vulnerabilidad es más que manifiesta”, apunta.

El profesor sostiene también que estas personas que acuden al taller son en su mayoría seniors o jubiladas y que para abrirse hay que tener también dosis de valentía. “Precisamente porque se abren a ellos, desde esa vulnerabilidad que es abrirse para decir que tienen miedo, que tienen tristeza, que tienen frustración, precisamente se están empoderando. Es paradójico, porque al abrirse se conectan con el otro y el otro lo sostiene, y entonces es un poder compartido. Por eso el valor de esta propuesta, la trascendencia es la capacidad de ofrecer modelos alternativos, ya digo, no solo de convivencia, sino de entender las relaciones humanas”, añade.

Personas que componen el proyecto de Cohousig Los Girasoles.

Según un estudio sobre la Vivienda en Canarias, un capítulo dedicado al cohousing titulado La vivienda colaborativa en Canarias. Hacia un modelo ampliado de habitar colectivamente detalla que estos proyectos de viviendas colaborativas en Canarias se encuentran en la actualidad en las islas de Gran Canaria, La Palma y Tenerife. Y mencionaba además de Taro en Tenerife, EntreAlisios, El Principio, Tagoror. Asimismo, El Ciempiés, Los Girasoles y Somos Siempreviva (en Gran Canaria) además de Brisas Canarias y Brisas El Valle en La Palma. Este periódico también entrevistó el año pasado a los promotores de la iniciativa El Chinijo, en Arucas.

En este informe, los profesores Vicente Javier Díaz García, José María López Medina y el doctorando Ricardo García Molina hablan del fuerte impulso en los últimos años, del desarrollo normativo que ya existe, pero de algunas dificultades que aún se sortean como las dificultades para encontrar suelo o las escasas fuentes de financiación especialmente para que puedan acceder personas con menos recursos económicos.

Mientras tanto, los proyectos luchan por seguir dándose a conocer, por sortear las dificultades y con la esperanza de que sus construcciones empiecen pronto e ir ganando cada vez más socios y socias que compartan valores de una vida de cuidados, más sostenible, de justicia social y en la que se huya de la soledad no deseada y el individualismo.

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