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Las víctimas invisibles de la pobreza

El informe La infancia en Canarias 2017 de Unicef sitúa a las Islas como la comunidad con más niños y niñas en riesgo de pobreza y exclusión social con un 41,6%

“Hay familias donde ninguno de sus miembros trabaja, otras donde uno de ellos está a media jornada y algunos que viven con la ayuda de 426 euros”

Desde Unicef Canarias insisten en que se deben tomar medidas que palien esta situación de pobreza para que “los niños puedan tener un futuro más esperanzador”

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El informe La infancia en Canarias 2017 de Unicef sitúa a las Islas como la comunidad con más niños y niñas en riesgo de pobreza.

El informe La infancia en Canarias 2017 de Unicef sitúa a las Islas como la comunidad con más niños y niñas en riesgo de pobreza. Foto: Carlos de Saá.

Janequia no sabe si los Reyes Magos pasarán este año por su casa. Ni siquiera sabe cómo se las ingeniará para dar de comer a su hijo de dos años. A su casa solo entra una paga de 430 euros que cobra por ser víctima de violencia de género y que se va en pagar el alquiler. “Lo peor de todo es no poder comprar las galletas y el batido de fresa que le gustan a mi hijo”, sostiene.

El hijo de Janequia es una de las víctimas invisibles de la pobreza. Ni el Gobierno canario ni el Cabildo de Fuerteventura tienen datos del número de menores en riesgo de pobreza en la Isla. El informe La infancia en Canarias 2017 de Unicef sitúa a Canarias como la comunidad con más niños y niñas en riesgo de pobreza y exclusión social. Utilizando el umbral autonómico, el 41,6% de la población infantil o, lo que es lo mismo, 149.476 niños, niñas y adolescentes se encuentran en situación de desigualdad en las Islas, según el indicador Arope.

Los datos van más allá si se usa el umbral nacional. En este caso, el porcentaje aumentaría en Canarias hasta el 49,4%, lo que supone 16 puntos por encima de la media nacional, que es del 32,9%, y casi el doble de la Unión Europea. Desde Unicef Canarias insisten en que se deben tomar medidas que palien esta situación de pobreza para que “los niños puedan tener un futuro más esperanzador”. La coordinadora de Unicef Canarias, Rosario Pérez, señala que existe “un elevado grado de desigualdad entre unas familias y otras”.

Pérez explica que “un niño pobre se puede caracterizar en España por tener unos padres con dificultades para pagar las facturas a fin de mes; solo pueden disfrutar, siendo optimistas, de una semana al año de vacaciones; no comen pescado y carne como se debe comer, dos veces a la semana, o incluso hay casos en donde el acceso a la educación es muy limitado”.

La historia de Janequia es una de las miles de historias de infortunios que dejó la crisis económica. Esta conejera reside desde hace algún tiempo en Fuerteventura junto a su pareja y su hijo más pequeño, de dos años. Los dos mayores viven en el Sáhara con la familia de su exmarido. Trabajaba hasta que la crisis económica la dejó en el paro y la envió a las listas del desempleo. Cobra 430 euros por ser víctima de violencia de género, pero paga 450 de alquiler. A su casa llegan algunos euros más, los que gana su pareja vendiendo postales 3D en un centro comercial.

De todos estos males, lo peor que lleva es privar a su hijo de las galletas y el batido de fresa que le pide. “Son cosas que cualquier niño se lo puede permitir, pero nosotros no podemos dárselo”, lamenta. En su bolsa de la compra no hay carne ni pescado. “Eso es un deleite”, comenta. La dieta suele ser macarrones regados con salsa de tomate.

En su casa también sobra hueco para los juguetes. El pequeño se entretenía con una cinta de velcro hasta que llegó Vanesa García con una bolsa de juguetes. Vanesa es una de las coordinadoras de Apasofuerte, un grupo solidario que ayuda a madres solteras y familias con escasos recursos en la Isla.

El Refugio Majorero es otra de las asociaciones que trabaja a pie de calle con los sectores más necesitados de Fuerteventura. En la actualidad, prestan ayuda a 180 familias derivadas de los servicios sociales municipales. La responsable administrativa de la asociación, Ana Ruth Cerón, explica que el 90 por ciento de esas familias “tiene hijos pequeños. Hay familias donde ninguno de sus miembros trabaja, otras donde uno de ellos está a media jornada y algunos que viven con la ayuda de 426 euros”.

Refugio Majorero ha pasado de atender 100 familias en 2017 a 180 este año. Trabajan con familias extranjeras, pero también con majoreras. En los últimos tiempos, han empezado a aumentar los casos de familias que solicitan ayuda procedentes de países como Colombia o Venezuela, este último país inmerso en la inseguridad y una fuerte crisis económica tras la llegada de Nicolás Maduro al poder.

En Costa Calma, el alemán Peter Müller se esfuerza desde su asociación Obra Social Sombrero del Pueblo en que ninguna familia se quede sin comer. Costa Calma es uno de los principales núcleos turísticos de la Isla, un crisol de culturas y un foco de desempleo, sobre todo entre la población inmigrante. Müller ha conseguido el compromiso de una panadería que cada día le ofrece el pan para 18 familias; la mitad tiene una media de tres o cuatro menores a su cargo. Müller cifra en unos 40 menores los beneficiarios de este gesto solidario de la panadería.

En Costa Calma reside Ronak Patel. Este hindú vivía en Piplav, en el estado de Gujarat, hasta que decidió venirse a España en 2015 junto a su esposa buscando un futuro. “En la India no había nada”, insiste. Querían que sus hijos nacieran con todas las garantías que, aparentemente, el primer mundo ofrece a la población infantil: educación, sanidad y el acceso a la alimentación. Primero vivieron en Valencia, donde nació su hija, y luego se mudaron a Fuerteventura.

Aún no han podido regularizar su situación en España. Ronak se gana la vida vendiendo pulseras, zapatillas y otros artículos para turistas en la zona de Sotavento. Al mes recauda entre 500 y 550 euros. Paga 400 de alquiler. Con suerte, tiene 150 euros para llegar a fin de mes, pero eso no le da para comprar comida para su esposa y su hija de tres años. Le ayudan sus amigos y, a veces, son sus familiares de la India los que le envían paquetes con alimentos no perecederos por correo postal. Su sueño europeo se ha frustrado. Sin embargo, no se arrepiente de haber venido a España.

Pobreza y obesidad

La coordinadora de Primaria Especializada de Pediatría del Hospital de Fuerteventura, Gladys Rodríguez, señala que, a nivel físico, es “difícil en nuestro medio que tengan unas carencias que les lleven a una malnutrición porque siempre hay ayudas para este tipo, como comedores o la recogida temprana, que hace que los niños estén mínimamente nutridos”. La Consejería de Educación del Gobierno de Canarias ofrece comedores escolares en los que, por el nivel de renta del comensal, existen los de cuota cero, es decir familias exentas del pago. En la Isla 499 comensales se benefician de este servicio.

Según esta pediatra, “lo que se está viendo es que la obesidad es mucho más frecuente en población con dificultades económicas que en una población con medios”. “Es más barato comprar una bolsa de bollycao y un par de zumos que un kilo de manzanas”. Esta falta de recursos les lleva a “comer pasta, arroz o papas, que son alimentos con más calorías”, añade.

La pediatra alerta de que “el 80% de los niños obesos serán obesos adultos”, con el “mayor riesgo cardiovascular que eso conlleva, con diabetes, problemas traumatológicos en rodillas y cadera, y a nivel psicológico el hecho de tener obesidad va en contra de la autoestima”.

Juan Carlos Martín, psicólogo y profesor de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, explica que lo más importante para fomentar la educación y el desarrollo de los hijos y las hijas es que “los padres y las madres tengan no solo una serie de competencias y recursos para poder abordar la crianza sino también condiciones para poder llevar a cabo esas prácticas de crianza”.

Según este profesor, que colaboró en el informe La infancia en Canarias 2017 de Unicef, es “necesario satisfacer unas necesidades básicas para su desarrollo y que pueden ser físicas y biológicas como la alimentación, sueño e higiene o actividad física, pero también cognitivas”. También apunta que el estrés parental que tienen los padres por la situación de pobreza “les hace que no estén en las mejores condiciones para atender las necesidades afectivas que tienen los niños”. Según Juan Carlos Martín, estas necesidades “se ven muy mermadas cuando se está en un nivel de pobreza”, por lo que cree que “las instituciones están obligadas a eliminar las desigualdades generadas por este tipo de situación”.

Cuando el niño crece en hogares bajo el umbral de la pobreza, puede verse abocado a ser pobre cuando llegue a adulto y con carencias formativas que “pueden llevarle a la exclusión social”, insiste este profesor universitario. A veces, se reproduce el círculo de la pobreza donde niños pobres son hijos y nietos de padres y abuelos pobres. “Esa cadena, de alguna manera, habría que romperla. De ahí lo fundamental de la educación y la formación. Niños con padres con un nivel educativo bajo son niños con probabilidad de estar en una situación de pobreza”, añade.

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