ENTREVISTA
Miguel Gómez Garrido, escritor: “El problema no es que el ascensor social esté roto, sino la estructura del edificio entero”
Miguel Gómez Garrido (Madrid, 1994) es periodista y especialista en análisis sociocultural. Tras trabajar en comunicación política y colaborar en varios medios como La Marea, El Salto o la revista Sustrato, combina actualmente talleres de escritura con un empleo de administrativo a media jornada. Fruto de la indagación colectiva, que dice haber recopilado en esos encuentros literarios, ha nacido su primer ensayo: 'La cultura del desesfuerzo: meritocracia, trabajo y otras trampas’. La obra propone una profunda revisión de los discursos que justifican la posición social a partir del sacrificio personal y el rendimiento incesante, planteando la necesidad de construir una cultura del “desesfuerzo” donde el bienestar no sea un premio reservado a los más abnegados, sino un derecho universal.
Durante su presentación en la librería La Vorágine de Santander, Goméz Garrido insiste en el concepto de 'capitalismo con prisas'. Lo ha hecho en recuerdo a las emotivas palabras pronunciadas recientemente por Javier Barrio, viudo de Carmen, una de las pasajeras fallecidas en el accidente ferroviario de Urda durante su último viaje de trabajo. El autor relaciona esa dinámica de “hacer más con menos”, que reduce plantillas donde antes trabajaban tres personas a solo una y somete a los empleados a jornadas con poco descanso y decisiones precipitadas, a términos como “la vocación o la cultura del esfuerzo” que, en su opinión, “conducen al mismo desenlace”.
En un entorno de alta precariedad laboral, ¿el concepto de “desesfuerzo” no corre el riesgo de ser interpretado como una postura de privilegio reservada a quienes ya disponen de margen para negociar su tiempo?
Entiendo esa objeción, pero el libro está escrito desde la experiencia concreta de cobrar 900 euros como administrativo a media jornada. No me sitúo en un pedestal ajeno a la clase media-baja precarizada. Lejos de ser una proclama elitista, lo que planteo con el “desesfuerzo” es extender a toda la sociedad el derecho universal a una vida menos estresada, menos insalubre y menos cansada. La pretensión es defender que todos tengamos derecho al tiempo y a la tranquilidad, y no solo aquellos que pueden comprar el tiempo y los privilegios. Se trata de dejar de actuar como caballos desbocados para justificar nuestra existencia.
En el libro se menciona que la cultura del esfuerzo es “muy de hombres”. ¿Hay aportaciones del feminismo en su análisis crítico del trabajo?
Por supuesto, está muy presente. El feminismo resulta indispensable por dos lecciones fundamentales. En primer lugar, evidencia cómo ni los méritos ni los sacrificios se han contabilizado ni valorado igual. Como mostraban las encuestas a amas de casa de Milán en los años setenta -que realizaban jornadas interminables de 10 o 12 horas-, todo ese trabajo de cuidados no cotizaba ni era reconocido socialmente como un esfuerzo real. En segundo lugar, el feminismo permite desmontar el mito de la masculinidad proveedora y abnegada: ese rol del hombre fuerte que no llora, no se queja y se queda en la oficina hasta las ocho y media de la tarde. Ese patrón ha servido de coartada para obligar a los trabajadores a tragar con condiciones abusivas bajo la amenaza de ser tildados de frágiles o inmaduros.
La masculinidad proveedora ha servido de coartada para tragar con todo sin quejarse
El “ascensor social”, que de algún modo sostiene el discurso de la meritocracia, ¿viene a ser lo mismo que la cultura del esfuerzo?
El ascensor social es una metáfora problemática porque no aborda la desigualdad ni el reparto de la riqueza, sino que le dice al individuo que está abajo que se fatigue subiendo solo. Quizá la cuestión no sea reparar el ascensor para seguir tragando con ruedas de molino individuales, sino cuestionar la estructura arquitectónica del edificio entero y sus cimientos. Frente al esfuerzo heroico e individualista, debemos oponer una idea de esfuerzo común y colectivo como verdadera vacuna social.
La lógica neoliberal ha impregnado todo, el descanso, el cuerpo, la salud y las relaciones sentimentales
En el libro también alude a que el ocio se gestiona con la misma lógica de rendimiento que el empleo. ¿Se puede hoy día construir un descanso no mercantilizado?
La lógica neoliberal ha impregnado todo, el descanso, el cuerpo, la salud y las relaciones sentimentales. Esta dinámica genera una culpa constante por sentir que nunca somos suficientes ni nos hemos sacrificado lo bastante. Lo primero es desterrar la culpa individual: no somos malas personas por intentar sobrevivir en el mundo que nos ha tocado. No se trata de cerrar las redes sociales para rendir más en la oficina el lunes, sino de recuperar nuestras pasiones sin someterlas a la rueda de lo productivo. En el libro reivindico recuperar el placer de los hobbies que nos apasionan, aunque no sean rentables o se nos den rematadamente mal, como pasar dos horas en el bosque pintando figuras de Warhammer.
La aspiración a opositar se ha extendido entre la juventud, ¿hasta qué punto ser funcionario resuelve la trampa laboral?
Las oposiciones funcionan hoy como un refugio mental frente a la inestabilidad y la fragilidad del sector privado, especialmente en empleos vocacionales y culturales. Un refugio no detiene la tormenta, pero resguarda de ella. La oposición ofrece tiempo, seguridad y la posibilidad real de tener una vida al margen del empleo. Aunque la solución al malestar laboral no sea que toda la sociedad oposite, este fenómeno envía un mensaje nítido a las empresas: lo que los trabajadores buscan prioritariamente es tiempo propio, estabilidad y salud mental, huyendo de la angustia constante.
El discurso de que las generaciones pasadas se esforzaban más se lleva repitiendo desde Aristóteles para proteger los privilegios y evitar que se cuestionen las estructuras laborales
Se suele contraponer la actitud de los jóvenes con la cultura del sacrificio de las generaciones anteriores, ¿existe una brecha generacional insalvable respecto al concepto de trabajo?
La diferencia principal reside en la promesa recibida. La generación de nuestros padres compró el relato del sacrificio y obtuvo ciertos resultados materiales. Nuestra generación ha puesto la misma o más energía a cambio de unas expectativas completamente rotas. Ahora bien, conviene evitar la carrera de agravios. Cuando a los trabajadores de la generación anterior se les da espacio para hablar del malestar laboral sin la coraza del orgullo, admiten que tampoco disfrutaron de dedicar tantas horas a una empresa o de no ver crecer a sus hijos. El discurso de que las generaciones pasadas se esforzaban más se lleva repitiendo desde Aristóteles para proteger los privilegios y evitar que se cuestionen las estructuras laborales.
La crisis de la vivienda, ¿cómo afecta al significado del esfuerzo?
La crisis habitacional quiebra el pacto social. Cuando un trabajador echa 40 horas semanales y ni siquiera puede acceder a un hogar digno -con jóvenes pagando salarios enteros por compartir piso en condiciones precarias, como los 1.100 euros que paga mi prima en Lisboa por una casa compartida entre 12 personas-, el esfuerzo pierde todo su sentido. Sin embargo, movimientos como la huelga de inquilinas desplazan la lucha desde la producción hacia la reproducción de la vida. Se empieza a asumir que la vivienda, la dignidad material y el tiempo son derechos universales que no deben depender del puesto de trabajo que se ocupe, del mismo modo que aceptamos los derechos universales de los jubilados o de la infancia.
Frente a datos como el de esas tres millones de renuncias laborales voluntarias en España en 2025, ¿cuál cree que debería ser el papel de los sindicatos tradicionales?
Los sindicatos deben superar la nostalgia fabril y la mera defensa del trabajo por el trabajo. No hay orgullo en la explotación ni necesidad de mostrar cicatrices para merecer derechos. Tienen que entender que la pelea pasa por reducir la jornada laboral y repartir los recursos. Ante el avance de la tecnología y la inteligencia artificial, los sindicatos deben liderar el reparto del trabajo y del tiempo, dirigiéndose a toda la población precariada y no únicamente a las plantillas sindicadas de las grandes empresas.
Como autor, ¿aplicó las estrategias del “desesfuerzo” durante la escritura de este libro o cayó en las inercias productivistas que cuestiona?
Asumo sin problema que soy una contradicción con patas. He escrito por las noches, me he desvelado y me he preocupado por la promoción del libro en redes sociales. Todos estamos atravesados por esta cultura del esfuerzo individual. Sin embargo, este ensayo es el resultado de un trabajo colectivo, nació en un taller en una librería y fue corregido y editado por amigos. Entender nuestras propias incoherencias no debe generar culpa, sino ayudarnos a comprender la dimensión de la cultura del esfuerzo y avanzar hacia formas de vida más dignas, sostenibles y compartidas.
En todo este contexto, Inteligencia Artificial ¿sí o no en el ámbito laboral?
Por supuesto que a favor, siempre que sea una tecnología pensada con cabeza y de manera ecológicamente sostenible. Resulta un sinsentido seguir mandando a un minero a jugarse la vida por un carbón contaminante pudiendo garantizar transiciones justas. Que la inteligencia artificial nos quite todos los trabajos que pueda y los haga mejor. La clave no es temer a la máquina, sino replantear qué empleos se están subatendiendo, reducir drásticamente la jornada laboral para repartir el trabajo sin traumas y asumir de una vez que la dignidad y la vida están mucho más allá del empleo.
¿Recomendaría 'La cultura del desesfuerzo' a un perfil de lector determinado?
Creo que es un libro profundamente transversal. Sirve para que las personas jubiladas no se sientan mal por estarlo y vean que su valor va mucho más allá de su etapa productiva. Sirve también para la generación de nuestros padres, ayudándoles a desterrar la culpa y a leer su trayectoria laboral con menor angustia. Y sirve, por supuesto, para la juventud nacida en los noventa, socializada ya en un mundo en crisis con las promesas rotas, para recordarles que desear una vida mejor fuera del trabajo no es un capricho generacional, sino una mutación legítima y necesaria.