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Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

Kirchner en la esquina rosada

Es imposible que los argentinos hayan hecho algo tan malo como para merecer lo que le está pasando a su país, cuyo rumbo ha quedado definitivamente a la deriva tras la muerte del fiscal especial Alberto Nisman.

Quizá por argentinidad, cuando leí el otro día sobre este asunto recordé un cuento firmado por Jorge Luis Borges, que lleva  por título Hombre de la esquina rosada y está incluido -qué cosas- en la obra Historia Universal de la Infamia. El eterno aspirante al Nobel -lo fue durante treinta injustos años- sitúa la acción en un galpón con chapas de zinc, una taberna de arrabal en la que guitarrean los 'musicantes' y 'tanguean' los guapos y las chinas, entre las que sobresale, por hembraje, La Lujanera, a quien verla -dice el narrador- no daba sueño.

De los parroquianos, el más admirado es un tal Rosendo Juárez, aunque se sospecha que debe dos muertes y camorrea en la política por ser “hombre de Morel”. De repente se abre la puerta del garito y entra un hombre desafiante, trajeado enteramente de negro, que se va derecho a Juárez para insultarlo y provocarlo. Ante el asombro de todos, el matón no reacciona, ni siquiera cuando La Lujanera le alcanza un cuchillo.

La propia mujer, avergonzada, abandona después el local, sien con sien, en compañía del desafiador, Francisco Real. Se suceden entonces diversas entradas y salidas, se escucha un llanto de mujer y finalmente ambos regresan a la cantina, pero Real lo hace más muerto que vivo porque lleva una cuchillada muy fea en el pecho. El revuelo posterior sitúa a todos como sospechosos del crimen, la primera de todas La Lujanera, aunque no hay forma de demostrar nada.

Al rato, llega un rumor de jinetes y es la Policía que se acerca, pero entre todos deciden tirar al muerto al arroyo y seguir bailando como si nada, porque quien más quien menos prefiere evitar el trato con los de la ley.

Yo no pude evitar imaginarme a la presidenta Cristina Kirchner, al fiscal especial Alberto Nisman, al canciller Héctor Timmerman; al viceministro de Seguridad, Sergio Beni; al exjefe de los Servicios Secretos, Antonio Stiusso y al informático Diego Lagomarsino, todos ellos en el galpón con tejado de zinc.

Cada uno tiene su papel en el drama, solo que en esta ocasión el muerto está muerto de verdad y la presidenta pierde credibilidad a cada segundo que pasa, con las elecciones generales a nueve meses vista. Primero, con el cadáver aún caliente, aseguró en Facebook (¡en Facebook!) que se trataba de un suicidio sin ningún género de duda. Después, que en realidad estamos ante un asesinato para desestabilizar su gobierno y solo Dios y ella misma saben lo que argumentará mañana.

Timmerman, por su parte, aparece en las escuchas ordenadas por Nisman, admitiendo un acuerdo de la presidenta para encubrir a los culpables del atentado perpetrado en 1994 contra la Asociación Mutual Israelita Argentina que provocó ochenta y cinco muertos y más de trescientos heridos. Beni es una especie de boina verde de la política, que apareció en el escenario del crimen antes incluso de que lo hiciera la Policía, asegurando que era necesario “comprobar que los protocolos se efectuaban de forma correcta”.

Stiusso es un super espía que fue cesado recientemente en medio de un escándalo relacionado con los fondos reservados. Y, por último, Lagomarsino es un infomático que trabajaba para Nisman y le prestó la pistola cuya bala acabó con su vida. Una pistola prestada a pesar de que el fiscal tenía registradas a su nombre dos armas de fuego.

En fin, que parece que todos ellos tienen ganas de tirar al arroyo el molesto cadáver de Nisman y continuar bailando.

Por cierto, Borges sugiere al final del cuento que el asesino es el narrador: “… revisé mi cuchillo y estaba como nuevo, inocente, y no quedaba ni un rastrito de sangre”. Pues bien, en esta historia también hay un narrador, el periodista Damián Pachter, quien fue el primero en tuitear la aparición del cadáver del fiscal especial, tres horas antes de que las autoridades hicieran oficial su muerte. Sintiéndose amenazado, Pachter abandonó el país, se suponía que con rumbo desconocido. Pero por increíble que parezca, el Gobierno argentino informó en las redes sociales de todos los detalles de su viaje a para refugiarse en Israel, vía Montevideo y Madrid.

Y es que parece imposible resistir esa vieja tentación de que la culpa siempre es nuestra, de los mensajeros. Los culpables de todo somos los periodistas.

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Publicado el
28 de enero de 2015 - 20:56 h

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