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El Litoral Gallego

Hay libros que cuentan la historia de grandes periódicos. Algunos pequeños merecen por lo menos un par de artículos.

Parte de la redacción de El Litoral Gallego. | JESÚS ORTIZ

Parte de la redacción de El Litoral Gallego. | JESÚS ORTIZ

Casi todos los días el telediario habla del litoral gallego, pero nadie había dicho nada nunca de El Litoral Gallego. Nadie decía nada y uno corre el riesgo de confundir recuerdos con fantasía. Ahí están mis fotos, claro, pero tampoco son concluyentes para demostrar que una vez un puñado de periodistas jóvenes, más un economista y algunos técnicos, crearon un periódico con ese nombre junto a la ría de Ferrol.

Ocurrió en 1983, cuando dos armadores locales, patrocinadores del OAR Ferrol, decidieron poner en marcha un diario que contara las hazañas del equipo de baloncesto. Conocían a un economista, después gerente del periódico, que tenía un amigo periodista, a su vez después director del mismo, y les encomendaron la tarea.

Ambos armaron el grupo para llevarla a cabo reclutando antiguos compañeros de facultad en Madrid. Entre ellos estaba Ricardo Sandoval, amigo mío y compañero de copas en Malasaña, que me invitó a unirme, como técnico. Acababa de quedarme sin trabajo y acepté. Marchamos a Fene, y durante aproximadamente octubre, noviembre y diciembre de 1983 estuvimos preparando el lanzamiento.

El Litoral Gallego duró poco. Después uno de los armadores propietarios apuntaría como una de las causas del fracaso que los periodistas eran de fuera, y puede que esté en lo cierto, pero a mí no me parece una razón determinante: los periodistas de importación en La Coruña se parecían mucho a los periodistas que he conocido en varios otros puntos de España.

Por ejemplo, el jefe de Deportes. José Luis, el director, lo había rescatado de una discoteca de la calle Leganitos, uno de esos sitios donde la gente de 50 años iba entonces a ligar, antes de que se inventaran las redes sociales. Desde que había logrado su título de periodista en la facultad trabajaba allí de diyei. El jefe de Deportes colocó en la pared tras su mesa de despacho un gran retrato de Humphrey Bogart, casi el único detalle personal en una redacción recién estrenada. Me llamaba pequeño, hablando ambos de pie con su boca a la altura de mi esternón: en lo que más se parecía a su ídolo era en la estatura. Claro que llamaba pequeño/a a todo el mundo, lo cual debía dejarle mucho cerebro despejado para recordar los nombres de los jugadores de baloncesto, al fin y al cabo su negocio central.

O el fotógrafo, que era, junto con las chicas de composición, de los pocos que no venían de Madrid. Aficionado a la literatura, leía ordenadamente por países, sumergiéndose al tiempo en su cultura para ambientarse mejor y lograr así una comprensión más profunda de los textos, según él. Cuando le tocaba Estados Unidos, por ejemplo, leía autores yanquis exclusivamente, escuchaba blues y country, comía hamburguesas y bebía bourbon, todo ello durante meses; cuando llegaba a los rusos, balalaika, ensaladilla y vodka, y así sucesivamente.

Vivía en una aldea en la montaña. Al levantarse cada día pasaba por el baño únicamente para lavarse la cara. Luego desayunaba con mucho apremio, imagino, hasta que salía fuera, esquilaba al capó de su cuatrolatas y se aliviaba sobre el parabrisas, método eficaz para fundir el hielo acumulado durante la noche y poder conducir hasta el trabajo.

Los madrileños, es decir, toda la redacción más el fotomecánico jefe (o único, a elegir), alquilamos juntos un chalé no muy lejos de la redacción. Al poco se incorporó una chica, amante de Humphrey Bogart, cuya permanencia este negoció con el director: podría hacernos el desayuno cada mañana, así llegaríamos frescos a la redacción.

El periodista Ricardo Sandoval (izquierda) cambiando impresiones con el gerente. | JESÚS ORTIZ

El periodista Ricardo Sandoval (izquierda) cambiando impresiones con el gerente. | JESÚS ORTIZ

Al acabar el periódico se llevarían en coche los fotolitos al taller de El Ideal Gallego, donde se imprimiría diariamente. Así se hizo el mes que duró, entre enero y febrero de 1984, pero yo no llegué a verlo, porque antes solicitaron mis servicios en otro periódico. Pagaban tres veces más, así que hice lo sensato, aunque no sin dolor.

El segundo en abandonar fue el fotógrafo, y no por voluntad propia. Al fotógrafo lo despidieron por la ganancia de punto.

Nunca pensé que hablaría de la ganancia de punto salvo entre impresores (¡y mucho menos que pudiera ser causa de despido!). Pero aquí estoy, dispuesto a explicarlo. El asunto, contado muy por encima, es que la tinta de imprenta tiende a empastarse en las zonas de sombra de una fotografía o dibujo. La impresión no puede reproducir toda la escala tonal visible y hay que sacrificar detalle en algún extremo. Si usted mira un retrato en blanco y negro bien impreso, verá con bastante detalle los rasgos del modelo, los matices de la piel. Pero el pelo negro aparece con menos detalle por la ganancia de punto. Llega a ser una masa oscura indiferenciada si la impresión no es de muy buena calidad, que es el caso de los periódicos, impresos a mucha velocidad sobre papel barato.

El tramo de la escala que se prima al reproducir es el de los tonos de la piel. De la piel blanca, mayoritaria por aquí. Si se publica el retrato de una persona negra, se adapta la escala y el resultado es aceptable. Pero si el retrato es de un grupo mayoritariamente blanco y hay una persona negra entre sus componentes, a esta se la envía al reino de las sombras, allá donde la ganancia de punto impide que la reconozca su propia madre.

Los impulsores del OAR Ferrol habían importado un jugador de la NBA del que estaban muy orgullosos. El jugador era negro, y en las fotos publicadas por El Litoral Gallego impreso en la rotativa de El Ideal Gallego no había modo de saber si en el equipo jugaba un negro de la NBA o era que Stevie Wonder había venido de visita. Al dueño de un diario no se le puede explicar lo de la ganancia de punto, así que se declaró culpable al fotógrafo y fue despedido.

Los demás compañeros perdieron el empleo con el cierre, no mucho más tarde.

Bueno, yo estuve viviendo en Fene, pero a veces parece que fue con meigas y no con periodistas. Por fin el año pasado alguien se decidió a dejar constancia: Germán Castro Tomé, que fue director del Diario de Ferrol (un medio posterior, fundado en 1999), publica «'El Litoral Gallego', un periódico de vida efímera»  donde se dan alguna precisiones de la aventura. Efímera, qué le vamos a hacer. Pero también emocionante. A alguno le cambió la vida: no sé del resto, pero al menos Ricardo, que entonces se esforzaba por hablar gallego con gran sorpresa para sus hablantes naturales, no volvió a Madrid; hoy es un conocido periodista de la radio gallega.

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