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“Aquí vive María Jesús, 84 años: ¿queréis otra Maricarmen?', denuncian los expropiados para una promoción inmobiliaria privada en Santander

María Jesús, con una de sus hijas y otros vecinos afectados por las expropiaciones del barrio de Rucandial de Santander.

Olga Agüero

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“¿Cómo van a borrar un barrio?”, pregunta Jesús con incredulidad. Rucandial se ha convertido en el epicentro político y social de Cantabria desde que se desveló que un constructor, con el apoyo del Gobierno de Cantabria (PP), va a expropiar 35 casas para recalificar 2,3 millones de metros cuadrados de suelo rústico y levantar un macrocomplejo inmobiliario de 8.000 pisos, hostelería y una Ciudad de la justicia en Santander. “El culpable es quien se lo autorice”, señala, “porque esto no es una expropiación para hacer una carretera ni un carril bici, esto es un negocio”.

Rucandial es un barrio en pie de guerra para defender sus casas. El drama de la anunciada expropiación ya tiene un nombre propio: María Jesús, con sus 84 años. “Voy para 85” matiza. Una mujer que llegó al barrio desde su Peñacastillo natal hace 57 años, cuando se casó. Junto a su marido, fallecido hace 28 años, construyó la casa que habita con sus propias manos. En la planta de abajo vive una de sus hijas. Otra sigue con ella en la vivienda de arriba. La casa con terreno, por donde corretea un perro blanco y gris de pelo rizado, está cerca del pequeño parque infantil del barrio. Sobre la fachada una pancarta: 'Aquí vive María Jesús, 84 años. Casa hecha por ella y su marido“. ”Ahora se la tiran, ¿queréis otra Maricarmen?“ interroga el lienzo blanco.

Pero en cada casa hay una historia. Álbumes de fotografías cargadas de recuerdos. Detrás de cada puerta hay una memoria sentimental. Una casa es algo más que cuatro paredes, es un hogar. Las seis generaciones familiares de Andrea, la hipoteca que sigue pagando Jesús, la vivienda que compró hace dos meses con todo su entusiasmo una pareja joven con un niño pequeño, las casas de Pulito, Maxi, Rafa, Jesús, Ana, Mariano y Magdalena. La del abuelo de Ángela o la de Luis, completamente reformada. De repente, ya no valen nada con la setencia de muerte del PSIR.

Los vecinos de Rucandial delante de la casa de María Jesús.

María Jesús es la propietaria de su casa de dos pisos y un terreno alrededor donde la altura y la envergadura de los árboles dan testimonio del paso del tiempo. Al fondo, un sauce llorón parece acariciar la hierba perfectamente recortada. Ella llega bien abrigada al parque para reunirse con los vecinos y hablar con elDiario.es, arropada por sus cuatro hijos y el resto de su familia. Sacan un cojín para que se siente más cómodamente en el banco de madera.

Es otoño en Santander y la tarde azul hace brillar el verde de los 'praos' -en el habla local- que rodean el barrio a las afueras de Santander. Alrededor, todo es silencio. Al fondo, la urbanización de chalés de Soto de la Marina, que ya tiene algunas décadas y que está fuera de la línea roja del PSIR, el Plan Singular de Interés Regional que ha anunciado el Gobierno de Cantabria para recalificar ocho kilómetros de terrenos rústicos, en su mayoría propiedad de Real de Piasca, que lleva veinte años intentando sacar adelante esta operación inmobiliaria.

“Yo no me marcho, me tiran la casa encima”

En Rucandial todavía se escucha cantar a los pajaros por la mañana. Al lado del parque suena el murmullo del manantial que abastece al antiguo lavadero de piedra donde María Jesús hacia la colada y recogía el agua de la fuente, porque entonces el barrio no tenía ni luz ni saneamiento.

Aquí no había nada. “Todos los vecinos tenían vacas, además de su trabajo de jornal”, revive. Dice que aprendió a ordeñar de casada y que aquellos días empezaban en la cuadra a las seis de la mañana y después seguían con la casa y la crianza de cuatro hijos.

“Si me tiran la casa me muero, y que echen la culpa a Sánchez”, ironiza. Ella -que está muy pendiente de la actualidad informativa- se enteró el domingo por la mañana. Se lo dijo su yerno. “Hemos estado abandonados de todo, no hace tanto estábamos sin autobús, que había que bajar a San Román o Peñacastillo, y ahora nos hacen caso para esto”, protesta.

“Yo no me marcho, me tiran la casa encima”, la Maricarmen de Rucandial se parece más a Amparo, la mujer que murió en el hospital mientras el Ayuntamiento derribaba su casa, también expropiada para hacer un vial en la zona de Las Llamas de Santander hace once años.

Los vecinos dicen que María Jesús es una gran cocinera y que hace una leche frita de primera. “Hacía”, sonríe ella. Parece mucho más preocupada por los movimientos de la promotora. “A 40 euros el metro cuadrado están ofreciendo”, dice.

La mujer pone el acento en ese contorno irregular del PSIR, algunas de las propiedades que esquiva con un requiebro esa línea roja que supone el derribo. “Mucho elegido, los huecos del plano que no se tiran son de los ricos del pueblo”, espeta. “No habrán querido decir que van ahora con todo”, apunta otro propietario.

Pancarta reivindicativa en la casa de María Jesús, la vecina de 84 del barrio de Rucandial que se pretende expropiar para hacer 8.000 viviendas de promoción privada en Santander.

Un barrio construido por los propios vecinos

“Aquí casi todos hemos nacido en casa, cuando no había costumbre de ir al hospital” -explica otra vecina- “y también queremos morirnos aquí, en nuestras casas”. Rafa y Ana son hermanos, él vive en la casa de sus padres y ella en la que se hizo al lado. Una tiene 40 años y la otra 20. Rafa recuerda cómo era la vida en el barrio. Las coladas blancas en el lavadero y el trabajo del campo. Las vacas en el prao.

Cuando María Jesús y su marido se casaron, hace casi seis décadas, no había nada. El barrio lo construyeron los vecinos, con sus propias manos. En los años 70, el entonces alcalde Juan Hormaechea les dijo: no hay dinero para hacer las obras pero puedo compraros los materiales.

Así se hizo y los vecinos durante año y medio estuvieron haciendo las zanjas para el saneamiento, colocando las tuberías para que saliera agua de los grifos y metiendo los cables de la luz, porque Rucandial estaba aislado y a oscuras.

Una vecina recuerda que cuando fue a dar a luz estaba todo el pueblo en obras y tuvo que ir saltando por los praos con las contracciones del parto para poder llegar al hospital.

Vista desde el lavadero de Rucandial del una parte del terreno donde se levantarán 8.000 pisos.

A Rafa también le preocupa qué va a pasar con el encinar de más de 200 años de Corbán, cerca del seminario. No vaya a ser que el proyecto 'Bosques de Cantabria' las quite para plantar algunos otros árboles jóvenes. “Uno de los tres plátanos más importantes de la ciudad, que nunca ha sufrido una poda, está allí y lo pasan por en medio”, advierte con notable preocupación e interés por el ecosistema de la zona.

A la vez, reconoce que el daño psíquico a los vecinos es irreparable. “La mejor política social es hacer feliz a la gente y aquí va a haber daños irreversibles”. Por eso lanza un ruego: que no lleven a la gente a la desesperación “porque entonces el raciocinio ya no existe”, advierte.

“Es vergonzoso que te tengas que enterar por un vecino”

Pulito no se enteró hasta al día siguiente. Fue el único del barrio que llegó tarde a la noticia. “Es vergonzoso que te tengas que enterar porque te lo dice un vecino y no el Ayuntamiento o el Gobierno”, reprocha. “Nadie de ese barrio ha puesto la casa venta”, afirma.

En la conversación, Jesús explica que todavía está pagando la hipoteca de “una casuca vieja, un poco arreglada” con un pequeño terreno que compró hace cinco años, cuando se vino a Rucandial desde Peñacastillo. Justo ahora que se acaba de jubilar y se quebrado el sueño de tener una vida tranquila. “Parece mentira que nos traten así a los ciudadanos” -protesta- “¿Esto es un gobierno? aquí no mandan los políticos, manda el constructor”.

“Encima quieren cambiarnos de municipio porque la localización de los pisos que nos ofrecen no es la misma. Yo soy vecino de Santander, no entiendo que me puedan cambiar a Bezana”, protesta Manuel. Maxi añade que les van a quitar su casa y el terreno “desde dónde vemos el mar y los Picos de Europa para meternos ahí abajo en un agujero”, dice mientras señala las parcelas donde en teoría se ubicarán las nuevas construcciones.

Ángela se presenta como la nieta del Paloma, 'el dedos'. “Yo todos los días paraba a hablar con tu abuelo”, recuerda Manuel. Ella y Andrea son algunas de las jóvenes que estan decididas a luchar por las casas familiares donde se han criado varias generaciones. “Estamos en rojo, familias de toda la vida”, suspira otra voz. “No han contado con el factor del arraigo familiar”, interveniene otro joven.

Recuperar la esencia de barrio “cargándose el nuestro”

Una de las cuestiones que más irrita a los vecinos es que el proyecto 'Bosques de Cantabria' pretende recuperar la esencia del barrio “cargándose uno, el nuestro”, afea Luis. De hecho, la propia tipología de las casas, alejada de la uniformidad estética de las urbanizaciones más modernas, precisamente le confiere esa esencia. Con la diferencia que no es una recreación, sino que es auténtico.

Otra de las múltiples dudas que despierta la operación inmobiliaria para construir 8.000 pisos en Santander es que esta zona está en la línea de influencia del aeropuerto -es una área de servidumbre aeronáutica- y los vecinos han tenido que pedir permisos hasta para elevar un poco sus tejados. ¿Cómo es posible entonces que se vaya a hacer un rascacielos y torres de pisos?, se preguntan.

Una de las casas que se pretenden expropiar con pancartas reivindicativas.

Algunos vecinos no es la primera vez que se enfrentan a una expropiación. “A mi me llevaron un buen terreno para hacer la carretera y la acera, pero qué vas a hacer, es para el bien común. Esto otro, no”, apostilla una de las vecinas desde la puerta de su casa, en la calle donde para el autobús. “Primero lo del PCTCAN y ahora ésto, ya me llevaron terreno para ensanchar la carretera”, cuenta otra afectada que también se quedara sin casa.

Por su parte, Magdalena lleva años pidiendo que pongan un badén delante de su casa para frenar a los coches que pasan a mucha velocidad. “He bajado cuatro veces al Ayuntamiento de Santander, he estado con los concejales de barrios, de urbanismo”, cuenta. Acabaron por decirl que ya habían puesto muchos en otras zonas y que los conductores de los autobuses municipales se quejaban de que se les resiente la espalda cuando pasan por los badenes. “En los badenes no hay para repartir, pero en esto sí. Esa es la diferencia”, zanja otro vecino que escucha a su lado.

“Aquí no ponen ni un árbol de Navidad y ahora vienen con ésto, ahora se acuerdan de nosotros para hacer la Ciudad de la Justicia, ¿dónde está la justicia?”, pregunta Jesús.

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