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¿Biometano? La revolución pendiente en Castilla-La Mancha

Coordinadores de Movimiento Sumar Castilla-La Mancha
Participantes en una protesta en Campos del Paraíso contra seis proyectos de biogás entre este municipio conquense, Tarancón y Huelves

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Hace ya décadas que cambió radicalmente nuestra forma de vida. Mucha gente del rural emigró a las ciudades en busca de un futuro mejor, empujados por el paro y la mecanización de las tareas agrícolas. Castellanomanchegos y castellanomanchegas, que no sabían ni que lo eran, construyeron lo que serían los barrios obreros de Madrid y Barcelona.

Desde entonces, vivimos en una España de dos velocidades. A las ciudades ha llegado antes el agua corriente, la luz, el internet y las oportunidades. Llegaban antes allí por un criterio muy razonable para muchos: la rentabilidad. El dinero dibujo fronteras que no podemos ver como vemos la valla de Melilla, pero que están ahí, y que sentimos. Los pueblos, especialmente en los últimos veinte años han ido perdiendo servicios: han cerrado bancos, escuelas y centros de salud.

Pero algo está cambiando en esa España olvidada. La tierra tan despreciada durante décadas vuelve a ser foco de interés, económico por supuesto.

Los que manejan el dinero no tienen más ideología que seguir acumulándolo. Por eso, en este nuevo tiempo, en el que la justa prioridad es descarbonizar nuestra economía y producir energía de manera soberana y menos contaminante, los que manejan el dinero también encuentran su oportunidad de negocio.

Esta vez han fijado el foco en nuestros pueblos, y se ayudan de gobernantes que les ponen alfombra roja sin echar cuentas, sin planificar y sin poner límites. ¿Les suena?

El gobierno de García-Page aprobó hace unos meses el Plan de Biometanización de Castilla-La Mancha. Aprobación, que no estuvo exenta de polémica, puesto que la empresa que lo redactó es la misma que diseña, construye y opera las plantas de biogás. Lo que viene siendo un conflicto de intereses de manual.

Pero hay más, el pago por este servicio de consultoría se hizo en dos facturas que casualmente tienen el importe límite para no tener que sacar el servicio a concurso público.

¿Se acuerdan de lo que decíamos de la España olvidada? ¿La de la segunda marcha? Resulta que esa España está llenita de pueblos, de pequeñas comunidades resistentes empeñadas en no aceptar el frenesí urbanita y de no contaminarse con la sensación de que aburrirse, es estar perdiéndose algo.

No quiero idealizar la España rural, que sin duda sigue teniendo infinitos retos propios como la integración de la diversidad étnica o sexual. Pero que también tiene infinitas cosas que proteger, como las noches al fresco, el contacto con la naturaleza, las pausas, los “Marí, me he quedado sin huevos para la tortilla” o el trabajar a 10 minutos de casa.

Pues esa España, la de la resistencia rural, la de familias que sacan adelante sus explotaciones agrarias, pero también las cooperativas, también la de las mujeres rurales, y la de la innovación y la ciencia, y la que sufre el sexilio, esa España, está en pie de guerra.

Y lo está porque ya no es la misma que hace 40 años. Hoy en nuestros pueblos vive gente que no quiere dinero rápido a cambio de hipotecar su futuro. Quiere garantías, quiere participación y quiere decidir.

Sin embargo, el Plan de Biometanización va justo en la dirección contraria. No plantea un modelo público, ni comunitario, ni descentralizado. No pone la energía en manos de la gente. Lo que propone es un modelo extractivista de manual: grandes inversiones privadas, grandes instalaciones y beneficios que se van fuera del territorio.

El esquema es sencillo: las empresas ponen el capital, la administración facilita los trámites—y, si hace falta, acompaña con subvenciones—, se construyen las plantas y los beneficios terminan en las cuentas de los inversores.

Mientras tanto, el territorio asume los impactos: el tráfico pesado, los olores, la presión sobre suelos y acuíferos, y un modelo productivo que no se cuestiona, sino que se refuerza.

Porque ese es otro de los grandes problemas del plan: no reduce los residuos, los necesita. No cambia la ganadería intensiva, la hace rentable. Convierte los purines en negocio, y con ello se corre el riesgo de incentivar aún más el modelo que está en el origen del problema.

Se nos vende como economía circular lo que, en muchos casos, es simplemente dar una vuelta más al mismo sistema. Además, incluso, algunos expertos cuestionan la viabilidad de las explotaciones tal y como están planteadas.

Y todo ello, además, con una promesa de empleo muy limitada. Mucho capital, pero poca mano de obra. Mucha inversión, pero poco retorno social.

Castilla-La Mancha tiene una oportunidad histórica: liderar una transición energética justa, democrática y arraigada al territorio. Apostar por cooperativas energéticas, por plantas de pequeña escala, por modelos donde la energía sea de la gente y los beneficios se queden en los pueblos.

Pero el gobierno regional ha elegido otro camino, el de siempre, el de convertir el territorio en un recurso. El de llenar la España rural de proyectos que se deciden fuera, se ejecutan desde fuera y cuyos beneficios se marchan fuera.

Frente a eso, cada vez más gente lo tiene claro: la transición ecológica debe ser justa y democrática. La transición energética debe ser nuestra prioridad, hay que apretar el acelerador, y más en el contexto internacional en el que nos encontramos, pero eso no está reñido con que por primera vez aprovechemos la oportunidad para que gane la gente común.

Este sábado, la Asociación Campos del Paraíso ha organizado una manifestación para protestar contra las plantas de niogás que pretenden instalar en Carrascosa del Campo con el lema “Ni en tu pueblo ni en el mío”.

Este pequeño municipio de menos de 600 habitantes de la provincia de Cuenca se ha movilizado con un extraordinario éxito congregando a unas 2.000 personas, pero no es el único. Son muchos los municipios que se están organizando contra estas políticas. Por poner un ejemplo, el pasado día de la región en Albacete, también estuvo marcado por las protestas de manifestantes a la entrada del acto institucional. Nosotros estuvimos con ellos, pero el presidente Page no fue capaz de acercarse y simplemente saludar.

Nuestros pueblos no están dispuestos a volver a ser el lugar donde otros vienen a hacer negocio. Y nosotros, Movimiento Sumar, tampoco. Estaremos en las calles, con la gente, escuchando y haciendo propuestas para que en un futuro, cercano, podamos cambiar el rumbo y que esta transición no sirva para llenar los bolsillos de unos pocos sino para garantizar unos pueblos limpios y soberanos donde merezca la pena vivir.

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