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Castilla-La Mancha, ejemplo de cómo implantar mal el bilingüismo

Marcial Marín presenta los programas de plurilingüismo y Abriendo Caminos. Foto oficial.

Sorprendentemente para dar materias en otro idioma tan solo se requiere tener el nivel B2. Imagino que no se consultó a los expertos en política lingüística de Cataluña, con décadas de experiencia en educación bilingüe y probablemente con el sistema de educación bilingüe más exitoso de Europa. Allí los profesores han de acreditar el nivel C1 de catalán para dar clase, y además el catalán forma parte de sus vidas diarias al vivir en una sociedad bilingüe. Es decir, claramente mejor formados lingüísticamente que los docentes castellanomanchegos con el B2, que además viven en una sociedad monolingüe.

Para juzgar si un profesor ha de tener el B2 o el C1, ha de tenerse en cuenta que la labor del profesor de primaria y secundaria no se ciñe exclusivamente a impartir una materia, sino que hay una serie de contenidos llamados transversales que deben ser tratados en varias asignaturas. Por ejemplo, la elaboración de un comentario de texto, aprender a estructurar un texto coherentemente, o valores como la tolerancia, tienen cabida en todas o casi todas las asignaturas. El profesor de inglés cuando habla de tradiciones culturales está fomentando el respeto a la diversidad, y la de historia cuando corrige un comentario de un texto histórico, corrige el contenido, pero también mira si el texto tiene una coherencia y una estructura interna. Obviamente, para ello se requiere un conocimiento profundo del idioma.

Precisamente, esos mecanismos de organización y cohesión textual pertenecen al nivel C1, y no al B2. El nivel B2 posibilita “entender las ideas principales de textos complejos”, pero el usuario B2, a diferencia del C1, no es capaz de “reconocer sentidos implícitos”. Si el profesor no es capaz de reconocer esos sentidos implícitos, si no ha terminado de adquirir los mecanismos de organización y cohesión textual en inglés, ¿cómo va a enseñar todo eso al alumnado?

Tampoco hay que olvidar que el profesor ha de ejercer de modelo lingüístico. Se espera de un profesor que tenga un vocabulario y unas estructuras gramaticales extensas para poder emplear un lenguaje académico. Sin embargo, los usos académicos del lenguaje se reservan también al nivel C1. Por todo ello, pienso que el nivel B2 es claramente insuficiente, y que se si el gobierno regional se empeña en implantar el bilingüismo de esta manera, solamente se podrá conseguir a costa de un empobrecimiento de los contenidos, y de un tratamiento paupérrimo de los contenidos transversales. Es importante subrayar que a menudo los contenidos transversales, como el anterior ejemplo de la coherencia textual, son habilidades y no conocimientos (que se reservan para las materias específicas). Todas las teorías contemporáneas de pedagogía hacen énfasis en las habilidades, ya que permiten al alumnado desarrollar una formación continua incluso tras su paso por el sistema educativo.

En mi opinión, se deberían tener en cuenta otras maneras de fomentar la competencia lingüística del alumnado que no perjudican la adquisición de contenidos en las distintas materias ni de los contenidos transversales. Las medidas aquí detalladas han demostrado ser muy eficaces en países de nuestro entorno. Para empezar, la formación del profesorado de lengua inglesa sigue siendo mejorable. En muchas universidades europeas se requiere a quienes estudian una lengua extranjera que pasen uno de los cuatro años del grado en un país donde se habla esa lengua. Naturalmente con apoyo financiero.

Más importante aún sería el uso generalizado de desdobles en las clases de idiomas. El ratio profesores/alumnos es esencial en cualquier materia, pero más en la enseñanza de idiomas. Si la clase de historia o biología no es participativa, pierde efectividad. Si la clase de inglés no es participativa, es sencillamente imposible que el alumno aprenda a hablar. Obviamente, para que la clase sea participativa, el número de alumnos ha de ser reducido.

Por último, esa mejor formación del profesorado de lenguas extranjeras, junto con los desdobles (la media más importante) podría complementarse con una mayor contratación de auxiliares de conversación (según europapress en este curso hubo 39 para toda la región). Los auxiliares no solo enriquecen el nivel de inglés empleado en las aulas con su dominio de nativos, sino que además son una manera informal pero excelente de aumentar la competencia lingüística del claustro, ya que pueden conversar con ellos a diario.

En definitiva, el bilingüismo es sin duda una oferta educativa muy interesante, pero siempre y cuando el profesorado tenga un nivel lingüístico suficiente para transmitir con éxito los conocimientos de su materia y los contenidos transversales. Como hemos visto, difícilmente es eso posible con el nivel B2. Si además, el profesorado critica duramente la formación que están recibiendo para ese B2, y que su formación depende de que ellos se la costeen, el resultado no puede ser satisfactorio.

Mario Ruiz tiene un máster en Bilingüismo por la Bangor University de Gales.

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