La 'Odisea' del dolor: once meses esperando una cita (y contando)
Ulises tardó diez años en volver de Troya a Ítaca. A mí, la Unidad del Dolor del Complejo Hospitalario de Albacete me lleva desde finales de agosto navegando por un mar de tonos de espera, contestadores automáticos y un teléfono que solo existe entre las ocho y las diez de la mañana, como si fuera un portal dimensional que se abre y se cierra por voluntad propia. Calculo que, a este ritmo, llegaré a mi Ítaca particular —una consulta con el especialista— más o menos cuando mis hijos terminen la universidad.
La historia, para quien no la conozca, es sencilla y a la vez perfectamente kafkiana. Mi médico de traumatología, en agosto, decidió que ya no podía hacer más por mis problemas de cadera y pierna y me derivó a la Unidad del Dolor. Con buen criterio, me avisó de que tardarían. “Ten paciencia”, me dijo. Lo que no me dijo —porque probablemente ni él lo sabía— es que 'paciencia' en el diccionario del Servicio de Salud de Castilla-La Mancha se mide en semestres.
La cita llegó a finales de enero. Cinco meses de espera para la primera consulta, que, dicho sea de paso, no está nada mal si lo comparamos con los diecisiete meses que un paciente de la propia Castilla-La Mancha esperó para ser visto en la Unidad del Dolor del Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo, según recogió la prensa hace un par de años. Empezamos ya con buen pie: al menos no soy el peor caso de la comunidad autónoma. Es un consuelo pequeño, lo reconozco, pero en esto hay que agarrarse a lo que se pueda.
El problema vino después. El día señalado para mi cita amanecí con una gastroenteritis de las que hacen historia. Confieso que, en un arrebato de heroísmo mal entendido, valoré presentarme igualmente con tal de no perder el hueco. Por fortuna, la sensatez —y el sentido común de mis tripas— se impuso, y opté por llamar ese mismo día para avisar y pedir que me reprogramaran.
Aquello, que en cualquier sistema mínimamente funcional sería un trámite de cinco minutos, se ha convertido en mi particular Stranger Things: cada vez que marco el número de reprogramación de citas, tengo la sensación de estar llamando a la puerta del Mundo del Revés. Se abre, sí, pero al otro lado no hay Demogorgon ni Once con sus poderes: solo silencio, comunicante, o la desconexión educada tras diez minutos de espera.
Hoy es 8 de julio. Han pasado más de cinco meses desde aquella gastroenteritis y todavía no tengo nueva cita. No es que no lo haya intentado: he llamado, sin exagerar, en torno a doscientas veces, siempre dentro de la estrecha ventana horaria de las ocho a las diez de la mañana que, por lo visto, es la única en la que el teléfono se digna a existir. He presentado tres quejas a través de Atención al Paciente. El resultado, para quien tenga curiosidad estadística, ha sido de una elocuencia devastadora: cero respuestas. Ni una. Ni para bien ni para mal. El silencio administrativo elevado a categoría artística.
Y no soy un caso aislado ni mucho menos el más grave. El propio Defensor del Pueblo ha tenido que intervenir en el pasado para pedir a la Consejería de Sanidad de Castilla-La Mancha que redujera la demora en esta misma Unidad del Dolor de Albacete, después de que un paciente esperase años por un procedimiento ya programado. Y las cifras generales tampoco ayudan a la épica: Castilla-La Mancha suma más de 30.000 personas en listas de espera sanitaria, con la Unidad del Dolor entre las especialidades, junto a Traumatología, que acumulan más demora en el conjunto del país. Así que no, no es un capricho mío. Es un patrón.
Quiero pensar que detrás de cada llamada que nadie coge hay compañeros sanitarios desbordados, con menos manos de las necesarias, no una indiferencia deliberada. Pero el sistema, tal y como está montado, no distingue entre el paciente con paciencia infinita y el que ya no puede más de dolor. Y ese matiz, que parece pequeño, es justo el que convierte una demora administrativa en un problema de salud.
No pido un milagro. Pido lo que cualquier persona que cotiza religiosamente a la Seguridad Social debería poder dar por hecho: que si te dan una cita, te la respeten o te la reprogramen en un plazo razonable; que si llamas, alguien conteste; que si pones una queja, alguien la lea. Pido que se refuerce el servicio si no hay médicos suficientes, que se abran más líneas si el teléfono colapsa, y que a los pacientes de la Unidad del Dolor de Albacete se nos trate con la humanidad que el nombre de la unidad, con cierta ironía, promete.
Porque, seamos sinceros, cabe preguntarse: ¿es este el servicio que nos merecemos los ciudadanos de Castilla-La Mancha? ¿Es esta la “gestión eficiente” de listas de espera de la que tanto se presume en las notas de prensa institucionales? Y ya puestos a pedir, ¿son estos los grandes adelantos que nos iba a traer la Inteligencia Artificial, de la que no se habla de otra cosa en 2026? Porque a mí, de momento, ni un chatbot me ha cogido el teléfono a las ocho y media de la mañana. Igual ahí, paradójicamente, tendrían más suerte que conmigo: al menos una máquina no cuelga.
Mientras tanto, seguiré llamando cada mañana entre las ocho y las diez, como quien reza una novena. Ulises, al menos, sabía que algún día llegaría a Ítaca. Yo, de momento, solo tengo un número de teléfono que comunica.
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