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La reforma de los servicios de salud mental en la provincia de Albacete fue la historia de un cambio de mirada: de un sistema que se limitaba a custodiar cuerpos en un manicomio moderno, a acompañar vidas en la comunidad. Esa transición, que comenzó como una apuesta valiente de un pequeño grupo de profesionales y responsables políticos, explica en buena medida el mapa de recursos y la cultura asistencial de la que Albacete dispone hoy.
Durante años, el Hospital Psiquiátrico Provincial Virgen de la Purificación, en 'Las Tiesas', fue el símbolo de la respuesta institucional a la locura en Albacete. Concebido a finales de los 60 e inaugurado en 1974 como “manicomio moderno” de más de 300 camas, encarnaba la lógica de la larga estancia, la separación física y la tutela perpetua. La provincia hacía lo que hacía el resto del país: invertir en el gran hospital psiquiátrico como eje de la asistencia, con escasa presencia de la salud mental en el territorio y mínima coordinación con primaria o con los servicios sociales. La arquitectura moderna no evitaba que el modelo fuera, en esencia, custodial: ingresar, aislar, cronificar.
La década de los 80 fue el momento en que esa lógica empezó a resquebrajarse. En 1983 se constituye la Comisión Ministerial para la Reforma Psiquiátrica y en 1985 se publica su Informe, que propone integrar la salud mental en la red sanitaria general, crear dispositivos comunitarios y reconvertir los grandes hospitales psiquiátricos.
En Albacete, como en otras provincias, ese marco estatal se encuentra con una generación de profesionales influidos por la psiquiatría comunitaria y la AEN (Asociación Española de Neuropsiquiatría – Profesionales de Salud Mental, una sociedad científica y profesional multidisciplinar dedicada a la salud mental), que empiezan a cuestionar abiertamente el modelo manicomial. No se trata solo de mover camas, sino de cambiar el lugar desde el que se mira al paciente: de sujeto peligroso y crónico a ciudadano con derechos, con un proyecto de vida que exige otra organización de los servicios.
Junto a Bleda García, Gracia Clavero y otros, publicamos un artículo de 1987 bajo el título La reforma de los servicios de salud mental en la provincia de Albacete, donde fijamos por escrito ese momento de ruptura. El relato que emerge de esa experiencia es muy nítido: la reforma no era un gesto, sino un proceso ordenado de desinstitucionalización, construcción de red y redistribución de poder profesional.
En la práctica, en nuestra provincia se hicieron tres movimientos decisivos:
- Desinstitucionalización progresiva: El hospital psiquiátrico va perdiendo centralidad y por ello se reduce el número de camas de larga estancia y se ponen en marcha alternativas residenciales y dispositivos de rehabilitación psicosocial, en lugar de seguir llenando pabellones. El hospital deja de ser el lugar “natural” del enfermo mental crónico y se reorienta hacia estancias más breves y funciones de apoyo especializado, con la comunidad como horizonte y no como excepción.
- Una Red comunitaria de salud mental: se desplazan las consultas externas del hospital psiquiátrico a un Centro de Atención a la Salud situado junto al Hospital General Universitario y se crean Unidades de Salud Mental vinculadas a áreas sanitaria. Es ahí donde equipos multiprofesionales (psiquiatría, psicología clínica, enfermería de salud mental, trabajo social) asumen la asistencia ambulatoria y tejen la coordinación con atención primaria y servicios sociales.
- Reorganización territorial y por niveles: la lógica provincial única del manicomio se sustituye por una distribución por áreas de salud, acercando los dispositivos a la población y definiendo distintos niveles: primaria, centros de salud mental, recursos intermedios (hospital de día, comunidades terapéuticas, pisos supervisados) y hospitalización breve en hospitales generales. Esa arquitectura en niveles expresa una idea política: la vida cotidiana debe ocurrir fuera del hospital, y el hospital solo es un recurso entre otros.
La reforma fue un proyecto colectivo. Nada de esto habría sido posible sin un tejido de alianzas. La reforma en Albacete se inscribe en la corriente de psiquiatría comunitaria española, abanderada por la AEN, que defiende una atención basada en la comunidad, la prevención y la inclusión social. Pero, a escala provincial, la lectura fue aún más concreta: se articuló un equipo técnico que tomó el Informe de la Comisión Ministerial y lo tradujo a decisiones de planta, de guardia y de agenda.
Al mismo tiempo, las familias y las asociaciones empezaron a organizarse, reclamando recursos intermedios, hogares en comunidad, programas de rehabilitación, en un contexto donde el “cierre del manicomio” podía vivirse tanto como una amenaza como una oportunidad. La reforma, en ese sentido, fue menos un decreto que un proceso de negociación permanente entre profesionales, pacientes, familias y administración.
Del manicomio pasamos a la red actual: una herencia ambivalente. A medio plazo, los efectos son evidentes. Desde los años 90 se refuerza una red de recursos de rehabilitación y apoyo comunitario (residencias, centros de rehabilitación psicosocial, viviendas tuteladas), a menudo impulsados por asociaciones de familiares y después integrados en dispositivos regionales. Los planes de salud mental de CastillaâLa Mancha señalan explícitamente que el modelo comunitario vigente nace de la reforma y de la desinstitucionalización iniciadas en los 80.
En 2006, se produjo el cierre práctico de 'Las Tiesas' y su sustitución por el Centro de Atención a la Salud Mental de Albacete, con Unidad de Media Estancia, Hospital de Día y programas de tratamiento asertivo comunitario, lo que simboliza que el territorio ha ocupado el lugar del manicomio. Hoy, la provincia dispone de un entramado de unidades de salud mental, recursos de media estancia y dispositivos comunitarios que habría sido impensables sin aquella ruptura.
Pero esa herencia es ambivalente. Por un lado, la red comunitaria ha demostrado que es posible vivir fuera del hospital sin que la única alternativa sea la reclusión familiar. Por otro, la presión asistencial crónica, la precariedad de algunos recursos y la persistencia de inercias manicomiales en determinadas prácticas recuerdan que no basta con cambiar los muros si no se transforma también la cultura y las condiciones materiales de trabajo.
Mirar la reforma de Albacete desde el presente obliga a evitar dos tentaciones: la nostalgia acrítica y la complacencia institucional. La nostalgia, porque idealizar los ochenta como un tiempo heroico puede invisibilizar los límites de aquel impulso y despolitizar los conflictos que lo hicieron posible. Y la complacencia, porque presentar el modelo actual como “reforma culminada” corre el riesgo de convertir en paisaje lo que sigue siendo un campo de disputa.
La red que hoy conocemos, con residencias comunitarias, plazas sociosanitarias, viviendas supervisadas, hospital de día, programas comunitarios, etc, es hija de aquella reforma, pero opera bajo condiciones muy diferentes: medicalización creciente, cronicidad social, presión sobre la atención primaria, fragmentación entre lo sanitario y lo social. En este contexto, el discurso de la comunidad puede convertirse en coartada si no va acompañado de recursos suficientes, estabilidad de los equipos y políticas decididas de inclusión social.
La lección más valiosa de la reforma en Albacete quizá sea otra: los dispositivos no se inventaron en abstracto, se diseñaron mirando a los pacientes concretos que llenaban el hospital provincial y los pueblos de la provincia. Recuperar ese gesto de partir de la vida real y no del organigrama, es probablemente la forma más honesta de honrar aquel trabajo del equipo que acometimos aquella reforma.
Hoy, hablar de salud mental en Albacete sin recordar que hubo un tiempo en que la locura se medía en metros de pabellón y no en proyectos de vida es perder de vista el hilo histórico que sostiene lo que se hace cada día en consulta, en planta y en la comunidad. La reforma no es solo un capítulo cerrado, sino una pregunta abierta sobre qué quiere decir, aquí y ahora, cuidar la mente y la vida de las personas en un territorio que ya aprendió una vez a salir del manicomio.