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CATALUNYA

Belgrado: cruce de ríos y culturas en el corazón de los Balcanes

Belgrado es una ciudad joven y cosmopolita donde pasado y presente conviven en armonía

Disfrutar de un atardecer desde la fortaleza Kalemegdan, con vistas a la confluencia del Danubio y el Sava, es un espectáculo visual imperdible

La Casa de las Flores es un luminoso invernadero donde descansan los restos del mariscal Tito junto a multitud de curiosos objetos que acumuló durante su vida

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Confluencia entre el río Danubio y el Sava desde la fortaleza Kalemegdan .

Confluencia entre el río Danubio y el Sava desde la fortaleza Kalemegdan. MARÍA MARTÍNEZ

Enclavada en la confluencia del Sava con el Danubio y próxima al cruce entre oriente y occidente, en un extremo de Europa, su posición estratégica ha hecho a Belgrado muy codiciada a lo largo de la historia. Romanos, otomanos o austrohúngaros, entre otros muchos, dejaron su impronta en una urbe que data del siglo 4 antes de cristo. Es una ciudad viva que abre un apetito voraz e irremediable por la historia, por intentar comprender y apreciar lo que esconden sus rincones, donde el paso de conquistas y guerras ha dejado una huella imborrable y duradera.

Otrora capital de la antigua República Federal Socialista de Yugoslavia, Belgrado es una metrópoli joven y cosmopolita donde pasado y presente conviven en armonía. Los viejos trolebuses y tranvías -algunos ya desaparecidos de las calles- se mezclan con Zaras, Mangos y demás sellos del capitalismo, componiendo una curiosa postal. Merece la pena recorrerla a pie, callejear y descubrir rincones, edificios, museos…Dejar de lado los prejuicios y disfrutar con el gris de sus calles, alegradas por los cientos de flores que las decoran cuando llega la primavera y los vistosos murales de arte urbano que destierran definitivamente la fama de ciudad sombría que la precede.

Detalle del mural que decora un céntrico edificio de Belgrado.

Detalle del mural que decora un céntrico edificio de Belgrado. MARÍA MARTÍNEZ

Las cicatrices de la historia

Resulta sencillo zambullirse en su vorágine, dejarse arrastrar por ella y despertar la curiosidad. Es una ciudad que invita a leer para saber más, para profundizar en el relato complejo, a veces hasta retorcido, de una región que siempre ha costado comprender y que aún hoy vive tocada por su reciente pasado, marcado por una cruenta Guerra de los Balcanes que dibujó un complejo escenario político en la región.

Igual que el Danubio se cruza y se funde con el Sava, multitud de culturas se han entrelazado en Belgrado y han dejado sus marcas en cada uno de sus recovecos. Visitar sus monumentos es revisitar las diferentes culturas y religiones que han dejado su impronta en la ciudad. Aunque la religión ortodoxa es mayoritaria en Serbia, existe aún una reducida comunidad musulmana -herencia del dominio otomano durante los siglos XXVI y XVII– y una aún más minoritaria comunidad judía, diezmada durante el Holocausto tras un floreciente periodo previo a la Segunda Guerra Mundial.

Tres edificios religiosos dan buena muestra de la mezcla de estilos arquitectónicos, legado de estas tres culturas. El Templo de San Sava -erigido sobre el enclave donde en teoría descansan los restos de San Sava, fundador de la Iglesia ortodoxa- resalta en primer lugar. Esta enorme construcción, iniciada en 1935 y aún inacabada, es el templo ortodoxo más grande del mundo. Del periodo otomano destaca la mezquita Bajrakli, una de las pocas que quedan en pie de esta época y la única que sigue funcionando como lugar de culto, mientras que a los judíos solo les queda la Sinagoga de Belgrado, un bello ejemplo representativo de la arquitectura del academicismo.

Otra parada obligatoria es la imponente fortaleza Kalemegdan. Enclavada en el corazón de la ciudad, en el punto donde se fundó la antigua ciudad romana de Singidunum, este espacio alberga actualmente zonas deportivas, un zoológico y hasta un museo militar ubicado en los fosos de la fortaleza. Su privilegiada situación en la cumbre de una colina regala una maravillosa vista panorámica de la confluencia entre el río Danubio y el Sava. Disfrutar de un atardecer desde esa impresionante atalaya es un espectáculo visual imperdible que deja un recuerdo imborrable.

Niños juegan en unos tanques ubicados en la fortaleza Kalemegdan.

Niños juegan en unos tanques ubicados en la fortaleza Kalemegdan. MARÍA MARTÍNEZ

Frenesí gastronómico en las kafanas

Y entre cuestiones tan elevadas también hay que dejar hueco para otros asuntos más mundanos como la gastronomía, otro reflejo de la mezcla de culturas que han ido dejando su sello en la zona. Eminentemente carnívora y profusamente condimentada, el recetario serbio también deja espacio a algunos vegetales como los que componen la srpska salata (a base de tomate, pimientos y cebolla) o el ajvar (una salsa mezcla de pimientos y berenjenas horneados).

Sin lugar a dudas, el ‘must’ que todo comidista debe conocer y degustar durante su estancia en Belgrado es el pljeskavica, una hamburguesa de carne de ternera bien especiada y cocinada a la parrilla que se puede adquirir en todos los rincones de la ciudad. Una delicia para el turista hambriento, que también puede calmar la gula con otros productos de la zona como los cevapcici -rollitos de carne que se sirven habitualmente sobre un pan plano acompañado de cebolla picada - o las dolma -un clásico de la zona balcánica, influencia del imperio otomano, consistente en un paquetito de hojas de vid que envuelven un relleno de carne picada y arroz.

El lugar perfecto para degustar todos estos manjares son las bulliciosas kafanas, tabernas tradicionales donde además de comer puedes vivir un frenesí inolvidable al ritmo de la música tradicional balcánica.

Restaurantes donde degustar la gastronomía local.

Restaurantes donde degustar la gastronomía local. MARÍA MARTÍNEZ

Retazos del periodo socialista

Volviendo a nuestro periplo histórico, el visitante también puede escoger entre más de 40 museos que alberga la capital de Serbia. Y si hay alguno que destaca entre todos ellos ese es el Museo de la Historia de Yugoslavia. Ligeramente alejado del centro, merece la pena desviarnos de nuestra ruta por un momento para perderse en los pasillos de un espacio que trata de explicar una compleja historia, con especial foco en la etapa socialista. Este templo de la Yugonostalgia recibe más de 100.000 visitantes anuales que tratan de empaparse durante unas horas de las memorias de esta república socialista. Un relato que no se puede entender sin la figura de su durante décadas jefe de estado: Josip Broz Tito, al que se dedica un amplio espacio.

Los carteles propagandísticos, fotos, cartas y demás objetos y recuerdos expuestos en este museo ayudan a crear una imagen general de un estado que logró mantenerse al margen del telón de acero y posicionarse como uno de los líderes destacado al frente del Movimiento de Países no Alineados. Retazos de historia -quizás ligeramente sesgados- que ayudan a acercarse a esa Yugoslavia fuerte, unida y con gran reconocimiento internacional, tan anhelada aún por muchos. Una etapa política que acabó con la Guerra de los Balcanes, un conflicto que ocupó cientos de páginas de diarios durante los años 90 y puso en evidencia la fragilidad de los procesos de convivencia cívica en la Europa posterior a la II Guerra Mundial.

El complejo museístico incluye además la Casa de las Flores, un luminoso invernadero donde descansan los restos del Mariscal Tito. Allí le acompañan multitud de curiosos objetos que acumuló durante su vida, muchos de ellos regalos de políticos y líderes mundiales con los que estableció relación durante sus más de 30 años de mandato. Trajes regionales o una armadura samurái, entre decenas de objetos, conforman una curiosa y ecléctica colección que pretende ser un extraño collage de una figura clave de la historia europea del siglo XX.

El pulso de la calle

Para poner punto y final a nuestro recorrido, es imprescindible tomar el pulso a la calle en el mejor escenario posible: los bares. El lugar idóneo para respirar el espíritu de sus habitantes e interactuar con ellos.

Cuando cae la noche, los numerosos barcos anclados frente a la orilla del río Danubio se convierten en discotecas flotantes. Locales vivaces y bohemios siempre llenos y bulliciosos, donde lugareños, turistas, Erasmus y gente de paso se mezclan entre coloquios frente a cervezas, chupitos de rakia y una selección de música que mezcla los trepidantes ritmos balcánicos con grandes éxitos internacionales. Una charla compartida que es la mejor manera de acabar de enamorarse de una ciudad que hechiza y nunca, nunca deja indiferente.

Vueling vuela de Barcelona a Belgrado.

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