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Las fiestas del fuego del Pirineo lidian con el 'turismo de experiencia': “Siempre hay algo de miedo a perder identidad”

Las fallas de Durro, una de las primeras del calendario

Pau Rodríguez

Barcelona —
23 de junio de 2026 22:35 h

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Con la llegada del solsticio de verano, los montes y las plazas de los pueblos del Pirineo se llenan de antorchas que iluminan la noche. Son las fiestas del fuego, una espectacular tradición que no entiende de fronteras –las hay en Catalunya, Aragón, Andorra y el sur de Francia– y que desde hace años atraen a multitud de turistas. Una creciente afluencia con la que lidian algunos pueblos, que apenas llegan al centenar de habitantes, para no morir de éxito. 

“Siempre ha habido algo de miedo a que se pierda identidad”, arranca Mireia Guil, antropóloga y autora de una tesis doctoral que analiza el impacto de la declaración de estas fiestas como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en 2015. Su trabajo, con más de 180 entrevistas sobre todo centradas en Vall d’Àneu y Vallée de la Barousse, ha recibido recientemente el premio Claustre de Doctors de la Universitat de Barcelona (UB) y antes la mención internacional en Universidad Sorbona Nueva de París.

Guil explica cómo cada localidad ha afrontado de forma distinta el aumento del turismo en las últimas décadas. Isil (comarca del Pallars Sobirà), de las que más visitantes recibe la noche del 23, limita la participación a los locales y su entorno; otras, como las de Andorra, abrazan el turismo sin tantos reparos, mientras que en Francia, algunos pueblos mantienen su tradición en un ámbito estrictamente comunitario y sin que haya llamado la atención de las masas de visitantes. 

Los troncos se secan días antes en el monte en Isil antes de las fallas del día 23

El reconocimiento por parte de la Unesco de las Fiestas del Fuego del Solsticio de Verano del Pirineo alcanza a 63 pueblos y aglutina una diversidad de celebraciones en torno al fuego. Están las fallas, como se las conoce en Catalunya y Aragón, que consisten en descender de la ladera del monte hacia el pueblo con antorchas encendidas a hombros, formando un río de fuego. En la región occitana (Vall d’Aran y Francia) se enciende un gran tronco en el pueblo (el haro o brandon), y en Andorra se dedican a hacer girar las fallas por el pueblo para crear vistosas bolas de luz. 

Aunque algunas se dejaron de hacer y se retomaron hace escasas décadas, las fallas se remontan a siglos atrás. La primera mención en un documento es de 1543 en Alàs y Torres d’Alàs (comarca del Alt Urgell).

De ahí el arraigo y la preocupación por conservar una celebración que en el caso de los pueblos catalanes se remonta a años antes del reconocimiento de la Unesco. Las Fallas de Isil fueron declaradas Fiesta Patrimonial de Interés Nacional por la Generalitat en 1991. “La intención no era atraer turismo, sino reivindicar un Pirineo vivo, activo, con patrimonio e identidad”, señala Guil. Fue más adelante, a partir de los 2000, que se empezó a concebir este patrimonio “como elemento de atracción” para visitantes como contrapunto a la temporada de invierno. 

Las fallas de Durro, que abren el calendario, mientras descienden hacia el pueblo

Isil, con menos de cien habitantes durante el año, atrae desde hace tiempo a cientos de turistas. Con la declaración de la Unesco los multiplicó y alcanzó los 4.000, pero ya antes quedaba desbordado y optaron por cerrar los accesos al pueblo en coche. 

Se suele decir que los locales se marchan del pueblo para evitar aglomeraciones, pero Guil lo desmiente. “No es tan extremo; algunos hacen el discurso de que se irán, pero se acaban quedando porque es la fiesta del pueblo”, afirma. “Quizás la miran con un poco más de distancia, eso sí”, reconoce. 

“Es un sentimiento de desposesión, te sientes desprovisto de tu propia fiesta”, describe Guil. “Esto pasó sobre todo cuando la declaración de la Unesco, pero creo que se ha atenuado”, añade. Una de las razones de esto último, apunta, es que cada vez se cuentan más pueblos fallaires, lo que si bien genera cierta controversia, al mismo tiempo “esponja” el turismo. 

Pero la amenaza persiste y el auge del 'turismo de experiencias', que persigue no solo asistir a la fiesta, sino tomar parte de ella, añade un nuevo reto. Ya no se trata solo de ver cómo la serpiente de fallas desciende del monte, sino que se busca ser partícipe de ello –y dejar, de paso, constancia en Instagram. 

Aquí es donde difieren las estrategias de cada pueblo. Las Fallas de Isil son las más restrictivas. Los 60 fallaires que bajan desde el Faro con la falla a cuestas deben ser del pueblo o tener una vinculación acreditada con él (vecinos del Valle, segundas residencias…). “Su modelo pasa por limitar la participación, porque para ellos es muy importante que siga siendo para la gente del pueblo”, dice Guil. 

Otras son más abiertas, aunque con filtros. En las de Durro, que abren el calendario, hay más fallas y se puede apuntar gente de fuera, pero se debe conocer a gente del pueblo para que le acredite. En Alins, en el Pallars Sobirà, hay dos descensos, el del Botanal, solo para fallaires expertos, y el de Sant Quirc, al que se pueden sumar niños y personas que no tengan tanta vinculación con el pueblo. 

En Andorra, que lideró la candidatura a la Unesco, explica Guil que consiguieron hacer crecer el fenómeno y que se quemen fallas “en todas las parroquias”. “Aquí el turismo se acoge y no molesta tanto, aunque no es tan masivo”, apunta. Puede que tenga que ver, reflexiona, con que Andorra sea ya de entrada un país abierto a un turismo de esquí y compras tan poco vinculado a la identidad local, con lo que esta apuesta por el patrimonio se valora más. 

Y finalmente está el caso de algunos pueblos del Pirineo francés, donde las fiestas del fuego siguen ajenas al turismo. “En la zona occitana se considera una fiesta muy local, una cena de pueblo con el brandon que ni siquiera está pensado para ser mirado”, añade Guil. Desde luego, un contraste con los miles de curiosos que, móvil en mano, han acudido esta noche a Isil a presenciar las fallas más concurridas. 

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