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CRÓNICA

Junts, cinco años sin dar con la tecla

Laura Borràs, durante la campaña de las elecciones catalanas de 2021.

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Con una clara inspiración en las historias sobre grandes compañías tecnológicas que comenzaron en un garaje, el relato de la fundación de Junts, contado por sus protagonistas, tiene una mística similar. En él aparece Carles Puigdemont en noviembre de 2017, en un hotel de Bruselas acompañado solo de unos pocos fieles como Elsa Artadi, con la Generalitat intervenida por el 155 y unas elecciones cruciales a las que el ya expresident quiere presentarse. Para ello, tira de agenda de teléfonos y trata de reclutar a caras conocidas de la sociedad civil, deportistas, mundo del espectáculo y políticos de otras siglas. Formalmente, la lista será una coalición cuya infraestructura recaerá en el PDeCAT, pero la marca será Junts per Catalunya, recuperando el espíritu de Junts pel Sí de 2015, pero ya sin el mundo de ERC.

El 21 de diciembre de aquel año el independentismo obtuvo el mayor número de votos que ha conseguido nunca y Puigdemont dio la vuelta a las encuestas e hizo que Junts fuese el primer partido independentista, lo que le garantizó la llave del Palau. Pero lo que vino a continuación no fue una historia de éxito. Una presidencia más que accidentada de Quim Torra, la ruptura con el PDeCAT, enfrentamientos internos que llevaron a la salida de algunos de los que iniciaron el proyecto de Junts y un mal resultado electoral que lo convirtió en el tercer partido catalán y le hizo perder la presidencia del Govern.

Todo ello ha ocurrido durante cinco años en los que el proyecto ha estado en permanente replanteamiento estratégico, con liderazgos inestables y en paralelo al espacio de la Crida Nacional, que no cuajó. Una sensación de provisionalidad que acabó después de que Junts pasara de la coalición al partido en 2020 y Jordi Sànchez tomara las riendas de la secretaría general. El espacio se consolidaba, pero aún no daba con la tecla del éxito electoral.

El partido cierra la etapa de Sànchez este fin de semana en Argelers. La localidad del sur de Francia resultó la elegida por su simbolismo histórico en la retirada republicana y, en el plano práctico, para que Carles Puigdemont pueda acudir físicamente al cónclave. El expresident dará este sábado un paso atrás y se retirará de la vida orgánica que siempre le aburrió para centrarse en su tarea como eurodiputado. Los sustituirá un tándem formado por Laura Borràs, en la presidencia del partido, y Jordi Turull, en la secretaría general, dos políticos que se dirigían al choque pero que han acabado pactando una candidatura conjunta para evitar lanzar a las bases a una batalla en la que ambos podían perder. Se espera por eso una jornada sin sobresaltos, que tendrá su colofón el 16 y 17 de julio, cuando celebren la segunda parte de su congreso en L'Hospitalet.

Más allá del cambio de liderazgos, esas jornadas de julio pueden ser mucho más determinantes para el partido, porque allí acabará de fijarse el cambio en los estatutos pactado entre Borràs y Turull para que la presidencia y la secretaría general compartan funciones ejecutivas. Un cambio que, de nuevo, revisará las herramientas de las que se dotó hace solo dos años, cuando querían tener a Puigdemont como cabeza visible pero también a un Sànchez con plenos poderes para dirigir el partido.

Pero Borràs no quiere limitarse a ser una figurante ni tampoco está alineada con Turull en su visión sobre el partido. Pese a sus problemas judiciales por el caso de presunto fraccionamiento de contratos para favorecer a un amigo cuando estaba al frente de la Institució de les Lletres Catalanes (ILC), la presidenta del Parlament continúa teniendo un importante tirón entre las bases. Con la amenaza de plantar batalla en el congreso, Borràs consiguió que Turull se abriera a repartirse el poder con ella, pese a que el exconseller había conseguido hacerse con la mayoría de los engranajes del aparato del partido.

El binomio llega en uno de los momentos más complicados para Junts. La primera tarea será pilotar el partido en la era post-Puigdemont, un alejamiento solo formal, según sostienen tanto él mismo como su partido, pero que no será fácil de digerir. Desde el inicio, Junts ha sido un proyecto personal del expresident y, desde que naciera como lista electoral en aquella habitación del Husa President Park de Bruselas, siempre se ha construido alrededor de él. Pero además, el hoy eurodiputado ha sido el único capaz de llevar a la formación al cielo electoral, primero en los comicios catalanes de 2017, pero después también en las elecciones europeas, cuando quedó como primera fuerza con un 28,5% de los votos.

Nada parecido consiguió Borràs, una competidora electoral eficaz pero a la que sus críticos recuerdan que ha perdido tres veces ante ERC: dos en las generales y una en las últimas autonómicas. El nuevo equipo de Borràs y Turull se jugará el tipo en las próximas elecciones municipales, donde deberán demostrar que tienen un partido engrasado para mantener los feudos históricos de Convergència, atraer a algunos alcaldes y candidatos del PDeCAT que siguen teniendo tirón local en municipios medianos y, a la vez, no firmar un fracaso sonado en las ciudades grandes, entre ellas Barcelona. En la capital catalana, Elsa Artadi acaba de dar un paso atrás, lo que ha dejado a la formación sin candidata y les ha lanzado a una búsqueda apresurada. La persona que elija Junts dejará clara la impronta de la nueva dirección.

No menos importante para la vida política catalana será la opinión de Borràs y Turull respecto a la política de alianzas de Junts. Esta cuestión también ha sido tormentosa y cambiante a lo largo de los últimos cinco años en el espacio, con división primero sobre la moción de censura que llevó a Pedro Sánchez a la Moncloa, con reticencias internas después con el pacto de gobierno con ERC que convirtió a Pere Aragonès en president y, ahora, con sectores que reclaman romper el pacto de la Diputación de Barcelona con el PSC.

Respecto a la vida interna del Govern, las heridas con ERC no están ni mucho menos cerradas y los republicanos pueden acabar lamentando la marcha de Sànchez, con quien Aragonès se entendía. Pero Junts sigue sin participar en la mesa de diálogo por el choque con ERC sobre los miembros de la misma y ambas formaciones se muestran con frecuencia distantes en temas de mucho calado para un Ejecutivo, de las infraestructuras a la defensa del catalán. Pese a que a Turull le precede la fama de buen negociador, nada hace pensar que el cambio en la dirección de Junts vaya a cohesionar al Govern, menos aún si fruto de estos nuevos liderazgos hay algún cambio de nombres en el Ejecutivo, cosa que ERC, hoy por hoy, no descarta.

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