Memorias de una adolescencia obrera en la Barcelona de 1936: “Las banderas rojinegras eran dueñas de la calle”
“Algo grandioso y terrible se avecinaba con los días”. Así describió el escritor Joan Llarch el ambiente en la Barcelona obrera, de fábricas y ateneos, durante los primeros días de julio de 1936. Desde su barrio, el Clot, y en el taller téxtil donde trabajaba, este adolescente asistió al estallido de la Guerra Civil y lo dejó escrito décadas después en unas memorias, Los días rojinegros. Memorias de un niño obrero en 1936 (editorial Rosamerón), que ahora vuelven a ver la luz.
La “psicosis colectiva de exaltación” de esas jornadas lo marcaron. Rodeado de anarquistas, aunque sin desvelar él su militancia política, describe los combates callejeros del 19 y 20 de julio, en los que los milicianos contribuyeron decisivamente a frenar al Ejército sublevado, pero sobre todo aporta un testimonio muy detallista sobre el transcurso de esos días entre fábricas: colegas de taller que se convertirían en leyendas del maquis, propietarios escondidos, entierros multitudinarios, y la omnipresencia de la CNT y la FAI.
Nacido en Barcelona en 1920, aprendiz en la industria del textil desde los 16 años, y movilizado durante la Guerra Civil en la Quinta del Biberón, Llarch, que nunca se llegó a exiliar, plasmó sus vivencias sobre el conflicto bélico antes de la muerte de Franco. Los días rojinegros se publicó en 1975, pero ya antes escribió La batalla del Ebro (1971) o La muerte de Durruti (1973), todos con vocación de memoria histórica. “Su mirada es la de un espectador pasivo, y se muestra muy prudente en los testimonios que ofrece, en parte para no delatar a nadie”, sostiene Dolors Marín, historiadora y autora de la breve biografía que acompaña la actual edición.
Marín, que conoció durante la Transición a un Llarch asiduo al Ateneu Barcelonès, lo describe como un obrero autodidacta, ferviente republicano, y un prolífico escritor que se ganó la vida como guionista, biógrafo y articulista mucho más leído de lo que se recuerda. “Era un personaje admirado y conocido en los entornos de la cultura de base y politizada, no de la Barcelona más pija”, sostiene Marín. Con otros intelectuales como Manuel Cruells o Albert Pérez Baró, añade, fue de los primeros que se atrevieron a reivindicar el pasado republicano truncado.
Más allá de los hechos del golpe de Estado contra la República en Barcelona, Marín da especial valor a los recuerdos de Llarch de su infancia obrera. En una ciudad donde los trabajadores habitaban al lado de las fábricas, y se despertaban en barrios como el Clot o Poblenou con el sonido de sus sirenas, Llarch explica cómo tuvo que dejar los estudios con 16 años en 1936 para ganarse la vida en la industria textil local. Con una madre enferma –acabaría muriendo– y un padre muy mayor, no le quedó otra.
Un amigo le propuso probar en la cervecera Damm, pero acabó en la fábrica de tintes Mercader. El primer día, el señor Mercader ya le advirtió: “No olvides que cuando cumplas los diecisiete años te despediremos”. De esta forma se ahorraba la empresa subir tres pesetas los salarios de los aprendices, lo que desató ese año la primera huelga de estos jóvenes obreros, hijos la mayoría de inmigrantes.
“La fábrica parecía una cárcel y los obreros sus reclusos”, escribe el autor republicano. “Hablaban lo indispensable”, añade, aunque nada les impedía burlarse de los dueños y capataces cuando estaban solos, para evadirse de una existencia que describe sin ambages como “sórdida” y “triste”.
La tarea de los aprendices como Llarch dentro de la fábrica Mercader consistía en deshacer una madeja de algodón a golpes, para que después se pudiera pintar. Un acto repetitivo que les llenaban de ampollas las manos. “Los experimentados recomendaban a los recientes que se orinasen en las vejigas reventadas con objeto de que los sarpullidos se requemaran con la fortaleza de las micciones, y la piel se curtiera hasta endurecerse”, describe.
Socializado en entornos sindicalistas y anarquistas, en una ciudad donde más del 50% de la clase obrera era de la CNT, Llarch vivió desde dentro la resistencia barcelonesa contra el golpe de Estado. Aunque da a entender que no empuñó un arma, relata sus paseos entre barricadas en el Eixample. “Las banderas rojinegras eran las dueñas de las calles y de los edificios públicos”, explica sobre las horas posteriores al asedio al cuartel de las Drassanes, donde murió el dirigente anarquista Francisco Ascaso, y que puso fin al levantamiento militar en la ciudad.
Obreros patrullando eufóricos en coche con sus winchesters, iglesias desvalijadas, el comedor social en el Hotel Ritz… Y la colectivización de las fábricas. La suya llevó al dueño, el señor Mercader, a esconderse en su casa familiar del barrio de Horta para no ser asesinado. Quizás lo salvó que su sobrino, Peret, fuera oficial del Ejército republicano, o la protección del Comité de Control que había asumido la dirección obrera de los talleres.
Con quien se despacha a gusto el autor de las memorias es con Agustín, el jefe del Comité, al que se le puso pronto cara de dueño. “Su oculta soberbia y total falta de mentalización obrera quedaban patentes”, lamenta. Despreciaba a sus iguales, y acabó cerrando la fábrica y repartiendo a los trabajadores en otras plantas, lo que desató las sospechas de complicidad con el amo.
De los personajes que conoció, adolescentes como él, destaca Liberto Sarrau, aprendiz formado en las escuelas modernas seguidoras de Ferrer i Guardia. Le publicaron La novela ideal ya en 1937, donde narraba la huelga de aprendices de la fábrica Mercader. Tras combatir en el frente, se exilió y se convirtió en leyenda del maquis, al formar parte junto a su mujer de las guerrillas antifranquistas dentro de España. Encarcelado, liberado y fugado, se fue a Francia, donde finalmente murió en 2001.
Otro protagonista es la familia Pasanau, amiga de Llarch en el Clot. Trabajaban en la Damm, y el padre, Benet, montó en la azotea de la cervecera una ametralladora para combatir esos días al Ejército sublevado. Pero el hombre murió en el frente a finales de julio. Afiliado cenetista, su féretro, cubierto de la bandera rojinegra, se instaló en la misma Damm, por donde desfilaron cientos de obreros y sus familias, para luego sumarse al cortejo fúnebre.
Mientras avanzaban en silencio, empezaron a sonar las sirenas de la fábrica para pasmo de los vecinos. “Sonó una vez y otra y otra. Hasta diecisiete veces, tantas como años había trabajado en la fábrica el obrero que sus compañeros iban a enterrar”.
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