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Monólogos contra el tabú de la enfermedad: “Llevo tantas pastillas encima que podría llamarme camella”

Los cuatro monologuistas, antes del espectáculo.

Meritxell Rigol


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Antes de empezar, Anna Gómez calcula. No es lo mismo ser la primera que ser la última en salir al escenario. Para controlar la rigidez del cuerpo, la medicación tiene que hacer el máximo efecto a una hora determinada. Hechos los cálculos, Gómez empieza el monólogo. “Mi nombre artístico es ElefantAna, pero con el montón de pastillas que llevo encima perfectamente podría llamarme Camella”, bromea.

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Gómez ha improvisado esta carta de presentación, pero ahora que ha soltado la frase, puede que la incluya también sobre el escenario. “A veces soy bestia con las bromas, pero es cierto que sin toda esta medicación estaría hecha una chapuza”, explica la cómica e impulsora de ‘Perfectamente imperfectos’, un paraguas bajo el que se han juntado monologuistas dispuestos a convertir sus enfermedades crónicas en carne de gag.

“Durante muchos años no es que no hiciera bromas del Parkinson, es que directamente no hablaba de la enfermedad”, asegura Gómez. Hace diez años, a los 40, se lo diagnosticaron. “Es Parkinson de inicio temprano. No quiere decir que se me active por las mañanas, sino que se me manifestó joven”, específica al público, al que ya se ha ganado desde el inicio del monólogo: “Me llamo Anna, soy de Lleida y me diagnosticaron Parkinson a los 40 años. Sé lo que estáis pensando. Pobre tía, qué putada, es de Lleida”.

En su trayectoria, Gómez se ha topado repetidamente con cómicos que le sugieren qué chistes puede hacer con los temblores atribuidos a su enfermedad. “Del Parkinson prefiero hacer humor yo misma”, replica, molesta con este tipo de actitudes.

Cuando hace unos meses ElefantAna llamó a cómicos y cómicas de Barcelona para juntarse en un show con monólogos sobre sus enfermedades, Andrea Bogu fue una de las que primero se sumaron. Tiene 32 años y hace 15 que no puede subir el brazo derecho a consecuencia de la distrofia facioescapulohumeral que sufre. “Es una atrofia muscular de cintura para arriba”, traduce.

“El brazo izquierdo antes subía, pero está viendo la movida y ahora entre los dos se están disputando la pole position, a ver cuál hace menos esfuerzo de hacer cualquier cosa”, dispara a la audiencia, que responde con risas.

Esta joven cómica ya tenía el diagnóstico cuando empezó a hacer monólogos, pero no “las agallas” para hablar de ello, confiesa. El espectáculo se ha convertido en su estrategia para pasar mejor la enfermedad. “Tuve un tiempo de negación, de decirme ‘si no hablo de la enfermedad, no existe’”, cuenta. Colgó el micrófono durante 5 años y ha vuelto a subirse al escenario en el último año. “Quiero bromear sobre ello porque es mi manera de sobrellevarlo”, reivindica.  

“Cuando voy a la playa con mis amigas, ellas nadan recto. Yo, en círculo. Como pille una boya de por medio, ya no me ves en toda la tarde. Desde la arena me gritan: ¡tú puedes, Nemo!”, lanza. Andrea ve en el humor una de las mejores herramientas para generar empatía. Ahora bien, subraya que bromear de la enfermedad tiene que hacerse desde la propia vivencia.

A diferencia de Anna Gómez, Bogu lo que intenta es evitar la medicación antes de salir al escenario. “Son opiáceos, por lo que vas más 'colgadita' que de normal”, cuenta. No siempre la intensidad del dolor que siente es soportable sin las pastillas. “Quedándome en casa me dolería igual, así que voy al escenario a pasármelo bien”, dice. Este domingo, en el escenario del teatro La Rubia, serán siete. “Ahora nos faltan dos personas que tienen epilepsia y otra que tiene de todo”, resume ElefantAna.

Algunos monologuistas ya habían hablado de su enfermedad en shows anteriores, otros no. Laia Castelló será la primera vez que haga humor del vitiligo, una enfermedad de la piel que se caracteriza por manchas blancas. “Hasta ahora no me había atrevido, no me veía capaz de mostrarlo, y de hecho aún estoy acabando de escribir el monólogo”, comenta. Hasta ahora, cuando escribía sobre su enfermedad había más rabia que humor.

“Perder pigmentación en la piel no me genera dolor físico, pero mentalmente es muy duro, y además se sabe más sobre las canas que sobre esta enfermedad”, critica Castelló. Afirma que ella solo ha conocido a personas con esta patología en talleres donde lo que enseñan es a taparla “en lugar de a aceptarse”.

Ganar referentes y risas

Boris Tosas fue uno de los fichajes tempranos del proyecto. Según cómo tenga el día, puede que vaya a pedir más o menos ayuda para subir al escenario. “Una vez en el show, me levanto de la silla y grito ‘¡Milagro!, ¡Milagro!’. El público se queda con una cara espectacular, sobre todo las personas que me han ayudado a pulso a subir al escenario”, cuenta entre las risas de sus compañeras.

“A mí me compraron en Ikea, y como cualquier mueble, pues no me supieron montar bien en casa”, espeta al público. Su estilo es cáustico: “Me encanta salir de fiesta. Tengo el alcohol como medicina. Vosotros que cuando vais borrachos os torcéis, pues yo que ando torcido cuando voy borracho el alcohol tiene una función correctiva”.

Tosas define el espectáculo que preparan como “una bofetada de realidad”. “Nosotros que tenemos cierta autoridad para hablar de temas que son tabú, o delicados, nos podemos permitir el lujo de hacerlo sin complejos”. A la vez, rechaza el humor que no parte de la propia materia prima. “Que yo pueda bromear de la discapacidad o la enfermedad no significa que no haya sufrido ni que no sufra”, mantiene.

Los impactos de cada patología varían, pero todos los monologuistas sienten que existe un denominador común: el estigma. “Visibilizar que puedes tener una enfermedad y tirar adelante es muy importante para que las personas que las tienen no se sientan solas”, reivindica Anna Gómez. De su experiencia extrae que, ante el golpe de un diagnóstico, a menudo faltan referentes. “De personajes famosos con Parkinson están Hitler, Franco y Putin, dicen ahora. Buenos por naturaleza. Mis síntomas eran complicados de detectar. Arrastraba una pierna, se me iba un brazo hacia arriba y tenía muchas ganas de invadir Polonia”, dice en su monólogo.

“Si hubiera visto a una mujer joven con Parkinson haciendo bromas de su propia enfermedad cuando me la diagnosticaron, me lo hubiera cogido mejor”, expresa Gómez tras la función. Con el diagnóstico, llegaron también la depresión y la ansiedad, algo que no es excepcional. “Mucha gente en este proceso se retrae, no se comunica, y esto es muy dañino”, afirma Gómez, para quien crear monólogos ha sido el salvavidas. “Por mucho que salgamos a hacer humor, lo que mostramos es una vulnerabilidad”, reconoce.

La cómica está sorprendida de la cantidad de cómicos y cómicas con patologías crónicas que la han contactado para participar en el proyecto. Vista la diversidad, la idea de ElefantAna es que los monologuistas vayan rotando en los espectáculos, para “normalizar ver a personas enfermas y con vida social”. “Ver a gente variopinta con sus problemas creo que puede ayudar a otras personas a relativizar su situación, en una sociedad que solo promueve que se vea a quienes dicen estar genial y se muestran perfectos”, añade Andrea Bogu.

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