El Papa desoye a las víctimas y evita pronunciarse sobre la pederastia en su visita a Montserrat
Desde primera hora de la mañana, Miguel Hurtado y otras víctimas de abusos a menores en la Iglesia se han concentrado en las inmediaciones de Montserrat. Querían denunciar el “acto de violencia institucional que supone la visita del Papa a la zona cero de la pederastia clerical catalana”.
Hurtado, primer denunciante de abusos sexuales en la abadía, ha calificado de “absoluto despropósito” la llegada del Papa. “Se ha atrevido a ir al lugar del crimen sin hablar con las víctimas del delito y reparar el daño causado”, ha lamentado el también portavoz de la asociación Reparación Integral Ya.
Hurtado ha atendido a los medios desde la abadía y ha anunciado que ha puesto en marcha una campaña de recogida de firmas para dar a conocer el caso y reclamar la reparación de las víctimas. Asimismo, pide la creación de un monumento de homenaje permanente a las víctimas en el monasterio.
“Entiendo que Montserrat es una institución milenaria y que la Moreneta es la patrona de Catalunya, pero Montserrat es también el lugar del crimen donde el hermano Andreu Soler abusó de 12 niños durante 30 años con el conocimiento de tres abades que no lo denunciaron a la policía”, ha lamentado Hurtado, quien hace meses escribió una carta al Pontífice para que no visitara Montserrat.
Aunque nunca fue condenado judicialmente porque murió en 2008, una comisión de investigación interna de la abadía de Montserrat concluyó en 2019 que el monje Andreu Soler fue un “depredador sexual” de escuchas. Soler fue el monje responsable de los scouts entre los años setenta y noventa.
Sin embargo, León XIV no ha hecho referencia alguna a los abusos en su visita al santuario, que acaba de celebrar el milenario de su existencia. A los pies de la Moreneta, a la que ha llegado en helicóptero, a lo más que ha llegado el Papa ha sido a recordar cómo “los muros de este recinto” han sido custodios de “las alegrías y las penas, los gozos y las lágrimas de tantos fieles, y han escuchado también las voces celestiales del canto infantil de la Escolanía más antigua de Europa”.
El Papa ha querido centrar su intervención, antes del rezo del Rosario, en mostrar “el camino de la misericordia, la reconciliación, la verdad y la mansedumbre”. Y junto a ello, “la violencia que puede esconderse en nuestras palabras y actitudes: la crítica que humilla, la condena que destruye y la agresividad que divide”. Una “violencia escondida” que “puede revestirse muchas veces de aparentes armaduras con las que intentamos proteger nuestras heridas, nuestros miedos o el sufrimiento causado por las injusticias”.
Ha tenido oportunidad de referirse a los menores al referirse a la Virgen de Montserrat, “que nos muestra a Jesús como un niño indefenso descansando en su regazo, pues aquí está Ella, junto a su Hijo, invitándonos a amarnos unos a otros”. Una oportunidad que el Pontífice ha dejado pasar para referirse a Jesús como un niño “que no lleva armaduras y será Él mismo quien luego, desnudo en la cruz, se abandone totalmente al Padre para salvarnos con la fuerza desarmada y desarmante del amor”.
El Papa ha dedicado el final de su oración a la Virgen: “Ella nos invita a reconocernos hermanos y hermanas, donde nadie quede excluido y donde la comunión sea más fuerte que toda división”, ha terminado el Papa, quien ha pedido a María, “Reina de la paz, que enseñe a renunciar a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a la murmuración y a las calumnias. Aprendamos a custodiar y a cultivar el amor en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos y en las comunidades cristianas, de modo que el odio ceda paso a la esperanza y la paz”.
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