OPINIÓN | Puigdemont o el síndrome del presidente exiliado
Explica un amigo de Carles Puigdemont que el día siguiente a la proclamación de la república catalana el presidente ahora cesado no estaba precisamente animado. Fue el multitudinario paseo que protagonizó por las calles de Girona, en plena celebración de las fiestas de Sant Narcís, lo que le alegró. Fue un baño de masas en casa, mientras a su lado, su esposa, Marcela Topor, intentaba sonreír con pocas ganas. Fue la última imagen pública que se obtuvo de Puigdemont en Catalunya. La siguiente ya fue en Bruselas.
“Puigdemont sufre ahora el síndrome del presidente exiliado”, describe un buen conocedor de los entresijos del PDeCAT. Un síndrome que le lleva a anunciar que creará una “estructura estable” para coordinar la acción de un Govern inexistente o a felicitarse de las protestas que colapsaron carreteras y vías férreas el miércoles mientras los dirigentes de su partido cuestionan la imagen de una Catalunya bloqueada por los comités de defensa de la república.