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Sobre este blog

Palabras Clave es el espacio de opinión, análisis y reflexión de eldiario.es Castilla-La Mancha, un punto de encuentro y participación colectiva.

Las opiniones vertidas en este espacio son responsabilidad de sus autores.

¿A qué vuelvo, si ya no tengo que volver?

Raquel Plaza Garro

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Llega el final de agosto y, de pronto, me descubro haciendo algo completamente absurdo: estoy en una papelería, tocando el papel de un cuaderno grande precioso con la tentación infantil de comprármelo. Tengo ya tres en casa sin estrenar y la vista se me va a una agenda con una especie de prisa; como si me urgiese reorganizar la casa, ordenar los armarios y poner más disciplina en las mañanas. Y entonces me entra la risa, porque estoy jubilada. Y no sé por qué todos los años me sucede lo mismo.

Ya no tengo un colegio al que regresar, ni correos esperándome, ni documentación que preparar o revisar , ni alarmas a las siete de la mañana. No le debo explicaciones a ningún calendario. Teóricamente, mi vida ya no tiene 'vuelta al cole'. Y, sin embargo, aquí estoy, picando en la misma trampa de siempre. Es curioso cómo se nos queda el tiempo pegado al cuerpo. Durante cincuenta años, sumando la infancia, la maternidad y la docencia, septiembre no ha sido solo un mes; ha sido una frontera física y emocional: el olor a libros nuevos, la logística de los niños cuando eran pequeños, el estrés de los primeros días después de las vacaciones. Septiembre es, sobre todo, una memoria.

Cuando llegó la jubilación, pensé que el tiempo se convertiría en una balsa tranquila. Había soñado tantas veces con tener todo el tiempo del mundo que estaba segura de que disfrutarlo sería fácil. Lo que nadie te cuenta es que el tiempo completamente libre también da un poquito de vértigo. Aquel primer lunes tras mi jubilación ,el despertador sonó como todas las mañanas. No lo había apagado la noche anterior porque, en el fondo, no me atreví a borrar la alarma, como si al hacerlo también borrara el lugar que había ocupado durante cuarenta años. Me estiré para silenciarla en la penumbra y, por pura inercia, busqué con la mirada el bolso que seguía colgado de la percha del dormitorio. El mismo que durante décadas llené de tizas, cuadernos, exámenes metidos en carpetas elásticas y bolígrafos. Allí seguía. Vacío.