La militancia socialista desborda el pabellón del Cabanyal en el primer mitin de Pedro Sánchez tras la tragedia de Urda
Eduardo Inda, Federico Jiménez Losantos, Miguel Tellado, Javier Milei, Isabel Díaz Ayuso, Santiago Abascal y Alberto Núñez Feijóo. Todos ellos lograron hacerse oír en el mitin de Pedro Sánchez en el Cabanyal sin necesidad de pronunciar una sola palabra. Naturalmente, ninguno estaba allí. Sus rostros desfilaban por una pantalla situada detrás del escenario, mientras el público respondía con silbidos e improperios. Inda y Losantos tuvieron la suerte de aparecer los primeros, cuando buena parte de los asistentes todavía no había reparado en la proyección. Milei llegó con el público ya sobre aviso y los decibelios se dispararon. Después vendrían los demás, acompañados de nuevas pitadas. El vídeo planteaba una pregunta: “¿Por qué nos insultan?”. A juzgar por la reacción del pabellón, el interrogante admitía cierta reciprocidad.
Una hora antes de esta escena, que por momentos recordaba a los orwellianos Dos Minutos de Odio, los asistentes iban llegando al pabellón del Cabanyal. “Yo creo que nos hemos equivocado con el recinto”, reconocía una dirigente socialista. No le faltaban motivos. Solo hacía falta asomarse y ver cuántas personas aguardaban fuera cuando las gradas del polideportivo ya estaban prácticamente llenas. Al menos dos millares de personas se quedaron fuera. Dentro, mientras tanto, tampoco había hueco para el pesimismo.
Hay quien necesita argumentos racionales para creer. En política, esto se traduce en encuestas, análisis electorales y, en el caso del votante socialista, muchas horas de Iván Redondo explicando que la remontada está a “un penalti”. El mitin, primero de Pedro Sánchez tras la tragedia ferroviaria de Urda, llegaba además en un momento delicado para los socialistas: 69 fallecidos y la reciente dimisión de Óscar Puente como ministro de Transportes.
A un asistente, vecino de Montserrat, no le importa lo que indiquen los sondeos: “Yo tengo la intuición de aquí va a pasar como con Lula”. No era el único. Tampoco parecen necesitar demasiadas explicaciones dos jubilados de l'Alcúdia. Él presume de vivir en la “aldea gala” del socialismo valenciano, un municipio gobernado por el PSOE desde 1979 y rodeado de alcaldías del Partido Popular. Ella considera que votar a otro partido sería “como una traición”. Lleva haciéndolo desde los 18 años y no contempla cambiar de costumbres: “PSOE, PSOE i PSOE, fins que em muiga”.
Al acercarse las seis y media, una mezcla de entusiasmo y ansiedad comenzaba a apoderarse de la gente. Los agentes de seguridad se llevaban una y otra vez la mano al pinganillo, intercambiaban indicaciones y vigilaban alternativamente las distintas puertas. El público comenzaba a sospechar que algo se estaba moviendo. “¿Por dónde entra? ¿Se parará a hacerse fotos?”, preguntaban también a los periodistas, que, humildemente, contestaban: “No lo sé, soy prensa”. Los fotógrafos tampoco ayudaban demasiado a resolver el misterio. Sus objetivos apuntaban hacia una entrada, luego hacia otra, dirigiendo a la multitud, levantada de sus asientos, que basculaba elevando los teléfonos móviles por encima de las cabezas.
Cuando los agentes de seguridad comenzaron a abrirse paso entre los asistentes, quedó despejada la incógnita sobre cuál sería el pasillo de entrada del presidente. “Va a entrar por aquí. No me puedo creer la suerte que hemos tenido”, celebraba un joven que acababa de descubrir que tendría a Pedro Sánchez a escasos metros. La expectación crecía por momentos. Llavors, de La Fúmiga, cuyo “com no et vaig estimar” llevaba varios minutos sonando en bucle, volvió a empezar desde el principio. Esta vez, para anunciar la aparición del protagonista.
Sánchez entró rodeado de escoltas, sudoroso y con una sonrisa de oreja a oreja. Saludaba a cuantos podía y trataba de atender las peticiones de fotografías mientras avanzaba con dificultad entre una multitud empeñada en reducir a cero la distancia con el presidente. Llegó un momento en que los agentes de seguridad –algunos de ellos con un pin dorado con el logo del PSOE, por si quedaba alguna duda de que ellos también eran sanchistas- apenas conseguían abrirle paso. La solución fue tan rudimentaria como eficaz: una silla de plástico. Sánchez se encaramó a ella y saludó desde las alturas, ofreciendo a quienes se agolpaban a su alrededor la oportunidad de verlo sin necesidad de alcanzarlo. Después pudo continuar su camino hacia el escenario.
“¡Ole tus huevos!”, bramó un hombre con las manos alrededor de la boca, empeñado en imponer su voz a la de Artur Martínez. Fue tal el ímpetu que para la última silaba, apenas le quedaba aliento. Como si sus cuerdas vocales no fuesen capaces de saciar el éxtasis que sentía. A su alrededor se sucedían los gritos de “¡Presidente! ¡Presidente!”.
Sánchez consiguió finalmente llegar hasta el escenario. La ovación había conseguido imponerse en la batalla de decibelios a los abucheos dirigidos a Ayuso, Feijóo y Abascal. Pero por poco. En la que venía siendo la campaña del amor, la indignación parecía ganar protagonismo.